viernes, 27 de abril de 2012

SAN PEDRO ARMENGOL



Corre el año 1258. La noble casa de Armengol, que se ilustra con las ascendencias de las casas reales de Francia, Castilla y Aragón, y con los condados de Urgel, Barcelona y Flandes, se ha prolongado en un vástago nuevo, en Pedro, hijo de Arnaldo Armengol, pundonoroso caballero, modelo de valor y religiosidad.
Guardia de los Prados, villa del arzobispado de Tarragona, se engalana con sus mejores atavíos: la señorial mansión de los Armengols tócase en los balaustres de sus severos balcones con aterciopelados reposteros donde luce bordado en oro el familiar escudo; arcos de ramaje construidos por sencillos aldeanos que así quieren asociarse a la alegría de los poderosos señores de Armengol, decoran las entradas del camino por donde en briosos corceles se aproxima lucido cortejo de invitados. A la lumbre del sol chispean los bruñidos arneses, y las colas de los briosos caballos agitados por el viento, semejan recios cordones de luces enredadas.
El címbalo de la humilde iglesia parroquial tañe en grato son de solemnidad festiva, y más de una dulzaina rústica tocadas por campesinos ingenuos, dilatan por el espacio, con sus dulces notas la sana alegría en que rebosa la Guardia de los Prados.
¿Por qué este general regocijo? ¿Por qué la dulce satisfacción que en todos los semblantes se observa?
¡El hijo de don Arnaldo de Armengol, el nuevo vástago de la casa Armengol, va a recibir las aguas del Bautismo!... Por eso el brocatel se exhibe en los trajes de las damas, y el oro pulido en las armas de los caballeros, y la zamarra limpia en los hombros del villano, y la gargantilla acoralada sobre el blanco justillo de la aldeana moza, y la campana replica alegremente, y la dulzaina se deshace en ternuras, y los viejos servidores de la casa solariega, van por los grupos de los humildes hijos del pueblo repartiendo golosinas y abundantes limosnas… ¡Todo por don Pedro de Armengol, el florón nuevo de la casa ilustre!... Vedle allí, sobre la pila bautismal!, sostenido por su padrino, uno de los más nobles señores de la corte de Aragón: las vestiduras bautismales, que el oro recamó, fulgen como una constelación de astros, bajo el influjo de los copiosos cirios; el agua santa cae desde argentífera caparazón que vacía el sacerdote, sobre la cabeza del recién nacido, y al caer cada gota semeja el polvo de una perla fragmentada… Bañó el agua regeneradora la testa del noble primogénito y entonces se escuchó una voz del venerable padre mercedario Fray Bernardo Corbaria, que decía solemnemente: “A este niño un patíbulo ha de hacerle santo”.
La extraña profecía corrió de boca en boca, y al día siguiente, todos los habitantes de Guardia de los Prados, repetían como un eco del fraile de la Merced: “A Pedro de Armengol un patíbulo había de hacerle santo…”

