viernes, 13 de abril de 2012

SAN HERMENEGILDO


SAN HERMENEGILDO

Sacar de la nada cuanto somos y cuanto nos rodea, sólo pudo hacerlo Dios, como realizar un bien utilizando aquellos mismos medios que,según los cálculos humanos, debían haber afianzado para siempre el mal.
En todas sus obras es admirable Dios, pero su poder resplandece sobre manera cuando valiéndose de causas que,según el cálculo de los hombres, solamente pueden producir efectos desastrosos, obtiene imperecederos resultados de bondad...
Hacina Dios tinieblas y luego, por su voluntad soberana, por su poder infinito, las tinieblas se convierten en luz.
Los visigodos fundan la monarquía ibérica, y el arrianismo con ellos se extiende por toda la Península. Pero después, ellos mismos, los que dejaron caer el tenebroso velo de la herejía sobre España, sus mantenedores, sus defensores, serán los mas decididos defensores del Cristianismo, y cada uno portará en su frente, antes obscurecida por la bruma del error, el foco espléndido de la verdad católica.Y a sus rayos límpidos la sociedad española cobrará vigor nuevo, y en ella florecerán toda clase de virtudes y heroismos.
San Hermenegildo es la primera figura esplendorosa que ilumina aquel fondo de obscuridad. San Hermenegildo es la primera flor de sacrificio que eleva su olorosa cáliz entre las malezas de la monarquía visigoda. Él con su conversión, inicia, prepara la total evolución religiosa de nuestro país (España). El último vástago de los reyes arrianos, ingertándose en el árbol del catolicismo y recibiendo su savia benéfica, fue el origen de un nuevo plantel de monarcas, celosos en promover y defender la verdadera religión. La sangre de éste príncipe sería el robusto cimiento sobre el cual se alzaría el robusto edificio de la monarquía católica de España.
Dueño Leovigildo del cetro español por muerte de su hermano Liuva, había sometido a su yugo casi todas las provincias ocupadas por los romanos. Se posesionó de la Bética,rodeó la Cantabria,tomó la ciudad de Amaya, invadió la Aquitania, y henchido de orgullo y cargado de despojos, tornó a España resuelto a dar cima a sus ambiciosos proyectos de conquistador.
 Soberano ya de casi toda la nación ibera, resolvió hacer hereditaria en su familia la corona que hasta aquel tiempo había sido electiva, y al efecto, asoció al reino a sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo, hábidos de su primera esposa- Teodosia- hermana de los ilustres arzobispos de Sevilla- San Leandro y San Isidoro- dándoles al primero Andalucía y al segundo Aragón.
Dos mujeres juegan principalisimo papel en este drama de San Hermenegildo, una prepara con su acendrada religiosidad y eximias virtudes la conversión del príncipe, otra, con sus perfidias, trata de hacerle apostatar, trayéndole al funesto camino de la herejía arriana.Aquélla es Ingunda, su esposa, hija de Sigisberto, rey de Lorena. Ésta, Gosvinda, casada en segundas nupcias con Leovigildo, fanática, abiciosa y cruel. Ingunda y Gosvinda son para Hermenegildo dos espejos en los cuales se reflejan las excelencias y maldades de sus respectivas religiones. Viendo a su esposa, paciente, resignada, humilde,caritativa, perdonadora...y observando a su madrastra vengativa, iracunda, soberbia, desprovista de todo sentimiento de humanidad, el ilustre príncipe se persuade de la grandeza de la religión católica que tan generosos y elevados sentimientos sabe inspirar, y al fin, cede a las amantes súplicas de su esposa y a las reiteradas instancias de su tío, San Leandro,y rompe de una vez y para siempre las ignominiosas cadenas que le tenían aprisionado al error.
San Leandro fue quien le administró el Sacramento del Bautismo y después el de la Confirmación con tanta pompa y solemnidad, que en memoria de aquel feliz suceso mandó el príncipe acuñar monedad de oro, donde se leía: Hereticum hominem devita.
Imposible describir el efecto que ésta conversión inesperada produjo en los círculos de la arriana corte.

Continuará (pág 273).

