lunes, 2 de abril de 2012

SAN FRANCISCO DE PAULA





En todos los cuadros y grabados que representan la venerable figura de este Santo célebre, hemos visto resplandecer en el fondo del lienzo o de la estampa de un gran sol, en cuyo centro, formada con letras de oro, aparece una palabra latina: Charitas. Esta palabra resume toda la historia de San Francisco, que fue durante su vida un foco de ardiente claridad, de inextinguible y verdadero amor.
Los hombres, los espíritus superficiales y profanos han hecho en sus conversaciones y escritos tan peregrinas y caprichosas consideraciones acerca del amor, que hoy este vocablo, aplicado por muchos, sin el menor escrúpulo a afecciones vulgares y groseras, sólo es para el mundo nombre designador de las terrenas pasiones que absorben el corazón de los mortales. De tal calibre llegó a ser la aberración sobre el empleo de dicha palabra, que hasta se aplica al crimen nacido de pasión no correspondida, ¡Crimen del amor…! Es decir, el Amor, que es todo luz, y paz y alegría, dejando caer sobre el alma fúnebres crespones, moviéndola a cruda guerra, sumiéndola en eterno llanto… Amor así, es un amor de infierno; es Luzbel, todo venganza y odio, que corre por el mundo disfrazado de  amor. Bajo la blanca túnica con que se encubre guarda el puñal homicida, que lo hunde una y mil veces en el pecho de los hombres, apenas tiene para ello ocasión favorable…
Cupido, el niño alado y bello que provisto de sus flechas discretea con damas y galanes hiriendo despiadadamente los corazones, es una ficción poética y no una realidad. El hijo de Venus Citerea, el forjador de amor –siguiendo la galana concepción de la mitología gentil- se nos presenta enredador, travieso, burlón, agresivo y refinadamente cruel. Este mito, este niño, brotado de la imaginación calenturienta del genio helénico, responde admirablemente a la idea que del amor tiene formada equivocadamente el mundo.
Porque el mundo no comprende el verdadero amor, fuente inagotable de dulzuras. Lo confunde con la pasión ciega, con el arrebato de los sentidos, con la recia acometividad de los instintos carnales. Y por eso, amor así forjado, así comprendido, necesariamente ha de resentirse y resquebrajarse, trayendo consigo, tras la felicidad momentánea, largo cortejo de sinsabores. Desvanecida la ilusión, queda la realidad, que es fría y desconsoladora. Y el alma se llena de amargura, y el cuerpo, laxo, cae en la sima del abatimiento.
El hombre ama cuando se halla en presencia de una bondad y una hermosura que le impresionan profundamente.  Cuanto más duradero sea el bello bien que se le ponga delante, más tiempo perdurará su amor; y mientras mayor abundancia de perfecciones atesore el objeto amado, menos peligro habrá de cansancio y hastío.
Ahora bien: ¿Cuál es el objeto entre todos los objetos, el ser entre todos los seres, que guarda una bondad y una hermosura indestructibles, amén de una infinidad de perfección? La respuesta brota espontánea de vuestros labios: el Ser por esencia, el Todo hermoso, bueno, perfecto e inmortal: ¡Dios…! Luego Dios es el Amor verdadero, porque el amor se deleita con la belleza y la bondad de un ser, y no hay nada en todo lo creado que supere ni que iguale a la perfección divina… Dios es el Amor, el manantial perenne, constante, inagotable de la dulzura, de la admiración y del entusiasmo; por mucho que en él humedezcamos nuestras ardientes fauces, jamás nos veremos satisfechos. El alma, hidrópica de su belleza, a cada instante dirá: “¡Más…! ¡Más…!” Por eso, como no hay decepción, no hay cansancio; como no hay cansancio, no hay quebrantos ni amarguras. Dios es la realidad que mantiene vivas las fuerzas y los delirios de nuestra ilusión.
Pero preguntarán algunos de esos frívolos hombres, que corriendo en pos de las criaturas se resisten a ceñir sus almas con los lazos del divino amor: “¿Cómo amar a Dios, si para amar es necesario que el objeto se halle delante y a Dios no se le ve? ¿Cómo impresionarnos su bondad y su belleza si es un Dios oculto, Vere tu es Deus absconditus*? Abismado en su felicidad, únicamente los ángeles le contemplan; entre nosotros y Él ha puesto espacios infinitos; encontramos en ellos, sí, objetos agradables, encantadores, que nos detienen y nos seducen, pero no ese Dios a quien nos quieren hacer amar. Ubi est Deus tuus…?” **
Ciegos e ingratos son los que de tal modo se expresan. Olvidan que Él es el principio, el origen, el tipo eterno de todo ser y de toda perfección; que ninguna hermosura puede haber que no sea reflejo de su infinita hermosura, y ningún bien que no sea don de su infinita bondad. Olvidan que la inmensidad, el esplendor, el orden, la armonía del universo, la perfección del espíritu, todo el mundo, en fin, viene de Dios, como hecho por sus omnipotentes manos, cuyas divinas huellas se imprimieron ya en la lumínica circunferencia del sol radiante, ya en el cáliz perfumado de las flores, o en el áureo polvillo con que bellamente se manchan las alas de la mariposa… Olvidan aquellas palabras de la Santa Escritura: “Su belleza invisible se manifiesta por el admirable espectáculo de las cosas visibles, y su bondad se derrama en cada uno de los dones que recibimos.” (1)
No nos preguntéis, hombres ingratos, Ubi es deus tuus? Desde el principio del mundo no ha cesado de manifestarse a nosotros por medio de maravillas. Y para despertar más intensamente, más seguramente en nuestros corazones la santa pasión del amor, se ha acercado a nosotros bajo una forma visible. Ubi es Deus tuus? ¡Aquí en la tierra, con nosotros!... El Verbo divino ha cubierto su majestad con el velo de nuestra carne. Y se nos muestra bello en las delicadas líneas de su purísimo rostro, en los aspectos deliciosos de su vida infantil, en su pobreza voluntaria, en su abnegada obediencia, en su inalterable mansedumbre, en sus parábolas sublimes, en sus milagros, en su sacrificio… Y es bueno, porque nos abre su corazón, porque compadece nuestras miserias, porque nos perdona, porque sube al Calvario y por nosotros se inmola en una cruz… Y como si no le bastara sacrificar su vida, Jesús sacrifica su gloria, y se expone a las injurias del tiempo y de los hombres para quedarse perpetuamente con nosotros en el augusto Sacramento del Altar, donde todos los días se renueva de una manera incruenta la sagrada Pasión.