Transcurrieron los años. La noble señora de Armengol murió cuando apenas su hijo Pedro había cumplido los nueve. Arnaldo, requerido por su rey, se hallaba empeñado en guerreras lizas. La educación de Pedro fue confiada a un anciano y probo mayordomo de la casa que, marchando por los mismos senderos dibujados en el alma del niño por aquella virtuosísima señora que le dio al mundo, procuró infiltrar en Pedro los rectos principios de la moral cristiana.
Mas, ¡ay!, que todo cuidado es poco cuando se trata de velar por la juventud inexperta. Plántense gérmenes de virtud en el alma de un joven, y olvídese de procurarle buenas compañías, y entonces todo aquel interés desplegado en su obsequio, resultará inútil. La impresión de los buenos ejemplos familiares, se borrará pronto con el roce constante de aquellos amigos que sólo tienen por norma de su conducta la corrupción y el escándalo. Esto aconteció con el ilustre vástago de Arnaldo Armengol. Pedro, por condescendencia de su ayo, de quien poco a poco fue mimosamente ganándose la voluntad, frecuentó peligrosas amistades, que tornárosle en el joven voluble, caprichoso e inquieto, pronto a olvidarse de las obligaciones más santas con tal de conseguir sus inmoderados deseos.
Advirtió su preceptor el cambio que inadvertidamente, por sus permisiones, se había operado en el alma de su discípulo. Quiso remediarlo, oponiéndose a aquellas entrevistas amistosas, origen de la naciente perversión. Pero ya era tarde; el fuego de las pasiones había subido, y la ciudad de las virtudes, era presa de violentas llamas. Pedro Armengol, olvidado de su prosapia ilustre, hacía traición al honor de sus antepasados, y enfangaba su linajudo apellido con alardes de crápula y desorden.
Todo el pueblo hallábase escandalizado con el proceder indigno de aquel mancebo por cuyas venas corría sangre de ilustres príncipes, y la noticia de tanto exceso y tropelías llegó a oídos de su padre, el virtuoso caballero D. Arnaldo de Armengol, quien procuró entrevistarse inmediatamente con Pedro, a fin de interponer con él su autoridad y su cariño, atrayéndole a la buena senda, de la que tanto se había apartado.
-  “¿Qué desórdenes son los de vuestra vida, infeliz Pedro? –exclamó Arnaldo apenas le vio. -¿Podré llamaros mi hijo? ¿Pensáis que el nacer noble es privilegio de vivir mal? La nobleza es regla de vivir bien, y quien nace como vos, nace con muchas obligaciones y ha menester de cumplirlas. El valor se muestra en los combates, peleando por Dios y por la Patria, no en la zahúrda disputando por groseras causas con inmundos compañeros. Si sois valiente, servid al rey en la guerra, y no le inquietéis sus vasallos en la paz. ¡Ah!, ya comprendo aquella sentencia del venerable Fray Bernardo Corbaria: “A este niño un patíbulo había de hacerle santo”. Lo de patíbulo, es fácil; vuestra santidad…, ¡ay!, vuestra santidad, lo dificulto. ¡Ojalá me equivoque! ¡Ojalá tenga de mí piedad el cielo, moviéndoos el corazón a sincero arrepentimiento!...” Y de los ojos del atribulado padre se desprendieron abundantes lágrimas, que velaron las voces de su lastimera reconvención.
Fueron inútiles aquellas palabras dictadas por la caridad más honda, por la caridad de un padre que veía, con los ojos empañados de lágrimas, el camino de perdición que seguía su hijo.
Abyssus abyssum invocat: un abismo llama a otro abismo: Pedro, olvidados ya todo decoro y todo humano sentimiento, no queriendo sufrir por más tiempo las reconvenciones paternales, huyó, en unión de otros amigos tan perversos como él, de su pueblo natal, y haciéndose jefe de ellos, organizó una partida de bandoleros que pronto sembró el terror en toda la comarca de Cataluña.
Allá iban, robando, incendiando, cometiendo todo género de tropelías. Desprovistos de recursos, por satisfacer sus vicios y necesidades, no retrocedían ante nada ni ante nadie, y los ruegos de la madre y de la esposa, y el llanto de los hijos, que asustábanse al contemplar las siniestras cataduras de los bandidos, no les impedían seguir adelante en sus criminales empresas. Un odio feroz a la humanidad guiaba sus pasos, y a su contacto, la tierra catalana transpiraba sangre…
El pernicioso ejemplo de Pedro Armengol y sus compañeros, fue seguido por otros, y en breve la provincia de Tarragona sintió el azote de varias partidas de forajidos.
Era preciso dar una violenta batida a tan crecido número de malhechores. Además, el rey D. Jaime tenía que pasar de Valencia a Montpellier y había forzosamente que limpiar los caminos de bandoleros.
Y… ¡misteriosos, pero siempre sabios designios de la Providencia! Arnaldo Armengol, el padre del principal malhechor de cuantos merodeaban por aquellos terrenos, fue encargado por su experiencia militar, de salir con fuerzas de a pie y caballería en persecución de los bandidos.
Era un día en que el sol lanzaba sobre la tierra sus más brillantes rayos. El dorado polvo solar fijándose sobre las rocas, iba rellenando sus huecos con haces de lumbre. Un velo de oro luminoso parecía flotar en el ambiente, y sus puntas, cayendo encima de las hojosas ramas de los árboles, daban un tinte rubiáceo a los verdores floridos.
A través de largos y profundos desfiladeros, atajando los caminos vecinales y las carreteras por cuestas, riachuelos y trochas, marchaba al frente de sus compañías de soldados, el valeroso caballero don Arnaldo de Armengol.
El pesar nubla su frente, y su corazón se agita a impulsos de contrarios sentimientos. El amor paternal y el deber de su cargo, batallan en su espíritu; y la vergüenza, el oprobio de aquel hijo desventurado, que tan negro borrón ha echado sobre una casa que fue siempre el prototipo del honor y la hidalguía, afluye a su rostro, taladrándolo con esos puntos de rojez inconfundible…
