miércoles, 2 de mayo de 2012

SAN ATANASIO


Ser perseguido, desterrado, castigado injustamente, caprichosamente, es el destino de casi todos los grandes hombres, cuya acción beneficiosa pesa sobre la conducta moral de los pueblos.
El odio despierta a la calumnia, y ésta, batiendo sus negras alas, se posa en la bien ganada fama de un hombre probo e inteligente, devorándola con empeñado encarnizamiento.
La crédula muchedumbre, que comprende mejor los grandes vicios que las grandes virtudes, forma coro a los graznidos del ave sin entrañas, y por algunos momentos se alimenta con las piltrafas de aquella honra inmaculada que la calumnia desgarró.
Nadie tan calumniado, tan odiado por la masa general de la opinión, como el hombre sereno, justo, grave, imparcial, que pretende saturar, regenerar con el soplo de su honradez el viciado ambiente de su Patria. En cada Patria, en cada pueblo, en cada familia, en cada hogar, hay un vivero de árboles destinados a sacar de ellos las necesarias cruces donde habrán de enclavarse los regeneradores que salgan…
Estad seguros: en cuanto veáis asomar la venerable figura de un hombre que dedica su tiempo a redimir vuestro tiempo, mirad al extremo de aquella Patria o de aquel hogar por donde aparece, y veréis cómo sigilosamente avanzan otros hombres de enfermiza contextura moral, portando entre todos la inevitable cruz, destinada más tarde o más temprano a cargarla en los hombros del varón justo…
Pero Cristo, el Redentor universal, cerró con un broche de oro el sermón de las Bienaventuranzas:
Beati qui persecutionem patiuntur propter justitiam, quoniam ipsorum est regnum coelorum.
Bienaventurados los que sufren persecuciones por la justicia, porque de ellos es el reino de los Cielos.
¡De ellos!... Aquí el Señor no dice: “gozarán”, “verán”, “irán al reino de los Cielos”, sino que ese reino celestial es de ellos, les pertenece, es suyo, y como suyo, podrán habitarlo y disfrutar de cuantas delicias espirituales se encierran en tan venturoso reino.
“¡Venga la persecución propter justitiam!”, exclamaríamos todos, si tuviésemos el espíritu de San Atanasio. Pero el egoísmo sienta mejor al alma de la sociedad moderna, y sólo a la consideración de que pudiéramos ser objeto por nuestra ansia del bien, del encono de nuestros desagradecidos conciudadanos, familiares o amigos, temblamos como la tímida liebre cuando barrunta el jadeante hervor de la jauría…
El valor del sacrificio no es ajeno a todas las voluntades. Para aceptar el sacrificio es preciso atesorar un alma sumamente exquisita y amable. ¡Y recta y robusta como cedro del Líbano! Olor a cedro, que es suave y fuerte a la vez, desprenden las almas de los grandes abnegados; y así como cuando el hacha derrumba alguno de estos hermosos árboles, y lo taja y fragmenta, cada fibra de la rica madera esparce penetrante aroma que empapa con sus efluvios al ambiente, así también la persecución injusta que abate con su hacha odiosa la gigante empresa de algún noble regenerador, al dar en tierra con los generosos ímpetus, de cada uno de éstos se escapa un sano perfume que la historia recoge luego en incensario de oro, para perfumar un día el corazón de la Patria…
Porque los perseguidos, los calumniados, las grandes almas que en pro de excelsos fines trabajaron, no viven únicamente en el Cielo; viven en la historia también, que más tarde o más temprano sabe hacer justicia.
Ved cuán grande es la recompensa que les concede Dios. Y no sólo esto: en la misma penalidad, en la misma persecución, en la misma injusticia, hallan esos hombres buenos consuelos y dulzuras inefables. ¡Ah, la persecución tolerada, sufrida con amor y por el nombre de Cristo!...
Cuando se profesa de verdad el cristianismo; cuando el hombre identifica su cruz con la Cruz, el sufrimiento es amable, dulce, deleitoso… San Pablo escribía: “En medio de mis tribulaciones, reboso de alegría”. No solamente lleno, sino desbordante, rebosante de felicidad.
El sufrimiento es negra nube que pasa encubriendo el cielo de nuestra dicha; pero el verdadero cristiano, con los rayos de su conformidad y su esperanza, la colorea, y aquella misma nube va adquiriendo matices, perdiendo poco a poco su lobreguez…
En la Escritura se leen estas palabras: “Sed bendito, Señor: después de la tempestad, tornáis la tranquilidad a nosotros; después de las lágrimas, nos devolvéis la alegría; post tempestatem, tranquillum facis et post lacrymationem et fletum, exultationem infundis (1).
Sí; las injurias, las calumnias, las ofensas, las persecuciones, las injusticias, todo eso que amarga nuestro corazón, que empuja nuestras lágrimas, que nos abruma, que abate…, es tempestad que pasa: sobre ella extiende el firmamento la serenidad de su azul, y el sol prodiga a los mundos sus rayos luminosos…
Tal ocurre con el gran Doctor de la Iglesia, San Atanasio, cuya vida es toda ella una furiosa tempestad, una espesa nube cárdena con paréntesis de sol…
Porque al sol no se le pudo destruir, y de cuando en cuando asomaba su soberano disco, iluminando en la obscuridad la noble figura del ínclito Doctor.
Atanasio casó con la Verdad, y celosa la Mentira de su postergación, Eolo de las perfidias, azuzó los vientos de la calumnia, de los odios reconcentrados, de las venganzas aguardadas durante mucho tiempo, y todos, bramando, se arremolinaron sobre la cabeza del Santo.
El arrianismo, despechado por los justos ataques de Atanasio, cuya dialéctica sutil y fuerte no podía menos de vencer la endeble contextura del sofisma, de la argucia, del error…, recurre a toda la caterva de medios ruines para lanzar a Atanasio de su Sede patriarcal de Alejandría.
Primero le acusan ante el emperador Constantino de haber querido hacer pagar tributos a los egipcios, cuando éstos visitaban su diócesis. Pero los egipcios proclaman la falsedad de estas declaraciones, y Alejandría no perdió por entonces a su venerado Patriarca.
Después, sobornan a una infame mujer, para que en presencia de todos los Prelados reunidos en el Concilio de tiro, declarase contra la honestidad de Atanasio; pero por un ardid ingeniosísimo del Obispo Timoteo, que a las acusaciones se levantó indignado cual si fuese el propio Atanasio, diciendo: -“¡Cómo! ¿Pretendéis que me habéis visto cometer actos deshonestos en vuestra casa?” –se patentizó la inocencia de Atanasio, pues la mujer, que no conocía al sabio Doctor, dirigiéndose a quien la interpelaba, exclamó: -“¡Sí, vos; vos mismo!...”
Puestos ya en el terreno de la calumnia, los arrianos no dejaron de utilizar la más monstruosa. Validos de una larga ausencia del Obispo Arsenio, difundieron la noticia de su muerte, añadiendo que el Patriarca de Alejandría le había matado. Para comprobarlo y que no hubiese lugar a dudas, se proporcionaron la mano de un cadáver, que presentaron en una segunda Asamblea. Pero –por una feliz casualidad, como diría cualquier espíritu superficial; nosotros decimos providencia de Dios- Arsenio llegó aquel mismo día a la ciudad y se presentó a todos, desbaratando los inicuos planes de los arrianos.
Éstos no cejaron en su empeño, y de tal modo llegaron a concitar las pasiones en contra de Atanasio, con tal insistencia y maldad presentaron al insigne Prelado de faccioso, enemigo del Poder imperial y de la verdadera Religión, que Constantino cedió, antes por miedo que por convicción propia, a la demanda de los arrianos. Atanasio fue destituido de su Sede patriarcal y desterrado a Tréveris, capital entonces de la Galia, situada a ochocientas leguas de Alejandría.
A la muerte de Constantino, volvió Atanasio a su querida patria, pero los arrianos, que le habían jurado guerra sin cuartel, obtuvieron del emperador Constancio su deposición por segunda vez.
Y ya desde aquí toda la vida de San Atanasio se reduce a un ir y venir de Alejandría al destierro, del destierro a Alejandría.
El gran perseguido no se desalienta: las injusticias que con él cometen los Poderes públicos no le abaten, no truncan su alma noble, su alma robusta, generosa y fuerte. Aunque las hordas arrianas vengan tras él, aunque la venganza le persiga, aunque amague su pecho bondadoso el homicida puñal, él, imperturbable, grave, sereno, lleno de esa gran majestad que infunde al hombre la tranquilidad de su conciencia, el cumplimiento de su deber, continúa recitando los versículos, las lacónicas sentencias de su celebérrimo Símbolo, que escalofrían de pavor el alma réproba, y abren un horizonte de risueñas esperanzas al verdadero creyente.
¿Qué importa que el lugarteniente del emperador, a la cabeza de cinco mil hombres, como si fuera a conquistar una plaza de guerra, se presente delante de la iglesia de San Atanasio para apoderarse de su persona? Las lanzas de los soldados podrán destruir su cuerpo, pero no la dulce felicidad que en medio de aquella injusta persecución experimenta su alma. Se le persigue propter justitiam, y “Bienaventurados los que así padecen persecuciones, porque de ellos, y no de los perseguidores, es el reino celestial.”
Ni Constantino ni Constancio, ni Juliano el apóstata, ni Valente, emperadores que, bien cediendo a impulsos propios, bien a presiones ajenas, desterraron e hicieron víctimas de sus ataques al gran San Atanasio, podían vislumbrar siquiera la dicha que por sus injustas determinaciones experimentaba el corazón del glorioso Patriarca.
¡La persecución!... ¡el destierro!... ¡Las nubes grises que el santo coloreaba con los dulces rayos de su cristiana conformidad!... Aunque no hubiese vuelto jamás por Alejandría, aunque hubiese muerto sin conseguir su pública rehabilitación, aunque el escarnio de toda la humanidad le hubiera conducido al sepulcro, San Atanasio, hubiera muerto feliz, porque la pérdida de Alejandría no era la pérdida del cielo; porque la honra íntima no se pierde con la deshonra pública; porque la alabanza o el aplauso de la humanidad nada significa ante Dios…
Pero no: Dios quería que su ilustre siervo, a despecho del arrianismo, viviera en Alejandría, ocupara su Sede patriarcal, aclamado, venerado de la multitud.
Y así fue: Atanasio, después de los grandes combates que había sostenido en defensa de la verdadera fe, tornó a la Sede alejandrina, donde murió, querido y respetado de todos, el 2 de Mayo del año 373.
En medio de estas luchas, de estas tribulaciones, siempre amenazado, siempre perseguido, San Atanasio escribió admirables obras de profundo sentido moral y teológico y apologético, donde redujo a polvo muchos especiosos argumentos de los herejes de su época.
Un escritor antiguo, refiriéndose a la labor literaria de este Santo, dice: “Cuando halléis una sentencia de los escritos de San Atanasio, si no tenéis papel, escribidla en vuestros vestidos. Hay una, sobre todo, que es el programa de toda su vida, y que debe ser el programa de la nuestra en los tiempos presentes; Docet nos non tempori sed domino servire. Conviene que seamos, no los esclavos del tiempo y de las circunstancias, sino los servidores de Dios.”
Esclavo de Dios, que nunca varía, y no del tiempo, que siempre es mudable, fue el gran Doctor cuya fiesta conmemoramos hoy. Y por eso sufrió persecuciones, tribulaciones, destierros; y por eso fue feliz; y por eso se halla eternamente en la mansión de los bienaventurados: Beati qui persecutionesm patiuntur propter justiciam, quoniam ipsorum est regnum coelorum…


