viernes, 6 de abril de 2012

SAN CELESTINO, PAPA




Si el Papa Celestino I no hubiera hecho más obras en su vida que componer esa oración consoladora, confortadora que añadimos a la salutación angélica, Sancta María Mater Dei, era ya suficiente para que el pueblo católico le mirase con singular predilección.
Hay santos que, con sólo una acción, se hacen acreedores al reconocimiento de los siglos. Bástanos aquel mérito para que nosotros, haciendo abstracción de todos los demás, le prodiguemos nuestras simpatías. San Celestino, como San Pedro Mezanzo –el esclarecido autor de la Salve, según recientes investigaciones-, fue un enamorado ferviente de la Santísima Virgen, en cuyo honor y para esperanza de la doliente humanidad, compuso la breve y hermosa plegaria que todos hemos rezado muchas veces en el curso de nuestra vida: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
El motivo de que San Celestino dirigiese a la Virgen tan tierna oración, fue el siguiente. Contra el dogma católico, Nestorio, patriarca de Constantinopla, se atrevió a enseñar que María no debía ser llamada Madre de Dios.
El ilustre Rivadeneyra, en la pintura que hace del célebre heresiarca, dice que por su origen era alemán, por sus ficciones griego, y por su inconstancia sirio, que “acompañaba su natural con un ingenio travieso, voz sonora, lengua fecunda, acción viva, con la que ganó en los pueblos grande opinión, y por estas prendas y una modestia y santidad fingida de presbítero en la iglesia de Antioquia, le hizo el emperador Teodosio el Menor obispo constantinopolitano, y dio grande lugar y mano en su gracia, haciendo que le admitiese también a la suya el santo Pontífice Celestino”. Pero este papa ilustre, avisado por San Cirilo de Alejandría sobre muchas de las doctrinas heréticas propaladas por Nestorio, encaminó todos sus esfuerzos a deshacer los errores del gran embaucador. Negaba Nestorio en Cristo la unión hipostática de dos naturalezas en un supuesto, y ultrajaba a la celestial Señora queriendo privarla de su glorioso nombre de Madre de Dios. No contento con predicar esta herejía en Constantinopla, escribió cartas y libelos, causando su actitud general consternación entre los fieles hijos de María.
Cirilo de Alejandría, el ilustre carmelitano, publicó, rebatiendo las doctrinas de Nestorio, tres libros que intituló: De recta in deum fide. Mientras, Celestino intentó reducir a Nestorio al verdadero camino de la Iglesia por medio de cariñosas epístolas; pero el obcecado enemigo de nuestros dogmas rechazó toda advertencia y continuó sembrando el mal entre los fieles.
(CONTINUARÁ… pág. 124)

jueves, 5 de abril de 2012

SAN VICENTE FERRER





El catolicismo –mil veces se ha dicho- es el principio regenerador, salvador de los pueblos. Cuando éstos se hallan entenebrecidos por las sombras del error y del absurdo; cuando despotismos y ambiciones socavan los cimientos de la nacionalidad, desbaratando leyes y derechos adquiridos a costa de sangre y de sudores; cuando en una u otra forma, por este o aquél motivo, la vida próspera de una sociedad se interrumpe, abriéndose en ella el período de la turbulencia y del crimen, surge del seno de la Iglesia católica algún preclaro Apóstol que salva, con la elocuencia de sus palabras y la virtud irresistible de sus grandes hechos, la vida, seriamente amenazada, de una nación.
No puede negarse, y serán vanos cuantos argumentos para ello se amontonen por nuestros tenaces impugnadores, la beneficiosa influencia que en todos los conflictos, públicos o privados, colectivos o individuales, ejerció, ejerce y ejercerá siempre la admirable institución de Jesucristo. Desde los Apóstoles primitivos hasta los actuales sacerdotes que difunden en los corazones las luces de la verdadera doctrina, jamás se ha interrumpido la serie de varones ilustres que, legados de Dios, emplean todas las horas de su vida en señalar el camino del deber a los hombres y a los pueblos.
Las conquistas del laicismo en pro de una sociedad, no pueden compararse nunca a las ventajas que, para esa misma sociedad, aportaron muchos abnegados y esclarecidos miembros de la Iglesia. Éstos trabajaron por la gloria de Dios, mientras que aquél, por grande y sincero que pueda ser su amor a las muchedumbres, no deja de mezclar a sus trabajos redentores alguna partícula de interés propio, de egoísmo, suficiente a restar consistencia en los trabajos de regeneración.
Un capitán, un legislador, un tribuno, cualquiera de esos hombres ilustres que en una u otra forma dirigen, encauzan, subyugan el corazón de las naciones, por íntegros y puros y desinteresados que aparezcan, no se dan por completo a todo el pueblo: algo de sus afectos, de sus desvelos, de sus cuidados, reservan para los suyos, para los que con él militan a la sombra de su estandarte político. No lo combatimos, ni lo deploramos: es justo pagar a quien nos sirve; la ingratitud no debe albergarse en ningún corazón humano. Sólo apuntamos el hecho, para destacar junto a él la figura del verdadero varón apostólico, que, desligado completamente de todo interés terreno, auna cuantos esfuerzos le suministra su alma generosa, y emprende, inspirado por el cielo, su religiosa y civilizadora labor.
Para él –hablamos del que totalmente, vigorosamente, es imitador de Cristo, en todo lugar y en todo momento- no existe más que un ideal, dios; y hacia este ideal absoluto se encaminarán todos sus pensamientos, todas sus acciones. Llevar el mundo, la sociedad a dios: he aquí toda la política, todo el interés del sacerdote católico.
Para él no hay amigos ni enemigos, sino hermanos. Las razas, las castas, las diferencias, desaparecen ante el fiel discípulo del Salvador. Su amor debe ser universal, sin exclusivismos, sin privilegios.
Por esto se le impuso la continencia perpetua; por esto se le prohíbe la esposa y los hijos, para que ningún afecto se sobreponga al interés magnánimo que deben inspirarle todos los pueblos, todas las clases de la sociedad.
Esta magnanimidad, esta acometividad sincera, desprovista de bastardos egoísmos, para cimentar en Dios la felicidad de un pueblo, poseyóla en alto grado nuestro insigne compatricio San Vicente Ferrer.
San Vicente Ferrer, convencido de que la palabra evangélica es el arma única capaz de hacer sucumbir los imperios ante la razón y obligar al hombre a reconocer sus deberes, a respetar la verdad y obrar conforme a sus destinos, emprendió la ruta que le marcaba el gran dedo de Dios, y predicando, aconsejando, enseñando, paseó su venerable figura apostólica sobre todas las tierras y bajo todos los cielos.

