sábado, 14 de abril de 2012

SANTA LIDUVINA DE SCHIEDAM




Quisiéramos que todos los enfermos, todos los hombres agobiados por una grave dolencia corporal, leyesen la vida de la heroica Liduvina de Schiedam.
Es imposible que haya existido en el mundo otro cuerpo humano más dura y largamente combatido. ¡Treinta y tres años postrada, sin levantarse del lecho del dolor…! ¡Y Liduvina, la ilustre virgen holandesa, desde que nació no había hecho otra cosa que acatar la voluntad divina…! Aquella dolencia no era castigo, no; era… para que la grandeza de Dios se manifestase, como dijo Nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos cuando éstos quisieron averiguar la causa de haber cegado un hombre que entre ellos se encontraba.
En presencia de Liduvina, que paciente y alegremente sufre en su cuerpo cruelísimos dolores, siendo toda bondad, ¿no sacarán resignación cuantos hoy yacen postrados por alguna enfermedad cuyo génesis, si se investiga, se deberá quizá a excesos y desaciertos propios?
¡La enfermedad…! Pero si es que no nos damos cuenta de lo que vale y significa la enfermedad.
La enfermedad es una de las más grandes misericordias de Dios. Las misericordias divinas son incontables; David cuando habla de ellas dice: la multitud de las misericordias de Dios. Entre éstas hallamos la remisión de los pecados, el perfeccionamiento de nuestra alma, el conocimiento del porvenir… La enfermedad, por la cual expiamos pasadas culpas, y mejoramos nuestro espíritu, y nos percatamos de la inminencia de la muerte, es un haz de misericordiosos favores.

(CONTINUARÁ… Pág. 292)

viernes, 13 de abril de 2012

SAN HERMENEGILDO


SAN HERMENEGILDO

Sacar de la nada cuanto somos y cuanto nos rodea, sólo pudo hacerlo Dios, como realizar un bien utilizando aquellos mismos medios que,según los cálculos humanos, debían haber afianzado para siempre el mal.
En todas sus obras es admirable Dios, pero su poder resplandece sobre manera cuando valiéndose de causas que,según el cálculo de los hombres, solamente pueden producir efectos desastrosos, obtiene imperecederos resultados de bondad...
Hacina Dios tinieblas y luego, por su voluntad soberana, por su poder infinito, las tinieblas se convierten en luz.
Los visigodos fundan la monarquía ibérica, y el arrianismo con ellos se extiende por toda la Península. Pero después, ellos mismos, los que dejaron caer el tenebroso velo de la herejía sobre España, sus mantenedores, sus defensores, serán los mas decididos defensores del Cristianismo, y cada uno portará en su frente, antes obscurecida por la bruma del error, el foco espléndido de la verdad católica.Y a sus rayos límpidos la sociedad española cobrará vigor nuevo, y en ella florecerán toda clase de virtudes y heroismos.
San Hermenegildo es la primera figura esplendorosa que ilumina aquel fondo de obscuridad. San Hermenegildo es la primera flor de sacrificio que eleva su olorosa cáliz entre las malezas de la monarquía visigoda. Él con su conversión, inicia, prepara la total evolución religiosa de nuestro país (España). El último vástago de los reyes arrianos, ingertándose en el árbol del catolicismo y recibiendo su savia benéfica, fue el origen de un nuevo plantel de monarcas, celosos en promover y defender la verdadera religión. La sangre de éste príncipe sería el robusto cimiento sobre el cual se alzaría el robusto edificio de la monarquía católica de España.
Dueño Leovigildo del cetro español por muerte de su hermano Liuva, había sometido a su yugo casi todas las provincias ocupadas por los romanos. Se posesionó de la Bética,rodeó la Cantabria,tomó la ciudad de Amaya, invadió la Aquitania, y henchido de orgullo y cargado de despojos, tornó a España resuelto a dar cima a sus ambiciosos proyectos de conquistador.
 Soberano ya de casi toda la nación ibera, resolvió hacer hereditaria en su familia la corona que hasta aquel tiempo había sido electiva, y al efecto, asoció al reino a sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo, hábidos de su primera esposa- Teodosia- hermana de los ilustres arzobispos de Sevilla- San Leandro y San Isidoro- dándoles al primero Andalucía y al segundo Aragón.
Dos mujeres juegan principalisimo papel en este drama de San Hermenegildo, una prepara con su acendrada religiosidad y eximias virtudes la conversión del príncipe, otra, con sus perfidias, trata de hacerle apostatar, trayéndole al funesto camino de la herejía arriana.Aquélla es Ingunda, su esposa, hija de Sigisberto, rey de Lorena. Ésta, Gosvinda, casada en segundas nupcias con Leovigildo, fanática, abiciosa y cruel. Ingunda y Gosvinda son para Hermenegildo dos espejos en los cuales se reflejan las excelencias y maldades de sus respectivas religiones. Viendo a su esposa, paciente, resignada, humilde,caritativa, perdonadora...y observando a su madrastra vengativa, iracunda, soberbia, desprovista de todo sentimiento de humanidad, el ilustre príncipe se persuade de la grandeza de la religión católica que tan generosos y elevados sentimientos sabe inspirar, y al fin, cede a las amantes súplicas de su esposa y a las reiteradas instancias de su tío, San Leandro,y rompe de una vez y para siempre las ignominiosas cadenas que le tenían aprisionado al error.
San Leandro fue quien le administró el Sacramento del Bautismo y después el de la Confirmación con tanta pompa y solemnidad, que en memoria de aquel feliz suceso mandó el príncipe acuñar monedad de oro, donde se leía: Hereticum hominem devita.
Imposible describir el efecto que ésta conversión inesperada produjo en los círculos de la arriana corte.