(1) Tobías, III, 22.

martes, 1 de mayo de 2012

SANTOS FELIPE Y SANTIAGO, APÓSTOLES



Hoy celebra la Iglesia juntamente la festividad de los apóstoles Felipe y Santiago el Menor.
Cada vez que evocamos el recuerdo de los doce primeros propagadores de la fe, nos sentimos penetrados de calurosa admiración y hondísima piedad.
Aquellos doce hombres ignorados, obscuros, humildes, marchando a las ciudades populosas, sin bagaje, sin armas, sin recursos, para predicar la ley de Cristo, contra los errores de los pueblos idólatras; aquellas largas peregrinaciones a través de la tierra, aquella serie de privaciones, de suplicios, de escarnios, de tormentos, levantan en nuestro corazón, al par que indignación profunda hacia los Césares y jerarcas ominosos del imperio, una devoción tiernísima para los primeros adalides de nuestra fe, pilares inconmovibles sobre los cuales se asentó el majestuoso e indestructible edificio de la Iglesia Católica!...
Al contemplar los triunfos alcanzados por ellos en medio de la ruda oposición de los imperios; al verlos proseguir, venciendo con la dulzura, la paciencia, el amor, la humildad, todos cuantos obstáculos desplegó en contra suya la tiranía; al ver triunfante la Verdad católica, enaltecida la Cruz divina, hasta entonces símbolo del deshonor entre los pueblos, una exclamación se escapa de nuestros labios, exclamación de asombro, de entusiasmo por Cristo, que realizó, en aquella obra de evangelizar las naciones por medio de doce humildes pescadores, el mayor de todos los milagros.
Ite, -díjoles el Señor-, docete omnes gentes. Id, y enseñad a todas las gentes. Y aquel mandato sublime es seguido por los apóstoles. Van a enseñar al mundo pagano, sin la ciencia de Platón ni de Aristóteles. Van a predicarles las augustas doctrinas, sin tener la elocuencia de un Demóstenes o un Pericles. Van a mandarles que abandonen el culto de los dioses falsos, sin llevar tras sí las fuerzas vencedoras de Alejandro. Van a cautivar la mente y el corazón de los hombres, sin el oro vil, cuya reluciente ofrenda capta fácilmente la afición de muchas voluntades…
¡Allá van los apóstoles!... ¡Vedlos!...
Sin ser sabios, enseñan y convencen. Sin ser afligigranados oradores o retóricos, arrebatan con su palabra a las grandes muchedumbres. Sin manejar la espada, conquistan las naciones, derrumban pútridos imperios. Sin dádivas ni ofrecimientos de brillante calidad terrena, ellos han subyugado el corazón humano.
¿Por qué este inmenso triunfo? ¿Cómo doce hombres han podido alcanzar, frente al desatado poder de todo el mundo, gloria tan universal e imperecedera?
No lo ignoramos: Jesucristo, después de aquellas santas palabras: “Id, enseñad a todas las naciones”, agregó: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”.
Y por esta asistencia divina, los apóstoles vencen en el mundo. Ellos no le ven, no le oyen, pero Jesucristo está con ellos, camina al lado de ellos, les ayuda, les inspira, les alienta, les fortalece… ¡Así el apostolado realiza la gran obra de regenerar la tierra! Porque en realidad, ¿qué es todo apóstol?, ¿qué es todo hombre que se sacrifica por la verdad divina en bien de sus semejantes? Ya lo dijo uno de nuestros más célebres oradores: El apóstol es el espíritu de Cristo con toda su sencillez y en toda su elocuencia.
¡Y cuántos sacrificios impone la sublime profesión, la santa carrera de apóstol!... Hay que abandonar la patria, la familia, los amigos; hay que hacer abstracción de todos los goces; aceptar las mayores incomodidades; no rehuír el peligro, ofrecerse como víctima; si es preciso, ceñirse con la inmortal diadema de los mártires.
Contemplad a los doce apóstoles primitivos; vedles abandonar las riberas de sus ríos, las sombras de sus árboles, las faldas de sus montañas, su patria, en fin, para espaciarse por la tierra y predicar a los hombres la doctrina del Salvador. Vedles sudorosos, jadeantes, hambrientos, surcando países desconocidos, siendo objeto de burla y de irrisión y de odio por parte de los gentiles. Vedles, al final de su gloriosa carrera, crucificados unos, apedreados otros, ¡todos vertiendo su sangre generosa en holocausto de la fe!...
El sublime espectáculo de todos estos sacrificios no ha dejado de repetirse, porque la raza de los hombres apostólicos no concluye, como tampoco la de los tiranos opresores. ¿Qué son todos esos varones abnegados, que van a predicar la fe a las abrasadas llanuras del África, a las heladas regiones esquimales, a los espesos bosques de América o a algún desolado peñón de la Oceanía? ¿Qué son sino continuadores de aquella obra gigante realizada en el mundo por los doce primeros discípulos del Señor?