(CONTINUARÁ… pag. 98)

miércoles, 4 de abril de 2012

SAN ISIDORO


SAN ISIDORO

El talento, como la virtud, se impone al fin; y pese a las diferencias de partido, a los antagonismos de secta, a las divergencias de opiniones que entre uno y otro bando existen, y a la envidia y al despecho de cuantos sin alas para elevarse pretenden escalar la cúspide de la gloria, el genio, más tarde o más temprano, logra abrirse camino entre la indiferencia o el desdén de los hombres, alcanzando el aplauso universal.
Tal ha sucedido con las glorias de la Iglesia, con los grandes talentos formados al calor de sus enseñanzas divinas. Ninguna institución tan combatida como la Iglesia: sus detractores no han perdonado medio para ridiculizarla y zaherirla. Se la ha vejado en sus dogmas, en sus ceremonias, en sus preceptos, en sus ministros. Pero el talento, el genio de sus ilustres apologistas, de sus eminentes defensores, que resplandecía en volúmenes admirables y discursos maravillosos, no tuvo más remedio que ser reconocido de todo el mundo, aun de aquellos que militaban en las filas del ateísmo, del materialismo, de la impiedad.
Los nombres de San Jerónimo, de Crisóstomo, de San Gregorio Magno, de Santo Tomás, de San Agustín…, sobrenadan por encima de todas las miserias de creencias y partidos, y son aclamados, alabados cada vez con mayor entusiasmo por los hombres de las más opuestas doctrinas.
San Isidoro, he aquí una de las más grandes lumbreras que irradiaron en el cielo de la sabiduría hispana y en el firmamento de la Iglesia católica. Su nombre se pronuncia con igual respeto por amigos y adversarios, y en todas las historias de nuestra genial literatura, sea del autor que sea, se le prodigan justificadamente alabanzas sin cuento.
Aun en su época, los mismos arrianos a quienes tenazmente combatió, se vieron precisados a reconocerle su talento universal. Porque la mente de Isidoro lo abarcaba todo: igual los abstrusos problemas filosóficos que las risueñas concepciones del arte; lo mismo los cálculos matemáticos, que las lucubraciones sobre este o aquél punto de doctrina religiosa, política o social. Era filósofo, teólogo, astrónomo, botánico, historiador, crítico, poeta… Sus vastos conocimientos comprendían todas las ramas del saber. Isidoro, el esclarecido Isidoro, se presenta en los fastos de la historia y descuella entre los grandes genios de los siglos VI y VII, cual monumento imperecedero de lo que a la religión deben las naciones, respecto a su cultura, a su progreso y su positiva civilización.
Dos ciudades se disputan el honor de haber sido las que mecieron su cuna: Sevilla y Cartagena. Parece que nació en esta población última, donde vivían sus cristianos padres; mas también puede considerarse hijo de la hermosa capital andaluza, ya que en ella pasó la mayor parte de su vida –desde los primeros años de su infancia-, y en ella se educó, estudió, redactó sus luminosos libros y practicó las más hermosas virtudes. Bien puede considerarse sevillano, quien en Sevilla murió, después de haber regenteado la Sede hispalense cerca de cuarenta años.
Era San Isidoro el menor de aquellos ilustres hermanos, glorias de España y de la cristiandad, que se llamaron San Leandro, San Fulgencio y Santa Florentina. Y para ponderarle cumplidamente, baste decir que reunió en sí el temple enérgico de Leandro, arzobispo de Sevilla, la profundidad y lozanía que fulguran en los escritos de San Fulgencio, y la unción y misticismo de su hermana Florentina. Su erudición era pasmosa, y de ella nos da prueba su admirable obra De las Etimologías, escrita a instancias de su discípulo San Braulio, obispo de Zaragoza, y en donde copiosamente se aportan datos de sumo interés para diversas ciencias y artes. También merece citarse como modelo de obras eruditas la titulada De los varones ilustres, en la que, a ejemplo de San Jerónimo, coleccionó a algunos escritores eclesiásticos a partir del célebre Osio, obispo de Córdoba.
Como dice un ilustre predicador del siglo pasado* refiriéndose a este Santo, él, cuando nuestra España gemía en la triste noche de la barbarie y de la ignorancia, fue uno de aquellos hermosísimos fanales que plugo a Dios colocar en su seno, para que esparciendo las más puras luces de la doctrina católica, ahuyentase las negras sombras que enlutaban el horizonte intelectual de sus habitantes. ¿Quién no se llenará de gozo viendo a Isidoro colocarse al frente de todo cuanto puede contribuir a la reforma de una sociedad bastardeada por los instintos bárbaros y corrompida por las costumbres de las varias razas que se habían mezclado en ella? Isidoro fomenta la ilustración, estimula el talento, protege la ciencia, levanta el genio de la postración en que yacía sumido por causa de las grandes revueltas que venía atravesando este infortunado suelo. El no vive más que para su pueblo; él consagra todos sus trabajos y todas sus vigilias a formarle, a nutrirle con aquellas sublimes verdades que deben conducirle a su eterna felicidad. Convencido de que la educación de la juventud es el cimiento de todo lo útil, establece colegios, academias y seminarios, donde no solamente los jóvenes de su diócesis sino también de toda España, se forman en letras y en virtud, bajo la dirección de sabios preceptores. Sin el gran Isidoro, acaso no hubiesen brillado otros cien genios en ciencias y en santidad, que allí, en las aulas fundadas por San Isidoro aprendieron a ser sabios y virtuosos.

