jueves, 3 de mayo de 2012

LA INVENCIÓN DE LA SANTA CRUZ



Antes de enaltecerla Jesucristo con su divina sangre, la cruz era un signo de oprobio en el mundo. Pero muere en ella el sublime Redentor del género humano, y ya la cruz es la insignia bendita que campea victoriosa en todos los pueblos, cobijándonos en la vida y en la muerte con sus brazos protectores. La cruz, desde que en ella exhala su postrer suspiro el Salvador, es… ¡la Cruz!...
La Cruz nos acompaña por todas partes. La imagen de la Cruz se ostenta en la cabecera del lecho, velando nuestras horas de reposo; pende del cuello del niño como preservando su inocencia; luce sobre el pecho de la doncella tímida como resguardo de su castidad. En las cúpulas de los campanarios, en las astas de las banderas, en las tiaras de los Pontífices, en las coronas de los reyes, en las condecoraciones militares, en los mantos de los caballeros cruzados…, la Cruz se incrusta, o se pinta o se borda. La Cruz es un signo de nobleza; Cristo la ha convertido en trofeo glorioso, en timbre preclaro, ¡en el más limpio blasón!...
A la sombra de la Cruz se desarrolla toda la vida del hombre cristiano: nace, y el sacerdote le bendice haciendo sobre la cabeza del neófito la señal de la Cruz; elige compañera, y la bendición, en forma de cruz, sanciona ante Dios y los hombres aquel enlace; muere, y en cada uno de sus cinco sentidos, para purificarlos, dibuja el sacerdote con óleo santo el adorable signo de la redención… ¡Y ese signo, esa Cruz bendita pondrán entre sus manos yertas, amarillentas, frías, otras manos amantes donde aun la muerte no estampó sus huellas destructoras!... Esa cruz, se extenderá a lo largo de la tapa que encubre sus mortales restos; presidirá la carroza fúnebre que le conduzca a la tumba; ¡Sobre la misma tumba aparecerá cobijándole, velando su sueño en aquel lecho de la tierra, con igual solicitud y cariño que cuando él, lleno de salud, pletórico de juventud, de energías, de fuerzas, descansaba entre blandas coberturas!... La Cruz es nuestra inseparable compañera.
¡Cuánta poesía irradia esa bendita Cruz!... ¿No os acordáis, piadosos lectores, cuando por vez primera, en los albores de vuestro vivir, en la niñez, vuestros pequeños dedos, empujados por otros dedos maternales, dibujaban la señal del buen cristiano encima de la frente, para que nos librara de los malos pensamientos; encima de la boca, para que nos librara de las malas palabras; encima del pecho, para que nos librara de los malos deseos…? ¡Oh, fuerzas, oh, poder incontrastable de la Cruz, que entonces, en aquella tierna edad, vestíbulo del dolor, al compás de la voz de nuestras madres, ya proclamábamos, ya presentíamos!...

miércoles, 2 de mayo de 2012

SANTA MAFALDA



Esta santa, hija de los reyes de Portugal, don Sancho I y doña Dulce, casó, por manejos políticos del conde don Alonso Núñez de Lara, con don Enrique I de Castilla, hijo del rey don Alfonso VIII.
Se efectuó esta boda el 29 de agosto de 1215, pero el rey, que según los historiadores tenía entonces como unos doce años, murió desgraciadamente antes de tener edad para habitar con su esposa.
Otros historiadores manifiestan que, aunque hubiese vivido el rey, este matrimonio no se hubiera consumado, pues el Papa Inocencio III lo anuló, debido al parentesco entre ambos príncipes de tercero con cuarto grado por la casa de Barcelona, y de cuarto con quinto por la de Castilla, grados prohibidos hasta el concilio IV de Letrán, celebrado en el siglo XIII.
Santa Mafalda se consagró a Dios en un convento de religiosas benedictinas de Portugal, donde tras una vida llena de virtudes entregó a Dios su bienaventurado espíritu el 1° de Mayo, próximamente, del año 1252.
Su nombre se encuentra en antiguos calendarios y martirologios el 2 de este mes.