jueves, 12 de abril de 2012

SAN SABAS


SAN SABAS

Cuando a través de un erial extenso, hartos ya de contemplar páramos y llanuras que se pierden en lontananza, divisamos algún arbusto, alguna flor que rompe con sus colores la monótona aspereza del terreno, a nuestros ojos, ventanales del espíritu, asómase el alma alegre y regocijada...
Cuando después de haber transcurrido largas horas respirando una atmósfera impura, abandonamos aquel local y atravesando la población salimos al campo, ¡ con qué fruición recibe nuestro pecho aquel aire puro, oxigenado, balsámico, que llega portando en sus ráfagas átomos de salud!...
El mártir San Sabas fue como una flor delicada puesta en medio de un pedregal. Fue como una sana brisa que cruza rápida por un recinto viciado, sin contagiarse de sus hedores...
Sin duda Dios le puso en el seno de un pueblo bárbaro y grosero para demostrar, una vez más, que en todas partes puede arraigar y florecer la virtud.
Porque Sabas pertenecía a aquella nación numerosa que, bajando de Escandinavia, había atravesado Alemania fijándose en las orillas del Danubio y del Mar Negro. San Sabas era godo, había nacido en aquella parte de la Godia mas cercana a Escitia, y aunque la barbarie y la idolatría reinaban a su alrededor, él, en medio de la corrupción del ambiente, supo conservarse humilde, honesto, piadoso, confundiendo a los idólatras con sus arregladas costumbres, y convenciendo a muchos, con la elocuencia muda, pero eficaz, de sus ejemplos. 
La iglesia goda, en la edificante Epístola que escribió acerca de su martirio, hace el retrato de San Sabas, diciendo que tan rico de fortuna por su opulento patrimonio, como pobre de espíritu por el desprecio con que los trataba, no había para él otro tesoro que la Santa Cruz; que era su vida un ejercicio continuo de mortificación y penitencia; que oraba sin cesar; que ayunaba todos los días, y que su viva fe y ardiente caridad inspirábanle un género de valor superior a todos los peligros.
Éste género de valor de que habla la mencionada Epístola, es el de decir siempre la verdad, cueste lo que costare, sin buscar, para esquivar el peligro, componendas ni subterfugios de ninguna clase.
Su alma se mostraba a todo el mundo y en todas ocasiones límpida y tersa como un cristal. De par en par abría las puertas de su pensamiento, iluminado siempre por el foco de la Divinidad. Se manifestaba, se mostraba a amigos y enemigos tal cual era en sí.
Uno de los reyes godos, Atanarico, viendo que el número de cristianos aumentaba extraordinariamente, emprendió en el año 370, una violenta persecución contra todos los súbditos suyos que profesaban la religión de Jesucristo. Entre los muchos mártires que sucumbieron en esta horrible persecución figura San Sabas, que aunque educado en el gentilismo y en las costumbres bárbaras de sus padres,luego que la fé iluminó su inteligencia, supo colocarse a la altura de los grandes santos y cultivar, en grado eminente, las virtudes cristianas mas heroicas. Habiendo tomado por modelo de su vida a Aquel que es la misma virtud y santidad, estudió toda su vida la manera mejor de imitarle. Fiel a la Iglesia, conservó puro su corazón, huyó de los vicios de la juventud y de las costumbres de su pueblo, en las que continuamente sucumbía la pureza, virtud a cuya conservación dedicó Sabas todos sus esfuerzos. Devoto ferviente de la Santísima Virgen María, a ella consagraba sus mas delicados afectos, y constante admirador de Jesucristo paciente, no encontró medio más a propósito para agradarle que una humildad sincera, una mortificación continua y una caridad ardiente.

(Continuará... pág 252...)