(CONTINUARÁ… pag 77)

* Del Siglo XIX

martes, 3 de abril de 2012

SANTA MARÍA EGIPCÍACA


SANTA MARÍA EGIPCÍACA

Aquella horrible escena que cortó el paradisíaco idilio e incoó la espantosa tragedia universal; aquella intrusión de la infernal serpiente que, rastreando, impregnó con su pestífera baba el aromoso tapiz del Paraíso; aquella seducción maldita que hundió en el abismo de la culpa a nuestros primeros padres, puestos por Dios para gozar eternamente de las venturas del Edén; todo aquel daño que socavó los cimientos de la felicidad verdadera, que destruyó el ritmo de las horas dichosas, que rasgó el velo de la dulce inocencia, que manchó el albo traje del espíritu con sus motas de cieno…, se reproduce en nosotros.
¿Quién no rememora con singular delicia aquellas horas de la niñez pasada? ¿Quién no suspira por contemplar de nuevo aquellas plácidas florestas de nuestro paraíso infantil, donde constantemente se mecían las rosas a impulsos de un blando viento, acariciadas por los rayos, nunca inextintos, de amable y bienaventurado sol…? Fue aquel nuestro Edén dichoso, que más tarde perdimos por los halagadores silbos de astutas serpientes…
Llegó la juventud con su cortejo de mentidas ilusiones, y aventó con su cálido soplo las cándidas flores de nuestras almas; flores que al suelo cayeron calcinadas por aquel ardoroso aliento que iba soplando a través de nuestros sentidos, encostrándolos con moléculas ardientes escapadas de los hornos infernales…
¡Piedad para las almas que apresó entre sus anillos seductores la culebra infernal…! ¡Compasión hacia los pobres espíritus que vilmente engañados se arrastran por el fango de sus denigrantes culpas, en vez de desplegar sus alas y remontarse a las puras regiones de los cielos…! ¡Que se desborde el corazón de Dios y fluyan torrentes de amor purísimo sobre la juventud descarriada y loca, sofocando el frenesí de sus inmundas pasiones…! ¡Que olvide Agustín sus devaneos, y fabrique la inmortal ciudad de Dios…! ¡Que María Magdalena abandone su vivir licencioso y caiga a los pies del Salvador divino, para ungirlos primero con un bálsamo de nardos y para secarlos después con las destrenzadas hebras de sus blondos cabellos…! ¡Que ruede el llanto por la tez de los grandes pecadores y sea rocío que haga florecer en ella las encendidas rosas de la vergüenza y el pudor…! ¡Que a la primera etapa de María la Egipcíaca, sucedan días venturosos en que su penitencia relampaguee llenando de célicos resplandores las abruptas soledades de su destierro…!

¡María Egipcíaca…! ¡Santa María Egipcíaca…! Tuvo, como todas las almas, su paraíso; y como todas las almas prestó oídos a la serpiente engañosa, y lo perdió. Pero no salió del florido vergel de su inocencia, como salimos la mayoría de los mortales: poco a poco, lentamente, tornando melancólicos de vez en cuando la mirada a aquellos floridos senderos que dejamos atrás. Ella fue del número de las grandes desgraciadas, que en un momento, casi sin darse cuenta, se ven en medio del fango, lejos de los poéticos jardines que embalsamaron nuestra edad primera. Su alma toda sufrió un espantoso cataclismo: no una, mil serpientes se enroscaron a su cuerpo, escupiendo en cada fibra la ponzoña pestilente, el dardo venenoso de sus abrasadas lenguas. María Egipcíaca era un horno maléfico de lucifereñas ascuas. Llevaba en su pecho todo el fuego que consumió a Cleopatra y Mesalina. La pasión enciende sus ojos, la impudicia marca sus labios, y su frente es un hormiguero de pensamientos que van y vienen a ras de la tierra, trayendo, en vez de la sana y nutritiva simiente del buen trigo, residuos putrefactos de insectillos muertos…
A los doce años abandona su casa de Egipto y marcha a la fastuosa Alejandría, donde por espacio de cuatro lustros vive aherrojada en brazos de la más repugnante depravación. No pecaba por interés, pecaba únicamente por pecar, no pretendiendo más premio del pecado que el pecado mismo. Desde Alejandría marchó a Jerusalén, ávida de enloquecer con sus fementidos encantos a muchos de los que se dirigían a la ciudad santa para celebrar las fiestas religiosas de la Exaltación de la Cruz. Y en Jerusalén vivió como en Alejandría, con el mismo desorden, con la misma impureza, culebreando siempre en el surco de su repugnante sensualidad. Entonces es cuando ocurre el milagro; cuando se desborda la gracia; cuando María, cual nueva Magdalena, se da cuenta del gran cúmulo de sus vergonzosos yerros; cuando llora y se arrepiente; cuando le nacen, arremolinándose en el rostro, las bermejas rosas del pudor…
En cada vida de Santo encontramos enseñanzas provechosas: en la conversión de María Egipcíaca hallamos dos circunstancias notables, por las cuales se patentiza una vez más lo que frecuentemente, por boca de sus ministros, nos predica la Iglesia, a saber: el horror que inspira a Dios el pecado y el gran amor de su Madre, la Virgen, que nunca deja de implorar la divina misericordia, a favor de aquellos desventurados que tuvieron la desgracia de zozobrar en el agitado mar de sus pasiones…

(CONTINUARÁ… pág 53)