SAN ATANASIO


Ser perseguido, desterrado, castigado injustamente, caprichosamente, es el destino de casi todos los grandes hombres, cuya acción beneficiosa pesa sobre la conducta moral de los pueblos.
El odio despierta a la calumnia, y ésta, batiendo sus negras alas, se posa en la bien ganada fama de un hombre probo e inteligente, devorándola con empeñado encarnizamiento.
La crédula muchedumbre, que comprende mejor los grandes vicios que las grandes virtudes, forma coro a los graznidos del ave sin entrañas, y por algunos momentos se alimenta con las piltrafas de aquella honra inmaculada que la calumnia desgarró.
Nadie tan calumniado, tan odiado por la masa general de la opinión, como el hombre sereno, justo, grave, imparcial, que pretende saturar, regenerar con el soplo de su honradez el viciado ambiente de su Patria. En cada Patria, en cada pueblo, en cada familia, en cada hogar, hay un vivero de árboles destinados a sacar de ellos las necesarias cruces donde habrán de enclavarse los regeneradores que salgan…
Estad seguros: en cuanto veáis asomar la venerable figura de un hombre que dedica su tiempo a redimir vuestro tiempo, mirad al extremo de aquella Patria o de aquel hogar por donde aparece, y veréis cómo sigilosamente avanzan otros hombres de enfermiza contextura moral, portando entre todos la inevitable cruz, destinada más tarde o más temprano a cargarla en los hombros del varón justo…
Pero Cristo, el Redentor universal, cerró con un broche de oro el sermón de las Bienaventuranzas:
Beati qui persecutionem patiuntur propter justitiam, quoniam ipsorum est regnum coelorum.
Bienaventurados los que sufren persecuciones por la justicia, porque de ellos es el reino de los Cielos.
¡De ellos!... Aquí el Señor no dice: “gozarán”, “verán”, “irán al reino de los Cielos”, sino que ese reino celestial es de ellos, les pertenece, es suyo, y como suyo, podrán habitarlo y disfrutar de cuantas delicias espirituales se encierran en tan venturoso reino.
“¡Venga la persecución propter justitiam!”, exclamaríamos todos, si tuviésemos el espíritu de San Atanasio. Pero el egoísmo sienta mejor al alma de la sociedad moderna, y sólo a la consideración de que pudiéramos ser objeto por nuestra ansia del bien, del encono de nuestros desagradecidos conciudadanos, familiares o amigos, temblamos como la tímida liebre cuando barrunta el jadeante hervor de la jauría…
El valor del sacrificio no es ajeno a todas las voluntades. Para aceptar el sacrificio es preciso atesorar un alma sumamente exquisita y amable. ¡Y recta y robusta como cedro del Líbano! Olor a cedro, que es suave y fuerte a la vez, desprenden las almas de los grandes abnegados; y así como cuando el hacha derrumba alguno de estos hermosos árboles, y lo taja y fragmenta, cada fibra de la rica madera esparce penetrante aroma que empapa con sus efluvios al ambiente, así también la persecución injusta que abate con su hacha odiosa la gigante empresa de algún noble regenerador, al dar en tierra con los generosos ímpetus, de cada uno de éstos se escapa un sano perfume que la historia recoge luego en incensario de oro, para perfumar un día el corazón de la Patria…
Porque los perseguidos, los calumniados, las grandes almas que en pro de excelsos fines trabajaron, no viven únicamente en el Cielo; viven en la historia también, que más tarde o más temprano sabe hacer justicia.
Ved cuán grande es la recompensa que les concede Dios. Y no sólo esto: en la misma penalidad, en la misma persecución, en la misma injusticia, hallan esos hombres buenos consuelos y dulzuras inefables. ¡Ah, la persecución tolerada, sufrida con amor y por el nombre de Cristo!...
Cuando se profesa de verdad el cristianismo; cuando el hombre identifica su cruz con la Cruz, el sufrimiento es amable, dulce, deleitoso… San Pablo escribía: “En medio de mis tribulaciones, reboso de alegría”. No solamente lleno, sino desbordante, rebosante de felicidad.
El sufrimiento es negra nube que pasa encubriendo el cielo de nuestra dicha; pero el verdadero cristiano, con los rayos de su conformidad y su esperanza, la colorea, y aquella misma nube va adquiriendo matices, perdiendo poco a poco su lobreguez…
En la Escritura se leen estas palabras: “Sed bendito, Señor: después de la tempestad, tornáis la tranquilidad a nosotros; después de las lágrimas, nos devolvéis la alegría; post tempestatem, tranquillum facis et post lacrymationem et fletum, exultationem infundis (1).
Sí; las injurias, las calumnias, las ofensas, las persecuciones, las injusticias, todo eso que amarga nuestro corazón, que empuja nuestras lágrimas, que nos abruma, que abate…, es tempestad que pasa: sobre ella extiende el firmamento la serenidad de su azul, y el sol prodiga a los mundos sus rayos luminosos…
Tal ocurre con el gran Doctor de la Iglesia, San Atanasio, cuya vida es toda ella una furiosa tempestad, una espesa nube cárdena con paréntesis de sol…
Porque al sol no se le pudo destruir, y de cuando en cuando asomaba su soberano disco, iluminando en la obscuridad la noble figura del ínclito Doctor.
Atanasio casó con la Verdad, y celosa la Mentira de su postergación, Eolo de las perfidias, azuzó los vientos de la calumnia, de los odios reconcentrados, de las venganzas aguardadas durante mucho tiempo, y todos, bramando, se arremolinaron sobre la cabeza del Santo.
El arrianismo, despechado por los justos ataques de Atanasio, cuya dialéctica sutil y fuerte no podía menos de vencer la endeble contextura del sofisma, de la argucia, del error…, recurre a toda la caterva de medios ruines para lanzar a Atanasio de su Sede patriarcal de Alejandría.