(CONTINUARÁ… Pag. 9)

lunes, 30 de abril de 2012

SANTA CATALINA DE SIENA





Los que combaten al catolicismo tachándolo de enervador del alma, de formar espíritus encogidos, apocados, pusilánimes, cobardes, deberían recordar que en el catolicismo se formaron las grandes mujeres, las grandes salvadoras de pueblos, que no retrocedieron en la hora del peligro, luchando valerosas por el triunfo de la verdad y la justicia. Juana de Arco, la capitana ilustre se puso al frente de un ejército; e Isabel la Católica, nuestra insigne soberana, realizó, a despecho del moro, nuestra unidad nacional.
La mujer, de suyo tímida e irresoluta, se decide, cuando la inflama el amor de Jesucristo, a afrontar todos los riesgos, a acometer todas las empresas nobles que puedan redundar en honra de Dios y provecho del prójimo. La célebre Virgen de Sena, la gloriosa Catalina, es prueba bien elocuente de que la profesión del catolicismo, lejos de disminuir, aumenta las energías espirituales imprimiéndonos una santa audacia, una inquebrantable resolución para emprender hazañas al parecer insuperables…
¡Las mujeres cristianas!... ¡Las vírgenes, las madres, las esposas y las viudas cristianas!... Estas heroínas de nuestra fe, son el modelo de la mujer perfecta, de que habla la Sagrada Escritura. No la busquemos en el paganismo. Semiramis y Cleopatra, tan preconizadas por los poetas decadentes, fueron grandes reinas, sí, pero hundidas en el légamo de sus repugnantes vicios.
En cambio, las femeniles celebridades católicas lo reúnen todo: ciencia, valor y virtud. Esta virtud nimba todas sus empresas, todas sus demandas. Dentro de la virtud se agitan, envueltas por la virtud pasan a través de las sociedades. La virtud es el estuche precioso que guarda las perlas de sus grandezas.
¡Y qué grande y de cuánta trascendencia es el ejemplo de una mujer virtuosa!... La existencia del hogar radica en la virtud de la mujer. De la mujer depende que el hogar sea tabernáculo santo o infamante cubículo.
Y los hogares son viveros de familias, y las familias inician las tribus, y las tribus forman las patrias, y las patrias constituyen el mundo…
La bella mitad del género humano, si quisiera, podría regenerar al mundo… Pero son pocas las que, como Genoveva o Catalina, se dedican a esa noble misión. Se objetará: “No todas tienen el talento y la fortaleza de aquellas dos grandes mujeres”. Cierto; pero todas tienen en su alma un germen de virtud que puede transformarse en árbol gigante que cubra con su sombra benéfica muchos corazones.
El feminismo, ese afán que caracteriza a muchas mujeres modernas por conquistar derechos y prerrogativas reservados exclusivamente a los hombres, consumiendo energías en una campaña infructífera, en una labor estéril que nada o muy poco habrá de reportar, debiera ser sustituido por el ansia de volver a la mujer muchas virtudes perdidas, muchas de esas bellezas morales que constituyen el principal encanto femenil.
Si el feminismo es tener votos, ostentar la representación de un distrito o lucir la medalla municipal, es nuevo el feminismo. Pero si es interesarse por el bien de los ciudadanos, trabajar por la religión y por la patria, el feminismo ha existido siempre… La mujer debe siempre aparecer abnegada, desinteresada, generosa, desprendida…
Jamás se movieron por el lucro Santa Genoveva, Santa Teresa, Santa Catalina… ¡Santa Catalina! Hoy celebra la Iglesia su festividad, y es justo que la consagremos algunas líneas. Mujeres como éstas son faros lucientes, antorchas fúlgidas que nos alumbran a todos. Los hombres, viendo sus grandes arrestos, pueden aprender a sacudir censurables apatías…
La vida de Santa Catalina se halla compendiada en un cuadro de Fray Bartolomeo, marcado en la galería del Louvre con el número 1008: la santísima Virgen en un trono real, sostiene a su divino Hijo, el cual regala a Santa Catalina de Sena, que ante Él se arrodilla, el anillo de los esponsales. En el fondo, Santo Domingo y San Francisco de Asís, se abrazan, como dando ejemplo de unión, de paz y caridad que deben animar a las diversas familias cristianas y monásticas. El rey David canta al son de su arpa, y San Pedro, el Príncipe de los apóstoles, se adelanta y señala con su mano a la mujer fuerte que va a combatir por la Iglesia y a libertar el Papado.
Efectivamente, Catalina fue la casta esposa de Jesucristo, de quien mereció el anillo nupcial, y fue incansable trabajadora que dedicó todos sus esfuerzos a empujar y llevar a puerto seguro la nave de la Iglesia, librándola de los muchos escollos del procelso mar de aquel siglo XIV, tan combatido por la herejía y el cisma.
La Orden de Santo Domingo fue el vaso escogido por Catalina para guardar las flores de sus virtudes; mas éstas crecieron, se expansionaron y, no pudiendo el vaso contener tan abundante profusión, las flores se desparramaron por el mundo llenándolo de suavísimos perfumes… Es decir, que la acción de Catalina no se circunscribió al claustro: una mujer de sus méritos necesariamente tenía que desarrollar aquella acción sobre la tierra. La tierra se halló inundada de sus beneficios. Lo que Teresa de Jesús fue en España, respecto de la Orden del Carmelo, esto fue Catalina de Sena en Italia, en lo que concierne a la Orden dominicana, que con el talento y acometividad de aquella mujer sublime adquirió gran desarrollo de brillantez. Fundó muchos monasterios, y en los diversos viajes apostólicos que realizó por el ducado de Toscaza, atrajo con sus palabras al seno de la religión católica muchas almas que vivían aherrojadas en los abismos del error y de la culpa.
Su caridad era inagotable, y ¡heroicamente hermosa! Un rasgo: Encuéntrase cierto día por el camino un pobre que, vivo y altanero, pídele limosna. “¡Ay, hermano! –dícele la santa-, no llevó ni un maravedí”. Insiste el pobre: “Pues este mandato algo valdrá, ¿por qué no me lo dáis?” “No me acordaba, tenéis razón”, respondió Catalina. Y le entrega el manto. Los religiosos que la acompañan, reconvienen su caridad indiscreta. Entonces la Santa, verdaderamente inspirada, contesta sublime: “Prefiero que me hallen sin manto, sin hábito, antes que me encuentren sin la caridad.”