Ubi es Deus tuus? En todas partes: delante de nosotros, con nosotros, en nosotros; nos rodea, nos penetra, nos sostiene, y, como dice el ilustre Monsabré, nos hace vivir y canta en el fondo de nuestros corazones el himno profético de la felicidad eterna.
¡Dios mío! ¡Compasión para aquellos que teniendo ojos, no os ven; oídos, y no os escuchan; corazones, y no se abren a la misteriosa y suave herida en la cual nace y crece la santa pasión de vuestro amor!...
¡Cuán dichosos son los que ensanchan y profundizan, cada vez más enfervorizados, la herida que recibieron de vuestra belleza y de vuestra bondad! ¡Cuán felices, los que relegando a secundario lugar las solicitaciones del mundo sólo siguen las inspiraciones de Jesús, que nos hiere con las flechas de su amor divino, llevándonos dulcemente a gozar de una felicidad que no se acaba nunca!... ¡Cuán bienaventuradas aquellas almas que elevándose hacia Dios a través de las imágenes y del perpetuo contacto de las criaturas, exclaman: “Él es la Suma Belleza; el Sumo Bien; el sumamente amable. Summum pulchrum, Summum bonum, summum amabile…”
Al número de estas almas privilegiadas pertenece San Francisco de Paula, el insigne calabrés. Desde niño hallábase familiarizado con Dios. Dios era su obsesión constante: deseo de todos sus deseos, amor de todos sus amores. Tuvo una mirada amplia para abarcar bellezas y bondades divinas: la visión de cada una de ellas retúvola en el corazón, y el amor a la Belleza y la Bondad absolutas fluyó de todo su ser anegándole en corrientes de purísimo entusiasmo.
Francisco de Paula, satisfizo primeramente su sed de goces espirituales en el convento, que la orden del seráfico hijo de la Umbría tenía a una legua escasa de Paula, ciudad donde nació nuestro santo el año 1416. Después voló al desierto; a una heredad solitaria distante 500 pasos de la citada población. Catorce años contaba; y en tan temprana edad, puede decirse que reanudó en su cuerpo las asperezas con que mortificó el suyo San Juan Bautista.
Sus virtudes se divulgaron, y los ciudadanos de Paula acudieron a contemplarle, turbando con su curiosidad las devociones de Francisco. Este se vio precisado a huir buscando otro lugar más escondido donde ponerse a salvo de las miradas de los hombres. Una gruta, que él mismo abrió en una roca sobre la orilla del mar, fue su nuevo refugio. Pero tampoco allí logró sus deseos: seguido fue de fervorosos jóvenes, que vivamente solicitaron vivir en su compañía. Y viendo Francisco que en aquel deseo andaba la voluntad de Dios, cedió a las reiteradas instancias, y, permitiendo en el año 1435 que se fabricasen tres celdillas para albergue de los que junto a él llegaren, puso los primeros fundamentos de la célebre Orden Mínima, prototipo de la humildad. Y no tenía a la sazón nuestro santo más que diez y nueve años, y su nombre ya volaba por el mundo en alas de sus virtudes, despertando la admiración de ilustres prelados y valerosos príncipes.
Las tres celdillas eran insuficientes para cobijar el gran número de aquellos que, deseosos de penitencia, venían desde lejanas tierras. Fue preciso construir un monasterio. Pirro, arzobispo de Cosenza, puso la primera piedra. La humildad de San Francisco de Paula había determinado que el convento fuese muy estrecho, temeroso de que la demasiada amplitud le diera sabor y remembranzas de palacio. Pero aquel plan primitivo trazado por el Santo no llegó a efectuarse: un fraile franciscano se le apareció de repente, y, aconsejándole hiciese un convento más capaz y de extensión más proporcionada, él mismo formó el plano del futuro monasterio, desapareciendo luego envuelto en una ráfaga de luz.
El Papa León X, afirma que este religioso aparecido a San Francisco de Paula, fue su especial protector San Francisco de Asís. Concluido el edificio estableció en él la disciplina regular, sin que decayera ni un punto el primitivo estado de penitencia que hizo florecer en la primera ermita.
Sucesivamente se fundaron conventos del nuevo Instituto en Paula, Paterno, Spezia y Corigliano.
Fueron muchos los milagros que durante su dilatada vida obró San Francisco de Paula: puede decirse que por la permisión de Dios todos los elementos le obedecían: el mar respetaba los hábitos de este monje ilustre, que, tendiéndolos sobre la superficie marina, atravesaba sobre ellos las aguas con igual seguridad que si fuera a bordo de un bajel; el fuego aminoraba el calor de sus brasas cuando San Francisco acariciábalo; los vientos detenían sus ímpetus al escuchar la voz del sublime hijo de Calabria, tornándose en blando céfiro; la tempestad huía, dejando paso al rutilar del sol…
También le galardonó el Supremo con el don de profecías: él anunció la toma de Constantinopla y mandó en nombre de Dios al rey de Nápoles que atacase a los turcos y los echara de Calabria, no obstante la gran desigualdad de sus fuerzas. Él pronosticó al rey de España que expulsaría a los moros de sus Estados y que recobraría el granadino reino.
No le faltaron tampoco grandes sinsabores: un célebre predicador, más aplaudido que discreto, mal informado de su divino Instituto, declamó públicamente contra él; y Fernando I, rey de Nápoles, con sus dos hijos, el duque de Calabria y el cardenal de Aragón, dejándose impresionar con demasiada facilidad de los que miraban con desafecto a Francisco, dieron orden de prenderle. Pero a todas estas insidias y malquerencias se sobrepuso la santidad del glorioso hijo de Paula, que al fin fue querido y respetado de todo el mundo.
Murió este gran Santo, amante sobre todas las cosas del Poder divino, el 2 de Abril del año 2507.
La duquesa de Borbón, hija de Luis XI, y la condesa de Angulema, madre de Francisco I, mandaron construir para depositar tan preciosos restos un lujoso mausoleo.
León X le beatificó el 1.° de Julio de 1513, y el 1.° de Mayo de 1519 fue canonizado con extraordinaria solemnidad.
Como San Francisco de Paula, busquemos toda la plenitud de nuestra dicha en Dios, porque sólo Dios es el único objeto que puede llenar cumplidamente el abismo de nuestros deseos.