Primero le acusan ante el emperador Constantino de haber querido hacer pagar tributos a los egipcios, cuando éstos visitaban su diócesis. Pero los egipcios proclaman la falsedad de estas declaraciones, y Alejandría no perdió por entonces a su venerado Patriarca.
Después, sobornan a una infame mujer, para que en presencia de todos los Prelados reunidos en el Concilio de tiro, declarase contra la honestidad de Atanasio; pero por un ardid ingeniosísimo del Obispo Timoteo, que a las acusaciones se levantó indignado cual si fuese el propio Atanasio, diciendo: -“¡Cómo! ¿Pretendéis que me habéis visto cometer actos deshonestos en vuestra casa?” –se patentizó la inocencia de Atanasio, pues la mujer, que no conocía al sabio Doctor, dirigiéndose a quien la interpelaba, exclamó: -“¡Sí, vos; vos mismo!...”
Puestos ya en el terreno de la calumnia, los arrianos no dejaron de utilizar la más monstruosa. Validos de una larga ausencia del Obispo Arsenio, difundieron la noticia de su muerte, añadiendo que el Patriarca de Alejandría le había matado. Para comprobarlo y que no hubiese lugar a dudas, se proporcionaron la mano de un cadáver, que presentaron en una segunda Asamblea. Pero –por una feliz casualidad, como diría cualquier espíritu superficial; nosotros decimos providencia de Dios- Arsenio llegó aquel mismo día a la ciudad y se presentó a todos, desbaratando los inicuos planes de los arrianos.
Éstos no cejaron en su empeño, y de tal modo llegaron a concitar las pasiones en contra de Atanasio, con tal insistencia y maldad presentaron al insigne Prelado de faccioso, enemigo del Poder imperial y de la verdadera Religión, que Constantino cedió, antes por miedo que por convicción propia, a la demanda de los arrianos. Atanasio fue destituido de su Sede patriarcal y desterrado a Tréveris, capital entonces de la Galia, situada a ochocientas leguas de Alejandría.
A la muerte de Constantino, volvió Atanasio a su querida patria, pero los arrianos, que le habían jurado guerra sin cuartel, obtuvieron del emperador Constancio su deposición por segunda vez.
Y ya desde aquí toda la vida de San Atanasio se reduce a un ir y venir de Alejandría al destierro, del destierro a Alejandría.
El gran perseguido no se desalienta: las injusticias que con él cometen los Poderes públicos no le abaten, no truncan su alma noble, su alma robusta, generosa y fuerte. Aunque las hordas arrianas vengan tras él, aunque la venganza le persiga, aunque amague su pecho bondadoso el homicida puñal, él, imperturbable, grave, sereno, lleno de esa gran majestad que infunde al hombre la tranquilidad de su conciencia, el cumplimiento de su deber, continúa recitando los versículos, las lacónicas sentencias de su celebérrimo Símbolo, que escalofrían de pavor el alma réproba, y abren un horizonte de risueñas esperanzas al verdadero creyente.
¿Qué importa que el lugarteniente del emperador, a la cabeza de cinco mil hombres, como si fuera a conquistar una plaza de guerra, se presente delante de la iglesia de San Atanasio para apoderarse de su persona? Las lanzas de los soldados podrán destruir su cuerpo, pero no la dulce felicidad que en medio de aquella injusta persecución experimenta su alma. Se le persigue propter justitiam, y “Bienaventurados los que así padecen persecuciones, porque de ellos, y no de los perseguidores, es el reino celestial.”
Ni Constantino ni Constancio, ni Juliano el apóstata, ni Valente, emperadores que, bien cediendo a impulsos propios, bien a presiones ajenas, desterraron e hicieron víctimas de sus ataques al gran San Atanasio, podían vislumbrar siquiera la dicha que por sus injustas determinaciones experimentaba el corazón del glorioso Patriarca.
¡La persecución!... ¡el destierro!... ¡Las nubes grises que el santo coloreaba con los dulces rayos de su cristiana conformidad!... Aunque no hubiese vuelto jamás por Alejandría, aunque hubiese muerto sin conseguir su pública rehabilitación, aunque el escarnio de toda la humanidad le hubiera conducido al sepulcro, San Atanasio, hubiera muerto feliz, porque la pérdida de Alejandría no era la pérdida del cielo; porque la honra íntima no se pierde con la deshonra pública; porque la alabanza o el aplauso de la humanidad nada significa ante Dios…
Pero no: Dios quería que su ilustre siervo, a despecho del arrianismo, viviera en Alejandría, ocupara su Sede patriarcal, aclamado, venerado de la multitud.
Y así fue: Atanasio, después de los grandes combates que había sostenido en defensa de la verdadera fe, tornó a la Sede alejandrina, donde murió, querido y respetado de todos, el 2 de Mayo del año 373.
En medio de estas luchas, de estas tribulaciones, siempre amenazado, siempre perseguido, San Atanasio escribió admirables obras de profundo sentido moral y teológico y apologético, donde redujo a polvo muchos especiosos argumentos de los herejes de su época.
Un escritor antiguo, refiriéndose a la labor literaria de este Santo, dice: “Cuando halléis una sentencia de los escritos de San Atanasio, si no tenéis papel, escribidla en vuestros vestidos. Hay una, sobre todo, que es el programa de toda su vida, y que debe ser el programa de la nuestra en los tiempos presentes; Docet nos non tempori sed domino servire. Conviene que seamos, no los esclavos del tiempo y de las circunstancias, sino los servidores de Dios.”
Esclavo de Dios, que nunca varía, y no del tiempo, que siempre es mudable, fue el gran Doctor cuya fiesta conmemoramos hoy. Y por eso sufrió persecuciones, tribulaciones, destierros; y por eso fue feliz; y por eso se halla eternamente en la mansión de los bienaventurados: Beati qui persecutionesm patiuntur propter justiciam, quoniam ipsorum est regnum coelorum…