Abrumado, inclina el noble caballero de vez en cuando su frente, y temiendo el encuentro de aquel hijo ingrato, sobre cuya cabeza la real justicia iba a descargar su golpe, afloja a veces las riendas de un corcel que, aligerado del freno, baja la cerviz gallarda, poniéndose a mirar plácidamente los verdes rastrojos que bordan de trecho en trecho el accidentado camino. Pero pronto el capitán se rehace, yergue sobre la silla el contraído busto, levanta altiva la cabeza, fulguran sus ojos con la lumbre de una cólera justa, y, picando espuelas al caballo, exclama lleno de noble altivez: -“No, mi deber ante todo… Ese hijo, ya no es hijo mío;  es un salteador de caminos, es un homicida, ¡es un ladrón!...” Y las venas de su faz señoril, se hinchan, y el color rojo de la vergüenza aumenta la intensidad de su característica coloración…
Varias horas llevaban ya los soldados de caminar, cuando uno de los vigías destacados por Arnaldo en las avanzadas del terreno, se dirigió presto a su jefe, diciéndole: -“Señor, parece que una partida de bandidos, se acoge ahí, en el valle que forman estas dos montañas.”
Arnaldo Armengol, dio órdenes de avanzar cautelosamente por una vereda que se perdía entre el bosque.
Efectivamente, allá abajo, vivaqueaban algunos hombres, quienes por sus haraposas trazas, parecían pertenecer a alguna de aquellas bandas malhechoras que llenaban de constante perturbación al país.
No era posible distinguir sus rostros; sólo al reflejo del sol se veían brillar sus armas.
Toda la cautela que al bajar pusieron los perseguidores, no fue bastante para que los bandidos dejaran de apercibirse del peligro que corrían. Así es, que apenas divisaron en los promedios del monte a los jinetes, emprendieron veloz huída. Escuchábase la voz desafortunada de uno de ellos, sin duda el más valiente, que decía: -“¡No huyáis, cobardes! Son pocos; aguardémosles aquí y demos buena cuenta de ellos.”
Pero los aludidos no hacían caso de tales palabras, y apresurábanse a escapar trepando por las laderas opuestas.
Los soldados esforzaron su marcha, y cortando por diversos lados la retirada a los perseguidos, cayeron pronto sobre ellos, aprisionando a unos y matando a los que intentaban hacerles resistencia.
Respecto al que parecía jefe de la banda, más afortunado que los otros, trepaba con gran agilidad por una eminencia que los soldados olvidaron de escudar, y ya parecía hallarse en salvo. Mas no fue así, pues advertido el caballero Armengol, picó espuelas al corcel, y galopando rápidamente dio vuelta al montículo, y aguardó allí, lanza en riestre, la salida del criminal. Éste no tardó en aparecer, y su decepción al verse copado fue horrible. Ciego de ira arremetió contra el caballo, clavándole su acero en los ijares… Rodó el jinete, lanzando un ay de confusión y espanto… ¡Don Arnaldo Armengol, había reconocido en aquel hombre que de tan rápida manera le había agredido, a su propio hijo Pedro!...
El lamento del padre hirió profundamente el alma del agresor, quien acercándose al valiente capitán, vio, con asombro, que aquel contra el cual había desenvainado su espada, era ¡su padre!...
Entonces, las entrañas del amor filial se abrieron, y un torrente de lágrimas inundó la faz de Pedro de Armengol. El arrepentimiento purificaba su alma, sumida desde largo tiempo en la más baja abyección.
Solícito se acercó al noble capitán caído, y alzándole del suelo, prosternóse a sus pies, aclamando, mientras sus ojos vertían un copioso raudal: “Padre mío, perdonadme; he sido un insensato, bien lo sé. He arrastrado por el suelo vuestro honor, y soy digno, lo reconozco, del mayor de los castigos. Pero yo prometo desde ahora, en que parece que mi corazón se alumbra con una luz del cielo, enmendar completamente mi conducta, consagrando todos los días de mi vida a Dios. Vos sois bueno, padre mío, y no dejaréis de otorgarme ese perdón que será mi mayor dicha.”
No acertaba a creer Arnaldo la maravilla obrada en el corazón de su hijo; pero conociendo al fin que era aquello un favor especialísimo de la misericordia divina, dio gracias a la Providencia que tan sabiamente dispone sus planes, y abriendo cariñoso los brazos, estrechó contra su corazón a aquel hijo descarriado por quien tantas lágrimas había vertido.
Sin embargo, exacto cumplidor de su deber, acordó llevarle a presencia del rey para que éste administrara justicia.
Don Jaime, en pago a los muchos servicios prestados por su fiel servidor Arnaldo, perdonó a Pedro, y éste, cumpliendo su promesa, ingresó en la Orden Mercedaria, de la que fue bien pronto, por sus penitencias, su saber y sus virtudes, uno de los ornamentos más preciados.
Sus ansias de padecer por Cristo le llevaron a tierra africana, donde varias veces quedó en rehenes por libertar a infelices cautivos, y donde sufrió por parte de los fanáticos hijos de Mahoma, atroces suplicios, en los cuales, se patentizó la gracia que había alcanzado ante el Señor y la Santísima Virgen, quienes en más de una ocasión se le aparecieron, desatando, como el ángel a San Pedro Apóstol en la cárcel mamertiana, las ligaduras que le retenían en lóbrega mazmorra.
Así como su vida anterior fue causa de que muchos dilapidasen su hacienda y cometieran grandes pecados, así ahora, sus heroicas virtudes y sacrificios motivaron la conversión de numerosos pecadores que, contagiados del admirable ejemplo de San Pedro Armengol, abrazaron el Instituto de la Merced.
No pudiendo sufrir su humildad los honores que le tributaba toda la ciudad de Barcelona a su regreso de África, marchó al pobre convento de Nuestra Señora de los Prados, sito en el arzobispado de Tarragona, donde murió el 27 de Abril del año 1277.
La predicación de Fray Bernardo Corbaria se había cumplido. San Pedro Armengol fue canonizado por Inocencio X el 18 de Abril de 1683.
Sus reliquias se guardan en la parroquia de Guardia de los Prados, su lugar natal, donde son objeto de gran veneración.