* Verdaderamente tu eres Dios escondido
** ¿Dónde está tu Dios?
(1) Rom. Cap. I. 20

(CONTINUARÁ… página 34)

domingo, 1 de abril de 2012

SAN HUGO, OBISPO DE GRENOBLE



SAN HUGO, OBISPO DE GRENOBLE

“Como el Padre me ha enviado, YO OS ENVÍO A VOSOTROS. Los pecados que perdonéis serán perdonados. Id, enseñad a todas las naciones. Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos.”
He aquí las palabras que Jesucristo, después de borrar la maldición que pesaba sobre la tierra, dirigió a sus Apóstoles. He aquí las santas frases que inician en el mundo el ministerio sacerdotal.
Ni los Césares con sus espadas, ni los Voltaire con sus plumas extirparán el sacerdocio divino, definitivamente constituido por voluntad suprema del Salvador. Persecuciones, condenaciones, calumnias, castigos, suplicios…, nada podrá concluir con esa raza inmortal que lleva en su alma el sello sagrado de Dios. Si se la persigue en Jerusalén, ella penetra en Corinto, Éfeso, Tesalónica, Atenas, Antioquía, Roma…; si la herejía la arroja de Oriente, el Occidente le brinda sus dominios; si la destierran de Alemania, Dinamarca, Suecia y otros países protestantes, reflorece en América laborando incesantemente en su obra de salvación. La familia sacerdotal reinará siempre en el mundo, y no terminará sino con el mundo. Hemos dicho terminará y el vocablo no es exacto, no es apropiado. No terminará: se transfigurará en los esplendores de la gloria.
Sólo la luz del cielo puede disipar las sombras de nuestras conciencias; sólo el lenguaje de la verdad puede sacarnos de nuestra indiferencia y culpable ofuscación; sólo el sacerdocio católico, que al ser instituido por Cristo, vinculó en sí esa luz y esa verdad, puede salvarnos y atajar el desordenado impulso de las pasiones. El sacerdote, el sacerdote católico es necesario, absolutamente imprescindible para el bien de la sociedad; porque el sacerdote católico es el hombre y el representante de Dios cerca del pueblo.
Tan necesaria es a la sociedad esa institución del sacerdocio, que no ha habido pueblo en la historia, aun los más salvajes e incultos, que hayan dejado de ostentar, si bien desfigurada, tan suprema jerarquía. En las pagodas de la India y del Tibet, como en los celebrados santuarios de Egipto, Grecia y Roma, aparece el sacerdote, a quien se le mira con religiosa superstición. Son los inspirados, consultados por los héroes de Homero; son los que en los campos Elíseos de Virgilio presiden los festines de los justos; son los druidas, que dan su parecer en las empresas guerreras de los galos, de los escandinavos, de los germanos…; son en fin, hasta esa serie de ridículos idolillos humanos que ya en los mares glaciales, ya en los bosques sombríos, miran como intérpretes de sus groseras deidades los pueblos salvajes.
Tan necesario, repetimos, es el sacerdote, que cuando el hombre, cegado por la impiedad, ha querido arrojarlo de las modernas sociedades, lo ha suplantado, ya por Robespierre que erigido en pontífice se dirige al templo de Nuestra Señora de París a declarar que “el pueblo francés cree en la existencia de Dios y en la inmortalidad del alma”, ya por la risible jerarquía de los treinta y siete grados en las logias masónicas…
La figura del sacerdote católico, del sacerdote verdadero, del único que ostenta con perfecto derecho la representación de Dios, ejerce sobre la vida del hombre un beneficioso influjo. A la sombra del venerable ministro del altar las sociedades prosperan; o mejor dicho, a la sombra del árbol sacrosanto de la cruz, que el digno sacerdote católico procura siempre plantar en el corazón de los hombres.
Ningún ministro de las iglesias protestantes o cismáticas –ramos desgajados del frondoso árbol de nuestra religión- aun suponiéndolo adornado de grandes virtudes, de honestas costumbres, de juicio recto, puede realizar la labor sublime del sacerdote católico. Él no puede borrar el pecado, abrir las puertas del cielo, cerrar las del infierno, ofrecer el incruento sacrificio, interpretar la verdad. Y no puede porque no ha sido llamado, ordenado por Dios. Su sacerdocio es una mixtificación, una corrupción del sacerdocio legítimo, del apostolado verdadero…
La vocación, por la cual Dios llama al hombre; la ordenación, por la que le reviste de su poder y el ministerio por el que le autoriza para obrar en su nombre, son tres circunstancias que solo reúne el sacerdote católico.
Con los pastores protestantes y con los “popers” griegos no rezan aquellas palabras que Jesucristo dirigió a los doce elegidos de Galilea: “Venid en pos de mí; os haré pescadores de hombres. No sois vosotros los que me elegís, sino Yo el que os elijo a vosotros… Nadie sea osado a tomar el poder sacerdotal, si no es llamado como Aarón… Como el Padre me ha enviado, Yo os envío a vosotros”. Y este llamamiento divino transmítese de siglo en siglo, y en todas las lenguas. Los Apóstoles eligen a Matías en sustitución de Judas; Ananías consagra a Pablo; Pablo a Tito, a Filemón, a Timoteo… La genealogía de la raza ilustre del sacerdocio católico es una, invariable, permanente, constante… Roma es siempre el centro de la misión universal, el lugar de donde parten los conquistadores evangélicos: Agustín el monje se dirige a Inglaterra; Bonifacio a Germania; Vildebrando a Suecia; Esteban a Bolonia y Hungría; Francisco Javier a China y el Japón.
Y, además de llamar, la Iglesia católica elige, ordena. El Obispo transfiere al levita los poderes que él ha recibido: el poder de enseñar la palabra divina, de perdonar los pecados, de ofrecer sacrificios por los vivos y los muertos… Y unge con óleo santo aquellos dedos destinados a recibir a Jesús, y ya ungido, autorízale para ejercer el sagrado ministerio. ¡Y hay un hombre más que habla en nombre de Dios, y en nombre de Dios perdona, y en nombre de Dios condena y excomulga…! ¡Hay un nuevo apóstol a cuyas manos consagradas desciende Dios haciéndose alimento y bebida del flaco mortal…!
Todo otro sacerdote no católico es un médico sin medicinas infalibles para las llagas del alma; es un canal vacío por donde no corren las gracias del cielo; es un hombre, que aunque sea un pozo de ciencia y un arsenal de virtudes, carece de autoridad para hablar en nombre de Dios. Es como un templo sin bendecir: por limpio y pulcro y suntuoso que aparezca, no merecerá la veneración y el respeto de los fieles, mientras no haya sido consagrado y en el sagrario se albergue la divina Víctima…
Por esto la ascendencia del sacerdote protestante o cismático sobre el alma de las muchedumbres, es casi nula si se compara con la que ejerce el sacerdote de la Iglesia Católica.
¡El sacerdote católico…! A él se pueden aplicar aquellas palabras que se leen en el capítulo XIV del libro I de los Macabeos: Justitiam et fidem conservavit genti suae et exquisivit ovni modo exaltare populum suum.- Él ha conservado a su nación la justicia y la fe y ha procurado por todos los medios posibles el decoro y la gloria de su pueblo.
En el púlpito, en el confesionario, en el altar, el sacerdote siempre triunfa; la patria, el hogar, la familia, siempre reclaman su concurso. Su venerable figura apareció en todos los acontecimientos prósperos o adversos de nuestra vida. Él baña con el agua regeneradora del bautismo la cabeza del tierno infante; él bendecirá el lazo matrimonial de aquel mismo niño cuando ya hombre elija compañera; él confortará su alma cuando aquel hombre, ya decrépito anciano, se halle en los linderos de la muerte… ¡siempre el sacerdote católico con nosotros! ¡Siempre enalteciéndonos, instruyéndonos, civilizándonos…!
Por eso aquellas personas que consagran sus desvelos a fomentar la raza sacerdotal, creando seminarios y colegios, e inculcando en los cristianos la vocación eclesiástica, merecen un eterno recuerdo. Por eso se lo rendimos a San Hugo Obispo de Grenoble, cuya festividad celebra hoy la Iglesia.