(1) Tobías, III, 22.

martes, 1 de mayo de 2012

SANTOS FELIPE Y SANTIAGO, APÓSTOLES



Hoy celebra la Iglesia juntamente la festividad de los apóstoles Felipe y Santiago el Menor.
Cada vez que evocamos el recuerdo de los doce primeros propagadores de la fe, nos sentimos penetrados de calurosa admiración y hondísima piedad.
Aquellos doce hombres ignorados, obscuros, humildes, marchando a las ciudades populosas, sin bagaje, sin armas, sin recursos, para predicar la ley de Cristo, contra los errores de los pueblos idólatras; aquellas largas peregrinaciones a través de la tierra, aquella serie de privaciones, de suplicios, de escarnios, de tormentos, levantan en nuestro corazón, al par que indignación profunda hacia los Césares y jerarcas ominosos del imperio, una devoción tiernísima para los primeros adalides de nuestra fe, pilares inconmovibles sobre los cuales se asentó el majestuoso e indestructible edificio de la Iglesia Católica!...
Al contemplar los triunfos alcanzados por ellos en medio de la ruda oposición de los imperios; al verlos proseguir, venciendo con la dulzura, la paciencia, el amor, la humildad, todos cuantos obstáculos desplegó en contra suya la tiranía; al ver triunfante la Verdad católica, enaltecida la Cruz divina, hasta entonces símbolo del deshonor entre los pueblos, una exclamación se escapa de nuestros labios, exclamación de asombro, de entusiasmo por Cristo, que realizó, en aquella obra de evangelizar las naciones por medio de doce humildes pescadores, el mayor de todos los milagros.
Ite, -díjoles el Señor-, docete omnes gentes. Id, y enseñad a todas las gentes. Y aquel mandato sublime es seguido por los apóstoles. Van a enseñar al mundo pagano, sin la ciencia de Platón ni de Aristóteles. Van a predicarles las augustas doctrinas, sin tener la elocuencia de un Demóstenes o un Pericles. Van a mandarles que abandonen el culto de los dioses falsos, sin llevar tras sí las fuerzas vencedoras de Alejandro. Van a cautivar la mente y el corazón de los hombres, sin el oro vil, cuya reluciente ofrenda capta fácilmente la afición de muchas voluntades…
¡Allá van los apóstoles!... ¡Vedlos!...
Sin ser sabios, enseñan y convencen. Sin ser afligigranados oradores o retóricos, arrebatan con su palabra a las grandes muchedumbres. Sin manejar la espada, conquistan las naciones, derrumban pútridos imperios. Sin dádivas ni ofrecimientos de brillante calidad terrena, ellos han subyugado el corazón humano.
¿Por qué este inmenso triunfo? ¿Cómo doce hombres han podido alcanzar, frente al desatado poder de todo el mundo, gloria tan universal e imperecedera?
No lo ignoramos: Jesucristo, después de aquellas santas palabras: “Id, enseñad a todas las naciones”, agregó: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”.
Y por esta asistencia divina, los apóstoles vencen en el mundo. Ellos no le ven, no le oyen, pero Jesucristo está con ellos, camina al lado de ellos, les ayuda, les inspira, les alienta, les fortalece… ¡Así el apostolado realiza la gran obra de regenerar la tierra! Porque en realidad, ¿qué es todo apóstol?, ¿qué es todo hombre que se sacrifica por la verdad divina en bien de sus semejantes? Ya lo dijo uno de nuestros más célebres oradores: El apóstol es el espíritu de Cristo con toda su sencillez y en toda su elocuencia.
¡Y cuántos sacrificios impone la sublime profesión, la santa carrera de apóstol!... Hay que abandonar la patria, la familia, los amigos; hay que hacer abstracción de todos los goces; aceptar las mayores incomodidades; no rehuír el peligro, ofrecerse como víctima; si es preciso, ceñirse con la inmortal diadema de los mártires.
Contemplad a los doce apóstoles primitivos; vedles abandonar las riberas de sus ríos, las sombras de sus árboles, las faldas de sus montañas, su patria, en fin, para espaciarse por la tierra y predicar a los hombres la doctrina del Salvador. Vedles sudorosos, jadeantes, hambrientos, surcando países desconocidos, siendo objeto de burla y de irrisión y de odio por parte de los gentiles. Vedles, al final de su gloriosa carrera, crucificados unos, apedreados otros, ¡todos vertiendo su sangre generosa en holocausto de la fe!...
El sublime espectáculo de todos estos sacrificios no ha dejado de repetirse, porque la raza de los hombres apostólicos no concluye, como tampoco la de los tiranos opresores. ¿Qué son todos esos varones abnegados, que van a predicar la fe a las abrasadas llanuras del África, a las heladas regiones esquimales, a los espesos bosques de América o a algún desolado peñón de la Oceanía? ¿Qué son sino continuadores de aquella obra gigante realizada en el mundo por los doce primeros discípulos del Señor?

(CONTINUARÁ… Pag. 9)