jueves, 26 de abril de 2012

NUESTRA SEÑORA DEL BUEN CONSEJO



La Virgen del Buen Consejo!... La celestial Señora, Madre de dios, alienta con las múltiples advocaciones que le da la Iglesia, el desmayado corazón de sus atribulados hijos. Ella, María, es la Virgen del Perpetuo Socorro, del Amor Hermoso de los afligidos, de los Desamparados, de la Esperanza, del Consuelo, de la piedad… Ella es la acogedora constante de la Esperanza, del Consuelo, de la piedad… Ella es la acogedora constante de nuestros suspiros, de nuestras lágrimas, de nuestros infortunios. Ella es la perdonadora de nuestras culpas, la intercesora con el Poder divino para que nos infunda la gracia del arrepentimiento…
¡María!... ¡Cuánta belleza encierra cada una de las advocaciones con que la designa el vulgo piadoso!... ¡Y como ella sabe corresponder a la confianza que esos amorosos títulos despiertan en el corazón de sus devotos!...
Hoy se la celebra con el de “Nuestra Señora del Buen Consejo”, y a fe, que el verdadero creyente que en las circunstancias indecisas, difíciles, embarazosas de su vida, se prosterne ante la celestial Emperatriz demandándola protección y ayuda, sacará fortalecida el alma, contando con nuevos bríos y luces para proseguir el fatigoso y obscuro sendero de su existencia.
Entre las advocaciones de María no podía faltar esta del Buen Consejo. Y se comprende: el hombre, por sabio y experimentado que sea, no puede pasar todo el tiempo de su vida sin un amigo, sin un guía, sin un consejero. Todos necesitamos del consejo, de la advertencia leal, sincera, cariñosa. Lo difícil es encontrar la persona que sepa darlo, porque los consejos han de brotar de los corazones verdaderamente amigos, de aquellos que con desinterés se interesen por nosotros. Y los grandes amigos son muy escasos. Acordémonos de lo que en tal sentir nos dice la Escritura.
Por eso nadie puede aconsejarnos mejor que una madre; la madre, para el hijo, es el corazón que nunca muere: la felicidad del hijo la obsesiona: todas sus advertencias irán encaminadas a procurar el bien a ese pedazo desprendido de su alma. Ya se comprenderá que hablamos de la madre en su riguroso sentido, no de la que siéndolo, escarnece con su conducta y egoísmo tan excelso nombre.
(CONTINUARÁ… P. 505)