Continuará (pág 273).

jueves, 12 de abril de 2012

SAN SABAS


SAN SABAS

Cuando a través de un erial extenso, hartos ya de contemplar páramos y llanuras que se pierden en lontananza, divisamos algún arbusto, alguna flor que rompe con sus colores la monótona aspereza del terreno, a nuestros ojos, ventanales del espíritu, asómase el alma alegre y regocijada...
Cuando después de haber transcurrido largas horas respirando una atmósfera impura, abandonamos aquel local y atravesando la población salimos al campo, ¡ con qué fruición recibe nuestro pecho aquel aire puro, oxigenado, balsámico, que llega portando en sus ráfagas átomos de salud!...
El mártir San Sabas fue como una flor delicada puesta en medio de un pedregal. Fue como una sana brisa que cruza rápida por un recinto viciado, sin contagiarse de sus hedores...
Sin duda Dios le puso en el seno de un pueblo bárbaro y grosero para demostrar, una vez más, que en todas partes puede arraigar y florecer la virtud.
Porque Sabas pertenecía a aquella nación numerosa que, bajando de Escandinavia, había atravesado Alemania fijándose en las orillas del Danubio y del Mar Negro. San Sabas era godo, había nacido en aquella parte de la Godia mas cercana a Escitia, y aunque la barbarie y la idolatría reinaban a su alrededor, él, en medio de la corrupción del ambiente, supo conservarse humilde, honesto, piadoso, confundiendo a los idólatras con sus arregladas costumbres, y convenciendo a muchos, con la elocuencia muda, pero eficaz, de sus ejemplos. 
La iglesia goda, en la edificante Epístola que escribió acerca de su martirio, hace el retrato de San Sabas, diciendo que tan rico de fortuna por su opulento patrimonio, como pobre de espíritu por el desprecio con que los trataba, no había para él otro tesoro que la Santa Cruz; que era su vida un ejercicio continuo de mortificación y penitencia; que oraba sin cesar; que ayunaba todos los días, y que su viva fe y ardiente caridad inspirábanle un género de valor superior a todos los peligros.
Éste género de valor de que habla la mencionada Epístola, es el de decir siempre la verdad, cueste lo que costare, sin buscar, para esquivar el peligro, componendas ni subterfugios de ninguna clase.
Su alma se mostraba a todo el mundo y en todas ocasiones límpida y tersa como un cristal. De par en par abría las puertas de su pensamiento, iluminado siempre por el foco de la Divinidad. Se manifestaba, se mostraba a amigos y enemigos tal cual era en sí.
Uno de los reyes godos, Atanarico, viendo que el número de cristianos aumentaba extraordinariamente, emprendió en el año 370, una violenta persecución contra todos los súbditos suyos que profesaban la religión de Jesucristo. Entre los muchos mártires que sucumbieron en esta horrible persecución figura San Sabas, que aunque educado en el gentilismo y en las costumbres bárbaras de sus padres,luego que la fé iluminó su inteligencia, supo colocarse a la altura de los grandes santos y cultivar, en grado eminente, las virtudes cristianas mas heroicas. Habiendo tomado por modelo de su vida a Aquel que es la misma virtud y santidad, estudió toda su vida la manera mejor de imitarle. Fiel a la Iglesia, conservó puro su corazón, huyó de los vicios de la juventud y de las costumbres de su pueblo, en las que continuamente sucumbía la pureza, virtud a cuya conservación dedicó Sabas todos sus esfuerzos. Devoto ferviente de la Santísima Virgen María, a ella consagraba sus mas delicados afectos, y constante admirador de Jesucristo paciente, no encontró medio más a propósito para agradarle que una humildad sincera, una mortificación continua y una caridad ardiente.