lunes, 30 de abril de 2012

SANTA CATALINA DE SIENA





Los que combaten al catolicismo tachándolo de enervador del alma, de formar espíritus encogidos, apocados, pusilánimes, cobardes, deberían recordar que en el catolicismo se formaron las grandes mujeres, las grandes salvadoras de pueblos, que no retrocedieron en la hora del peligro, luchando valerosas por el triunfo de la verdad y la justicia. Juana de Arco, la capitana ilustre se puso al frente de un ejército; e Isabel la Católica, nuestra insigne soberana, realizó, a despecho del moro, nuestra unidad nacional.
La mujer, de suyo tímida e irresoluta, se decide, cuando la inflama el amor de Jesucristo, a afrontar todos los riesgos, a acometer todas las empresas nobles que puedan redundar en honra de Dios y provecho del prójimo. La célebre Virgen de Sena, la gloriosa Catalina, es prueba bien elocuente de que la profesión del catolicismo, lejos de disminuir, aumenta las energías espirituales imprimiéndonos una santa audacia, una inquebrantable resolución para emprender hazañas al parecer insuperables…
¡Las mujeres cristianas!... ¡Las vírgenes, las madres, las esposas y las viudas cristianas!... Estas heroínas de nuestra fe, son el modelo de la mujer perfecta, de que habla la Sagrada Escritura. No la busquemos en el paganismo. Semiramis y Cleopatra, tan preconizadas por los poetas decadentes, fueron grandes reinas, sí, pero hundidas en el légamo de sus repugnantes vicios.
En cambio, las femeniles celebridades católicas lo reúnen todo: ciencia, valor y virtud. Esta virtud nimba todas sus empresas, todas sus demandas. Dentro de la virtud se agitan, envueltas por la virtud pasan a través de las sociedades. La virtud es el estuche precioso que guarda las perlas de sus grandezas.
¡Y qué grande y de cuánta trascendencia es el ejemplo de una mujer virtuosa!... La existencia del hogar radica en la virtud de la mujer. De la mujer depende que el hogar sea tabernáculo santo o infamante cubículo.
Y los hogares son viveros de familias, y las familias inician las tribus, y las tribus forman las patrias, y las patrias constituyen el mundo…
La bella mitad del género humano, si quisiera, podría regenerar al mundo… Pero son pocas las que, como Genoveva o Catalina, se dedican a esa noble misión. Se objetará: “No todas tienen el talento y la fortaleza de aquellas dos grandes mujeres”. Cierto; pero todas tienen en su alma un germen de virtud que puede transformarse en árbol gigante que cubra con su sombra benéfica muchos corazones.
El feminismo, ese afán que caracteriza a muchas mujeres modernas por conquistar derechos y prerrogativas reservados exclusivamente a los hombres, consumiendo energías en una campaña infructífera, en una labor estéril que nada o muy poco habrá de reportar, debiera ser sustituido por el ansia de volver a la mujer muchas virtudes perdidas, muchas de esas bellezas morales que constituyen el principal encanto femenil.
Si el feminismo es tener votos, ostentar la representación de un distrito o lucir la medalla municipal, es nuevo el feminismo. Pero si es interesarse por el bien de los ciudadanos, trabajar por la religión y por la patria, el feminismo ha existido siempre… La mujer debe siempre aparecer abnegada, desinteresada, generosa, desprendida…
Jamás se movieron por el lucro Santa Genoveva, Santa Teresa, Santa Catalina… ¡Santa Catalina! Hoy celebra la Iglesia su festividad, y es justo que la consagremos algunas líneas. Mujeres como éstas son faros lucientes, antorchas fúlgidas que nos alumbran a todos. Los hombres, viendo sus grandes arrestos, pueden aprender a sacudir censurables apatías…
La vida de Santa Catalina se halla compendiada en un cuadro de Fray Bartolomeo, marcado en la galería del Louvre con el número 1008: la santísima Virgen en un trono real, sostiene a su divino Hijo, el cual regala a Santa Catalina de Sena, que ante Él se arrodilla, el anillo de los esponsales. En el fondo, Santo Domingo y San Francisco de Asís, se abrazan, como dando ejemplo de unión, de paz y caridad que deben animar a las diversas familias cristianas y monásticas. El rey David canta al son de su arpa, y San Pedro, el Príncipe de los apóstoles, se adelanta y señala con su mano a la mujer fuerte que va a combatir por la Iglesia y a libertar el Papado.
Efectivamente, Catalina fue la casta esposa de Jesucristo, de quien mereció el anillo nupcial, y fue incansable trabajadora que dedicó todos sus esfuerzos a empujar y llevar a puerto seguro la nave de la Iglesia, librándola de los muchos escollos del procelso mar de aquel siglo XIV, tan combatido por la herejía y el cisma.
La Orden de Santo Domingo fue el vaso escogido por Catalina para guardar las flores de sus virtudes; mas éstas crecieron, se expansionaron y, no pudiendo el vaso contener tan abundante profusión, las flores se desparramaron por el mundo llenándolo de suavísimos perfumes… Es decir, que la acción de Catalina no se circunscribió al claustro: una mujer de sus méritos necesariamente tenía que desarrollar aquella acción sobre la tierra. La tierra se halló inundada de sus beneficios. Lo que Teresa de Jesús fue en España, respecto de la Orden del Carmelo, esto fue Catalina de Sena en Italia, en lo que concierne a la Orden dominicana, que con el talento y acometividad de aquella mujer sublime adquirió gran desarrollo de brillantez. Fundó muchos monasterios, y en los diversos viajes apostólicos que realizó por el ducado de Toscaza, atrajo con sus palabras al seno de la religión católica muchas almas que vivían aherrojadas en los abismos del error y de la culpa.
Su caridad era inagotable, y ¡heroicamente hermosa! Un rasgo: Encuéntrase cierto día por el camino un pobre que, vivo y altanero, pídele limosna. “¡Ay, hermano! –dícele la santa-, no llevó ni un maravedí”. Insiste el pobre: “Pues este mandato algo valdrá, ¿por qué no me lo dáis?” “No me acordaba, tenéis razón”, respondió Catalina. Y le entrega el manto. Los religiosos que la acompañan, reconvienen su caridad indiscreta. Entonces la Santa, verdaderamente inspirada, contesta sublime: “Prefiero que me hallen sin manto, sin hábito, antes que me encuentren sin la caridad.”
Otro rasgo: Cuidaba a una enferma repugnante, leprosa, hedionda… Esta enferma, era no más que úlceras, llagas, podredumbre… El ánimo más esforzado, el espíritu más ardiente y valientemente caritativo desfallecía de repugnancia y asco a presencia de aquel objeto humano pestilencial… Catalina sufría cada vez que disponíase a curarla. Pero al fin domó la rebelión de la naturaleza mediante un acto apenas creíble y cuyo solo relato hace estremecer. Así: sintiendo un día mayor repugnancia que de ordinario, tuvo el valor de recoger en un vaso el agua que acaba de servir para lavar una úlcera, y exclamó decidida: “Por Dios vivo, vas a beber lo que tanto horror te causa”. Y como si fuera un preciado licor, lo apuró de un solo trago. Al leer esto nuestra pusilanimidad se horroriza. El mismo demonio, dicen los viejos cronistas al referir estos hechos, debió quedar espantado.
¿Y qué decir de su gran talento? Algunos escritores sagrados suponen, con harto fundamento, que Dios concedió a esta hija del pueblo, que no había estudiado, una ciencia infusa superior a la de los más célebres teólogos. ¿Ignoráis que Santa Catalina es la patrona de los estudios en muchos colegios y universidades? ¿Nunca oísteis hablar de su cátedra teológica, de su famosa escuela místíca? Esta escuela, formada de sacerdotes, de monjes, de caballeros y de mujeres jóvenes, todos adictos, fieles, dedicados a la palabra de la Santa, es un hecho único en la historia de la Iglesia.
Nada era tan necesario –dice un ilustre escritor-, como una escuela de teología en el siglo XIV, época en que los métodos usados en las escuelas tendían a disecar los espíritus y esterilizar los ingenios.
Discípulos de Santa Catalina fueron el Padre Raimundo de Capua, hombre eminente, mezclado en muchos acontecimientos de su siglo; el Padre Tomás y el Padre Bartolomeo, ilustres dominicos; Esteban Macconi; Andrés Van, distinguido pintor que debió hallar al lado de Santa Catalina, tan bellas como dulces inspiraciones, y las bienaventuradas mujeres Florentina Juana Pazzi, Juana di Capo, Cecca, Olessa…, y otras muchas.
Todos ellos escuchaban la autorizada voz de aquella mujer admirable, que ha quedado en las páginas de las historias eclesiástica y profana como dechado de santidad y portento de sabiduría. Los favores que recibió del cielo, sus visiones, sus éxtasis, sus milagros, sus profecías; aquella impresión de las llagas de Cristo, aquel continuo alimentarse con el eucarístico manjar, prueban de cuán subidos quilates debía ser el oro de su perfección, cuando así merecía ser galardonada en la tierra por el Poder divino. Y sus explicaciones teológicas, su profundo al par que tierno Diálogo, sus cartas numerosas a pontífices y obispos, superiores de Ordenes religiosas, príncipes, capitanes y estadistas, corroboran a la posteridad la fama de su gran talento. Así se explica que ella como un haz de rayos luminosos, disipase las sombras de aquella época triste y dolorosa porque en 1374 pasó la República de Sena; que juntase los ánimos hondamente divididos por las revoluciones interiores, que les restituyese pasadas energías, que abatiese los rigores de la fuerza opresora, bárbara, brutal… Así se explica que Catalina fuese el ángel de paz entre la toscaza y el augusto representante de Cristo, cuando Gregorio IX, justamente indignado por la sublevación de los florentinos contra los legados y oficiales de su pontificia autoridad, lanzó contra ellos las formidables censuras de la excomunión. Así se explica que sobre aquel Pontífice ejerciera tan decisiva influencia, obligándole a trasladarse de Aviñón a Roma; que fuese para el Papado lo que Juana de Arco fue para la monarquía francesa, ángel protector… Así se explica que Urbano VI, en medio de aquella furiosa tempestad que anunciaba los comienzos del gran cisma de Occidente, la eligiese árbitro y consejera de sus apostólicas resoluciones… Así se explica, en fin, la influencia que su prestigioso nombre llegó a ejercer en casi todas las costas de Europa, bamboleadas entonces por los recios vaivenes de una anarquía universal…