miércoles, 25 de abril de 2012

SAN MARCOS, EVANGELISTA



Cristo es Dios, y Dios es la fortaleza, la Sabiduría y el Amor. Cristo, fuerte, podría haber sometido en un momento a todas las naciones de la tierra. Cristo, sabio, podía haber llenado de asombro a los más grandes filósofos. Cristo, amable, podía haber cautivado a toda la humanidad. Sin embargo, Cristo, durante su paso por el mundo, circunscribe su acción a la nación judaica. Los hombres famosos de aquel tiempo por su autoridad y su saber desconocen el nombre de Cristo. Atenas y roma ignoran que en Judea vive el Hombre-Dios, cuyas manos realizan curas milagrosas, y en cuyas palabras flota la luz del cielo y una armonía de imperecedero amor.
¿Por qué el Redentor sublime rehúsa conquistar en una hora, en un minuto al siglo? Porque entonces hubiérase dicho que el mundo había sido seducido, arrebatado, sorprendido por Dios. Nuestra libertad hubiera sufrido mengua, y los portentos que ilustran a cada paso la historia de nuestra Religión, no hubieran tenido ocasión de manifestarse.
Claro está que poseyendo a Dios, huelgan todos los prodigios: pero son los prodigios humanos, no aquellos en que interviene la Divina Sabiduría. Cuando luce el sol, están demás las lámparas eléctricas, pero no las plantas y las flores en cuyas corolas refleja sus fulgores el gran disco.
Dios, proyectando sus lumbres sobre la flor de los humanos corazones, torna a estos más vivos y resplandecientes; y así como en cada una de las flores coloreadas por la luz, hay un nuevo motivo de admiración y agradecimiento a esa luz, así también en cada uno de los corazones que pule y abrillanta Dios, hallamos ocasiones de admirar y agradecer su sabia Providencia.
Con la súbita conversión del mundo al cristianismo, no hubieran aparecido los apóstoles y los mártires, y desconoceríamos los grandes sacrificios, las grandes bellezas del alma humana. En cambio, convertido poco a poco por doce pescadores, por doce hombres sin instrucción, sin armas, sin recursos de ningún género, frente a frente de los poderes de la tierra que oponían a la predicación apostólica las argumentaciones de sus filósofos y la crueldad de sus verdugos, suscita el hecho en nosotros profunda admiración, y no podemos menos de alabar la Omnipotencia divina que realizó tan asombroso milagro.