Otro rasgo: Cuidaba a una enferma repugnante, leprosa, hedionda… Esta enferma, era no más que úlceras, llagas, podredumbre… El ánimo más esforzado, el espíritu más ardiente y valientemente caritativo desfallecía de repugnancia y asco a presencia de aquel objeto humano pestilencial… Catalina sufría cada vez que disponíase a curarla. Pero al fin domó la rebelión de la naturaleza mediante un acto apenas creíble y cuyo solo relato hace estremecer. Así: sintiendo un día mayor repugnancia que de ordinario, tuvo el valor de recoger en un vaso el agua que acaba de servir para lavar una úlcera, y exclamó decidida: “Por Dios vivo, vas a beber lo que tanto horror te causa”. Y como si fuera un preciado licor, lo apuró de un solo trago. Al leer esto nuestra pusilanimidad se horroriza. El mismo demonio, dicen los viejos cronistas al referir estos hechos, debió quedar espantado.
¿Y qué decir de su gran talento? Algunos escritores sagrados suponen, con harto fundamento, que Dios concedió a esta hija del pueblo, que no había estudiado, una ciencia infusa superior a la de los más célebres teólogos. ¿Ignoráis que Santa Catalina es la patrona de los estudios en muchos colegios y universidades? ¿Nunca oísteis hablar de su cátedra teológica, de su famosa escuela místíca? Esta escuela, formada de sacerdotes, de monjes, de caballeros y de mujeres jóvenes, todos adictos, fieles, dedicados a la palabra de la Santa, es un hecho único en la historia de la Iglesia.
Nada era tan necesario –dice un ilustre escritor-, como una escuela de teología en el siglo XIV, época en que los métodos usados en las escuelas tendían a disecar los espíritus y esterilizar los ingenios.
Discípulos de Santa Catalina fueron el Padre Raimundo de Capua, hombre eminente, mezclado en muchos acontecimientos de su siglo; el Padre Tomás y el Padre Bartolomeo, ilustres dominicos; Esteban Macconi; Andrés Van, distinguido pintor que debió hallar al lado de Santa Catalina, tan bellas como dulces inspiraciones, y las bienaventuradas mujeres Florentina Juana Pazzi, Juana di Capo, Cecca, Olessa…, y otras muchas.
Todos ellos escuchaban la autorizada voz de aquella mujer admirable, que ha quedado en las páginas de las historias eclesiástica y profana como dechado de santidad y portento de sabiduría. Los favores que recibió del cielo, sus visiones, sus éxtasis, sus milagros, sus profecías; aquella impresión de las llagas de Cristo, aquel continuo alimentarse con el eucarístico manjar, prueban de cuán subidos quilates debía ser el oro de su perfección, cuando así merecía ser galardonada en la tierra por el Poder divino. Y sus explicaciones teológicas, su profundo al par que tierno Diálogo, sus cartas numerosas a pontífices y obispos, superiores de Ordenes religiosas, príncipes, capitanes y estadistas, corroboran a la posteridad la fama de su gran talento. Así se explica que ella como un haz de rayos luminosos, disipase las sombras de aquella época triste y dolorosa porque en 1374 pasó la República de Sena; que juntase los ánimos hondamente divididos por las revoluciones interiores, que les restituyese pasadas energías, que abatiese los rigores de la fuerza opresora, bárbara, brutal… Así se explica que Catalina fuese el ángel de paz entre la toscaza y el augusto representante de Cristo, cuando Gregorio IX, justamente indignado por la sublevación de los florentinos contra los legados y oficiales de su pontificia autoridad, lanzó contra ellos las formidables censuras de la excomunión. Así se explica que sobre aquel Pontífice ejerciera tan decisiva influencia, obligándole a trasladarse de Aviñón a Roma; que fuese para el Papado lo que Juana de Arco fue para la monarquía francesa, ángel protector… Así se explica que Urbano VI, en medio de aquella furiosa tempestad que anunciaba los comienzos del gran cisma de Occidente, la eligiese árbitro y consejera de sus apostólicas resoluciones… Así se explica, en fin, la influencia que su prestigioso nombre llegó a ejercer en casi todas las costas de Europa, bamboleadas entonces por los recios vaivenes de una anarquía universal…

(CONTINUARÁ… PÁG 564)

domingo, 29 de abril de 2012

SAN PEDRO DE VERONA, MÁRTIR


Los hombres, en su mayoría, gustan más de juzgar por las apariencias que por realidades. Lo aparente les cautiva en gran manera, y por lo aparente discurren, por lo incierto injurian, aplauden, ridiculizan o ensalzan.
La veguedad, la inseguridad del "parece...", da margen a la fantasía para poblar los espacios de absurdos y quimeras; mientras que en la rotunda afirmación "es así", no caben las invenciones especiosas, las cábalas peregrinas, los desacertados juicios.
El mundo gusta más de la novela que de la historia; del pasatiempo divertido que de la grave y honda reflexión. Aquello que se presenta indeciso, indeterminado, fluctuante, flotante entre lo que es y no es, guarda para la humanidad pervertida un encanto y un interés indefinibles. En el momento en que la duda se deshace, en que las sombras se aclaran, en que las suposiciones se desmoronan bajo el certero golpe de la realidad, se acaba el interés.
Y menos mal, si la realidad corresponde a lo que el mundo creyó; pero, ¡ay, si trunca despiadada la leyenda que, en torno de la apariencia al mundo plugo urdir!... ¡Ay, si cae por tierra toda la máquina del embrollo!... ¡Qué decepción!
Como el mundo gusta más de urdir sus historias alrdedeor de una apariencia mala que de una apariencia buena, resulta que se encoleriza casi siempre, cuando sus escenas soñadas no corresponden a la exactitud del caso, por haber sido sustituida la maldad sospechada, la perversión supuesta, por la virtud y el bien.
Ello es triste, pero... es así. Dios nos manda pensar siempre bien. Pero el mundo, en contra de Dios, exlama: -"piensa mal y acertarás." -Y pensamos mal, y no siempre acertamos. Dios condena el juicio temerario, pero la sociedad con su moral casuística, dice que el juicio temerario es un pueril pasatiempo para distraer la maldad...
Nos suscita las presentes reflexiones, un episodio que leemos en la historia de San Pedro, mártir, ornamento de la sagrada orden de los predicadores, cuya festividad celebra hoy la Iglesia.
San Pedro, durante una época de su vida, fue víctima de la maledicencia del juicio temerario. ¡Y de sus mismos hermanos en religión!... Esta es una de las mayores desgracias que pueden sobrevenirnos: ser juzgados malévolamente por aquellos mismos que debieran ponerse a nuestro favor.
Y para que mejor resalte la aviesa intención de aquellos que por apariencias le juzgaron, hagamos un diseño de las virtudes de nuestro Santo, modelo verdadero de cristiana perfección.