…………………………………

Hagamos su historia.
Por el año del Señor 1053, en un lugar llamado Castillo-Nuevo, de la diócesis de Valence, en el Delfinado, nació un niño, a quien se le puso el nombre de Hugo. Sus padres, nobles por su genealogía, éranlo más por sus virtudes; así es que desde los primeros años educaron al niño Hugo con el esmero de quienes buscan la dicha de sus hijos, no en las glorias y riquezas perecederas de esta vida, sino en los bienes eternos que Dios promete a sus fieles servidores. No es extraño, pues, que Hugo, a quien la Providencia había concedido disposiciones muy felices, tanto para la virtud como para la ciencia, se mostrase, desde la más tierna edad, como un niño distinto de los demás por sus inclinaciones, por su modestia, por su conducta toda, que revelaba la hermosura de su alma y la santidad que un día habían de orlar su frente.
Amante del estudio, recorrió varias escuelas, así nacionales como extranjeras, donde aprendió las ciencias y las letras del siglo, y en las que se dio a conocer por su claro entendimiento y rectitud de juicio; pero sus estudios no enfriaron nada su piedad ni le distrajeron en su devoción. Una extremada modestia le preservó del orgullo y de la soberbia, como el pudor y templanza alejaron de él los peligros de la inocencia.
Su ciencia y su virtud lo elevaron a canónigo de Valence cuando, terminados sus estudios, volvió a esta ciudad; mas allí fue llamado por el obispo de Dic, llamado también Hugo, y legado del Papa Gregorio VII, para que le ayudase en la obra de regeneración que había emprendido, tanto en la disciplina y desórdenes del clero, como en las costumbres depravadas de las gentes. No salieron defraudadas las esperanzas que el obispo había puesto en Hugo, pues si con su predicación logró que el clero volviese al camino ordenado de la virtud y de la obediencia, con su ejemplo obtuvo grande cosecha de buenas costumbres en el resto del pueblo.
En el año 1080, acudieron al obispo legado, que se hallaba celebrando un concilio en Aviñón, los fieles de la iglesia de Grenoble, sede vacante entonces, y le pidieron que nombrase obispo para aquella iglesia, indicándole su deseo de que fuese Hugo el designado. Concedióles lo que pedían, con gran contentamiento de todos; pero Hugo se negó en absoluto a aceptar aquella dignidad, pretextando mil motivos que su gran humildad le sugería; y fue tal su resistencia, que el legado tuvo que hacer valer toda su autoridad para que admitiese el cargo, llevándolo luego consigo a Roma, a fin de que fuese consagrado por el mismo Pontífice, como así se efectuó, a pesar de las nuevas excusas que Hugo dio al Papa, para que este no aprobase su nombramiento.
Cuando el nuevo obispo, de vuelta ya de su consagración, se hizo cargo de la iglesia de Grenoble, quedó aterrado ante el desorden y vicios que reinaban en la diócesis: en el pueblo la ignorancia, la usura, la rebelión continua contra toda autoridad y las costumbres más licenciosas; en el clero la insubordinación, el orgullo, la simonía y el relajamiento moral. (CONTINUARÁ… Página 11)