martes, 24 de abril de 2012

SAN FIDEL DE SIGMARINGA


La abogacía es una de las misiones más nobles y delicadas. Librar al inocente de una pena injusta o aplicar al culpable el correspondiente castigo, son grandes servicios prestados a la sociedad, que por la labor del jurisconsulto ve resplandecer en torno suyo la seguridad, la legalidad, la justicia.
Pero quizá en ninguna otra profesión se pone tan a prueba la honradez del ciudadano. De un lado el sentimentalismo y de otro la influencia ajena y el propio interés, laboran de continuo por desviar al letrado del espíritu de la ley. 
Por esto se requiere que todo aquel que se consagre a la carrera de la jurisprudencia, se revista de serenidad, de imparcialidad, y no comprometa con su indulgencia o severidad excesivas, el carácter que siempre debe ostentar la Justicia.
¡Cuán augusto el ministerio de la ley, y cuánta grandeza y serenidad debe irradiar el corazón del que defiende o acusa!
¡Con qué tacto, con qué escrupuloso tino deberá conducirse en sus juicios, en sus deliberaciones!...
¡Qué responsabilidad la suya, si por un error judicial devuelve a la sociedad un miembro corrompido, o por el contrario, si hunde para siempre en el descrédito, en la sombra de una cárcel o en la deshonra del patíbulo, a un individuo que no tuvo participación en el delito que se le imputó!...
¡Cómo gritará la conciencia del abogado, del magistrado, del juez, reprochándole los tortuosos caminos que empleó para desfigurar los hechos, haciendo aparecer ante el mundo, ya el delito disfrazado con manto de inocencia, ya la inocencia revestida con el traje deshonroso de la culpabilidad!...
El magistrado que olvida su deber comete un crimen monstruoso, porque so capa de guardar la ley, la desacata, la pisotea y desautoriza.
¡Felices los que a toda otra mira de lucro, de compasión o animosidad, anteponen, al examinar un delito, el estricto cumplimiento del deber! ¡Dichosos los magistrados que imiten al glorioso San Fidel de Sigmaringa!
San Fidel fue siempre, durante el tiempo que ejerció la noble profesión de abogado, el amparador del Derecho, el varón digno que veló constantemente por los fueros de la justicia, sin doblegarse por nada ni por nadie.
A ello contribuyó grandemente la exquisita educación religiosa que recibiera en su niñez. Quien sea educado de una manera solícita en los santos principios de nuestra religión, tendrá mucho adelantado, para conducirse rectamente en aquella profesión que sus inclinaciones o las varias circunstancias de la vida le manden seguir. Quien sea buen cristiano, será buen militar, buen magistrado, buen estadista, porque como el cristianismo inculca el amor al Dios, el deber saldrá siempre triunfante, siempre victorioso, siempre vencedor por muchas trabas o dificultades que a su cumplimiento se opongan.
Por esto los padres de familia, antes de pensar qué carrera habrán de dar a sus hijos, debieran ponerse la mano sobre el corazón y preguntarse una y otra vez: “¿Les he enseñado a ser cristianos?” ¡Ah!, si los hijos no son cristianos más que por la partida del bautismo, si no tienen educada el alma más que para la molicie, el placer y el regalo; si no se les enseñó a ser generosos, desprendidos, justos; si no se les nutrió con las máximas sublimes del Evangelio, que son el principal tratado de la moralidad, del decoro; si no son castos, humildes, pacientes… entonces, hay un gran peligro de que un día no sepan, no puedan o no quieran cumplir con sus deberes.
Fidel de Sigmaringa fue educado en el temor de Dios, y así, este santo temor fue siempre la norma de su conducta. En toda su mocedad se conservó Fidel exento de los vicios a que suele estar sujeta la incauta juventud, y a los cuales suele desempeñarse impelida ya del ardor de las pasiones, ya del pernicioso ejemplo de los compañeros.
Dotado de gran aplicación, estudió humanidades en la Universidad de Friburgo, y amante de que en todo resplandeciera la Justicia, determinó seguir la carrera de Derecho. Graduado de Doctor, Fidel abrió su estudio de abogado y empezó a patrocinar las causas de los litigantes con mucho crédito, así por su doctrina como por su reconocida piedad.
Todos los días, antes de entregarse a las obligaciones de su noble profesión empleaba un poco de tiempo en la oración y en la lectura de algún libro espiritual. Era muy devoto de la Santísima Virgen, en cuyo honor ayunaba todos los sábados a pan y agua, y a quien encomendaba la solución de sus asuntos.
Espíritu recto, escrupuloso, justiciero, imparcial, refractario a transigir con la injusticia, por poderosa que fuera la presión que sobre él quisieran ejercer, se ganó profunda antipatía entre los elementos políticos de su país, que veíanle como un obstáculo para la realización de todos esos bastardos fines que mueven los desorganizados engranajes de una corrompida sociedad.
Conociendo Fidel cuán grande era el disgusto que su gestión de justicia producía en aquellos desmoralizados ciudadanos, y temiendo que a la postre, por conquistarse el beneplácito de las clases directoras, claudicase de su deber y perdiera, por condescendencias culpables, la paz de su conciencia y la felicidad de su alma, resolvió apartarse del tumulto del foro, de las cavilaciones y sesgados manejos de litigantes, fiscales y defensores, y abrazar en cambio otro estado en el cual con mayor seguridad pudiera dedicarse al negocio de su eterna salvación, único hacia el que deben tender todas nuestras aspiraciones.
Con tan santo objeto se presentó en el convento que los Padres de la Seráfica Orden de San Francisco tenían en Friburgo, y rogó encarecidamente al Provincial tuviera la caridad de admitirle en aquella ilustre corporación.
Expúsole el venerable religioso los sacrificios que imponía la vida del claustro, sus trabajos, sus penitencias, sus austeridades. Pero a todo respondió el Santo que su voluntad era firmísimo, fruto de una larga reflexión. Sin embargo, el Padre Provincial, temeroso de que aquella vocación no fuese inspirada por el cielo y obedeciera a móviles terrenos, le aconsejó aguardase algún tiempo más, prometiéndole que si persistía en sus deseos no tendría reparo en admitirle a la vida religiosa.
Marchó Fidel, pero anhelando llevar a la cima cuanto antes sus propósitos, emprendió los estudios de la carrera eclesiástica, y habiendo sido promovido a todas las órdenes y consagrado sacerdote en pocas semanas mediante un indulto de la Sede apostólica, logró lo que tanto deseaba, siendo recibido al fin en la venerable Orden de los Capuchinos, el 4 de Octubre del año 1611.
Aunque había entrado en religión a la edad de treinta y cinco años, se amoldó desde luego a las costumbres de los Capuchinos y a las muchas mortificaciones con que suelen ejercitarse los nuevos religiosos. Obediente, humilde, caritativo, piadoso, pronto se captó la admiración y el cariño de sus compañeros, que le miraban como un modelo de todas las virtudes.
Destinado, en vista de sus excepcionales aptitudes, al ministerio de la predicación, el Santo, por orden superior, recorrió las principales ciudades de Alemania, siendo admirable el fruto de su labor evangélica.
Su caridad era inagotable: baste citar como ejemplo que habiendo sido atacado el ejército austriaco, a la sazón acuartelado en una de las provincias alemanas que el Santo recorría, de una enfermedad infecciosa que ocasionaba gran número de víctimas, el ilustre capuchino, sin temor al contagio, asistió a los pobres enfermos con una intrepidez asombrosa, administrándoles los Santos Sacramentos, curándoles las llagas, dándoles de comer con su propia mano, y haciendo, en fin, con ellos, el oficio del enfermero más caritativo y complaciente.
En medio de sus largas y fervientes oraciones, dos cosas pedía a Dios con gran insistencia: que no le dejase caer jamás en ningún pecado, y que le hiciese la gracia de perder la vida en defensa de nuestra santa fe y en obsequio de la religión católica.
Plugo al Señor satisfacer aquellos ardientes deseos. Habiendo recobrado el archiduque Leopoldo algunos valles del país de los grisones, donde imperaba el calvinismo, quiso que varios misioneros católicos pasasen allí para tornar al seno de la verdadera Iglesia el gran número de almas que habían sido maculadas por los errores de la herejía protestante.
Con tan piadoso fin fueron elegidos diez religiosos capuchinos, y mediante la autoridad del Sumo Pontífice, la congregación de Propaganda FIDE escogió por cabeza de la sagrada misión al glorioso San Fidel. Este, en unión de sus religiosos compañeros, dirigióse a últimos del año 1621, al lugar donde su presencia juzgábase necesaria.
De aldea en aldea marchó el incansable apóstol predicando a todos la palabra divina, logrando en poco tiempo que gran número de aquellos herejes abrazasen la verdadera fe.
Indignaron estos triunfos a los ministros calvinistas, los cuales, no pudiendo sufrir la merma que diariamente, por la elocuente predicación del infatigable capuchino, experimentaban sus huestes, determinaron quitarle la vida.
Para ello instaron al santo misionero que fuese a predicarles en la iglesia católica de Servis. Accedió Fidel, y aunque al subir al púlpito halló en un papel escrito: “Hoy predicarás y no más”, no se arredró; antes por el contrario, su corazón inundóse de celestial alegría, pues adivinaba que muy pronto tendría la inmerecida honra de ceñir a sus sienes la corona del martirio.
Terminado el sermón, donde su alma, enamorada del Bien Sumo, transparentóse en cada una de sus frases tiernísimas, el Santo se dirigió al Altar Mayor, haciendo ante el Señor un acto de profundo adoramiento. Después, para que el pecado de los que querían arrebatarle la vida no fuese tan grave, salió al atrio de la iglesia, donde ya le aguardaben buen número de fanáticos calvinistas, los cuales se abalanzaron con furia al humilde apóstol capuchino, e infiriéndole veintitrés heridas, dejaron su venerando cuerpo en tierra, mientras el alma del justo escapábase de los ligamentos terrenales, ascendiendo al cielo en busca de una gloriosa inmortalidad.
Acaeció este martirio el 24 de abril de 1622. San Fidel había nacido el año 1577, en Sigmaringa, pequeña ciudad de Suecia, en el obispado de constanza. Contaba, pues, cuarenta y cinco años de edad.
A los seis meses del martirio sus reliquias fueron transportadas del lugar de Slvis, donde se sepultaron, a la cercana ciudad de Coire.
Fue canonizado solemnemente por Benedicto XIV el 15 de Febrero del año 1719.