Así como de las espinas brotan rosas, y agua de la peña dura, y fuego del pedernal, así de unos padres herejes, partidarios ciegos de los errores de Manés, nació Pedro de Verona, que fue rosa, y agua, y fuego a un tiempo mismo. Rosa por el penetrante aroma de sus virtudes; agua por el caudal exquisito de sus ternuras, a donde iban a beber todos los desventurados; fuego por el ardor con que combatió la herejía maniquea hasta ceñirse la corona del martirio... Pero no adelantemos los episodios de su admirable vida.
Verona, ilustre ciudad de Lombardía, fue la patria de este Santo, quien, como dice un ilustre escritor, parece que desde las entrañas de su madre traía esculpido el amor de la fe católica y el aborrecimiento de los herejes.
El "Creo en dios Padre, Todopoderoso, criador del cielo y de la tierra" fue su divisa constante, contra el parecer de los maniqueos, que no querían ver la hermosura del mundo visible que nos rodea, considerándolo todo como obra del demonio.
Ni las promesas ni las amenazas de sus padres, qeu intentaron por todos los medios rendir el corazón de su hijo a la herajía, fueron suficientes prar hacerle abdicar de sus puras convicciones católicas. Pedro de Verona continuaba recitando cada vez con más fuerza el "Creo en Dios Padre, Todopoderoso, criador del cielo y de la tierra..."
Terminados sus primeros estudios, Pedro marchó a Bolonia, en cuya célebre Universidad, se captó bien pronto la admiración y simpatía de sus maestros y condiscípulos, por las excepcionales prendas de su bondad y talento. Aquí no tuvo ya que sostener batallas contra el error y la impiedad, sino contra el vicio, que era lo que mayormente detestaba el virtuoso joven.
Hallábase dotado Pedro de un alma exquisitamente pura. La castidad tenía para él un irresistible encanto. Ser casto, conservarse siempre puro, era en él una necesidad. Y así rehuía las invitaciones de sus compañeros de estudio, gente joven, bulliciosa, alegre, que le instaban frecuentemente a diversiones y jolgorios.
Tal empeño, tanta tenacidad pusieron en desviarle del recto camino, que el Santo se proponía seguir, que Pedro, vista la acometividad, temió llegarse un día en que pudiese ceder, y cediendo perdiese, en una hora, cuanto desde que vino al mundo se había ganado ante los ojos de Dios.
Semejante posibilidad llenó su alma de espanto, y para preservarse del peligro, decidió poner entre su alma y el mundo la barrera de la religión.
Hallábase a la sazón en Bolonia el glorioso fundador Santo Domingo de Guzmán, y Pedro, impresionado por aquél hábito blanco y negro, doblemente simbólico, pues representa la pureza y la humildad, acordó solicitar su ingreso en la Orden de Predicadores, tan venerada en todo el orbe católico por la ciencia y santidad de sus miembros ilustres.
Pedro de Verona, satisfizo sus deseos; el mismo Santo Domingo le concedió el hábito.
Y ya en el claustro, no cabe imaginar un más allá de virtud, de piedad, de penitencia. Pedro, el ínclito veronés, recorrió en un día toda la escala de perfección. Sus mortificaciones fueron increíbles, y por ellas en cierta ocasión estuvo a punto de perder la vida, viéndose obligados los superiores de la Orden a amenguar su excesivo rigor.
Pedro de Verona era también muy aficionado al estudio, en especial al estudio de las Sagradas Escrituras, con cuyo rico arsenal procuraba no solamente ilustrar su entendimiento, sino inflamar en el bien su voluntad y purificar de tal modo su corazón que, según testifican los Padres que le confesaron, nunca tuvo consentimiento de pecado mortal...
Pues a un hombre tan justo, tan humilde, tan santo, la maledicencia hizo blanco de sus ataques, y él "parece que..." revoloteó en torno de su inmaculada vida poblando los espacios de repugnantes fantasmas...
Lanzó el juicio temerario, al abrigo de una falsa apariencia, sus dardos venenosos sobre la ilustre figura de San Pedro de Verona, y en breve su prestigioso nombre fue pasto de la mundana voracidad.
Respecto de él se cumplieron aquellas palabras de la Escritura: "...exacuerunt ut gladium linguas suas: intenderunt arcum, rem amaram, ut sagittent in occultis inmaculatum." (Psalm. LXIII, 4 y 5). Aguzaron como espadas sus lenguas: entesaron el arco, cosa amarga, para asaetar en oculto al inocente. "Lingüis suis dolose agebant: venenum aspidum sub labiis eorum." Con sus lenguas urdían engaños; veneno de áspides hay debajo de sus labios...
Sí: nada vieron, y sin embargo, lo acusaron. Bastó un rumor, un conjunto de femeniles voces que a través de la celda de Fray Pedro de Verona se escuchaba para que alguien, mal pensado, de corazón mezquino y alma ruín, no tuviera recelo en ir de acá para allá dando por hecho lo que no había visto. ¿La apariencia le condena? Condenémosle nosotros también. Y sin reparar en toda su vida anterior, de abnegaciones, de penitencias, de sacrificios, así, en un momento y de un solo golpe se tumba a la figura en tierra para que la pisoteen y la escarnezcan los hipócritas y bajos serviles.