sábado, 31 de marzo de 2012

BEATO AMADEO DE SABOYA



EL BEATO AMADEO DE SABOYA

Nos ha conmovido, nos ha impresionado dulcemente el relato de los hechos que forman la vida de este bienaventurado.
La figura del tercer duque de Saboya aparece rodeada de una aureola de suavísima claridad.
el beato Amadeo no es, a la verdad, como San Pedro Alcántara, que casi llega a aterrarnos por sus asombrosas penitencias. Ni como los Gregorio, Ambrosio y Agustín, que parecen aplastarnos con el peso abrumador de sus ciclópeas inteligencias.
amadeo de Saboya tiene esa dulzura, es eencanto, esa irresistible simpatía de los Francisco de Sales, Juan de Dios o vicente de Paúl. Cierto que no fue como ellos; que no estuvo ligado por ningún voto de obediencia, de pobreza, de castidad; que no vistió los hábitos sacerdotales; que no fundó instituciones monásticas y benéficas; pero, innegablemente, su corazón era digno hermano de aquellos tres grandes corazones que, como surtidores de dulzura inextinguible cayeron sobre las almas, esponjándolas para que en ellas floreciese la planta de la virtud.
el nombre de una gran figura de la historia profana o religiosa, suscitó muchas veces en nosotros el recuerdo de algún bello espectáculo de la Naturaleza. San Jerónimo, en sus Cartas, terriblemente sublimes, nos evoca el magnífico culebrear del rayo que incendia y carboniza... ¡Y es que el solitario de Belén pulverizaba, con los ardientes rayos de sus apóstrofes viriles, el carcomido tronco de una sociedad decadente!
San Agustín, en su Ciudad de Dios, nos recuerda la imponente inmensidad del Océano. ¡Y es que en la mente del gran doctor de Hipona, venían unas tras otras, empenachadas de espumas, gigantes y absorbentes, las ondas clamorosas de su soberana inteligencia!...
Santo Tomás de Aquino, argumentando en su admirable Summa, suscita en nuestro entendimiento la radiosa imagen del sol en mitad de su carrera. ¡Y es que el Doctor Angélico, se eleva majestuoso y sereno por los espacios de la razón sublime, iluminando todos los ámbitos de la tierra con su poderosa luz!...
En cambio, leyendo a San Francisco de Sales, se nos representa, no el rayo, no el mar, no el sol, sino algo que no siendo tan hermoso y tan sublime, es más bello, más poético y delicado: nos acordamos, por ejemplo, de una rosa balanceada por un dulce viento; de una linda mariposilla indagando el interior de algún florido cáliz; de un residuo luminoso deslizándose a través de tupida blonda... Cada uno de los párrafos que destiló la pluma del obispo ginebrino, es algo así como un tronco jazminero que agitó nuestra mano  al pasar; las blancas florecillas, aquellos consejos, aquellas máximas, aquellas frases del gran obispo, cayeron sobre nosotros perfumándonos el alma...
Y cuando San Juan de Dios, en sus correrías nocturnas por las callejas de Granada, y San vicente de Paúl por las plazas de París, recogen los niños abandonados, los enfermos paralíticos, los leprosos, los dementes, todos los desgraciados, todas las ruinas humanas despreciadas por la egoísta sociedad, nosotros nos acordamos de eoss dulces rayos de luna que en la callada noche prodigan una casta caricia luminosa a los derruídos muros de los castillos, a los claustros desmantelados de las abadías ruinosas, a las tumbas de los cementerios... entre fulgores de luna y entre las hojas caídas de un albo jazmín, asoma también el Beato Amadeo de Saboya. Porque este bienaventurado reunió a la caridad de Juan de Dios, la delicadeza y profundidad de pensamiento que caracterizan el genio ilustre de Francisco de Sales.
La dulcedumbre del lago de Ginebra, al pie de cuyas colinas se alza el pueblecillo de Thonón, cuna del Beato Amadeo, comunicó a este su poesía; y las cimas nevadas del San Bernardo y del Mont-Blanc, coronando todos aquellos paisajes, infundieron en el alma de Amadeo afectos de predilección a todo lo cándido y puro...
Todas las fases por que atravesó la vida de Amadeo, aparecen contorneadas, irisadas de candor y de pureza. Niño, se le ve con frecuencia, aun en medio de sus paseos, hincarse de rodillas, elevar sus manos y sus ojos al cielo, dirigir a Dios fervientes plegarias, embalsamar con el perfume de su piedad todos sus entretenimientos, todos sus actos. Joven, se aparta del fastuoso brillo de su corte, prefiriendo la inocente conversación de los pastores de sus valles a los placeres y diversiones de los príncipes. Casado con Yolanda, siembra en el corazón de su esposa y en el de los hijos, con que plugo a Dios bendecir su matrimonio, los nobles afectos, las aspiraciones santas que hacen del hogar doméstico un bello trasunto del Paraíso...
todo lo reunía este bienaventurado: real abolengo -era hijo de Luis I y Ana de Chipre-, y cuantiosos bienes de fortuna. Por muerte del duque Luis, su padre, le pertenecía la Saboya y el Piamonte. Era, al decir de sus biógrafos contemporáneos, de marcial apostura, de ingenio vivo, de inteligencia preclara, de corazón leal y generoso. Todo lo tenía, menos lo que después de las virtudes es más estimable: la salud. Dios le afligió con frecuentes ataques epilépticos. Pero esta enfermedad, mal a los ojos del vulgo, fue para amadeo un bien incalculable, porque ejercitó admirablemente su paciencia, aumentando con su perfecta conformidad cristiana el gran tesoro de sus virtudes.
Esta dolorosa y pertinaz dolencia suministrábale frases felices que evidenciaban el hermoso fondo de su corazón. "Nada más útil para los grandes -decía- que las dolencias habituales, pues les sirven de freno para reprimir la vivacidad de las pasiones".
"Las aflicciones personales -añadía- templan las dulzuras de la vida con una amargura saludable, y nos hacen gustar de Dios, acecándonos a él. Nada más dulce ni más bueno que sufrir por Dios; las adversidades de la vida son arras de la vida del cielo."
Así se expresaba este Bienaventurado Príncipe en lo más recio de sus dolores corporales.
Y ¿Qué decir de su vida pública, de su gobierno, de aquella sabia y religiosa dirección en los destinos de su país? Con razón se da a la época de su reinado el nombre de siglo de oro de Saboya. No hubo príncipe más amado ni que más mereciese el cariño de sus súbditos. Su máxima era que Dios debía ser siempre servido el primero y que el espíritu de la religión debía ser siempre la regla de la política. ¡Ah, si todos los príncipes y gobernantes se inspiraran en los preceptos de Dios para gobernar los pueblos!... ¡Cómo, entonces, en cada nación sonarían las horas felices de una perpetua edad de oro!... Imperaría la justicia, florecería el derecho, se extirparía el vicio; y la sociedad toda, siguiendo por los rectos cauces de la religión y la moral, llegaría al culmen de su engrandecimiento.
No lo comprenden así muchos de los grandes estadistas actuales, y, divorciados del espíritu religioso, quieren labrar, a espaldas suyas, la felicidad del país, sin comprender que así sólo contribuyen a su perdición y ruina.
Después de Dios, la gran preocupación de Amadeo de Saboya constituíanla los pobres.  El término de todos sus pensamientos y afectos y también la causa habitual de sus penas y tristezas eran ellos, los desvalidos, los enfermos, los menesterosos. "Me conduelo tanto de los pobres -decía-, que al verlos no puedo contener mis lágrimas. Si no amase a los poibres me parecería que no amaba a Dios".
(CONTINUARÁ)

viernes, 30 de marzo de 2012

SAN JUAN CLÍMACO



SAN JUAN CLÍMACO

¿Habéis visitado alguna vez uno de esos robustos alcázares o ciudadelas que se yerguen dominando las viejas poblaciones castellanas?
La santidad, perfección suma a que puede aspirar el hombre, es como una de esas fortalezas inexpugnables que sobresalen en la rocosa altura de escarpado monte. 
Para ir a ellas es necesario trepar por empinadas cuestas, apartando las malezas que entrecruzan el accidentado camino. ¡Qué larga y fatigosa resulta la ascensión; pero qué placer se experimenta cuando ya hemos salvado las dificultades de la jornada, y aparecen en todo su relieve las picudas almenas del señorial castillo...!
- Esos son los muros -nos decimos- en cuya dura epidermis de granito rebotaron los dardos de la muchedumbre hostil. Ahí se estrelló la furia del ejército enemigo, detenido en su carrera por el abismo de estos fosos, que nosotros ahora traspasamos merced al levadizo puente que se nos tiende solícito, para que lo hollemos en actitud de paz. 
Y atravesamos la almenada puerta, bajo cuya pétrea arcada se destacaron un día las siluetas de capitanes y príncipes guerreros. Y cruzamos el gran patio de armas, aquel mismo patio de armas donde evolucionaron mesnadas ilustres de valientes caudillos. Y nos deslizamos por pasillos y galerías luengas de macizas paredes. Y ascendemos al adarve, desde cuya extensa planicie se divisa la ciudad que arremolina sus viviendas al pie de la montaña por donde trabajosamente subimos. ¡Cuán altos nosotros, y cuán baja ella...! El roquero castillo, solitario, aislado, sobresale majestuoso, dejando atrás la ciudad, cuyos rumores se perciben...! La inmensidad del cielo nos cobija; nos hallamos suspendidos sobre un abismo: el foso, lleno de agua turbia; de hojarascas, de malezas y piedras cortantes, aparece rodeado el firmamento baluarte, a donde nadie se acercará sin que las cadenas del levadizo puente se pongan en tensión como los brazos robustos de un atleta...
Así es la fortaleza de la santidad: está la santidad en lo alto de una gran montaña, y para arribar a ella hay que vencer las dificultades del áspero camino: los guijarros del sacrificio, las zarzas de la penitencia, los riscos de la humillación... Y hay que ir allí, no con lanzas y espadones, sino como la paloma bíblica, con una rama de oliva en los labios, con mucho amor en el alma y con mucha paz en el corazón... Solo así se nos tenderá el puente e ingresaremos en el alcázar majestuoso, deslizándonos sobre las mismas piedras fuertes y resonantes que sostuvieron un día las magnas figuras de los profetas, de los apóstoles, de los mártires, de los penitentes, de todos esos capitanes esforzados de la fe... Y una vez dentro del castillo, ya no hay miedo de que el enemigo nos eche. Todos los ejércitos de tentaciones y vicios son impotentes para doblegar el espeso muro tras el cual nos guarecemos. No pasarán el puente, y, una de dos: retrocederán, o si pretenden salvar por medio de un colosal brinco la distancia que de ellos nos separa, caerán irremisiblemente al foso...
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Nos inspira la anterior fantasía una célebre obra de San Juan Clímaco, titulada La Escala de la Santidad.
El pensamiento de este abad ilustre en la mencionada obra, fácilmente se adivina: la Santidad está muy alta, y a ella hay que subir por escalones o gradas; pero una vez en ella y bien pertrechado de virtudes resistiremos el ataque del pecado invasor.
Escribió San Juan su Escala del Paraíso cuando era abad del Sinaí, y sin duda se la inspiró el dificultoso acceso de aquella montaña, en cuya cima se apareció un día entre esplendores de gloria la Santidad de toda santidad, Dios, para entregar las dos Tablas de la Ley al campeón de su causa, Moisés.
divídela en treinta gradas o escalones, recorriendo en cada uno de ellos una virtud. Esta obra contiene todo el progreso de la vida espiritual, desde la primera conversión hasta la perfección más elevada.
dicho libro es una luminosa prueba de su genio eminente, de su experiencia consumada, como director de espíritus, y de su ardiente piedad. Le alcanzó gran celebridad entre los griegos. Siguió en su redacción proceder diferente al seguido hasta entonces por la generalidad de los autores, empleando en vez de sendos y ampulosos razonamientos, ideas abreviadas en forma de sentencias. Esto es causa de que en algunos pasajes, por lo demasiado conciso y sublime del pensamiento, éste adolezca de falta de claridad.
(CONTINUARÁ... página 579)