lunes, 23 de abril de 2012

SAN JORGE






Después de la dignidad sacerdotal, la militar ocupa el primer puesto. ¿Qué sería de la sociedad sin ministros de la cruz y de la espada? ¿Qué sería de todos nosotros si no hubiese varones abnegados que consagrasen su vida en defendernos? Porque la misión del sacerdote y del soldado, es esa: defendernos. El primero lucha contra nuestros enemigos invisibles: las malas pasiones, los instintos groseros, los vicios, las dudas, el error…, todo cuanto puede oponerse a la felicidad del alma y hacernos perder para siempre la patria celestial. El segundo libra combates contra los hombres que, guiados por el afán del lucro y la conquista, llegan a las fronteras ávidos de arrebatar territorios que no les pertenecen. Nuestra seguridad, nuestra independencia, radican en la fuerza del soldado. ¡La fuerza que, en estos casos, es la garantía del orden!
Por eso inspiran tanta simpatía los ejércitos nacionales. Cuando ellos, uniformados, ordenados, desfilan al compás de una marcha briosa ante la multitud, ésta se conmueve, y su corazón transpira ráfagas de entusiasmo… No es el uniforme brillante lo que seduce, ni el esplendor de las espadas desnudas que besa el sol, ni el aire marcial de los instrumentos músicos… Ella, la vulgar muchedumbre, no sabiendo explicar la verdadera causa de aquel contentamiento que invade su espíritu, lo atribuirá quizá a lo accidental y accesorio. Pero en realidad no es así, obedece a la confianza que la inspira el soldado a su paso; sabe que él es la salvaguardia de sus derechos, la tutela de sus intereses, el centinela del hogar nacional, cuyos umbrales no pasará ningún intruso mientras le quede al soldado un hálito de vida… Y cuando por encima del brillante pelotón de los guerreros la bandera asoma, todos, hombres y mujeres, niños y ancianos, le rinden profundo acatamiento, porque aquel trozo de tela sublime que el viento acaricia, es la Patria llevada en alto por sus leales defensores; ¡todo va allí!, nuestras creencias, nuestro idioma, nuestros amores, nuestras costumbres, nuestros hogares, ¡toda la tierra bendita donde empezamos a vivir y donde empezamos a querer!... Quien la conduce, moriría antes de entregarla al enemigo. Y cuando sus manos, desangradas y entorpecidas por la lucha, no pueden sostener la gloriosa enseña, la pondrá en las manos animosas de otro esforzado compañero, quien, como aquél, la mostrará orgulloso en ademán de triunfo. Y así irá la bandera, de uno a otro paladín. Y el pueblo respirará tranquilo porque sabe que su Patria está amparada por la fuerza del militar pundonoroso y bravo.
¡Triste es confesarlo!; pero solamente en la fuerza estriba la libertad y garantía de las naciones. El amor universal no ha llegado todavía al mundo. Todos los días pedimos a Dios que llegue a nosotros su reino, el reino de la paz; pero la plenitud de la paz y del amor sólo se halla en el cielo. Allí, donde no puede penetrar el odio, nos amaremos intensamente los unos a los otros sin bastardías y egoísmos. Aquí abajo, en la tierra, hacen falta los ejércitos permanentes. Cuando no podemos tiranizar a los otros, nos tiranizamos a nosotros mismos.
Las almas de los ciudadanos forman el alma de los pueblos. Cada pueblo tiene su alma, que es la suma de los muchos odios y de los escasos amores de sus hijos…
Las naciones gustan de alimentarse con naciones, y por esto, para preservarse del mal común, inventaron, primero la saeta, después la lanza, luego el cañón… más tarde, ¡quién sabe!... Hoy unas, mañana otras, las naciones no dejan de azuzarse, pese a todas las predicaciones pacifistas. Las sesiones de ginebra y de la Haya, proclamaron el ideal cristiano de la paz Pero ¿dónde está la paz? Mientras se habla de paz, emperadores, reyes y presidentes de república afilan sus bayonetas, y ensayan nuevas fórmulas de explosivos…
Digámoslo para nuestra confusión, para nuestra vergüenza: necesitamos el auxilio de la fuerza; tenemos que pedir y bendecir los ejércitos; tenemos que hacer votos porque no concluya esa raza de héroes, prestos siempre a derramar su sangre por la seguridad de nuestros estados.
A esa raza inmortal perteneció San Jorge.
A los diez y siete años abrazó Jorge la carrera de las armas. Su inteligencia y su ternura le merecieron la estimación del emperador Diocleciano, quien en pago de los grandes servicios prestados a la patria, nombró a Jorge tribuno militar, grado equivalente al nuestro de coronel.
La conciencia y el honor fueron los rasgos distintivos de este militar ilustre. Y por esto, por su conciencia, por su honor, Jorge, que siempre había cumplido estrictamente sus deberes de soldado, se negó a obedecer, en cierta ocasión, las órdenes del emperador de Roma. No quiso coadyuvar al crimen. Rehusó amarar con la fuerza de sus armas la barbarie y la tiranía. ¿Fue este un acto de indisciplina?
La obediencia alcanza sus límites, como lo alcanza el mandato. Cuando el mandato atenta a nuestra dignidad, a nuestra conciencia, a nuestro honor, entonces nos es lícito declararnos en rebeldía, desoír la voz autoritaria, venga de donde viniere. Lo contrario, en vez de engrandecernos, nos envilecería.
Y si en nuestra obediencia estriba la felicidad o la desgracia, no ya de nosotros mismos, sino de toda una colectividad, de toda una nación, cuya seguridad se halla en nuestras manos, entonces, la obligación de no acatar mandatos que lesionan ajenos intereses reviste un grado mayor. Ya no nos pertenecemos a nosotros, sino a los demás.
Por eso, el militar, más que nadie, está obligado a no obedecer la injusticia y la iniquidad. Y San Jorge que era el modelo del soldado, aparece magnífico, sublime cuando se opone a las órdenes impías del feroz Diocleciano. ¿Por qué han de violarse inocentes vírgenes? ¿Por qué han de sacrificarse indefensos niños? ¿Por qué no han de ser libres para adorar a Cristo? Si adoran los gentiles a los falsos dioses, ¿por qué ellos, los cristianos, no han de rendir culto a su Dios, al mismo Dios verdadero?...
¡Al único Dios, sí! San Jorge lo proclama, lo confiesa, lo acata públicamente. Ni el interés ni el miedo logran que haga traición a su honor, a su conciencia y a su fe. Es el soldado valiente que lucha contra la iniquidad. Por eso se le representa con una lanza hendiendo el cuerpo de descomunal dragón, imagen que hace referencia a un episodio de su vida, que unos autores, como Juan Darche, consideran histórico, y otros meramente legendario. Sea cierto o no, real o simbólico, signifique la victoria sobre un dragón verdadero, o el triunfo sobre la idolatría y la liberación del alma, siempre, San Jorge atravesando con su lanza al monstruo, representa, como dice muy bien Ernesto Hello, la victoria sobre un enemigo, la derrota del fuerte, la libertad del débil, e indica el carácter de San Jorge. San Jorge debía ser, primero, soldado pundonoroso, del ejército de Roma, luego atleta invencible del ejército de Cristo, después el gran mártir, como le llaman los griegos, y por último, el patrón de las victorias, el tutelar de los héroes cristianos. Empezó con el heroísmo natural para llegar al sobrenatural. Los dones sobrenaturales –dice el Padre Faber-, se injertan siempre en los dones naturales que les son más análogos.
Ved a San Jorge, pletórico de fortaleza cristiana, frente a Diocleciano, respondiendo a las blasfemias que el monarca impío profiere contra el Salvador de los hombres.
“Emperador, yo soy cristiano y no temo afirmar públicamente mi fe y mi amor al Rey celestial a quien acabáis de ofender. ¡Qué extraño error es el vuestro en envileceros con el culto de los ídolos y en prosternaros ante unos pedazos de metal y piedras! En las estatuas que llenan vuestros templos sólo adoráis al demonio. No hay más que un solo Dios verdadero y es el Dios de los cristianos, que ha criado el cielo y la tierra, y que es el único que merece nuestras adoraciones y homenajes.”
Y aun añadía, atajando con denuedo las palabras persuasivas de tan astuto como cruel monarca: “Soy cristiano, y el Dios a quien sirvo me dará la victoria sobre Satanás y sus ministros; ten, pues, entendido que ni me han de ablandar tus ruegos, ni me han de arredrar tus amenazas. Todos tus beneficios son vanos y tus presentes semejantes al humo que disipa el viento; tu poder es pasajero y tu trono vacila ya bajo tus pies. No echo de menos los honores que me has concedido hasta el día, porque aspiro a la gloria eterna. ¡Oh! Permita el cielo que conozcas muy pronto al dios Omnipotente, que a mí y a todos los que le aman reserva bienes imperecederos.”
Diocleciano ya no quiso oír más, y entonces ordenó a sus verdugos iniciaran sobre el cuerpo de San Jorge aquella serie de horribles tormentos que valieron al Santo el sobrenombre inmortal de gran mártir.
Un ilustre historiador eclesiástico, hablando de San Jorge, dice que sufrió mil muertes, una tras otra. Por esta exageración sublime, sospechamos algo de las cruelísimas torturas con que afligieron el cuerpo de aquel esforzado paladín de nuestra fe. La piedra, el látigo, la rueda dentada, el borceguí de hierro, el amargo brebaje, el fuego, la cal…: no hubo instrumento de martirio que sobre el ínclito soldado dejara de ensayarse. Pero todos los suplicios resistiólos el gran mártir entre cánticos de alegría, recitando los salmos de David. Y no murió hasta que el Santo suplicó a Dios se dignara concederle al fin la palma del martirio. Entonces, al fiero golpe de uno de sus verdugos, que le cortó la cabeza, exhaló su postrer suspiro aquel hombre insigne que tuvo la santa audacia de rebelarse contra el poder ominoso de un tirano.
San Jorge había nacido el año 280, en Capadocia, o, según otros, en la ciudad de Diospolis o Lidda (Palestina).
Como las actas de este santo fueron alteradas en el siglo IV por los herejes arrianos, es difícil discernir la veracidad de muchos detalles.
La devoción a San Jorge se halla muy extendida. La Iglesia le invoca como a uno de sus protectores en los combates contra la verdad y la justicia.
San Teodoro Siceata, al predecir al conde Mauricio su futuro advenimiento al imperio griego, recomiéndale que tenga devoción especial a San Jorge. Dícese que San Jorge se apareció al ejército de los cruzados antes de la batalla de Antíoco, y que los infieles fueron vencidos por gracia suya. Háblase también de otra aparición de San Jorge a Ricardo I, rey de Inglaterra, que combatió victoriosamente contra los sarracenos.
La ciudad de Constantinopla tuvo en otro tiempo varias iglesias dedicadas a San Jorge. La más célebre se hallaba a orillas del Helesponto o estrecho de los Dardanelos, por lo cual se ha llamado a dicho brazo de mar Brazo o Canal de San Jorge.
San Jorge era el patrón principal de la república de Génova, y en un Concilio nacional celebrado en Oxford el año 1222, se declaró su festividad de precepto para toda Inglaterra.
En España se le rinde gran culto, especialmente en Alcoy (Alicante), donde las fiestas de San Jorge, patrón de la ciudad, revisten esplendor extraordinario.
La villa de Cheviéres, cerca de Compiegne (Francia), posee varias de sus reliquias, y en Diospolis, su ciudad natal, según algunos, se ve aun una iglesia edificada por Justiniano en honor de tan valeroso cristiano.
La fiesta de San Jorge se halla señalada en todos los martirologios el 23 de Abril.