(CONTINUARÁ… PÁG 564)

domingo, 29 de abril de 2012

SAN PEDRO DE VERONA, MÁRTIR


Los hombres, en su mayoría, gustan más de juzgar por las apariencias que por realidades. Lo aparente les cautiva en gran manera, y por lo aparente discurren, por lo incierto injurian, aplauden, ridiculizan o ensalzan.
La veguedad, la inseguridad del "parece...", da margen a la fantasía para poblar los espacios de absurdos y quimeras; mientras que en la rotunda afirmación "es así", no caben las invenciones especiosas, las cábalas peregrinas, los desacertados juicios.
El mundo gusta más de la novela que de la historia; del pasatiempo divertido que de la grave y honda reflexión. Aquello que se presenta indeciso, indeterminado, fluctuante, flotante entre lo que es y no es, guarda para la humanidad pervertida un encanto y un interés indefinibles. En el momento en que la duda se deshace, en que las sombras se aclaran, en que las suposiciones se desmoronan bajo el certero golpe de la realidad, se acaba el interés.
Y menos mal, si la realidad corresponde a lo que el mundo creyó; pero, ¡ay, si trunca despiadada la leyenda que, en torno de la apariencia al mundo plugo urdir!... ¡Ay, si cae por tierra toda la máquina del embrollo!... ¡Qué decepción!
Como el mundo gusta más de urdir sus historias alrdedeor de una apariencia mala que de una apariencia buena, resulta que se encoleriza casi siempre, cuando sus escenas soñadas no corresponden a la exactitud del caso, por haber sido sustituida la maldad sospechada, la perversión supuesta, por la virtud y el bien.
Ello es triste, pero... es así. Dios nos manda pensar siempre bien. Pero el mundo, en contra de Dios, exlama: -"piensa mal y acertarás." -Y pensamos mal, y no siempre acertamos. Dios condena el juicio temerario, pero la sociedad con su moral casuística, dice que el juicio temerario es un pueril pasatiempo para distraer la maldad...
Nos suscita las presentes reflexiones, un episodio que leemos en la historia de San Pedro, mártir, ornamento de la sagrada orden de los predicadores, cuya festividad celebra hoy la Iglesia.
San Pedro, durante una época de su vida, fue víctima de la maledicencia del juicio temerario. ¡Y de sus mismos hermanos en religión!... Esta es una de las mayores desgracias que pueden sobrevenirnos: ser juzgados malévolamente por aquellos mismos que debieran ponerse a nuestro favor.
Y para que mejor resalte la aviesa intención de aquellos que por apariencias le juzgaron, hagamos un diseño de las virtudes de nuestro Santo, modelo verdadero de cristiana perfección.