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sábado, 28 de abril de 2012

SAN PABLO DE LA CRUZ




Toda la vida del Salvador sobre la tierra es un tejido admirable de divinas enseñanzas. Toda ella encanta y sacude el alma del fervoroso cristiano a impulsos de nobilísimos sentimientos. ¿Hemos dicho del fervoroso cristiano? Nuestros mismos enemigos, aquellos que no militan en el seno de nuestra bendita religión, se admiran y conmueven leyendo las narraciones evangélicas, las páginas sublimes de los cuatro libros inspirados, donde se delinea a grandes rasgos la excelsa figura de Jesús.
Y de entre todos los actos divinos que allí se refieren, no hay nada que les impresione tanto como las escenas de la Sagrada Pasión. Jesús-niño, en la cuna, adorado por los pastores, es una página tiernísima, cuya belleza no llega al corazón de muchos hombres, que perdieron con el transcurso del tiempo el encanto de la inocencia y sencillez primitivas, adquiriendo en cambio la prosaica rudeza de los años que van poco a poco deshojando, con los garfios de sus dedos, los blancos pétalos de aquellas rosas de sentimientos puros, exquisitos e ingenuos…
Jesús, mártir, y mártir por el ideal más sublime, cual es la salvación, el perdón, la felicidad –una felicidad eterna- del género humano, levanta el corazón de todas las muchedumbres, que ante el drama sublime del Calvario no pueden reprimir una exclamación de asombro. La grandeza del magnífico espectáculo anonada con su peso sublime al impío, que no sabiendo ya cómo exteriorizar el entusiasmo que le produce aquel hermoso sacrificio, y obcecado por otra parte con sus sistemáticas prevenciones, que no le dejan lugar a una declaración explícita y terminante, llega a decir sin embargo: “Si ese hombre no es Dios, merece serlo”.
No cabe mayor elogio que respecto a Jesús podamos exigir los creyentes de un materialista. ¿Cuándo hemos oído decir algo parecido en los discursos encomiásticos que ha prodigado la posteridad a los hombres ilustres de la Historia?
El sacrificio del Redentor produce en los hombres de todas las razas, de todas las castas, de todas las naciones una sensación indefinible… Jesús en la cuna, es como una de esas flores bellas que solamente saben apreciar las almas delicadas y exquisitas: pero Jesús en la Cruz se impone a todos, como se impone el rayo de la tempestad que surca la atmósfera. Jesús en la Cruz es la belleza trágica, la grandeza, la hermosura que abarca con sus brazos extendidos toda la redondez del mundo…
Y si hasta los mismos que le fustigan se sobrecogen y conmocionan y admiran cuando consideran ese pasaje con que termina su vida en la tierra el divino Salvador, ¿qué será para aquellos que le reconocen y le aman, adorándole como lo que es en realidad, Dios verdadero…?
¿Qué será de la consideración del drama del Calvario para aquellas almas devotas, exquisitamente sensibles y cristianas, que exhalan en todos sus actos y en todas sus palabras, como una ráfaga olorosa, su puro, entrañable, inextinguible amor a Cristo…?
La contemplación de Jesús crucificado fue para San Pablo de la Cruz su continuo objeto, y, deseando padecer por quien tanto padeció, desde niño comenzó a castigar su inocente cuerpo con ayunos, azotes y vigilias, llegando hasta el punto de beber, en los viernes de cada semana, vinagre con hiel desleída, en memoria de la amarga pócima que dieron cuando agonizaba en la Cruz al amado Redentor.
La característica de este gran Santo es su amor a la Cruz; este amor le hizo variar su apellido Daniel por el emblema de nuestra sagrada redención; le hizo alistarse en la cruzada que los venecianos armaron contra los turcos el año 1716, desechar ventajosas proposiciones matrimoniales, repartir toda su fortuna entre los pobres, instituír, en fin, la Congregación de los Pasionistas, que a más de los tres votos peculiares de cada Orden, ostenta el de promover siempre, en todo tiempo y lugar, la devoción y el amor a la sagrada Pasión de Jesucristo.
Son dignas de conocerse las circunstancias que motivaron la creación de este religioso Instituto. Había cumplido el Santo veintiséis años, y según su piadosa costumbre, después de haber comulgado en una iglesia de Padres Capuchinos, tornaba a casa ensimismado, como siempre, en la consideración de los misterios del Drama sacratísimo.
Apenas llegó a su casa, arrebatado en espíritu, se vio revestido por la Virgen de una túnica negra, la cual ostentaba un corazón con una cruz encima y este lema, marcado con letras blancas: Passio D. N. Jesu Christi: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
El divino Salvador hizo comprender a nuestro Santo que ésta era la divisa de una nueva Orden, que él, Pablo, en honra del Sacrificio del Dios-hombre, habría de fundar.

(CONTINUARA… Pag 534)

viernes, 27 de abril de 2012

SAN PEDRO ARMENGOL



Corre el año 1258. La noble casa de Armengol, que se ilustra con las ascendencias de las casas reales de Francia, Castilla y Aragón, y con los condados de Urgel, Barcelona y Flandes, se ha prolongado en un vástago nuevo, en Pedro, hijo de Arnaldo Armengol, pundonoroso caballero, modelo de valor y religiosidad.
Guardia de los Prados, villa del arzobispado de Tarragona, se engalana con sus mejores atavíos: la señorial mansión de los Armengols tócase en los balaustres de sus severos balcones con aterciopelados reposteros donde luce bordado en oro el familiar escudo; arcos de ramaje construidos por sencillos aldeanos que así quieren asociarse a la alegría de los poderosos señores de Armengol, decoran las entradas del camino por donde en briosos corceles se aproxima lucido cortejo de invitados. A la lumbre del sol chispean los bruñidos arneses, y las colas de los briosos caballos agitados por el viento, semejan recios cordones de luces enredadas.
El címbalo de la humilde iglesia parroquial tañe en grato son de solemnidad festiva, y más de una dulzaina rústica tocadas por campesinos ingenuos, dilatan por el espacio, con sus dulces notas la sana alegría en que rebosa la Guardia de los Prados.
¿Por qué este general regocijo? ¿Por qué la dulce satisfacción que en todos los semblantes se observa?
¡El hijo de don Arnaldo de Armengol, el nuevo vástago de la casa Armengol, va a recibir las aguas del Bautismo!... Por eso el brocatel se exhibe en los trajes de las damas, y el oro pulido en las armas de los caballeros, y la zamarra limpia en los hombros del villano, y la gargantilla acoralada sobre el blanco justillo de la aldeana moza, y la campana replica alegremente, y la dulzaina se deshace en ternuras, y los viejos servidores de la casa solariega, van por los grupos de los humildes hijos del pueblo repartiendo golosinas y abundantes limosnas… ¡Todo por don Pedro de Armengol, el florón nuevo de la casa ilustre!... Vedle allí, sobre la pila bautismal!, sostenido por su padrino, uno de los más nobles señores de la corte de Aragón: las vestiduras bautismales, que el oro recamó, fulgen como una constelación de astros, bajo el influjo de los copiosos cirios; el agua santa cae desde argentífera caparazón que vacía el sacerdote, sobre la cabeza del recién nacido, y al caer cada gota semeja el polvo de una perla fragmentada… Bañó el agua regeneradora la testa del noble primogénito y entonces se escuchó una voz del venerable padre mercedario Fray Bernardo Corbaria, que decía solemnemente: “A este niño un patíbulo ha de hacerle santo”.
La extraña profecía corrió de boca en boca, y al día siguiente, todos los habitantes de Guardia de los Prados, repetían como un eco del fraile de la Merced: “A Pedro de Armengol un patíbulo había de hacerle santo…”