domingo, 22 de abril de 2012

LOS MÁRTIRES DE PERSIA



No hay rincón sobre la tierra que no se haya teñido con la sangre de algún mártir. Desde Oriente a Occidente corrió el precioso caudal que atesoraban las venas de los grandes Santos… La Iglesia cristiana tiene sus fundamentos en el sacrificio, en el heroísmo, en la abnegación… Jesús vertió su sangre divina para lavar los pecados del mundo y darnos la vida de la gracia. Y sobre esa sangre del Redentor de los hombres, acumularon la suya los innumerables mártires que esmaltan, con sus nombres prestigiosos, las páginas de la historia cristiana.
¡Ah!, toda esa brillante legión de mártires, que resistieron impávidos la acometida de fieros enemigos; aquellos ancianos decrépitos, aquellas vírgenes valerosas, aquellos niños de corazón varonil, todos los ilustres cristianos que no retrocedieron en la hora suprema del peligro, y fueron radiantes de santo júbilo a inmolarse en aras de la verdadera fe, pregonan elocuentemente la grandeza de esta religión cristiana instituida por Dios.
Porque, ¿quién sino Dios podía haber dado a aquellas almas la necesaria fortaleza para confesar hasta el fin, sin temor a los tormentos y a la muerte, su sacratísimo nombre? Dios llenaba sus mentes de radiosa claridad e infiltraba en sus corazones las centellas de su amor. Y con esa luz y esa caridad divina, el mártir soportaba, con celestial fruición, las torturas de sus crueles verdugos.
¡Ah!, iniciad persecuciones, dirigid, tiranos emperadores, vuestra saña contra los valientes confesores de la verdad: vuestro odio sólo servirá para hacer resaltar el gran amor que profesaban a Cristo, para escribir en la historia las hecatombes sublimes de Roma, Zaragoza, Alejandría, Persia y cien regiones más, donde los fieles cristianos ganaron laureles de gloria inmarcesible.
Hemos nombrado a Persia, la nación que, en el siglo IV, fue teatro de sangrientos martirios. Hoy hace la Iglesia conmemoración de ellos, y nosotros no queremos pasar este día sin dedicar algunas líneas a aquellos ínclitos campeones de nuestra fe.
¡Toda la astucia y crueldad de Sapor II, se estrelló contra la indomable energía de quienes iban revestidos con la fortaleza de Dios…! ¡Murieron, pero murieron con la sonrisa en los labios, confesando a Cristo, alabando a Cristo…!
Desde fines del siglo III, gloriábase Persia de poseer una cristiandad floreciente. Sin embargo, Dios, que gusta de purificar el alma de sus elegidos con duras pruebas, iba a permitir que un dictador impío suscitase violenta persecución contra ellos. Los horrores del imperio romano, que por trescientos años se había embriagado con la sangre de los mártires, iban a reproducirse en Persia, donde Sapor, durante un reinado de setenta años, el más largo que registra la historia, emularía las crueldades de los Nerones y Dioclecianos.
Los historiadores Sozomeno, Eusebio y Teodoreto, hacen subir a diez y seis mil el número de víctimas; y un autor persa asegura que la cifra de los mártires se elevó hasta doscientos mil.
La persecución presentó diversas fases. Empezó en el año 327, se mostró cruel y rigurosa hasta el año 346, pero en realidad no terminó sino con la muerte del tirano, ocurrida el año 380.
¿El móvil de esta gran persecución? No fue otro sino el odio y el orgullo de Sapor; orgullo que llegó hasta el extremo de que Sapor titulárase hermano del sol (dios de la religión persa), primo de la luna y camarada de los demás astros.
Algunos historiadores suponen también como origen de esta persecución una razón política: el emperador Constantino, convertido recientemente a nuestra fe, había admitido entre los oficiales de su ejército a un tal Hormisdas, hermano del padre de Sapor. Hormisdas, que había abrazado el cristianismo, huyó a Roma a implorar auxilio del primer emperador cristiano, y habiéndolo tomado a éste bajo su protección, desbaratando así los planes sangrientos que respecto a él abrigaba el emperador de Persia, excitó la cólera de Sapor, quien juró tomar venganza, descargando su furia contra todos los cristianos de su imperio.
La persecución arranca en virtud de un edicto promulgado el año 327, décimo-octavo del reinado de Sapor.
Hubahán fue una de las primeras ciudades víctimas del furor persa. Numerosos fieles son encarcelados en lóbregas mazmorras, donde se les invita a renegar del nombre de Cristo y a adorar al sol, si no quieren sufrir la muerte después de los grandes tormentos que los sicarios del emperador ya les tienen preparados.

(CONTINUARÁ… Pag. 444)

sábado, 21 de abril de 2012

SAN ANSELMO



“Cuesta más trabajo ser sabio que ser Santo”. Si esto lo dijo aquel hombre insigne, San Anselmo, Arzobispo de Cantorber, ¿qué diremos nosotros, inteligencias mediocres que, para volar por los espacios de la ciencia, necesitamos muchas veces cabalgar sobre las alas extendidas de alguna de esas colosales águilas de pensamiento?
Todos, si quieren, pueden ostentar más o menos fúlgido, alrededor de sus cabezas, el halo de la santidad, porque todos llevan un alma que en un principio fue buena e inocente, y todos pueden recuperar la bondad y la inocencia, y hacerlas reflorecer en el espíritu, regándolo con lágrimas de sincero arrepentimiento…
¿Quién, viendo a Thais la pecadora y a María Egipciaca, hundidas en el lodazal del vicio, hubiese pensado que por un esfuerzo supremo de su voluntad, habían de elevarse y hacerse dignas de los celestiales premios del Señor? Para ser Santo no hay más que poner nuestro empeño en serlo. Aquí se cumple el adagio: “Querer es poder”. Cuantos se propusieron con empeño ser Santos, lo han sido. Ni es exclusiva la santidad de este o aquel estado, de esta o aquella profesión, de este ingenio asombroso o aquella nulidad científica. La santidad se halla al alcance de todos los mortales. Ha habido Santos en los palacios y en las cabañas, en la quietud de los desiertos y en el bullicio de la ciudad; Santos niños, Santos jóvenes, Santos ancianos; Santos que hicieron voto de virginidad y Santos que se enlazaron con sus vínculos del matrimonio; Santos que pasaron toda su vida en bibliotecas y laboratorios, y Santos que no supieron leer...

(CONTINÚA… Pag 432)