Así como de las espinas brotan rosas, y agua de la peña dura, y fuego del pedernal, así de unos padres herejes, partidarios ciegos de los errores de Manés, nació Pedro de Verona, que fue rosa, y agua, y fuego a un tiempo mismo. Rosa por el penetrante aroma de sus virtudes; agua por el caudal exquisito de sus ternuras, a donde iban a beber todos los desventurados; fuego por el ardor con que combatió la herejía maniquea hasta ceñirse la corona del martirio... Pero no adelantemos los episodios de su admirable vida.
Verona, ilustre ciudad de Lombardía, fue la patria de este Santo, quien, como dice un ilustre escritor, parece que desde las entrañas de su madre traía esculpido el amor de la fe católica y el aborrecimiento de los herejes.
El "Creo en dios Padre, Todopoderoso, criador del cielo y de la tierra" fue su divisa constante, contra el parecer de los maniqueos, que no querían ver la hermosura del mundo visible que nos rodea, considerándolo todo como obra del demonio.
Ni las promesas ni las amenazas de sus padres, qeu intentaron por todos los medios rendir el corazón de su hijo a la herajía, fueron suficientes prar hacerle abdicar de sus puras convicciones católicas. Pedro de Verona continuaba recitando cada vez con más fuerza el "Creo en Dios Padre, Todopoderoso, criador del cielo y de la tierra..."
Terminados sus primeros estudios, Pedro marchó a Bolonia, en cuya célebre Universidad, se captó bien pronto la admiración y simpatía de sus maestros y condiscípulos, por las excepcionales prendas de su bondad y talento. Aquí no tuvo ya que sostener batallas contra el error y la impiedad, sino contra el vicio, que era lo que mayormente detestaba el virtuoso joven.
Hallábase dotado Pedro de un alma exquisitamente pura. La castidad tenía para él un irresistible encanto. Ser casto, conservarse siempre puro, era en él una necesidad. Y así rehuía las invitaciones de sus compañeros de estudio, gente joven, bulliciosa, alegre, que le instaban frecuentemente a diversiones y jolgorios.
Tal empeño, tanta tenacidad pusieron en desviarle del recto camino, que el Santo se proponía seguir, que Pedro, vista la acometividad, temió llegarse un día en que pudiese ceder, y cediendo perdiese, en una hora, cuanto desde que vino al mundo se había ganado ante los ojos de Dios.
Semejante posibilidad llenó su alma de espanto, y para preservarse del peligro, decidió poner entre su alma y el mundo la barrera de la religión.
Hallábase a la sazón en Bolonia el glorioso fundador Santo Domingo de Guzmán, y Pedro, impresionado por aquél hábito blanco y negro, doblemente simbólico, pues representa la pureza y la humildad, acordó solicitar su ingreso en la Orden de Predicadores, tan venerada en todo el orbe católico por la ciencia y santidad de sus miembros ilustres.
Pedro de Verona, satisfizo sus deseos; el mismo Santo Domingo le concedió el hábito.
Y ya en el claustro, no cabe imaginar un más allá de virtud, de piedad, de penitencia. Pedro, el ínclito veronés, recorrió en un día toda la escala de perfección. Sus mortificaciones fueron increíbles, y por ellas en cierta ocasión estuvo a punto de perder la vida, viéndose obligados los superiores de la Orden a amenguar su excesivo rigor.
Pedro de Verona era también muy aficionado al estudio, en especial al estudio de las Sagradas Escrituras, con cuyo rico arsenal procuraba no solamente ilustrar su entendimiento, sino inflamar en el bien su voluntad y purificar de tal modo su corazón que, según testifican los Padres que le confesaron, nunca tuvo consentimiento de pecado mortal...
Pues a un hombre tan justo, tan humilde, tan santo, la maledicencia hizo blanco de sus ataques, y él "parece que..." revoloteó en torno de su inmaculada vida poblando los espacios de repugnantes fantasmas...
Lanzó el juicio temerario, al abrigo de una falsa apariencia, sus dardos venenosos sobre la ilustre figura de San Pedro de Verona, y en breve su prestigioso nombre fue pasto de la mundana voracidad.
Respecto de él se cumplieron aquellas palabras de la Escritura: "...exacuerunt ut gladium linguas suas: intenderunt arcum, rem amaram, ut sagittent in occultis inmaculatum." (Psalm. LXIII, 4 y 5). Aguzaron como espadas sus lenguas: entesaron el arco, cosa amarga, para asaetar en oculto al inocente. "Lingüis suis dolose agebant: venenum aspidum sub labiis eorum." Con sus lenguas urdían engaños; veneno de áspides hay debajo de sus labios...
Sí: nada vieron, y sin embargo, lo acusaron. Bastó un rumor, un conjunto de femeniles voces que a través de la celda de Fray Pedro de Verona se escuchaba para que alguien, mal pensado, de corazón mezquino y alma ruín, no tuviera recelo en ir de acá para allá dando por hecho lo que no había visto. ¿La apariencia le condena? Condenémosle nosotros también. Y sin reparar en toda su vida anterior, de abnegaciones, de penitencias, de sacrificios, así, en un momento y de un solo golpe se tumba a la figura en tierra para que la pisoteen y la escarnezcan los hipócritas y bajos serviles.