Transcurrieron los años. La noble señora de Armengol murió cuando apenas su hijo Pedro había cumplido los nueve. Arnaldo, requerido por su rey, se hallaba empeñado en guerreras lizas. La educación de Pedro fue confiada a un anciano y probo mayordomo de la casa que, marchando por los mismos senderos dibujados en el alma del niño por aquella virtuosísima señora que le dio al mundo, procuró infiltrar en Pedro los rectos principios de la moral cristiana.
Mas, ¡ay!, que todo cuidado es poco cuando se trata de velar por la juventud inexperta. Plántense gérmenes de virtud en el alma de un joven, y olvídese de procurarle buenas compañías, y entonces todo aquel interés desplegado en su obsequio, resultará inútil. La impresión de los buenos ejemplos familiares, se borrará pronto con el roce constante de aquellos amigos que sólo tienen por norma de su conducta la corrupción y el escándalo. Esto aconteció con el ilustre vástago de Arnaldo Armengol. Pedro, por condescendencia de su ayo, de quien poco a poco fue mimosamente ganándose la voluntad, frecuentó peligrosas amistades, que tornárosle en el joven voluble, caprichoso e inquieto, pronto a olvidarse de las obligaciones más santas con tal de conseguir sus inmoderados deseos.
Advirtió su preceptor el cambio que inadvertidamente, por sus permisiones, se había operado en el alma de su discípulo. Quiso remediarlo, oponiéndose a aquellas entrevistas amistosas, origen de la naciente perversión. Pero ya era tarde; el fuego de las pasiones había subido, y la ciudad de las virtudes, era presa de violentas llamas. Pedro Armengol, olvidado de su prosapia ilustre, hacía traición al honor de sus antepasados, y enfangaba su linajudo apellido con alardes de crápula y desorden.
Todo el pueblo hallábase escandalizado con el proceder indigno de aquel mancebo por cuyas venas corría sangre de ilustres príncipes, y la noticia de tanto exceso y tropelías llegó a oídos de su padre, el virtuoso caballero D. Arnaldo de Armengol, quien procuró entrevistarse inmediatamente con Pedro, a fin de interponer con él su autoridad y su cariño, atrayéndole a la buena senda, de la que tanto se había apartado.
-  “¿Qué desórdenes son los de vuestra vida, infeliz Pedro? –exclamó Arnaldo apenas le vio. -¿Podré llamaros mi hijo? ¿Pensáis que el nacer noble es privilegio de vivir mal? La nobleza es regla de vivir bien, y quien nace como vos, nace con muchas obligaciones y ha menester de cumplirlas. El valor se muestra en los combates, peleando por Dios y por la Patria, no en la zahúrda disputando por groseras causas con inmundos compañeros. Si sois valiente, servid al rey en la guerra, y no le inquietéis sus vasallos en la paz. ¡Ah!, ya comprendo aquella sentencia del venerable Fray Bernardo Corbaria: “A este niño un patíbulo había de hacerle santo”. Lo de patíbulo, es fácil; vuestra santidad…, ¡ay!, vuestra santidad, lo dificulto. ¡Ojalá me equivoque! ¡Ojalá tenga de mí piedad el cielo, moviéndoos el corazón a sincero arrepentimiento!...” Y de los ojos del atribulado padre se desprendieron abundantes lágrimas, que velaron las voces de su lastimera reconvención.
Fueron inútiles aquellas palabras dictadas por la caridad más honda, por la caridad de un padre que veía, con los ojos empañados de lágrimas, el camino de perdición que seguía su hijo.
Abyssus abyssum invocat: un abismo llama a otro abismo: Pedro, olvidados ya todo decoro y todo humano sentimiento, no queriendo sufrir por más tiempo las reconvenciones paternales, huyó, en unión de otros amigos tan perversos como él, de su pueblo natal, y haciéndose jefe de ellos, organizó una partida de bandoleros que pronto sembró el terror en toda la comarca de Cataluña.
Allá iban, robando, incendiando, cometiendo todo género de tropelías. Desprovistos de recursos, por satisfacer sus vicios y necesidades, no retrocedían ante nada ni ante nadie, y los ruegos de la madre y de la esposa, y el llanto de los hijos, que asustábanse al contemplar las siniestras cataduras de los bandidos, no les impedían seguir adelante en sus criminales empresas. Un odio feroz a la humanidad guiaba sus pasos, y a su contacto, la tierra catalana transpiraba sangre…
El pernicioso ejemplo de Pedro Armengol y sus compañeros, fue seguido por otros, y en breve la provincia de Tarragona sintió el azote de varias partidas de forajidos.
Era preciso dar una violenta batida a tan crecido número de malhechores. Además, el rey D. Jaime tenía que pasar de Valencia a Montpellier y había forzosamente que limpiar los caminos de bandoleros.
Y… ¡misteriosos, pero siempre sabios designios de la Providencia! Arnaldo Armengol, el padre del principal malhechor de cuantos merodeaban por aquellos terrenos, fue encargado por su experiencia militar, de salir con fuerzas de a pie y caballería en persecución de los bandidos.
Era un día en que el sol lanzaba sobre la tierra sus más brillantes rayos. El dorado polvo solar fijándose sobre las rocas, iba rellenando sus huecos con haces de lumbre. Un velo de oro luminoso parecía flotar en el ambiente, y sus puntas, cayendo encima de las hojosas ramas de los árboles, daban un tinte rubiáceo a los verdores floridos.
A través de largos y profundos desfiladeros, atajando los caminos vecinales y las carreteras por cuestas, riachuelos y trochas, marchaba al frente de sus compañías de soldados, el valeroso caballero don Arnaldo de Armengol.
El pesar nubla su frente, y su corazón se agita a impulsos de contrarios sentimientos. El amor paternal y el deber de su cargo, batallan en su espíritu; y la vergüenza, el oprobio de aquel hijo desventurado, que tan negro borrón ha echado sobre una casa que fue siempre el prototipo del honor y la hidalguía, afluye a su rostro, taladrándolo con esos puntos de rojez inconfundible…
Abrumado, inclina el noble caballero de vez en cuando su frente, y temiendo el encuentro de aquel hijo ingrato, sobre cuya cabeza la real justicia iba a descargar su golpe, afloja a veces las riendas de un corcel que, aligerado del freno, baja la cerviz gallarda, poniéndose a mirar plácidamente los verdes rastrojos que bordan de trecho en trecho el accidentado camino. Pero pronto el capitán se rehace, yergue sobre la silla el contraído busto, levanta altiva la cabeza, fulguran sus ojos con la lumbre de una cólera justa, y, picando espuelas al caballo, exclama lleno de noble altivez: -“No, mi deber ante todo… Ese hijo, ya no es hijo mío;  es un salteador de caminos, es un homicida, ¡es un ladrón!...” Y las venas de su faz señoril, se hinchan, y el color rojo de la vergüenza aumenta la intensidad de su característica coloración…
Varias horas llevaban ya los soldados de caminar, cuando uno de los vigías destacados por Arnaldo en las avanzadas del terreno, se dirigió presto a su jefe, diciéndole: -“Señor, parece que una partida de bandidos, se acoge ahí, en el valle que forman estas dos montañas.”
Arnaldo Armengol, dio órdenes de avanzar cautelosamente por una vereda que se perdía entre el bosque.
Efectivamente, allá abajo, vivaqueaban algunos hombres, quienes por sus haraposas trazas, parecían pertenecer a alguna de aquellas bandas malhechoras que llenaban de constante perturbación al país.
No era posible distinguir sus rostros; sólo al reflejo del sol se veían brillar sus armas.
Toda la cautela que al bajar pusieron los perseguidores, no fue bastante para que los bandidos dejaran de apercibirse del peligro que corrían. Así es, que apenas divisaron en los promedios del monte a los jinetes, emprendieron veloz huída. Escuchábase la voz desafortunada de uno de ellos, sin duda el más valiente, que decía: -“¡No huyáis, cobardes! Son pocos; aguardémosles aquí y demos buena cuenta de ellos.”
Pero los aludidos no hacían caso de tales palabras, y apresurábanse a escapar trepando por las laderas opuestas.
Los soldados esforzaron su marcha, y cortando por diversos lados la retirada a los perseguidos, cayeron pronto sobre ellos, aprisionando a unos y matando a los que intentaban hacerles resistencia.
Respecto al que parecía jefe de la banda, más afortunado que los otros, trepaba con gran agilidad por una eminencia que los soldados olvidaron de escudar, y ya parecía hallarse en salvo. Mas no fue así, pues advertido el caballero Armengol, picó espuelas al corcel, y galopando rápidamente dio vuelta al montículo, y aguardó allí, lanza en riestre, la salida del criminal. Éste no tardó en aparecer, y su decepción al verse copado fue horrible. Ciego de ira arremetió contra el caballo, clavándole su acero en los ijares… Rodó el jinete, lanzando un ay de confusión y espanto… ¡Don Arnaldo Armengol, había reconocido en aquel hombre que de tan rápida manera le había agredido, a su propio hijo Pedro!...
El lamento del padre hirió profundamente el alma del agresor, quien acercándose al valiente capitán, vio, con asombro, que aquel contra el cual había desenvainado su espada, era ¡su padre!...
Entonces, las entrañas del amor filial se abrieron, y un torrente de lágrimas inundó la faz de Pedro de Armengol. El arrepentimiento purificaba su alma, sumida desde largo tiempo en la más baja abyección.
Solícito se acercó al noble capitán caído, y alzándole del suelo, prosternóse a sus pies, aclamando, mientras sus ojos vertían un copioso raudal: “Padre mío, perdonadme; he sido un insensato, bien lo sé. He arrastrado por el suelo vuestro honor, y soy digno, lo reconozco, del mayor de los castigos. Pero yo prometo desde ahora, en que parece que mi corazón se alumbra con una luz del cielo, enmendar completamente mi conducta, consagrando todos los días de mi vida a Dios. Vos sois bueno, padre mío, y no dejaréis de otorgarme ese perdón que será mi mayor dicha.”
No acertaba a creer Arnaldo la maravilla obrada en el corazón de su hijo; pero conociendo al fin que era aquello un favor especialísimo de la misericordia divina, dio gracias a la Providencia que tan sabiamente dispone sus planes, y abriendo cariñoso los brazos, estrechó contra su corazón a aquel hijo descarriado por quien tantas lágrimas había vertido.
Sin embargo, exacto cumplidor de su deber, acordó llevarle a presencia del rey para que éste administrara justicia.
Don Jaime, en pago a los muchos servicios prestados por su fiel servidor Arnaldo, perdonó a Pedro, y éste, cumpliendo su promesa, ingresó en la Orden Mercedaria, de la que fue bien pronto, por sus penitencias, su saber y sus virtudes, uno de los ornamentos más preciados.
Sus ansias de padecer por Cristo le llevaron a tierra africana, donde varias veces quedó en rehenes por libertar a infelices cautivos, y donde sufrió por parte de los fanáticos hijos de Mahoma, atroces suplicios, en los cuales, se patentizó la gracia que había alcanzado ante el Señor y la Santísima Virgen, quienes en más de una ocasión se le aparecieron, desatando, como el ángel a San Pedro Apóstol en la cárcel mamertiana, las ligaduras que le retenían en lóbrega mazmorra.
Así como su vida anterior fue causa de que muchos dilapidasen su hacienda y cometieran grandes pecados, así ahora, sus heroicas virtudes y sacrificios motivaron la conversión de numerosos pecadores que, contagiados del admirable ejemplo de San Pedro Armengol, abrazaron el Instituto de la Merced.
No pudiendo sufrir su humildad los honores que le tributaba toda la ciudad de Barcelona a su regreso de África, marchó al pobre convento de Nuestra Señora de los Prados, sito en el arzobispado de Tarragona, donde murió el 27 de Abril del año 1277.
La predicación de Fray Bernardo Corbaria se había cumplido. San Pedro Armengol fue canonizado por Inocencio X el 18 de Abril de 1683.
Sus reliquias se guardan en la parroquia de Guardia de los Prados, su lugar natal, donde son objeto de gran veneración.