(Continuará... pág 252...)

miércoles, 11 de abril de 2012

SAN LEÓN MAGNO




El arte de Rafael bosquejó, en uno de sus admirables frescos del Vaticano, la figura de este gran Pontífice. Y la hermosa pintura, reflejando uno de los más interesantes aspectos de la vida de San León, reúne toda la historia de este ínclito servidor de la Iglesia, que luchó contra los poderes enemigos alcanzando siempre la victoria.
San León detiene a Atila: he aquí el argumento pictórico de Rafael. La virtud de la Iglesia, que emana del cielo, domeña el ímpetu arrollador de los ejércitos bárbaros… Los dos poderes, las dos fuerzas, aparecen en primer término, mirándose frente a frente. ¡Es hermoso el contraste! A un lado San León, revestido con sus pontificales ornamentos y rodeado de su corte, monta un brioso caballo, y en actitud de bendecir eleva la mano ilustre, en cuyo índice reluce chispeando gloria el anillo del Pescador. Al otro, Atila y sus guerreros provistos de lanzas y mal refrenando los belicosos ímpetus de sus corceles, escuchan las palabras conciliadoras del obispo universal. El verdor de la campiña toscaza recorta el horizonte, y bajo la azulada comba de los cielos, por el espacio avanzan dos grandes figuras de luengas y revolantes vestes, esgrimiendo en sus diestras lucíferas espadas, las cuales señalan a Atila el camino que a espaldas del invasor ejército se extiende… San Pedro y San Pablo.
Esta escena, que el divino Rafael hizo revivir con la magia de sus pinceles, pregona las bondades y excelencias de león. Atila, el terrible azote de Dios, el hombre sanguinario y fiero que se había apoderado de Aquilea, reduciéndola a escombros y a cenizas; que había devastado a Pavía y saqueado a Milán, llega a las puertas de Roma con el fin de repetir en ella sus criminales excesos, y no bien escucha el acento paternal, cariñoso, suplicante de león Magno, que le pide en nombre del cielo respete a la ciudad santa, el feroz caudillo levanta el cerco y abandona con todos los suyos el confín romano envuelto en remolinos de polvo…
Este santo Pontífice, llamado columna de la Iglesia Católica, era hijo de Quinciano, originario de una de las primeras familias de toscaza y que vivía en Roma a últimos del siglo IV. En la capital, pues, del orbe católico, capital también entonces de todo el mundo conocido, siendo emperador el español Teodosio el Grande, y en el año 400 de la venida de Jesucristo, nació San león, el cual recibió esmerada educación cristiana desde los primeros años de su existencia. Apenas tuvo la edad conveniente fue llevado al seminario del clero romano, donde se pusieron de relieve la gran penetración de su espíritu y la fijeza y seguridad de su juicio, cualidades ambas que, unidas a su aplicación, le proporcionaron muy pronto el caudal inapreciable de doctrina y sabiduría que se revela en todas sus obras, y que le hacen Doctor eminente en literatura y elocuencia y Padre sapientísimo en Disciplina eclesiástica, en Teología y Sagradas Escrituras. Por eso, hablando de este Santo uno de los primeros Concilios generales de la Iglesia Dice: Dios que lo había destinado para obtener espléndidas victorias sobre el error y someter a la fe la sabiduría del siglo, puso en sus manos las armas con que había de combatir: la ciencia y la verdad.
León abrazó la carrera eclesiástica, y fue tal su comportamiento en ella, que no teniendo más que el grado de acólito fue designado para pasar al África y llevar a los obispos de aquella región las cartas apostólicas del Papa Zoísmo, en las cuales condenaba a los herejes Pelagio y Celestino, conociendo en este viaje a San Agustín, con quien le unieron después lazos de estrecha amistad. Por el año 430 fue ordenado de diácono, y por este mismo tiempo impulsó a su amigo Casiano a que escribiese, contra Nestorio, en defensa del misterio de la Encarnación. Nombrado poco después secretario del Pontífice San Celestino, todos los negocios importantes de la Iglesia universal cayeron sobre León, siendo a él a quien acudió San Cirilo, obispo de alejandría, para que informase al Papa de los peligrosos pasos de Juvenal, patriarca de Jerusalén. También fueron de San León las cartas escritas a los padres reunidos en el Concilio de Éfeso, y a él se deben los grandes trabajos que se hicieron para defender la maternidad divina de la Santísima Virgen y la doble naturaleza del Verbo encarnado, inclusas, como hemos dicho, las obras de Casiano. Algunos años después, siendo ya Pontífice Sixto III, sucesor de San Celestino, y teniendo a San León toda la confianza del nuevo Papa, impidió con sus advertencias que fuese admitido en el seno de la Iglesia el hereje Juliano, obispo de Eclama, depuesto y excomulgado por su pelagianismo, y que hipócritamente quería aparecer como ortodoxo.
(CONTINUARÁ pag 231)