miércoles, 11 de abril de 2012

SAN LEÓN MAGNO




El arte de Rafael bosquejó, en uno de sus admirables frescos del Vaticano, la figura de este gran Pontífice. Y la hermosa pintura, reflejando uno de los más interesantes aspectos de la vida de San León, reúne toda la historia de este ínclito servidor de la Iglesia, que luchó contra los poderes enemigos alcanzando siempre la victoria.
San León detiene a Atila: he aquí el argumento pictórico de Rafael. La virtud de la Iglesia, que emana del cielo, domeña el ímpetu arrollador de los ejércitos bárbaros… Los dos poderes, las dos fuerzas, aparecen en primer término, mirándose frente a frente. ¡Es hermoso el contraste! A un lado San León, revestido con sus pontificales ornamentos y rodeado de su corte, monta un brioso caballo, y en actitud de bendecir eleva la mano ilustre, en cuyo índice reluce chispeando gloria el anillo del Pescador. Al otro, Atila y sus guerreros provistos de lanzas y mal refrenando los belicosos ímpetus de sus corceles, escuchan las palabras conciliadoras del obispo universal. El verdor de la campiña toscaza recorta el horizonte, y bajo la azulada comba de los cielos, por el espacio avanzan dos grandes figuras de luengas y revolantes vestes, esgrimiendo en sus diestras lucíferas espadas, las cuales señalan a Atila el camino que a espaldas del invasor ejército se extiende… San Pedro y San Pablo.
Esta escena, que el divino Rafael hizo revivir con la magia de sus pinceles, pregona las bondades y excelencias de león. Atila, el terrible azote de Dios, el hombre sanguinario y fiero que se había apoderado de Aquilea, reduciéndola a escombros y a cenizas; que había devastado a Pavía y saqueado a Milán, llega a las puertas de Roma con el fin de repetir en ella sus criminales excesos, y no bien escucha el acento paternal, cariñoso, suplicante de león Magno, que le pide en nombre del cielo respete a la ciudad santa, el feroz caudillo levanta el cerco y abandona con todos los suyos el confín romano envuelto en remolinos de polvo…
Este santo Pontífice, llamado columna de la Iglesia Católica, era hijo de Quinciano, originario de una de las primeras familias de toscaza y que vivía en Roma a últimos del siglo IV. En la capital, pues, del orbe católico, capital también entonces de todo el mundo conocido, siendo emperador el español Teodosio el Grande, y en el año 400 de la venida de Jesucristo, nació San león, el cual recibió esmerada educación cristiana desde los primeros años de su existencia. Apenas tuvo la edad conveniente fue llevado al seminario del clero romano, donde se pusieron de relieve la gran penetración de su espíritu y la fijeza y seguridad de su juicio, cualidades ambas que, unidas a su aplicación, le proporcionaron muy pronto el caudal inapreciable de doctrina y sabiduría que se revela en todas sus obras, y que le hacen Doctor eminente en literatura y elocuencia y Padre sapientísimo en Disciplina eclesiástica, en Teología y Sagradas Escrituras. Por eso, hablando de este Santo uno de los primeros Concilios generales de la Iglesia Dice: Dios que lo había destinado para obtener espléndidas victorias sobre el error y someter a la fe la sabiduría del siglo, puso en sus manos las armas con que había de combatir: la ciencia y la verdad.
León abrazó la carrera eclesiástica, y fue tal su comportamiento en ella, que no teniendo más que el grado de acólito fue designado para pasar al África y llevar a los obispos de aquella región las cartas apostólicas del Papa Zoísmo, en las cuales condenaba a los herejes Pelagio y Celestino, conociendo en este viaje a San Agustín, con quien le unieron después lazos de estrecha amistad. Por el año 430 fue ordenado de diácono, y por este mismo tiempo impulsó a su amigo Casiano a que escribiese, contra Nestorio, en defensa del misterio de la Encarnación. Nombrado poco después secretario del Pontífice San Celestino, todos los negocios importantes de la Iglesia universal cayeron sobre León, siendo a él a quien acudió San Cirilo, obispo de alejandría, para que informase al Papa de los peligrosos pasos de Juvenal, patriarca de Jerusalén. También fueron de San León las cartas escritas a los padres reunidos en el Concilio de Éfeso, y a él se deben los grandes trabajos que se hicieron para defender la maternidad divina de la Santísima Virgen y la doble naturaleza del Verbo encarnado, inclusas, como hemos dicho, las obras de Casiano. Algunos años después, siendo ya Pontífice Sixto III, sucesor de San Celestino, y teniendo a San León toda la confianza del nuevo Papa, impidió con sus advertencias que fuese admitido en el seno de la Iglesia el hereje Juliano, obispo de Eclama, depuesto y excomulgado por su pelagianismo, y que hipócritamente quería aparecer como ortodoxo.
(CONTINUARÁ pag 231)

martes, 10 de abril de 2012

SAN EZEQUIEL




El vulgo no conoce a los profetas, a los grandes inspirados que hablaban en nombre de Dios.
Esas magnas figuras de la Historia pasan inadvertidas entre el cúmulo de los excelsos varones que merecieron el honor de los altares. Y es lástima que se releguen al olvido por la generalidad del pueblo católico aquellos hombres eminentes que tuvieron el divino privilegio de la clarividencia para vaticinar lo futuro.
Cada vida de estos grandes Profetas es un fragmento de la epopeya sagrada; cada uno de sus escritos un monumento gigantesco. En sus palabras resuena el acento de Dios; por sus mentes resbala un rayo de la increada luz, y a su fulgor espléndido se despejan las brumas del porvenir, apareciendo en el espacio, como una esfera transparente, el gran reloj del tiempo que marca las horas de los acontecimientos futuros.
La visión del Profeta respecto a ese tiempo venidero, vendría a ser algo así como, cuando desde la vía pública, vemos entreabrirse la puerta de algún templo, divisando allá a lo último el dorado retablo, y la lámpara y los cirios parpadeantes. Así el Profeta, a cielo descubierto, vería girar las grandes puertas de los siglos futuros, columbrando en sus galerías de años los hechos de la humanidad.
¡Los Profetas…! ¡Los sublimes Videntes…! Al hablar de ellos, quisiéramos que cada una de nuestras frases tuviera la rotunda solemnidad de esas olas majestuosas que besan suavemente los pies del acantilado. El estilo ligero, florido, mariposeador, no se presta para elogiar a estos grandes hombres. Al son de la trompa y del órgano deben cantarse; las cuerdas de la lira y del arpa no acompañarían debidamente al himno, que debe ser sonoro como el eco de un torrente, no femenil y dulce como los rumores de un riachuelo cristalino… En bronce y mármol deben cincelarse sus estatuas y grabarse sus preclaros nombres: la porcelana y el marfil son impropios para modelar la robustez de sus egregias figuras…
(CONTINUARÁ… pag. 213)