lunes, 2 de abril de 2012

SAN FRANCISCO DE PAULA





En todos los cuadros y grabados que representan la venerable figura de este Santo célebre, hemos visto resplandecer en el fondo del lienzo o de la estampa de un gran sol, en cuyo centro, formada con letras de oro, aparece una palabra latina: Charitas. Esta palabra resume toda la historia de San Francisco, que fue durante su vida un foco de ardiente claridad, de inextinguible y verdadero amor.
Los hombres, los espíritus superficiales y profanos han hecho en sus conversaciones y escritos tan peregrinas y caprichosas consideraciones acerca del amor, que hoy este vocablo, aplicado por muchos, sin el menor escrúpulo a afecciones vulgares y groseras, sólo es para el mundo nombre designador de las terrenas pasiones que absorben el corazón de los mortales. De tal calibre llegó a ser la aberración sobre el empleo de dicha palabra, que hasta se aplica al crimen nacido de pasión no correspondida, ¡Crimen del amor…! Es decir, el Amor, que es todo luz, y paz y alegría, dejando caer sobre el alma fúnebres crespones, moviéndola a cruda guerra, sumiéndola en eterno llanto… Amor así, es un amor de infierno; es Luzbel, todo venganza y odio, que corre por el mundo disfrazado de  amor. Bajo la blanca túnica con que se encubre guarda el puñal homicida, que lo hunde una y mil veces en el pecho de los hombres, apenas tiene para ello ocasión favorable…
Cupido, el niño alado y bello que provisto de sus flechas discretea con damas y galanes hiriendo despiadadamente los corazones, es una ficción poética y no una realidad. El hijo de Venus Citerea, el forjador de amor –siguiendo la galana concepción de la mitología gentil- se nos presenta enredador, travieso, burlón, agresivo y refinadamente cruel. Este mito, este niño, brotado de la imaginación calenturienta del genio helénico, responde admirablemente a la idea que del amor tiene formada equivocadamente el mundo.
Porque el mundo no comprende el verdadero amor, fuente inagotable de dulzuras. Lo confunde con la pasión ciega, con el arrebato de los sentidos, con la recia acometividad de los instintos carnales. Y por eso, amor así forjado, así comprendido, necesariamente ha de resentirse y resquebrajarse, trayendo consigo, tras la felicidad momentánea, largo cortejo de sinsabores. Desvanecida la ilusión, queda la realidad, que es fría y desconsoladora. Y el alma se llena de amargura, y el cuerpo, laxo, cae en la sima del abatimiento.
El hombre ama cuando se halla en presencia de una bondad y una hermosura que le impresionan profundamente.  Cuanto más duradero sea el bello bien que se le ponga delante, más tiempo perdurará su amor; y mientras mayor abundancia de perfecciones atesore el objeto amado, menos peligro habrá de cansancio y hastío.
Ahora bien: ¿Cuál es el objeto entre todos los objetos, el ser entre todos los seres, que guarda una bondad y una hermosura indestructibles, amén de una infinidad de perfección? La respuesta brota espontánea de vuestros labios: el Ser por esencia, el Todo hermoso, bueno, perfecto e inmortal: ¡Dios…! Luego Dios es el Amor verdadero, porque el amor se deleita con la belleza y la bondad de un ser, y no hay nada en todo lo creado que supere ni que iguale a la perfección divina… Dios es el Amor, el manantial perenne, constante, inagotable de la dulzura, de la admiración y del entusiasmo; por mucho que en él humedezcamos nuestras ardientes fauces, jamás nos veremos satisfechos. El alma, hidrópica de su belleza, a cada instante dirá: “¡Más…! ¡Más…!” Por eso, como no hay decepción, no hay cansancio; como no hay cansancio, no hay quebrantos ni amarguras. Dios es la realidad que mantiene vivas las fuerzas y los delirios de nuestra ilusión.
Pero preguntarán algunos de esos frívolos hombres, que corriendo en pos de las criaturas se resisten a ceñir sus almas con los lazos del divino amor: “¿Cómo amar a Dios, si para amar es necesario que el objeto se halle delante y a Dios no se le ve? ¿Cómo impresionarnos su bondad y su belleza si es un Dios oculto, Vere tu es Deus absconditus*? Abismado en su felicidad, únicamente los ángeles le contemplan; entre nosotros y Él ha puesto espacios infinitos; encontramos en ellos, sí, objetos agradables, encantadores, que nos detienen y nos seducen, pero no ese Dios a quien nos quieren hacer amar. Ubi est Deus tuus…?” **
Ciegos e ingratos son los que de tal modo se expresan. Olvidan que Él es el principio, el origen, el tipo eterno de todo ser y de toda perfección; que ninguna hermosura puede haber que no sea reflejo de su infinita hermosura, y ningún bien que no sea don de su infinita bondad. Olvidan que la inmensidad, el esplendor, el orden, la armonía del universo, la perfección del espíritu, todo el mundo, en fin, viene de Dios, como hecho por sus omnipotentes manos, cuyas divinas huellas se imprimieron ya en la lumínica circunferencia del sol radiante, ya en el cáliz perfumado de las flores, o en el áureo polvillo con que bellamente se manchan las alas de la mariposa… Olvidan aquellas palabras de la Santa Escritura: “Su belleza invisible se manifiesta por el admirable espectáculo de las cosas visibles, y su bondad se derrama en cada uno de los dones que recibimos.” (1)
No nos preguntéis, hombres ingratos, Ubi es deus tuus? Desde el principio del mundo no ha cesado de manifestarse a nosotros por medio de maravillas. Y para despertar más intensamente, más seguramente en nuestros corazones la santa pasión del amor, se ha acercado a nosotros bajo una forma visible. Ubi es Deus tuus? ¡Aquí en la tierra, con nosotros!... El Verbo divino ha cubierto su majestad con el velo de nuestra carne. Y se nos muestra bello en las delicadas líneas de su purísimo rostro, en los aspectos deliciosos de su vida infantil, en su pobreza voluntaria, en su abnegada obediencia, en su inalterable mansedumbre, en sus parábolas sublimes, en sus milagros, en su sacrificio… Y es bueno, porque nos abre su corazón, porque compadece nuestras miserias, porque nos perdona, porque sube al Calvario y por nosotros se inmola en una cruz… Y como si no le bastara sacrificar su vida, Jesús sacrifica su gloria, y se expone a las injurias del tiempo y de los hombres para quedarse perpetuamente con nosotros en el augusto Sacramento del Altar, donde todos los días se renueva de una manera incruenta la sagrada Pasión.