martes, 10 de abril de 2012

SAN EZEQUIEL




El vulgo no conoce a los profetas, a los grandes inspirados que hablaban en nombre de Dios.
Esas magnas figuras de la Historia pasan inadvertidas entre el cúmulo de los excelsos varones que merecieron el honor de los altares. Y es lástima que se releguen al olvido por la generalidad del pueblo católico aquellos hombres eminentes que tuvieron el divino privilegio de la clarividencia para vaticinar lo futuro.
Cada vida de estos grandes Profetas es un fragmento de la epopeya sagrada; cada uno de sus escritos un monumento gigantesco. En sus palabras resuena el acento de Dios; por sus mentes resbala un rayo de la increada luz, y a su fulgor espléndido se despejan las brumas del porvenir, apareciendo en el espacio, como una esfera transparente, el gran reloj del tiempo que marca las horas de los acontecimientos futuros.
La visión del Profeta respecto a ese tiempo venidero, vendría a ser algo así como, cuando desde la vía pública, vemos entreabrirse la puerta de algún templo, divisando allá a lo último el dorado retablo, y la lámpara y los cirios parpadeantes. Así el Profeta, a cielo descubierto, vería girar las grandes puertas de los siglos futuros, columbrando en sus galerías de años los hechos de la humanidad.
¡Los Profetas…! ¡Los sublimes Videntes…! Al hablar de ellos, quisiéramos que cada una de nuestras frases tuviera la rotunda solemnidad de esas olas majestuosas que besan suavemente los pies del acantilado. El estilo ligero, florido, mariposeador, no se presta para elogiar a estos grandes hombres. Al son de la trompa y del órgano deben cantarse; las cuerdas de la lira y del arpa no acompañarían debidamente al himno, que debe ser sonoro como el eco de un torrente, no femenil y dulce como los rumores de un riachuelo cristalino… En bronce y mármol deben cincelarse sus estatuas y grabarse sus preclaros nombres: la porcelana y el marfil son impropios para modelar la robustez de sus egregias figuras…
(CONTINUARÁ… pag. 213)