lunes, 9 de abril de 2012

SANTA CASILDA





Antes que el Genio se halla la Virtud. Solo por la Virtud. Solo por la virtud los santos fueron santos. Si no hubieran sido virtuosos, Agustín de Hipona, Ambrosio de milán, Tomás de Aquino, Gregorio Magno y otras lumbreras de la Iglesia, no se hallarían revestidos con la aureola de la santidad. El talento, la sabiduría, son secundarios, son hasta indiferentes para el hecho en sí de canonizar a un hombre. En cambio, la caridad, la bondad, la virtud en una palabra, aun sin ir acompañada de la ciencia basta para alcanzar el honor de los altares.
¡La virtud!... ¡La Caridad!... ¡El bien!... He aquí la cima de la perfección cristiana que no se alcanza por ningún otro sendero. La Ciencia y el Arte no pueden ofrecer nunca patente de santidad. Es a la virtud a quien está reservado ungir con el bálsamo inmortal de los cielos la frente de quienes a ella se consagran. Una persona que practica la virtud es más grande que Cicerón y Napoleón, gigantes por sus empresas públicas y pigmeos por la ruindad de sus pasiones.
Repasad la vida de Santa Casilda y encontraréis un vivo ejemplo de cuanto decimos.
¡Santa Casilda!... Ni el abolengo de su ilustre casa, ni lo cuantioso de su fortuna, ni los encantos de su rostro, hubieran bastado para granjearle durante su vida la sincera admiración del pueblo, y para proporcionarle después una corona de gloria. Pero su bondad, sólo su bondad, la hace reinar en los corazones humanos y le conquista el piadoso fervor de las generaciones venideras. La Virtud animaba su poética figura con la aureola de santidad. Por ser virtuosa, sobre su corazón de sarracena vierte Dios la gracia, y obra en obsequio suyo prodigios singulares.
Su caridad, su gran amor a toda suerte de menesterosos, inspirábala hermosas resoluciones. Tratando de consolar y socorrer, todos los indigentes, mahometanos o cristianos, eran iguales, no mirando en ellos al individuo de ésta o aquella secta, sino al prójimo desventurado, hijo como ella de Dios, por consiguiente hermano, que recorría el mundo llevando a cuestas una carga de miserias y dolores…
Y ni la alteza de su jerarquía –era hija de Aldemón, rey de los agarenos en la capital toledana, le impedía acercarse a las clases más humildes, ni su condición de mahometana trabajar incansablemente por la libertad de los pobres cristianos cautivos.
¡Los cristianos cautivos!... ¡Cómo sufría la santa al verlos pasar delante de su palacio extenuados, abatidos, macilentos, saliéndoles al rostro de la vergüenza de la derrota, y brillándoles en los ojos las lágrimas por el recuerdo de sus hogares perdidos!... ¡Cuán tristemente sonaban en el alma de Casilda aquellos pasos de los prisioneros, embarazosos por las férreas cadenas que se argollaban a sus pies!... ¡Ah, de buen grado hubiese descendido las escaleras de la mansión real, y llegando hasta ellos, con sus manos, blancas como el lirio y finas como el cristal, desatara las prisiones tornando los torturados miembros a su primitiva ligereza!...
¡Las guerras!... ¡El cautiverio!... ¡Los castigos!... ¡La muerte!... ¡Los grandes odios entre los humanos!... Casilda no podía comprenderlos. Su corazón todo abnegación, todo cariño, todo bondad, no acertaba a explicarse nunca cómo había hombres que llevados de ciego furor mutuamente se despedazasen… Siendo tan hermoso amar a nuestros hermanos –se decía- ¿por qué atormentarlos y escarnecerlos? Y en su interior, Casilda parecía escuchar una voz misteriosa que replicábale: -“Para que las almas bondadosas cual la tuya tengan ocasión de manifestarse. Para que el agradecimiento surja de los pechos doloridos y el corazón, al conmoverse con las acciones generosas que se le hacen, adquiera su nuevo encanto…”. Y casilda, ya que no podía devolver la libertad a los cautivos, procuraba en lo posible mitigar sus penas, visitándolos, a escondidas de su padre, en las prisiones, y llevándoles, juntamente con alguna porción alimenticia que aplacase el desfallecimiento de sus cuerpos, algunas frases de consuelo que endulzaran la pena de sus contristados espíritus! ¡Cómo se lo agradecían ellos!... ¡Cómo regaban con sus lágrimas las bienhechoras manos de la joven princesa; y cómo ella sentía en su alma el indefinible placer de aquellos santos ejercicios de caridad!...
Por sus limosnas, por su compasión, por su desinterés, por su generosidad hacia los cristianos, mereció Casilda la recompensa del cielo. ¡Cuánta poesía encierra aquella escena inicial de su conversión a la fe!... En verso merecería relatarse. Fue así:
 Un día, como de costumbre, salió ocultamente de su palacio dirigiéndose a las mazmorras mahometanas, donde gemían los infelices cristianos. En su rica halda de princesa llevaba la caritativa Casilda abundante provisión de pan. Creía marchar sola, pero detrás de ella, a muy pocos pasos, venía el rey, su padre.
Aldemón, avisado por sus leales de la prodigalidad de su hija a favor del infiel, quiso cerciorarse por sí mismo de la verdad de aquellas manifestaciones, para en caso afirmativo castigar a quien, olvidándose de su real estirpe y de su fe mahometana, se atrevía a descender hasta las cárceles de los cristianos aliviando su aflictiva situación.
Bien ajena del seguimiento, entró la bondadosa joven en la cárcel por una secreta puertecilla; mas antes de que ésta hubiera podido cerrarse, asomó el rey llenando su presencia de turbación a la joven, que trataba de ocultar los panecillos que llevaba en su falda.
El rey se aproximó y le dijo: “’Qué lleváis ahí?... Y ella, confusa, sin saber lo que decía, exclamó: “Flores”. Y en efecto, por un milagro del Altísimo, cada pan se había convertido en una rosa. Y al mismo tiempo, en presencia del milagro, se obraba otra conversión en el alma de Casilda. La verdad cristiana infundióle sus soberanas luces, y, ya desde entonces, sólo pensó en purificarse con el agua santa del Bautismo. ¿Cuán cierta es aquella sentencia del rey David: “Bienaventurado el que atiende al pobre y al necesitado; a quien dios librará en el día malo…!”