jueves, 29 de marzo de 2012

SAN BERTOLDO DE MALAFAIDA


SAN BERTOLDO DE MALAFAIDA, PRIMER PRIOR GENERAL DE LA ORDEN DEL CARMEN

Pedro, el ermitaño, había lanzado su vibrante voz invitando a los pueblos cristianos a ir en socorro de aquellos fieles que en Oriente gemían bajo el poder musulmán. Envuelta su figura en tosco hábito, cuya capucha encuadraba su rostro, dándole apariencias de vieja estatua de hornacina, recorría ciudades y aldeas comunicando todo el entusiasmo de su cálido verbo a las muchedumbres, que le seguían atónitas. Y formóse la primera Cruzada. Se inauguró aquella serie de caballerescas y religiosas hazañas, que más tarde habrían de ser cantadas por la incomparable lira del Tasso.
Nobles y plebeyos, religiosos y seglares, formando un haz maravilloso, atravesaron el suelo de Europa impulsados por el más generoso sentimiento y por la más pura y legítima ambición: prestar auxilio a sus hermanos en Cristo y rescatar para el mundo cristiano aquel santo sepulcro donde había reposado, después del tremendo sacrificio, el adorable cuerpo del divino Redentor.
Esta primera cruzada despertó la atención, algo adormida, del pueblo europeo hacia aquella región de Paletina santificada por los trabajos y sufrimientos de jesús. Y a impulsos de la fe, prodújose entonces un magnífico movimiento que precipitaba las muchedumbres a Oriente. Bertoldo Malafaida o de Malafai (1), sacerdote originario del Limonsín, fue uno de los que secudnaron primeramente tan hermosa iniciación y en compañía de su hermano Aimerico, Bertoldo partió para Jerusalén.
¿Quién podrá reseñar una por una todas las bellezas que atesora el Monte Carmelo? ¿Quién referir todo el encanto y sencillez de la vida eremítica de los primeros penitentes que lo habitaron...? ¿de aquellos discípulos del gran Elías, que iniciaron con sus huellas la divina senda que habrían de recorrer más tarde los futuros religiosos de la ilustre Orden carmelitana?...
En la época a que nos referimos, en aquellos días de la primer Cruzada, la persecución musulmana, siempre creciente, había disminuido en gran manera el número de los hijos del gran profeta. Pero la gloriosa expedición iniciada por Pedro, con su gran núcleo de peregrinos latinos, iba a ser causa de que la vida eremítica adquiriese vigor nuevo en Oriente; de que en el Monte Carmelo se reanudara con mayores bríos aquel vivir austero que hicieron célebre los discípulos del profeta que arrebató Dios en la resplandeciente tromba de un ígneo torbellino...
Y el glorioso restaurador sería San Bertoldo de Malafaida.
Llegado San Bertoldo a Oriente, uno de sus primeros cuidados fue visitar el Monte Carmelo. Y tal fue la complacencia experimentada por el ilustre Bertoldo en aquella santa excursión, que, lleno de íntimo e inexplicable gozo, determinó morar para siempre en las poéticas faldas de aquel monte sagrado, donde aun parecía escucharse, en el rumor de sus brisas, algo así como una prolongación de los cánticos últimos de Elías y Eliseo...
Bertoldo, pues, abrazó la vida eremítica de los solitarios del Carmen.
(CONTINUARÁ: página 562)

(1) Aunque sin fundamento alguno, es llamado también Bertoldo de Calabria en algunas Crónicas del Carmelo.