Ubi es Deus tuus? En todas partes: delante de nosotros, con nosotros, en nosotros; nos rodea, nos penetra, nos sostiene, y, como dice el ilustre Monsabré, nos hace vivir y canta en el fondo de nuestros corazones el himno profético de la felicidad eterna.
¡Dios mío! ¡Compasión para aquellos que teniendo ojos, no os ven; oídos, y no os escuchan; corazones, y no se abren a la misteriosa y suave herida en la cual nace y crece la santa pasión de vuestro amor!...
¡Cuán dichosos son los que ensanchan y profundizan, cada vez más enfervorizados, la herida que recibieron de vuestra belleza y de vuestra bondad! ¡Cuán felices, los que relegando a secundario lugar las solicitaciones del mundo sólo siguen las inspiraciones de Jesús, que nos hiere con las flechas de su amor divino, llevándonos dulcemente a gozar de una felicidad que no se acaba nunca!... ¡Cuán bienaventuradas aquellas almas que elevándose hacia Dios a través de las imágenes y del perpetuo contacto de las criaturas, exclaman: “Él es la Suma Belleza; el Sumo Bien; el sumamente amable. Summum pulchrum, Summum bonum, summum amabile…”
Al número de estas almas privilegiadas pertenece San Francisco de Paula, el insigne calabrés. Desde niño hallábase familiarizado con Dios. Dios era su obsesión constante: deseo de todos sus deseos, amor de todos sus amores. Tuvo una mirada amplia para abarcar bellezas y bondades divinas: la visión de cada una de ellas retúvola en el corazón, y el amor a la Belleza y la Bondad absolutas fluyó de todo su ser anegándole en corrientes de purísimo entusiasmo.
Francisco de Paula, satisfizo primeramente su sed de goces espirituales en el convento, que la orden del seráfico hijo de la Umbría tenía a una legua escasa de Paula, ciudad donde nació nuestro santo el año 1416. Después voló al desierto; a una heredad solitaria distante 500 pasos de la citada población. Catorce años contaba; y en tan temprana edad, puede decirse que reanudó en su cuerpo las asperezas con que mortificó el suyo San Juan Bautista.
Sus virtudes se divulgaron, y los ciudadanos de Paula acudieron a contemplarle, turbando con su curiosidad las devociones de Francisco. Este se vio precisado a huir buscando otro lugar más escondido donde ponerse a salvo de las miradas de los hombres. Una gruta, que él mismo abrió en una roca sobre la orilla del mar, fue su nuevo refugio. Pero tampoco allí logró sus deseos: seguido fue de fervorosos jóvenes, que vivamente solicitaron vivir en su compañía. Y viendo Francisco que en aquel deseo andaba la voluntad de Dios, cedió a las reiteradas instancias, y, permitiendo en el año 1435 que se fabricasen tres celdillas para albergue de los que junto a él llegaren, puso los primeros fundamentos de la célebre Orden Mínima, prototipo de la humildad. Y no tenía a la sazón nuestro santo más que diez y nueve años, y su nombre ya volaba por el mundo en alas de sus virtudes, despertando la admiración de ilustres prelados y valerosos príncipes.
Las tres celdillas eran insuficientes para cobijar el gran número de aquellos que, deseosos de penitencia, venían desde lejanas tierras. Fue preciso construir un monasterio. Pirro, arzobispo de Cosenza, puso la primera piedra. La humildad de San Francisco de Paula había determinado que el convento fuese muy estrecho, temeroso de que la demasiada amplitud le diera sabor y remembranzas de palacio. Pero aquel plan primitivo trazado por el Santo no llegó a efectuarse: un fraile franciscano se le apareció de repente, y, aconsejándole hiciese un convento más capaz y de extensión más proporcionada, él mismo formó el plano del futuro monasterio, desapareciendo luego envuelto en una ráfaga de luz.
El Papa León X, afirma que este religioso aparecido a San Francisco de Paula, fue su especial protector San Francisco de Asís. Concluido el edificio estableció en él la disciplina regular, sin que decayera ni un punto el primitivo estado de penitencia que hizo florecer en la primera ermita.
Sucesivamente se fundaron conventos del nuevo Instituto en Paula, Paterno, Spezia y Corigliano.
Fueron muchos los milagros que durante su dilatada vida obró San Francisco de Paula: puede decirse que por la permisión de Dios todos los elementos le obedecían: el mar respetaba los hábitos de este monje ilustre, que, tendiéndolos sobre la superficie marina, atravesaba sobre ellos las aguas con igual seguridad que si fuera a bordo de un bajel; el fuego aminoraba el calor de sus brasas cuando San Francisco acariciábalo; los vientos detenían sus ímpetus al escuchar la voz del sublime hijo de Calabria, tornándose en blando céfiro; la tempestad huía, dejando paso al rutilar del sol…
También le galardonó el Supremo con el don de profecías: él anunció la toma de Constantinopla y mandó en nombre de Dios al rey de Nápoles que atacase a los turcos y los echara de Calabria, no obstante la gran desigualdad de sus fuerzas. Él pronosticó al rey de España que expulsaría a los moros de sus Estados y que recobraría el granadino reino.
No le faltaron tampoco grandes sinsabores: un célebre predicador, más aplaudido que discreto, mal informado de su divino Instituto, declamó públicamente contra él; y Fernando I, rey de Nápoles, con sus dos hijos, el duque de Calabria y el cardenal de Aragón, dejándose impresionar con demasiada facilidad de los que miraban con desafecto a Francisco, dieron orden de prenderle. Pero a todas estas insidias y malquerencias se sobrepuso la santidad del glorioso hijo de Paula, que al fin fue querido y respetado de todo el mundo.
Murió este gran Santo, amante sobre todas las cosas del Poder divino, el 2 de Abril del año 2507.
La duquesa de Borbón, hija de Luis XI, y la condesa de Angulema, madre de Francisco I, mandaron construir para depositar tan preciosos restos un lujoso mausoleo.
León X le beatificó el 1.° de Julio de 1513, y el 1.° de Mayo de 1519 fue canonizado con extraordinaria solemnidad.
Como San Francisco de Paula, busquemos toda la plenitud de nuestra dicha en Dios, porque sólo Dios es el único objeto que puede llenar cumplidamente el abismo de nuestros deseos.