Día y noche suspiraba Casilda por hacerse cristiana; mas para lograr su propósito luchaba con grandes obstáculos, a causa de su alta dignidad y de la estrecha observancia a que se hallaba sometida por su padre. Sin embargo, la joven confiaba en la misericordia del Señor, que no la abandonaría en tan críticos instantes.
Y no se frustraron aquellas esperanzas consoladoras: oyó Dios sus oraciones y quiso premiar el heroísmo de su caridad, valiéndose de un suceso bien extraño al parecer, pero muy conducente para la realización de sus designios. Según escriben varios autores, dióle el Señor una enfermedad incurable de un flujo de sangre continuo.
Cuantos remedios buscó el solícito padre para aliviar la dolencia de su hija fueron ineficaces. Aquel mal, ante los ojos de la ciencia, no tenía cura.
En tan crítica situación, supo Casilda, por revelación divina o por relación de los cautivos cristianos, que el único remedio para el alivio de su enfermedad sería bañarse en el lago de San Vicente, situado en Briviesca, cerca de la ciudad de Burgos.
Comunicada la noticia a su padre, éste, como se hallara milagrosa fuente en poder de los cristianos, antes de curarla, creyó oportuno pedir parecer a su Consejo, el cual fue de acuerdo que debía atenderse a la salud de la princesa. Obtenida,  pues, la licencia, Casilda, en unión de varios servidores, marchó a Burgos, llevando cartas de recomendación para Fernando I, rey de Castilla, quien la recibió con todos los honores debidos a su noble condición.
Y aquí la princesa mora consiguió lo que tanto anhelaba: recibir las aguas del bautismo. Aquellos fervorosos cristianos instruyéronla en los misterios de nuestra fe, y en breve Casilda tenía el santo orgullo de profesar la sublime religión del Crucificado.
Hallándose ya en tierra alumbrada por los esplendores de la verdadera fe, Casilda no quiso volver a Toledo. Pospuso las comodidades de su palacio a una humilde ermita que mandó construir cerca del lago donde encontró la salud. Oraciones, vigilias, penitencias fueron su ocupación continua, y abrasándose más cada día en el amor de Jesucristo, le consagró su virginidad.
Santa Casilda fue, durante el resto de su vida, el modelo de cuantos querían seguir el camino de una severa perfección.
Los autores no están conformes en la fecha del día en que murió la santa. Unos señalan el 15 de abril de 1050, y otros el 9 de este mismo mes del año 1074. Parece lo más probable que muriese en dicho día 9, ya que a esta fecha hacen mención la mayoría de los breviarios y martirologios.
Su cuerpo fue sepultado en el mismo lugar donde vivió santamente, trasladándose luego, en 30 de Julio de 1529, a la preciosa urna de plata en que hoy se venera.
Su ermita es muy visitada, y su culto se halla muy extendido entre los fieles de la Rioja*, las Provincias Vascongadas y Burgos.