miércoles, 28 de marzo de 2012

SAN JUAN DE CAPISTRANO


SAN JUAN DE CAPISTRANO
Juan de Capistrano, el gran Santo cuya fiesta, por decreto de León XIII, fechado el 18 de Agosto de 1890, se celebra hoy en toda la cristiandad, reunió en sí los más grandes heroísmos: fue un héroe de la humildad, de la abnegación, de la penitencia.
Juan de Capistrano era el principal jurisconsulto de su nación. Ladislao, rey de Nápoles, considerábase feliz con llamarle a las más altas funciones de la magistratura. Sólo contaba Juan veinticinco años, y ya aquél príncipe, confiando en sus virtudes y prudencia, le nombró gobernador de Perusa. Todo le sonreía: el mundo estimábale grandemente, lisonjeaban su corazón sueños de ambición y de gloria; uno de los más ricos y poderosos señores de Italia, ofrecíale en matrimonio a su hija única... Y sin embargo, este hombre así agasajado, así admirado, así querido, iba a cambiar todos sus esplendores, toda su influencia, todo su presente halagüeño por el sayal tosco, por la vida austera que inició en el mundo el bienaventurado hijo de Asís. Se acercaba la hora dichosa en que el Supremo Poder, por uno de esos golpes imprevistos que hieren como el rayo y cambian las almas, iba a hacer brillar las bellezas al desprecio del mundo, de la pobreza evangélica, del exclusivo amor a Dios.
lleno está el santoral de varones ilustres, de magnates, de príncipes, de reyes que abandonaron todas sus riquezas por ingresar en una Orden religiosa. Pero aguardad: ved cómo el poderoso personaje cuya vida estamos ligeramente siguiendo, después de repartir todos sus bienes entre los pobres, después de renunciar para siempre a los goces del matrimonio y a cuantos honores y risueñas esperanzas podía proporcionarle el mundo, se dirige a un convento de franciscanos observantes, sito en Bérgamo, pidiendo humildemente el hábito religioso. Mas esta vocación inesperada, extraordinaria, súbita, maravilla al Beato Marcos, guardián de aquella santa casa. Y como se asombra, como le cuesta dar crédito a lo que escucha y ve, como duda de las rectas intenciones que hayan movido a un tan principal caballero para adoptar tamaña resolución, antes de admitirlo, le dice: -"los conventos no son el refugio de los hastiados del siglo. Cuando os hayáis despedido solemnemente del mundo y de toda su vanidad terrena, os admitiré."
entonces Juan de Capistrano volvió a Perusa, y para probar que estaba dispuesto a sufrir todos los sacrificios y humillaciones, allí, en medio de aquella ciudad, testigo en otro tiempo de su poder y su esplendor, se hizo conducir, montado en un asno, por todas las calles, ostentando en la cabeza una ridícula mitra de cartón, en la cual hallábanse escritos todos los pecados de su vida.
Y este hombre, estimado por su ciencia, por su prudencia, por su caridad, se convirtió en objeto vil y despreciable para la ciudad de Perusa, muchos de cuyos habitantes, -la plebe inculta y grosera- le seguían tirándole pedradas y profiriendo a su paso denuestos e insultos, mientras sus antiguos amigos no acertando a comprender los propósitos que le animaban, tachábanle de loco y monomaníaco.
Este "gesto", esta valiente actitud, ¿no os ha conmovido? ¿la juzgáis extravagancia? Es una extravagancia, sí, pero una extravagancia como todas las de los santos, sublime.
Juan de Capistrano, con este solo rasgo, se nos manifiesta de cuerpo entero, y ya no os extrañarán, no os asombrarán los incontables rasgos de heroicidad, de mortificación, de virtud, que llevó a cabo en el transcurso de su larga vida religiosa.
Porque al fin, como no podía menos de suceder, el Beato Marcos le admitió entre sus religiosos. Juan de Capistrano, tuvo la dicha inmensa de ceñir a su cuerpo el hábito del seráfico patriarca. Dios le condujo al claustro, Dios le sugirió aquella vocación altísima, por la cual se beneficiaría el mundo.
El mundo, sí; porque los santos son los hombres providenciales, los faros luminosos que sirven de guía a las naciones, cuando estas pasan por el encrespado mar de una época tumultuosa. No podía ser más lastimoso el estado del mundo cristiano a fines del siglo XV, época en que floreció la santidad de este varón ilustre. No lo ingnoráis: el cisma desgarraba la cristiandad presentando a los hombres el lamentable espectáculo de un Papa y un antipapa que se disputaban el solio supremo de la Iglesia. Toda Europa hallábase opresa por la herejía. En Inglaterra, los dogmas, la moral y las instituciones católicas sufrían el rudo golpe de Wiclef. En Alemania, Juan Huss, enarbolaba el estandarte de la rebelión y daba la señal de la anarquía religiosa y política. En Francia comenzaban a ensayarse las doctrinas de loca independencia, de rebeldía a la Santa Sede cuyo germen fatal había sido sembrado por Felipe el Hermoso. El sensualismo, el lujo, la inmoralidad se iban infiltrando cada vez más en las masas; y mientras reyes y pueblos se enervaban en el seno de los deleites o agotaban sus fuerzas en estériles discordias, los turcos atravesando las fronteras de Asia, caían sobre Occidente...
Pero Jesucristo, que ha prometido estar con su Iglesia hasta la consumación de los siglos, no la abandonó, y suscitó para asegurarla contra la invasión de sus enemigos, santos gloriosos que con sus ejemplos y con sus doctrinas contrarrestaran, como diques potentes, las ondas furiosas de aquél mar embravecido.
Y Juan de Capistrano, como un nuevo Apóstol, como otro San Pablo, apareció en el mundo, desbaratando los arrestos de quienes pensaban abatir el excelso baluarte de la Iglesia.
ordenado de diácono hacia 1420 y elevado luego al sacerdocio, Juan empezó su carrera de misionero bajo la dirección de su venerado maestro San Bernardino de Sena, Apóstol de Italia.
Durante treinta y seis años -según uno de sus más conspicuos biógrafos-, evangelizó toda la Europa central, y los frutos de su apostolado fueron prodigiosos e incalculables. 
Uno de sus discípulos, Nicolás de Fara, hablando de este Santo, se expresa en estos términos: "Cuando llegaba a una provincia, los pueblos y las ciudades acudían en masa para oirle. Las grandes poblaciones le llamaban, ya por medio de cartas expresivas, ya valiéndose de la recomendación del Soberano Pontífice o de poderosos personajes. Anunciaba a todos el reino de Dios, no con palabras dictadas por la sabiduría humana, sino por la virtud del Espíritu Santo, y el Señor confirmaba su misión por medio de numerosos prodigios. La fama de su santidad le había hecho célebre en todas las regiones de Italia. Los habitantes de Aquila, Sena, Arezzo, Florencia, Venecia, Treviso, Vicenza, Verona, Mantua y Milán le veneraban y querían sobre toda ponderación. ¡Cuán grande era su afán por oirle! El pueblo llenaba las plazas públicas y con frecuencia grandes llanuras. En muchos sermones suyos se contaron veinte mil oyentes, algunas veces cuarenta mil, y hasta hubo circunstancias en que ascendieron a cien mil."
Y lo mismo que en Italia, ocurría en los demás pueblos y naciones: Austria, Hungría, Bohemia, Moravia, Silesia, Baviera, turingia, Sajonia, Polonia... y cien regiones más, fueron teatros de sus resonantes triunfos. A su voz se convertían los grandes pecadores, la herejía mermaba sus huestes, se desterraban los vicios, se moralizaban las costumbres. Ciento veinte estudiantes de la Universidad de Leipzig toman el hábito religioso; el convento franciscano de Viena llega a reunir doscientos novicios; ciento treinta el de Cracovia, y así sucesivamente.
Belgrado, la actual capital de Serbia*, es deudora a este ínclito misionero de
 (CONTINUARÁ... página 539)