* Verdaderamente tu eres Dios escondido
** ¿Dónde está tu Dios?
(1) Rom. Cap. I. 20

(CONTINUARÁ… página 34)

domingo, 1 de abril de 2012

SAN HUGO, OBISPO DE GRENOBLE



SAN HUGO, OBISPO DE GRENOBLE

“Como el Padre me ha enviado, YO OS ENVÍO A VOSOTROS. Los pecados que perdonéis serán perdonados. Id, enseñad a todas las naciones. Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos.”
He aquí las palabras que Jesucristo, después de borrar la maldición que pesaba sobre la tierra, dirigió a sus Apóstoles. He aquí las santas frases que inician en el mundo el ministerio sacerdotal.
Ni los Césares con sus espadas, ni los Voltaire con sus plumas extirparán el sacerdocio divino, definitivamente constituido por voluntad suprema del Salvador. Persecuciones, condenaciones, calumnias, castigos, suplicios…, nada podrá concluir con esa raza inmortal que lleva en su alma el sello sagrado de Dios. Si se la persigue en Jerusalén, ella penetra en Corinto, Éfeso, Tesalónica, Atenas, Antioquía, Roma…; si la herejía la arroja de Oriente, el Occidente le brinda sus dominios; si la destierran de Alemania, Dinamarca, Suecia y otros países protestantes, reflorece en América laborando incesantemente en su obra de salvación. La familia sacerdotal reinará siempre en el mundo, y no terminará sino con el mundo. Hemos dicho terminará y el vocablo no es exacto, no es apropiado. No terminará: se transfigurará en los esplendores de la gloria.
Sólo la luz del cielo puede disipar las sombras de nuestras conciencias; sólo el lenguaje de la verdad puede sacarnos de nuestra indiferencia y culpable ofuscación; sólo el sacerdocio católico, que al ser instituido por Cristo, vinculó en sí esa luz y esa verdad, puede salvarnos y atajar el desordenado impulso de las pasiones. El sacerdote, el sacerdote católico es necesario, absolutamente imprescindible para el bien de la sociedad; porque el sacerdote católico es el hombre y el representante de Dios cerca del pueblo.
Tan necesaria es a la sociedad esa institución del sacerdocio, que no ha habido pueblo en la historia, aun los más salvajes e incultos, que hayan dejado de ostentar, si bien desfigurada, tan suprema jerarquía. En las pagodas de la India y del Tibet, como en los celebrados santuarios de Egipto, Grecia y Roma, aparece el sacerdote, a quien se le mira con religiosa superstición. Son los inspirados, consultados por los héroes de Homero; son los que en los campos Elíseos de Virgilio presiden los festines de los justos; son los druidas, que dan su parecer en las empresas guerreras de los galos, de los escandinavos, de los germanos…; son en fin, hasta esa serie de ridículos idolillos humanos que ya en los mares glaciales, ya en los bosques sombríos, miran como intérpretes de sus groseras deidades los pueblos salvajes.
Tan necesario, repetimos, es el sacerdote, que cuando el hombre, cegado por la impiedad, ha querido arrojarlo de las modernas sociedades, lo ha suplantado, ya por Robespierre que erigido en pontífice se dirige al templo de Nuestra Señora de París a declarar que “el pueblo francés cree en la existencia de Dios y en la inmortalidad del alma”, ya por la risible jerarquía de los treinta y siete grados en las logias masónicas…
La figura del sacerdote católico, del sacerdote verdadero, del único que ostenta con perfecto derecho la representación de Dios, ejerce sobre la vida del hombre un beneficioso influjo. A la sombra del venerable ministro del altar las sociedades prosperan; o mejor dicho, a la sombra del árbol sacrosanto de la cruz, que el digno sacerdote católico procura siempre plantar en el corazón de los hombres.
Ningún ministro de las iglesias protestantes o cismáticas –ramos desgajados del frondoso árbol de nuestra religión- aun suponiéndolo adornado de grandes virtudes, de honestas costumbres, de juicio recto, puede realizar la labor sublime del sacerdote católico. Él no puede borrar el pecado, abrir las puertas del cielo, cerrar las del infierno, ofrecer el incruento sacrificio, interpretar la verdad. Y no puede porque no ha sido llamado, ordenado por Dios. Su sacerdocio es una mixtificación, una corrupción del sacerdocio legítimo, del apostolado verdadero…
La vocación, por la cual Dios llama al hombre; la ordenación, por la que le reviste de su poder y el ministerio por el que le autoriza para obrar en su nombre, son tres circunstancias que solo reúne el sacerdote católico.
Con los pastores protestantes y con los “popers” griegos no rezan aquellas palabras que Jesucristo dirigió a los doce elegidos de Galilea: “Venid en pos de mí; os haré pescadores de hombres. No sois vosotros los que me elegís, sino Yo el que os elijo a vosotros… Nadie sea osado a tomar el poder sacerdotal, si no es llamado como Aarón… Como el Padre me ha enviado, Yo os envío a vosotros”. Y este llamamiento divino transmítese de siglo en siglo, y en todas las lenguas. Los Apóstoles eligen a Matías en sustitución de Judas; Ananías consagra a Pablo; Pablo a Tito, a Filemón, a Timoteo… La genealogía de la raza ilustre del sacerdocio católico es una, invariable, permanente, constante… Roma es siempre el centro de la misión universal, el lugar de donde parten los conquistadores evangélicos: Agustín el monje se dirige a Inglaterra; Bonifacio a Germania; Vildebrando a Suecia; Esteban a Bolonia y Hungría; Francisco Javier a China y el Japón.
Y, además de llamar, la Iglesia católica elige, ordena. El Obispo transfiere al levita los poderes que él ha recibido: el poder de enseñar la palabra divina, de perdonar los pecados, de ofrecer sacrificios por los vivos y los muertos… Y unge con óleo santo aquellos dedos destinados a recibir a Jesús, y ya ungido, autorízale para ejercer el sagrado ministerio. ¡Y hay un hombre más que habla en nombre de Dios, y en nombre de Dios perdona, y en nombre de Dios condena y excomulga…! ¡Hay un nuevo apóstol a cuyas manos consagradas desciende Dios haciéndose alimento y bebida del flaco mortal…!
Todo otro sacerdote no católico es un médico sin medicinas infalibles para las llagas del alma; es un canal vacío por donde no corren las gracias del cielo; es un hombre, que aunque sea un pozo de ciencia y un arsenal de virtudes, carece de autoridad para hablar en nombre de Dios. Es como un templo sin bendecir: por limpio y pulcro y suntuoso que aparezca, no merecerá la veneración y el respeto de los fieles, mientras no haya sido consagrado y en el sagrario se albergue la divina Víctima…
Por esto la ascendencia del sacerdote protestante o cismático sobre el alma de las muchedumbres, es casi nula si se compara con la que ejerce el sacerdote de la Iglesia Católica.
¡El sacerdote católico…! A él se pueden aplicar aquellas palabras que se leen en el capítulo XIV del libro I de los Macabeos: Justitiam et fidem conservavit genti suae et exquisivit ovni modo exaltare populum suum.- Él ha conservado a su nación la justicia y la fe y ha procurado por todos los medios posibles el decoro y la gloria de su pueblo.
En el púlpito, en el confesionario, en el altar, el sacerdote siempre triunfa; la patria, el hogar, la familia, siempre reclaman su concurso. Su venerable figura apareció en todos los acontecimientos prósperos o adversos de nuestra vida. Él baña con el agua regeneradora del bautismo la cabeza del tierno infante; él bendecirá el lazo matrimonial de aquel mismo niño cuando ya hombre elija compañera; él confortará su alma cuando aquel hombre, ya decrépito anciano, se halle en los linderos de la muerte… ¡siempre el sacerdote católico con nosotros! ¡Siempre enalteciéndonos, instruyéndonos, civilizándonos…!
Por eso aquellas personas que consagran sus desvelos a fomentar la raza sacerdotal, creando seminarios y colegios, e inculcando en los cristianos la vocación eclesiástica, merecen un eterno recuerdo. Por eso se lo rendimos a San Hugo Obispo de Grenoble, cuya festividad celebra hoy la Iglesia.