(CONTINUARA   pag 550)

sábado, 28 de abril de 2012

SAN PABLO DE LA CRUZ




Toda la vida del Salvador sobre la tierra es un tejido admirable de divinas enseñanzas. Toda ella encanta y sacude el alma del fervoroso cristiano a impulsos de nobilísimos sentimientos. ¿Hemos dicho del fervoroso cristiano? Nuestros mismos enemigos, aquellos que no militan en el seno de nuestra bendita religión, se admiran y conmueven leyendo las narraciones evangélicas, las páginas sublimes de los cuatro libros inspirados, donde se delinea a grandes rasgos la excelsa figura de Jesús.
Y de entre todos los actos divinos que allí se refieren, no hay nada que les impresione tanto como las escenas de la Sagrada Pasión. Jesús-niño, en la cuna, adorado por los pastores, es una página tiernísima, cuya belleza no llega al corazón de muchos hombres, que perdieron con el transcurso del tiempo el encanto de la inocencia y sencillez primitivas, adquiriendo en cambio la prosaica rudeza de los años que van poco a poco deshojando, con los garfios de sus dedos, los blancos pétalos de aquellas rosas de sentimientos puros, exquisitos e ingenuos…
Jesús, mártir, y mártir por el ideal más sublime, cual es la salvación, el perdón, la felicidad –una felicidad eterna- del género humano, levanta el corazón de todas las muchedumbres, que ante el drama sublime del Calvario no pueden reprimir una exclamación de asombro. La grandeza del magnífico espectáculo anonada con su peso sublime al impío, que no sabiendo ya cómo exteriorizar el entusiasmo que le produce aquel hermoso sacrificio, y obcecado por otra parte con sus sistemáticas prevenciones, que no le dejan lugar a una declaración explícita y terminante, llega a decir sin embargo: “Si ese hombre no es Dios, merece serlo”.
No cabe mayor elogio que respecto a Jesús podamos exigir los creyentes de un materialista. ¿Cuándo hemos oído decir algo parecido en los discursos encomiásticos que ha prodigado la posteridad a los hombres ilustres de la Historia?
El sacrificio del Redentor produce en los hombres de todas las razas, de todas las castas, de todas las naciones una sensación indefinible… Jesús en la cuna, es como una de esas flores bellas que solamente saben apreciar las almas delicadas y exquisitas: pero Jesús en la Cruz se impone a todos, como se impone el rayo de la tempestad que surca la atmósfera. Jesús en la Cruz es la belleza trágica, la grandeza, la hermosura que abarca con sus brazos extendidos toda la redondez del mundo…
Y si hasta los mismos que le fustigan se sobrecogen y conmocionan y admiran cuando consideran ese pasaje con que termina su vida en la tierra el divino Salvador, ¿qué será para aquellos que le reconocen y le aman, adorándole como lo que es en realidad, Dios verdadero…?
¿Qué será de la consideración del drama del Calvario para aquellas almas devotas, exquisitamente sensibles y cristianas, que exhalan en todos sus actos y en todas sus palabras, como una ráfaga olorosa, su puro, entrañable, inextinguible amor a Cristo…?
La contemplación de Jesús crucificado fue para San Pablo de la Cruz su continuo objeto, y, deseando padecer por quien tanto padeció, desde niño comenzó a castigar su inocente cuerpo con ayunos, azotes y vigilias, llegando hasta el punto de beber, en los viernes de cada semana, vinagre con hiel desleída, en memoria de la amarga pócima que dieron cuando agonizaba en la Cruz al amado Redentor.
La característica de este gran Santo es su amor a la Cruz; este amor le hizo variar su apellido Daniel por el emblema de nuestra sagrada redención; le hizo alistarse en la cruzada que los venecianos armaron contra los turcos el año 1716, desechar ventajosas proposiciones matrimoniales, repartir toda su fortuna entre los pobres, instituír, en fin, la Congregación de los Pasionistas, que a más de los tres votos peculiares de cada Orden, ostenta el de promover siempre, en todo tiempo y lugar, la devoción y el amor a la sagrada Pasión de Jesucristo.
Son dignas de conocerse las circunstancias que motivaron la creación de este religioso Instituto. Había cumplido el Santo veintiséis años, y según su piadosa costumbre, después de haber comulgado en una iglesia de Padres Capuchinos, tornaba a casa ensimismado, como siempre, en la consideración de los misterios del Drama sacratísimo.
Apenas llegó a su casa, arrebatado en espíritu, se vio revestido por la Virgen de una túnica negra, la cual ostentaba un corazón con una cruz encima y este lema, marcado con letras blancas: Passio D. N. Jesu Christi: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
El divino Salvador hizo comprender a nuestro Santo que ésta era la divisa de una nueva Orden, que él, Pablo, en honra del Sacrificio del Dios-hombre, habría de fundar.

(CONTINUARA… Pag 534)