NOTA:
* Antes de la Primera Guerra Mundial

martes, 27 de marzo de 2012

SAN JUAN DE EGIPTO


SAN JUAN DE EGIPTO

¿Quién no ha oído hablar de los Padres del desierto? ¿Quién no ha admirado algunas de sus figuras sublimes que asombraron al mundo con sus penitencias y virtudes?
¡El Desierto...! ¡La Tebaida...! ¡Egipto...! Si sus piedras, y sus plantas, y las heroicas virtudes de aquellos Santos, nos contarían multitud de rasgos hermosos que no han llegado a conocimiento de la posteridad.
Cualquiera de aquellas rocas, santificada por la huella de un gran penitente, nos diría: "Yo fui el refugio de un cuerpo que torturaron ásperos cilicios: en las grandes tentaciones, en los terribles momentos en que la carne se enciende a impulsos de la concupiscencia, cuando el demonio de la lujuria azuza los sentidos sacudiéndolos, enfureciéndolos, encabritándolos, yo con mi aspereza atajé los desordenados ímpetus, que se estrellaron contra los picos salientes de estas piedras que me informan. Aquí, sobre mí, se retorció el anacoreta sublime, tratando de vencer con la dureza de mi contacto la sugestión de un pensamiento inmundo suscitado en horas de angustia por las serpientes infernales. ¿No ves cómo todavía vetean mi rocosa epidermis unas manchas rojas? Es la sangre que fluía del penitente, cuando para castigar su rebelde cuerpo se hería con mis guijarros y con las ortigas y cardos punzantes que a través de mis junturas crecen..."
"Detente un momento, peregrino, nos diría un árbol con la lengua de su ramaje: descansa al pie de mi robusto tronco, y oye la relación de quien tuvo la dicha de admirar las proezas de un gran Santo. ¿Ves estos rubios dátiles que cuelgan de mi copa umbrosa? Ellos, durante más de medio siglo, fueron la única alimentación de un hombre abnegado, sufrido, despreciador de los vanos deleites del mundo. ¿Ves estas ramas anchas y luengas que me revisten? Ellas revistieron también las maceradas carnes de aquél glorioso campeón de Cristo. Donde tú mismo descansas ahora, él descansó algunas veces, poniéndose al abrigo de esta ardorosa lumbre egipciaca, de este sol radiante que tuesta con sus implacables rayos las guijas del desierto."
Y al deslizarnos junto a las márgenes floridas del poético y legendario Nilo, éste salmodiaría de esta suerte, con la cristalina voz de sus ondas azules: "Cuando los antiguos me adoraron como a un dios; cuando Moisés cruzaba en un cestillo de mimbres mi límpida corriente, fui menos dichoso que al contemplar las austeridades de aquellos solitarios que poblaron la tierra por la cual constantemente serpenteo. ¡Cuántas veces, al escuchar las súplicas de estos Santos, que en bien de los demás hombres pedían al Señor término a una prolongada sequía, yo, obediente a los mandatos providenciales, me desdoblaba, inundando la campiña,  que tornaba a producir frutos y flores...! ¡Más de una vez besé con mis cristalinas ondas las sandalias de esparto y las fimbrias de los toscos sayales de aquellos penitentes ilustres...! Y al hacerlo, sentía un exquisito goce, porque aunque ensangrentados y ásperos, esta sangre y esta aspereza tenían un escondido deleite..., ¡El deleite del sacrificio impuesto por un purísimo ideal...!"
Entre esas muchedumbres de santos solitarios que embalsamaron con el perfume de sus virtudes los desiertos de la Tebaida, hay pocos, fuera del gran San Antonio Abad, como San Juan de Egipto, conocido también con el nombre de San Juan ermitaño.
Los ilustres Paladio y Rufino, anacoretas, que tuvieron la dicha de verle y oírle, nos refieren muchos detalles de la vida de este gran penitente, cuyas virtudes, milagros y profecías atrajéronle la admiración y veneración de sus contemporáneos.
Hacia el año 330 y en Licópolis, hoy Siut, junto a la orilla izquierda del Nilo, en la Baja Tebaida, nació Juan, quien a los veinticinco años, inflamado en el amor de Dios, abandonó su humilde oficio de carpintero, para retirarse a las asperezas de una soledad.
La ciencia de la santidad, a semejanza de las demás ciencias, no puede aprenderse sin maestro, no puede seguirse sin una sabia y prudente dirección. Y como Juan no lo ignoraba, desconfiando con razón de sus propias luces, marchó, como discípulo dócil, a ponerse bajo la salvaguardia de un antiguo solitario.
El buen anciano a quien Juan había escogido por maestro, admiraba el celo y buena voluntad de su discípulo, pero temiendo los peligros del amor propio, ejercitábalo en una obediencia humilde y difícil.
Los profanos en la ciencia del espíritu suelen mirar despectivamente, con burla, con sorna, ciertos procedimientos empleados por algunos maestros de novicios religiosos para instruírles y educarles. A la verdad que si estos métodos de enseñanza se siguieran por muchos padres de familia en el mundo, otra sería la suerte de sus hijos, quienes ganarían bastante para sobrellevar las mil contrariedades y humillaciones que a cada paso nos ofrece la vida, acostumbrándose a humillar y abatir el amor propio, causa, casi siempre, de amargos sinsabores.
Si los padres supieran el arte de quebrar a tiempo los gustos a sus hijos, ¡cuántos pesares les evitarían y se evitarían!... No estriba precisamente el cariño de los padres en llenar los menores deseos de aquellos a quienes dieron el ser, acostumbrándolos a una vida caprichosa, voluntariosa, que luego constituirá su mayor desgracia, cuando se hallen a merced de los caprichos y voluntades del mundo.
El amor de los padres debe ir más allá del presente, y prever muchas contingencias del porvenir. Si no nos criaron humildes, resignados, pacientes, ¡qué trabajo nos costará resignarnos, humillarnos a la fuerza!... Y todos, desde el más grande al más pequeño, desde el rey hasta el último ciudadano, tienen que humillarse alguna vez, tienen que tascar el freno de alguien que de una u otra manera les manda y les esclaviza!... Este es el mayor martirio de los poderosos: la humillación, la abdicación ante otro de su orgullo y su soberbia. Los pobres, ya acostumbrados, saben doblegarse; mas para los ricos, es esto un martirio que sólo ellos podrán exactamente explicar. Por esto es un gran acto de amor en los padres pudientes humillar, contrariar los gustos a sus hijos. Esa educación que antiguamente se daba en el yermo y hoy se practica en los noviciados de las Órdenes religiosas, hacía falta en muchas casas de familia donde cada cual, por sus caprichos, quiere crearse una especial autonomía.
Para ser feliz, con la felicidad relativa a que podemos aspirar en la tierra -valle de lágrimas-, es preciso cumplir la voluntad de Dios, y, para esto, hay que renunciar muchas veces a la voluntad propia. Y esto es lo que hizo el ilustre santo cuya vida estamos siguiendo; y ya le mandara su preceptor en santidad regar dos veces al día una vara seca y medio podrida hasta que echase raíces y floreciese; ya le ordenara arrojar por una ventana la única botellita de aceite que tenía para condimentar sus legumbres, el discípulo obedecía prontamente, sin pararse a discutir la oportunidad del mandato.
Así llegó a la cumbre de las virtudes, a la cima de la mortificación, a ser, por sus grandes penitencias, digno compañero de San Antonio Abad, de San Pablo Ermitaño, de San Hilarión, de San Macario y otros penitentes esclarecidos. Si el famoso Simeón Stylita pasó su vida en lo alto de sus célebres columnas, Juan de Egipto vivió en el hueco de una roca que hendió a pico, y cuya entrada tapió, no dejando abierto más que un tragaluz por donde recibía las frutas y el agua que le servían de alimento.
Así permaneció durante cincuenta años, es decir, hasta su muerte. No le inspiraban ningún cuidado los bienes del mundo.
 (CONTINUARÁ... pág. 529)