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Hagamos su historia.
Por el año del Señor 1053, en un lugar llamado Castillo-Nuevo, de la diócesis de Valence, en el Delfinado, nació un niño, a quien se le puso el nombre de Hugo. Sus padres, nobles por su genealogía, éranlo más por sus virtudes; así es que desde los primeros años educaron al niño Hugo con el esmero de quienes buscan la dicha de sus hijos, no en las glorias y riquezas perecederas de esta vida, sino en los bienes eternos que Dios promete a sus fieles servidores. No es extraño, pues, que Hugo, a quien la Providencia había concedido disposiciones muy felices, tanto para la virtud como para la ciencia, se mostrase, desde la más tierna edad, como un niño distinto de los demás por sus inclinaciones, por su modestia, por su conducta toda, que revelaba la hermosura de su alma y la santidad que un día habían de orlar su frente.
Amante del estudio, recorrió varias escuelas, así nacionales como extranjeras, donde aprendió las ciencias y las letras del siglo, y en las que se dio a conocer por su claro entendimiento y rectitud de juicio; pero sus estudios no enfriaron nada su piedad ni le distrajeron en su devoción. Una extremada modestia le preservó del orgullo y de la soberbia, como el pudor y templanza alejaron de él los peligros de la inocencia.
Su ciencia y su virtud lo elevaron a canónigo de Valence cuando, terminados sus estudios, volvió a esta ciudad; mas allí fue llamado por el obispo de Dic, llamado también Hugo, y legado del Papa Gregorio VII, para que le ayudase en la obra de regeneración que había emprendido, tanto en la disciplina y desórdenes del clero, como en las costumbres depravadas de las gentes. No salieron defraudadas las esperanzas que el obispo había puesto en Hugo, pues si con su predicación logró que el clero volviese al camino ordenado de la virtud y de la obediencia, con su ejemplo obtuvo grande cosecha de buenas costumbres en el resto del pueblo.
En el año 1080, acudieron al obispo legado, que se hallaba celebrando un concilio en Aviñón, los fieles de la iglesia de Grenoble, sede vacante entonces, y le pidieron que nombrase obispo para aquella iglesia, indicándole su deseo de que fuese Hugo el designado. Concedióles lo que pedían, con gran contentamiento de todos; pero Hugo se negó en absoluto a aceptar aquella dignidad, pretextando mil motivos que su gran humildad le sugería; y fue tal su resistencia, que el legado tuvo que hacer valer toda su autoridad para que admitiese el cargo, llevándolo luego consigo a Roma, a fin de que fuese consagrado por el mismo Pontífice, como así se efectuó, a pesar de las nuevas excusas que Hugo dio al Papa, para que este no aprobase su nombramiento.
Cuando el nuevo obispo, de vuelta ya de su consagración, se hizo cargo de la iglesia de Grenoble, quedó aterrado ante el desorden y vicios que reinaban en la diócesis: en el pueblo la ignorancia, la usura, la rebelión continua contra toda autoridad y las costumbres más licenciosas; en el clero la insubordinación, el orgullo, la simonía y el relajamiento moral. (CONTINUARÁ… Página 11)