* España

domingo, 8 de abril de 2012

SAN ALBERTO DE JERUSALEM, OBISPO Y MÁRTIR



SAN ALBERTO DE JERUSALEM, OBISPO Y MÁRTIR

La ilustre Orden Carmelitana honra a San Alberto, como a su Patriarca y legislador.
Si en la antigüedad eran considerados como oráculos aquellos grande shombres que daban leyes a los pueblos, robusteciendo y afirmando una nacionalidad, y por sus servicios eminentes veíanse colmados de privilegios y honores, mayor admiración, reconocimiento y gloria merece quien se consagró a instituir o restaurar una Orden o congregación religiosa, dándole preceptos y leyes para su desarrollo y estabilidad.
Las Órdenes religiosas son las naciones predilectas de Dios, los alcázares de la virtud; las fuertes ciudadelas desde las cuales se pelea con singular denuedo por establecer en todo el mundo el reinado social de Jesucristo.
Ellas, tan denigradas, tan combatidas por la masa indocta de la opinión, han sido el porta-estandarte de la civilización, y escudo y broquel donde se estrellaron los dardos de alocadas muchedumbres que en un momento hubieran querido concluir con el orden católico existente.
Sin las Órdenes religiosas, muchas comarcas permanecerían aun envueltas entre los horrores del salvajismo y las tinieblas de la idolatría; y muchos pueblos, hoy adelantados y cultos, no hubieran entrado a formar parte en el concierto de las naciones civilizadas.
Toda regeneración social, artística o política, arranca precisamente, adquiere su primer impulso de los trabajos hechos con tal fin por ésta o aquella institución religiosa. La Orden religiosa limpió de abrojos el camino, allanó el monte, igualó el terreno, y después los hombres no tuvieron más que edificar. Pero el hombre es fatuo, y vano, y presuntuoso, y al cabo, olvidando la labor inicial de aquellos desinteresados atletas de nuestra fe, se abrogó el mérito de una conquista, que, acaso en su vida, sin el exilio de unos pobres monjes, no se hubiera nunca atrevido a realizar.
No hay obra magna en la historia a la cual no vaya asociado el nombre de alguna ilustre corporación religiosa. Al descubrimiento de América coadyuva un modesto guardián de franciscanos, Fray Pérez de Marchena. Otro franciscano ilustre, Jiménez de Cisneros, reconquista nuestro poderío* en Orán. Mercedarios y Trinitarios emprenden la redención de los cautivos. En las abadías benedictinas se refugia la civilización de los pueblos meridionales, próxima a caer ante la feroz embestida de los bárbaros. Hijos de San Agustín y Santo Domingo recorren las dilatadas llanuras de la joven América, sembrando luz en opacas inteligencias y amor y bondad en indiferentes corazones; haciéndola sabia y religiosa, abnegada y viril; iniciando en ella la cultura, el vigor y el engrandecimiento que disfruta hoy…
Los propulsores, los mantenedores de todos esos venerandos institutos, merecen la más alta estimación de los pueblos.
San Alberto, Patriarca y legislador de la insigne Congregación Carmelitana, se hace acreedor a que hoy le rindamos un piadoso homenaje, pues en nuestra calidad de españoles no podemos olvidar que la Orden del Carmelo se extendió a manera de rama olorosa por toda nuestra Península, haciendo florecer en ella místicas corolas tan preciadas como Santa Teresa y San Juan de la Cruz, ornamentos preclaros de nuestra hispana literatura…
Sin cultivo, el jardín se agosta. Sin la labor perseverante de San Alberto, aquella Orden eremítica que remontaba su origen nada menos que hasta los profetas Elías y Eliseo, hubiera sucumbido o se hubiese mezclado más o menos tarde con otras asociaciones piadosas, perdiendo su propia personalidad.
San Alberto fue el jardinero sagrado puesto por Dios para restaurar aquél vergel carmelitano que contaba luengos siglos de existencia.
San Alberto, conociendo que la regla de Juan de Jerusalén no era bastante imperativa y precisa, y que los estatutos de San Brocardo pecaban por su estilo demasiado difuso, redactó una regla más corta, más substancial, más preceptiva, que ilustró con pasajes escogidos de la Sagrada Escritura, y adaptó perfectamente a la posición y a los deseos de los ermitaños.
No contento con ofrecer a la Orden carmelitana aquel legado de su sabiduría, la enriqueció con abundantes limosnas, hasta el punto de emplear en ella la mayor parte de su cuantiosa fortuna, que sirvió para reedificar el monasterio del monte Carmelo.
Hay que hacer constar que San Alberto no era carmelita, lo cual avalora más la singular protección que dispensó siempre al glorioso Instituto.
(CONTINUARÁ… pag. 169)