jueves, 26 de abril de 2012

NUESTRA SEÑORA DEL BUEN CONSEJO



La Virgen del Buen Consejo!... La celestial Señora, Madre de dios, alienta con las múltiples advocaciones que le da la Iglesia, el desmayado corazón de sus atribulados hijos. Ella, María, es la Virgen del Perpetuo Socorro, del Amor Hermoso de los afligidos, de los Desamparados, de la Esperanza, del Consuelo, de la piedad… Ella es la acogedora constante de la Esperanza, del Consuelo, de la piedad… Ella es la acogedora constante de nuestros suspiros, de nuestras lágrimas, de nuestros infortunios. Ella es la perdonadora de nuestras culpas, la intercesora con el Poder divino para que nos infunda la gracia del arrepentimiento…
¡María!... ¡Cuánta belleza encierra cada una de las advocaciones con que la designa el vulgo piadoso!... ¡Y como ella sabe corresponder a la confianza que esos amorosos títulos despiertan en el corazón de sus devotos!...
Hoy se la celebra con el de “Nuestra Señora del Buen Consejo”, y a fe, que el verdadero creyente que en las circunstancias indecisas, difíciles, embarazosas de su vida, se prosterne ante la celestial Emperatriz demandándola protección y ayuda, sacará fortalecida el alma, contando con nuevos bríos y luces para proseguir el fatigoso y obscuro sendero de su existencia.
Entre las advocaciones de María no podía faltar esta del Buen Consejo. Y se comprende: el hombre, por sabio y experimentado que sea, no puede pasar todo el tiempo de su vida sin un amigo, sin un guía, sin un consejero. Todos necesitamos del consejo, de la advertencia leal, sincera, cariñosa. Lo difícil es encontrar la persona que sepa darlo, porque los consejos han de brotar de los corazones verdaderamente amigos, de aquellos que con desinterés se interesen por nosotros. Y los grandes amigos son muy escasos. Acordémonos de lo que en tal sentir nos dice la Escritura.
Por eso nadie puede aconsejarnos mejor que una madre; la madre, para el hijo, es el corazón que nunca muere: la felicidad del hijo la obsesiona: todas sus advertencias irán encaminadas a procurar el bien a ese pedazo desprendido de su alma. Ya se comprenderá que hablamos de la madre en su riguroso sentido, no de la que siéndolo, escarnece con su conducta y egoísmo tan excelso nombre.
(CONTINUARÁ… P. 505)