lunes, 9 de abril de 2012

SANTA CASILDA





Antes que el Genio se halla la Virtud. Solo por la Virtud. Solo por la virtud los santos fueron santos. Si no hubieran sido virtuosos, Agustín de Hipona, Ambrosio de milán, Tomás de Aquino, Gregorio Magno y otras lumbreras de la Iglesia, no se hallarían revestidos con la aureola de la santidad. El talento, la sabiduría, son secundarios, son hasta indiferentes para el hecho en sí de canonizar a un hombre. En cambio, la caridad, la bondad, la virtud en una palabra, aun sin ir acompañada de la ciencia basta para alcanzar el honor de los altares.
¡La virtud!... ¡La Caridad!... ¡El bien!... He aquí la cima de la perfección cristiana que no se alcanza por ningún otro sendero. La Ciencia y el Arte no pueden ofrecer nunca patente de santidad. Es a la virtud a quien está reservado ungir con el bálsamo inmortal de los cielos la frente de quienes a ella se consagran. Una persona que practica la virtud es más grande que Cicerón y Napoleón, gigantes por sus empresas públicas y pigmeos por la ruindad de sus pasiones.
Repasad la vida de Santa Casilda y encontraréis un vivo ejemplo de cuanto decimos.
¡Santa Casilda!... Ni el abolengo de su ilustre casa, ni lo cuantioso de su fortuna, ni los encantos de su rostro, hubieran bastado para granjearle durante su vida la sincera admiración del pueblo, y para proporcionarle después una corona de gloria. Pero su bondad, sólo su bondad, la hace reinar en los corazones humanos y le conquista el piadoso fervor de las generaciones venideras. La Virtud animaba su poética figura con la aureola de santidad. Por ser virtuosa, sobre su corazón de sarracena vierte Dios la gracia, y obra en obsequio suyo prodigios singulares.
Su caridad, su gran amor a toda suerte de menesterosos, inspirábala hermosas resoluciones. Tratando de consolar y socorrer, todos los indigentes, mahometanos o cristianos, eran iguales, no mirando en ellos al individuo de ésta o aquella secta, sino al prójimo desventurado, hijo como ella de Dios, por consiguiente hermano, que recorría el mundo llevando a cuestas una carga de miserias y dolores…
Y ni la alteza de su jerarquía –era hija de Aldemón, rey de los agarenos en la capital toledana, le impedía acercarse a las clases más humildes, ni su condición de mahometana trabajar incansablemente por la libertad de los pobres cristianos cautivos.
¡Los cristianos cautivos!... ¡Cómo sufría la santa al verlos pasar delante de su palacio extenuados, abatidos, macilentos, saliéndoles al rostro de la vergüenza de la derrota, y brillándoles en los ojos las lágrimas por el recuerdo de sus hogares perdidos!... ¡Cuán tristemente sonaban en el alma de Casilda aquellos pasos de los prisioneros, embarazosos por las férreas cadenas que se argollaban a sus pies!... ¡Ah, de buen grado hubiese descendido las escaleras de la mansión real, y llegando hasta ellos, con sus manos, blancas como el lirio y finas como el cristal, desatara las prisiones tornando los torturados miembros a su primitiva ligereza!...
¡Las guerras!... ¡El cautiverio!... ¡Los castigos!... ¡La muerte!... ¡Los grandes odios entre los humanos!... Casilda no podía comprenderlos. Su corazón todo abnegación, todo cariño, todo bondad, no acertaba a explicarse nunca cómo había hombres que llevados de ciego furor mutuamente se despedazasen… Siendo tan hermoso amar a nuestros hermanos –se decía- ¿por qué atormentarlos y escarnecerlos? Y en su interior, Casilda parecía escuchar una voz misteriosa que replicábale: -“Para que las almas bondadosas cual la tuya tengan ocasión de manifestarse. Para que el agradecimiento surja de los pechos doloridos y el corazón, al conmoverse con las acciones generosas que se le hacen, adquiera su nuevo encanto…”. Y casilda, ya que no podía devolver la libertad a los cautivos, procuraba en lo posible mitigar sus penas, visitándolos, a escondidas de su padre, en las prisiones, y llevándoles, juntamente con alguna porción alimenticia que aplacase el desfallecimiento de sus cuerpos, algunas frases de consuelo que endulzaran la pena de sus contristados espíritus! ¡Cómo se lo agradecían ellos!... ¡Cómo regaban con sus lágrimas las bienhechoras manos de la joven princesa; y cómo ella sentía en su alma el indefinible placer de aquellos santos ejercicios de caridad!...
Por sus limosnas, por su compasión, por su desinterés, por su generosidad hacia los cristianos, mereció Casilda la recompensa del cielo. ¡Cuánta poesía encierra aquella escena inicial de su conversión a la fe!... En verso merecería relatarse. Fue así:
 Un día, como de costumbre, salió ocultamente de su palacio dirigiéndose a las mazmorras mahometanas, donde gemían los infelices cristianos. En su rica halda de princesa llevaba la caritativa Casilda abundante provisión de pan. Creía marchar sola, pero detrás de ella, a muy pocos pasos, venía el rey, su padre.
Aldemón, avisado por sus leales de la prodigalidad de su hija a favor del infiel, quiso cerciorarse por sí mismo de la verdad de aquellas manifestaciones, para en caso afirmativo castigar a quien, olvidándose de su real estirpe y de su fe mahometana, se atrevía a descender hasta las cárceles de los cristianos aliviando su aflictiva situación.
Bien ajena del seguimiento, entró la bondadosa joven en la cárcel por una secreta puertecilla; mas antes de que ésta hubiera podido cerrarse, asomó el rey llenando su presencia de turbación a la joven, que trataba de ocultar los panecillos que llevaba en su falda.
El rey se aproximó y le dijo: “’Qué lleváis ahí?... Y ella, confusa, sin saber lo que decía, exclamó: “Flores”. Y en efecto, por un milagro del Altísimo, cada pan se había convertido en una rosa. Y al mismo tiempo, en presencia del milagro, se obraba otra conversión en el alma de Casilda. La verdad cristiana infundióle sus soberanas luces, y, ya desde entonces, sólo pensó en purificarse con el agua santa del Bautismo. ¿Cuán cierta es aquella sentencia del rey David: “Bienaventurado el que atiende al pobre y al necesitado; a quien dios librará en el día malo…!”