* de España

sábado, 7 de abril de 2012

LA BEATA URSULINA DE PARMA





Antes de ayer, con motivo de la festividad de San Vicente, hicimos referencia a los acontecimientos que tuvieron lugar en el agitado siglo XIV.
A este siglo perteneció también la Beata Ursulina de Parma.
La Beata Ursulina, como San Vicente Ferrer, como Santa Coleta y otras grandes almas que florecieron en aquel período luctuoso de la Iglesia y de la Historia, fue ángel protector colocado por Dios en el mundo, para que desplegase sus blancas alas, y volando hacia el cielo mostrase a los hombres el camino de la verdadera felicidad.
Toda la vida de la Beata ursulina de Parma, hállase esmaltada de hechos sobrenaturales. Las celestiales apariciones y el milagro alternan en la vida de la Santa durante su peregrinación por la tierra. El narrador, como en la vida de San Patricio, apóstol de Irlanda, camina de maravilla en maravilla.
Apenas Ursulina aparece en su cuna, ya muestra Dios para con ella el tesoro de sus divinas gracias. Desde el 14 de Mayo de 1375, día en que la ciudad de Parma tuvo la honra de contar entre sus hijos a la Beata Ursulina, hasta el de su dichoso tránsito a la morada celestial, ocurrido en Bolonia el 7 de Abril de 1408, no hay momento en que Dios no favorezca con sus generosas dádivas el piadoso corazón de su predilecta sierva.
A los cuatro meses, ya pronunciaba Ursulina delante de su madre, con voz clara y segura, estas palabras: Dios, Nuestro Señor.
Y para darnos idea de la abundancia de gracias con que enriquecióla el cielo, baste decir que cuando su madre, obligada por grave enfermedad, tuvo que delegar sus funciones maternales en una nodriza que se hizo cargo de nuestra Santa, ésta, a pesar de su temprana edad, la repelió bruscamente, denotando en su tierno semblante gran repugnancia y asco. Después se supo que aquella mujer llevaba en su vida privada y una conducta muy poco edificante. La niña adivinó lo que muchas personas de edad provecta no habían llegado a sospechar. La pureza de su alma rechazaba el hedor de un alma podrida.
Simón de Zanacci, monje cartujo, historiador de la Beata Ursulina, refiere que el sueño de aquella niña bienaventurada era velado por los apóstoles San Pedro y San Pablo, según la misma Ursulina declaró a Bertolina, su madre.
Desde los seis o siete años, ya se entregaba a la oración mental, y elevábala Dios con frecuencia a la contemplación. Nuestro Señor se le aparecía y comunicábale admirables luces acerca de los misterios de nuestra fe y de las realidades de la vida futura.
Durante sus primeros años guardaba para sí los secretos de estas comunicaciones divinas; pero después, a la edad de nueve años, deseosa de ser útil a las almas y a la gloria de Dios, suplicó a un sacerdote, venerable por su edad y ciencia, que tuviese la bondad de escribir lo que ella le dictase. Este sacerdote, llamado Tomás Fosio, no quiso en un principio acceder a la invitación de ursulina, creyendo que todo cuanto le dijera sería fruto de una imaginación infantil. Mas después, atraído por la modestia, la seriedad y el recato de la muchacha, consintió en escuchar sus declaraciones, siendo grande el asombro del virtuoso ministro del Señor al escuchar a una niña que, sin ninguna instrucción, hablaba de las más altas cuestiones como pudiera hacerlo un consumado teólogo.
Después de Tomás Fosio, oyeron sucesivamente las revelaciones de ursulina el maestro Nicolás, de la orden de los ermitaños; Santiago de Sibinago, procurador de la curia romana; Amico, médico de Roma; el doctor Donnino de Garomberti, y otros personajes distinguidos. Todos hallábanse contestes en afirmar la prodigiosidad del caso, y todos, fundados en aquel singular beneficio, pronosticaban a Ursulina días de gloria imperecedera.
Así aconteció: Ursulina, modelo de sencillez, caridad y obediencia, fue siempre la dulce esclava del amor divino que entre las turbulencias de su siglo, marchó siempre radiante labrando su santificación, y coadyuvando con su admirable conducta al bien espiritual de los demás.
A tan alto llegó su reputación, que hasta el mismo supremo Jerarca de la Cristiandad Bonifacio IX, reclamó sus servicios. Hallábase entonces dividida la Iglesia por uno de los más lamentables cismas que afligieron la Cátedra de San Pedro. Poco después de la elección del papa Urbano VI, en el año 1378, alegando algunos cardenales no haber votado con entera independencia, eligieron en sustitución de Urbano a Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII, fijando su residencia en Aviñón.
Santa Catalina de Sena sostuvo con sus oraciones y su influencia la causa del papa Urbano VI, y su ilustre imitadora en la vida mística Ursulina de Parma, continuó, después de la muerte de aquélla, trabajando con el mismo celo por la causa de la unidad.
Como prueba del gran interés con que tomó a su cargo aquella obra de paz, diremos que acompañada de su madre, salió de Parma el domingo de Pascua de 1393, encaminándose a Provenza, con el objeto de ver al falso papa Clemente, quien, según ya hemos dicho, residía en Aviñón, y manifestarle cuánto convenía a la prosperidad de la Iglesia dejase inmediatamente aquel poder injustamente usurpado.