sábado, 31 de marzo de 2012

BEATO AMADEO DE SABOYA



EL BEATO AMADEO DE SABOYA

Nos ha conmovido, nos ha impresionado dulcemente el relato de los hechos que forman la vida de este bienaventurado.
La figura del tercer duque de Saboya aparece rodeada de una aureola de suavísima claridad.
el beato Amadeo no es, a la verdad, como San Pedro Alcántara, que casi llega a aterrarnos por sus asombrosas penitencias. Ni como los Gregorio, Ambrosio y Agustín, que parecen aplastarnos con el peso abrumador de sus ciclópeas inteligencias.
amadeo de Saboya tiene esa dulzura, es eencanto, esa irresistible simpatía de los Francisco de Sales, Juan de Dios o vicente de Paúl. Cierto que no fue como ellos; que no estuvo ligado por ningún voto de obediencia, de pobreza, de castidad; que no vistió los hábitos sacerdotales; que no fundó instituciones monásticas y benéficas; pero, innegablemente, su corazón era digno hermano de aquellos tres grandes corazones que, como surtidores de dulzura inextinguible cayeron sobre las almas, esponjándolas para que en ellas floreciese la planta de la virtud.
el nombre de una gran figura de la historia profana o religiosa, suscitó muchas veces en nosotros el recuerdo de algún bello espectáculo de la Naturaleza. San Jerónimo, en sus Cartas, terriblemente sublimes, nos evoca el magnífico culebrear del rayo que incendia y carboniza... ¡Y es que el solitario de Belén pulverizaba, con los ardientes rayos de sus apóstrofes viriles, el carcomido tronco de una sociedad decadente!
San Agustín, en su Ciudad de Dios, nos recuerda la imponente inmensidad del Océano. ¡Y es que en la mente del gran doctor de Hipona, venían unas tras otras, empenachadas de espumas, gigantes y absorbentes, las ondas clamorosas de su soberana inteligencia!...
Santo Tomás de Aquino, argumentando en su admirable Summa, suscita en nuestro entendimiento la radiosa imagen del sol en mitad de su carrera. ¡Y es que el Doctor Angélico, se eleva majestuoso y sereno por los espacios de la razón sublime, iluminando todos los ámbitos de la tierra con su poderosa luz!...
En cambio, leyendo a San Francisco de Sales, se nos representa, no el rayo, no el mar, no el sol, sino algo que no siendo tan hermoso y tan sublime, es más bello, más poético y delicado: nos acordamos, por ejemplo, de una rosa balanceada por un dulce viento; de una linda mariposilla indagando el interior de algún florido cáliz; de un residuo luminoso deslizándose a través de tupida blonda... Cada uno de los párrafos que destiló la pluma del obispo ginebrino, es algo así como un tronco jazminero que agitó nuestra mano  al pasar; las blancas florecillas, aquellos consejos, aquellas máximas, aquellas frases del gran obispo, cayeron sobre nosotros perfumándonos el alma...
Y cuando San Juan de Dios, en sus correrías nocturnas por las callejas de Granada, y San vicente de Paúl por las plazas de París, recogen los niños abandonados, los enfermos paralíticos, los leprosos, los dementes, todos los desgraciados, todas las ruinas humanas despreciadas por la egoísta sociedad, nosotros nos acordamos de eoss dulces rayos de luna que en la callada noche prodigan una casta caricia luminosa a los derruídos muros de los castillos, a los claustros desmantelados de las abadías ruinosas, a las tumbas de los cementerios... entre fulgores de luna y entre las hojas caídas de un albo jazmín, asoma también el Beato Amadeo de Saboya. Porque este bienaventurado reunió a la caridad de Juan de Dios, la delicadeza y profundidad de pensamiento que caracterizan el genio ilustre de Francisco de Sales.
La dulcedumbre del lago de Ginebra, al pie de cuyas colinas se alza el pueblecillo de Thonón, cuna del Beato Amadeo, comunicó a este su poesía; y las cimas nevadas del San Bernardo y del Mont-Blanc, coronando todos aquellos paisajes, infundieron en el alma de Amadeo afectos de predilección a todo lo cándido y puro...
Todas las fases por que atravesó la vida de Amadeo, aparecen contorneadas, irisadas de candor y de pureza. Niño, se le ve con frecuencia, aun en medio de sus paseos, hincarse de rodillas, elevar sus manos y sus ojos al cielo, dirigir a Dios fervientes plegarias, embalsamar con el perfume de su piedad todos sus entretenimientos, todos sus actos. Joven, se aparta del fastuoso brillo de su corte, prefiriendo la inocente conversación de los pastores de sus valles a los placeres y diversiones de los príncipes. Casado con Yolanda, siembra en el corazón de su esposa y en el de los hijos, con que plugo a Dios bendecir su matrimonio, los nobles afectos, las aspiraciones santas que hacen del hogar doméstico un bello trasunto del Paraíso...
todo lo reunía este bienaventurado: real abolengo -era hijo de Luis I y Ana de Chipre-, y cuantiosos bienes de fortuna. Por muerte del duque Luis, su padre, le pertenecía la Saboya y el Piamonte. Era, al decir de sus biógrafos contemporáneos, de marcial apostura, de ingenio vivo, de inteligencia preclara, de corazón leal y generoso. Todo lo tenía, menos lo que después de las virtudes es más estimable: la salud. Dios le afligió con frecuentes ataques epilépticos. Pero esta enfermedad, mal a los ojos del vulgo, fue para amadeo un bien incalculable, porque ejercitó admirablemente su paciencia, aumentando con su perfecta conformidad cristiana el gran tesoro de sus virtudes.
Esta dolorosa y pertinaz dolencia suministrábale frases felices que evidenciaban el hermoso fondo de su corazón. "Nada más útil para los grandes -decía- que las dolencias habituales, pues les sirven de freno para reprimir la vivacidad de las pasiones".
"Las aflicciones personales -añadía- templan las dulzuras de la vida con una amargura saludable, y nos hacen gustar de Dios, acecándonos a él. Nada más dulce ni más bueno que sufrir por Dios; las adversidades de la vida son arras de la vida del cielo."
Así se expresaba este Bienaventurado Príncipe en lo más recio de sus dolores corporales.
Y ¿Qué decir de su vida pública, de su gobierno, de aquella sabia y religiosa dirección en los destinos de su país? Con razón se da a la época de su reinado el nombre de siglo de oro de Saboya. No hubo príncipe más amado ni que más mereciese el cariño de sus súbditos. Su máxima era que Dios debía ser siempre servido el primero y que el espíritu de la religión debía ser siempre la regla de la política. ¡Ah, si todos los príncipes y gobernantes se inspiraran en los preceptos de Dios para gobernar los pueblos!... ¡Cómo, entonces, en cada nación sonarían las horas felices de una perpetua edad de oro!... Imperaría la justicia, florecería el derecho, se extirparía el vicio; y la sociedad toda, siguiendo por los rectos cauces de la religión y la moral, llegaría al culmen de su engrandecimiento.
No lo comprenden así muchos de los grandes estadistas actuales, y, divorciados del espíritu religioso, quieren labrar, a espaldas suyas, la felicidad del país, sin comprender que así sólo contribuyen a su perdición y ruina.
Después de Dios, la gran preocupación de Amadeo de Saboya constituíanla los pobres.  El término de todos sus pensamientos y afectos y también la causa habitual de sus penas y tristezas eran ellos, los desvalidos, los enfermos, los menesterosos. "Me conduelo tanto de los pobres -decía-, que al verlos no puedo contener mis lágrimas. Si no amase a los poibres me parecería que no amaba a Dios".
(CONTINUARÁ)