Día y noche suspiraba Casilda por hacerse cristiana; mas para lograr su propósito luchaba con grandes obstáculos, a causa de su alta dignidad y de la estrecha observancia a que se hallaba sometida por su padre. Sin embargo, la joven confiaba en la misericordia del Señor, que no la abandonaría en tan críticos instantes.
Y no se frustraron aquellas esperanzas consoladoras: oyó Dios sus oraciones y quiso premiar el heroísmo de su caridad, valiéndose de un suceso bien extraño al parecer, pero muy conducente para la realización de sus designios. Según escriben varios autores, dióle el Señor una enfermedad incurable de un flujo de sangre continuo.
Cuantos remedios buscó el solícito padre para aliviar la dolencia de su hija fueron ineficaces. Aquel mal, ante los ojos de la ciencia, no tenía cura.
En tan crítica situación, supo Casilda, por revelación divina o por relación de los cautivos cristianos, que el único remedio para el alivio de su enfermedad sería bañarse en el lago de San Vicente, situado en Briviesca, cerca de la ciudad de Burgos.
Comunicada la noticia a su padre, éste, como se hallara milagrosa fuente en poder de los cristianos, antes de curarla, creyó oportuno pedir parecer a su Consejo, el cual fue de acuerdo que debía atenderse a la salud de la princesa. Obtenida,  pues, la licencia, Casilda, en unión de varios servidores, marchó a Burgos, llevando cartas de recomendación para Fernando I, rey de Castilla, quien la recibió con todos los honores debidos a su noble condición.
Y aquí la princesa mora consiguió lo que tanto anhelaba: recibir las aguas del bautismo. Aquellos fervorosos cristianos instruyéronla en los misterios de nuestra fe, y en breve Casilda tenía el santo orgullo de profesar la sublime religión del Crucificado.
Hallándose ya en tierra alumbrada por los esplendores de la verdadera fe, Casilda no quiso volver a Toledo. Pospuso las comodidades de su palacio a una humilde ermita que mandó construir cerca del lago donde encontró la salud. Oraciones, vigilias, penitencias fueron su ocupación continua, y abrasándose más cada día en el amor de Jesucristo, le consagró su virginidad.
Santa Casilda fue, durante el resto de su vida, el modelo de cuantos querían seguir el camino de una severa perfección.
Los autores no están conformes en la fecha del día en que murió la santa. Unos señalan el 15 de abril de 1050, y otros el 9 de este mismo mes del año 1074. Parece lo más probable que muriese en dicho día 9, ya que a esta fecha hacen mención la mayoría de los breviarios y martirologios.
Su cuerpo fue sepultado en el mismo lugar donde vivió santamente, trasladándose luego, en 30 de Julio de 1529, a la preciosa urna de plata en que hoy se venera.
Su ermita es muy visitada, y su culto se halla muy extendido entre los fieles de la Rioja*, las Provincias Vascongadas y Burgos.