Nada le arredró para llevar a cabo sus propósitos: al salir de Parma, varias personas avisárosla que era sumamente peligroso emprender aquel viaje, a causa de los muchos bandoleros que merodeaban en los caminos y que no dejarían de acometer a dos mujeres indefensas. Su madre, asustada quiso volver a Parma; pero Ursulina, llena de gran confianza exclamó: “No os apesadumbréis, madre mía: Dios nos ayudará”. Y efectivamente; apenas habían andado media legua escasa de camino, cuando se encontraron con un anciano y respetuoso peregrino que se ofreció a servirles de guía hasta llegar a Provenza. El rostro de aquel peregrino brillaba a veces, y por el aspecto de su traje y su persona traían a la memoria de quien lo contemplaba la dulce gravedad característica de los Apóstoles… Durante la noche nunca pedía albergue en las posadas u hosterías donde se detenían las dos viajeras para descansar; mas al día siguiente, al ponerse Ursulina y su madre en marcha, veíanlo de nuevo en el camino que debían seguir.
Todos los peligros desaparecían ante la presencia de aquel noble anciano, y al escuchar sus frases de aliento, filtrábase una dulce confianza por el corazón de las dos mujeres. Al llegar al término del viaje, el guía desapareció repentinamente, no dejando tras si otro rastro más que una ligera ráfaga de luz.
Asombrada, Bertolina preguntó a su hija: “¿Quién era?”
“Era el apóstol San Juan –respondió Ursulina- a quien el Señor se dignó enviar para indicarnos el camino de Provenza.”
Apenas llegaron a Aviñón, Ursulina se dispuso a obtener una audiencia del falso Pontífice, Clemente VII. Para conseguir sus deseos luchaba Ursulina con grandes obstáculos y dificultades; pero al fin, insistiendo un día y otro, lo consiguió.
El cardenal Pedro de Puy, hombre recto que más tarde abandonó el cisma y llegó a ser cardenal verdadero, gran penitenciario y obispo de Tusculum, fue quien la introdujo en el palacio apostólico, llevándola a presencia del antipapa.
Al entrar en la sala de audiencia, Ursulina se prosternó diciendo: “¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!” Así, sin faltar a la genuflexión exigida por la etiqueta, dirigía sus saludos, no a un pontífice a quien ella consideraba como usurpador, sino a la Beatísima Trinidad.
La conversación de Ursulina con Clemente VII, duró cerca de hora y media. El antipapa hallábase muy conmovido. Al despedirla, varios de los asistentes escucharon de Ursulina estas palabras: “Si no hacéis lo que Jesucristo os manda, tendréis señalado vuestro sitio junto a Lucifer en las llamas eternas.”
“Pedid todo lo que necesitéis –repuso el pontífice; -quiero que os lo suministren a expensas del palacio apostólico. –“Aunqueme viese reducida a comer cortezas de árboles –replicó vivamente Ursulina- no podría aceptar nada de vos.” – Y dicho esto salió de la cámara.
Aquella entrevista en la cual Ursulina aconsejó al falso Clemente dimitiera su alto cargo y devolviese la paz a la Iglesia sometiéndose al verdadero Papa, causó gran revuelo en Aviñón. Clemente hallábase dispuesto a transigir, mas los prelados de su séquito que negociaban con el cisma, trataron por todos los medios de disuadirle, diciéndole que no podían comprender que “un pontífice tan ilustrado prestase oídos a las necias alucinaciones de una mujerzuela exaltada”.
Mientras, ursulina regresaba a Parma, y desde allí, por inspiración del cielo, marchó a ver al legítimo pontífice, Bonifacio IX, sucesor de Urbano VI.
Bonifacio admiró a aquella humilde mujer que con tanto celo trabajaba por su sagrada causa, y, después de haber consultado con los cardenales de su corte, le confirió el cargo de llevar una carta al antipapa Clemente.
Ursulina se dirigió otra vez a Francia, y nuevamente el cardenal Pedro del Puy, le abrió con su influencia las puertas del palacio de Aviñón.
Con gran elocuencia expuso Ursulina ante el falso pontífice los males de la Iglesia y la necesidad de una paz inmediata. Uno de los allí presentes, Guillermo Novellet, cardenal de Saint-Ange, al escucharla, exclamó en voz alta que quería someterse a Bonifacio IX.
Estas palabras excitaron la indignación del bando cismático, y comprendiendo los más acérrimos partidarios de Clemente que si Ursulina continuaba hablando, la mayoría de los cardenales iba a reconocer a Bonifacio, aconsejaron al antipapa suspendiera la audiencia y no diera oídos a aquella mujer, acaso ducha en las artes infernales de la brujería, ya que era casi imposible que sin ninguna instrucción se pusiera a hablar tan elocuentemente de las más altas cuestiones teológicas. Los enemigos de la Iglesia no perdonaron medios para atormentar a la beata Ursulina; sometiéronla a una severa vigilancia, y con el fin de deshacerse para siempre de ella, acusárosla de brujería y de estar en relación con el demonio, crímenes que se castigaban entonces con el más espantoso de los suplicios: con el fuego. Pero dios tuvo a bien preservarla de aquellas horribles maquinaciones, hiriendo por medio de una muerte repentina al débil e irresoluto Clemente VII, causa de tan graves males, y devolviendo así la libertad a Ursulina, que regresó a Roma, y desde aquí, después de obtenida la bendición del Sumo Pontífice, a su ciudad natal de Parma.
Las discordias y guerras civiles que desolaban entonces a Parma, la obligaron poco tiempo después a refugiarse en Bolonia, donde había de concluír su terrenal peregrinación.
Dios le había revelado quince años antes la fecha de su dichosa muerte, que acaeció el 7 de abril de 1408, a los treinta y tres años de edad.
Su madre llevó tan preciado tesoro a Parma apenas restablecida allí la paz, siendo guardado en la iglesia de las monjas benedictinas de San Quintín.
Su culto fue aprobado por un decreto del Papa Pío VI, el 11 de febrero de 1786.
Además del ya citado monje cartujo, Simón de Zanacci, escribió la vida de la Beata Ursulina el historiador Antonio Testi.
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