* España

domingo, 8 de abril de 2012

SAN ALBERTO DE JERUSALEM, OBISPO Y MÁRTIR



SAN ALBERTO DE JERUSALEM, OBISPO Y MÁRTIR

La ilustre Orden Carmelitana honra a San Alberto, como a su Patriarca y legislador.
Si en la antigüedad eran considerados como oráculos aquellos grande shombres que daban leyes a los pueblos, robusteciendo y afirmando una nacionalidad, y por sus servicios eminentes veíanse colmados de privilegios y honores, mayor admiración, reconocimiento y gloria merece quien se consagró a instituir o restaurar una Orden o congregación religiosa, dándole preceptos y leyes para su desarrollo y estabilidad.
Las Órdenes religiosas son las naciones predilectas de Dios, los alcázares de la virtud; las fuertes ciudadelas desde las cuales se pelea con singular denuedo por establecer en todo el mundo el reinado social de Jesucristo.
Ellas, tan denigradas, tan combatidas por la masa indocta de la opinión, han sido el porta-estandarte de la civilización, y escudo y broquel donde se estrellaron los dardos de alocadas muchedumbres que en un momento hubieran querido concluir con el orden católico existente.
Sin las Órdenes religiosas, muchas comarcas permanecerían aun envueltas entre los horrores del salvajismo y las tinieblas de la idolatría; y muchos pueblos, hoy adelantados y cultos, no hubieran entrado a formar parte en el concierto de las naciones civilizadas.
Toda regeneración social, artística o política, arranca precisamente, adquiere su primer impulso de los trabajos hechos con tal fin por ésta o aquella institución religiosa. La Orden religiosa limpió de abrojos el camino, allanó el monte, igualó el terreno, y después los hombres no tuvieron más que edificar. Pero el hombre es fatuo, y vano, y presuntuoso, y al cabo, olvidando la labor inicial de aquellos desinteresados atletas de nuestra fe, se abrogó el mérito de una conquista, que, acaso en su vida, sin el exilio de unos pobres monjes, no se hubiera nunca atrevido a realizar.
No hay obra magna en la historia a la cual no vaya asociado el nombre de alguna ilustre corporación religiosa. Al descubrimiento de América coadyuva un modesto guardián de franciscanos, Fray Pérez de Marchena. Otro franciscano ilustre, Jiménez de Cisneros, reconquista nuestro poderío* en Orán. Mercedarios y Trinitarios emprenden la redención de los cautivos. En las abadías benedictinas se refugia la civilización de los pueblos meridionales, próxima a caer ante la feroz embestida de los bárbaros. Hijos de San Agustín y Santo Domingo recorren las dilatadas llanuras de la joven América, sembrando luz en opacas inteligencias y amor y bondad en indiferentes corazones; haciéndola sabia y religiosa, abnegada y viril; iniciando en ella la cultura, el vigor y el engrandecimiento que disfruta hoy…
Los propulsores, los mantenedores de todos esos venerandos institutos, merecen la más alta estimación de los pueblos.
San Alberto, Patriarca y legislador de la insigne Congregación Carmelitana, se hace acreedor a que hoy le rindamos un piadoso homenaje, pues en nuestra calidad de españoles no podemos olvidar que la Orden del Carmelo se extendió a manera de rama olorosa por toda nuestra Península, haciendo florecer en ella místicas corolas tan preciadas como Santa Teresa y San Juan de la Cruz, ornamentos preclaros de nuestra hispana literatura…
Sin cultivo, el jardín se agosta. Sin la labor perseverante de San Alberto, aquella Orden eremítica que remontaba su origen nada menos que hasta los profetas Elías y Eliseo, hubiera sucumbido o se hubiese mezclado más o menos tarde con otras asociaciones piadosas, perdiendo su propia personalidad.
San Alberto fue el jardinero sagrado puesto por Dios para restaurar aquél vergel carmelitano que contaba luengos siglos de existencia.
San Alberto, conociendo que la regla de Juan de Jerusalén no era bastante imperativa y precisa, y que los estatutos de San Brocardo pecaban por su estilo demasiado difuso, redactó una regla más corta, más substancial, más preceptiva, que ilustró con pasajes escogidos de la Sagrada Escritura, y adaptó perfectamente a la posición y a los deseos de los ermitaños.
No contento con ofrecer a la Orden carmelitana aquel legado de su sabiduría, la enriqueció con abundantes limosnas, hasta el punto de emplear en ella la mayor parte de su cuantiosa fortuna, que sirvió para reedificar el monasterio del monte Carmelo.
Hay que hacer constar que San Alberto no era carmelita, lo cual avalora más la singular protección que dispensó siempre al glorioso Instituto.
(CONTINUARÁ… pag. 169)


* de España