domingo, 8 de abril de 2012

SAN ALBERTO DE JERUSALEM, OBISPO Y MÁRTIR



SAN ALBERTO DE JERUSALEM, OBISPO Y MÁRTIR

La ilustre Orden Carmelitana honra a San Alberto, como a su Patriarca y legislador.
Si en la antigüedad eran considerados como oráculos aquellos grande shombres que daban leyes a los pueblos, robusteciendo y afirmando una nacionalidad, y por sus servicios eminentes veíanse colmados de privilegios y honores, mayor admiración, reconocimiento y gloria merece quien se consagró a instituir o restaurar una Orden o congregación religiosa, dándole preceptos y leyes para su desarrollo y estabilidad.
Las Órdenes religiosas son las naciones predilectas de Dios, los alcázares de la virtud; las fuertes ciudadelas desde las cuales se pelea con singular denuedo por establecer en todo el mundo el reinado social de Jesucristo.
Ellas, tan denigradas, tan combatidas por la masa indocta de la opinión, han sido el porta-estandarte de la civilización, y escudo y broquel donde se estrellaron los dardos de alocadas muchedumbres que en un momento hubieran querido concluir con el orden católico existente.
Sin las Órdenes religiosas, muchas comarcas permanecerían aun envueltas entre los horrores del salvajismo y las tinieblas de la idolatría; y muchos pueblos, hoy adelantados y cultos, no hubieran entrado a formar parte en el concierto de las naciones civilizadas.
Toda regeneración social, artística o política, arranca precisamente, adquiere su primer impulso de los trabajos hechos con tal fin por ésta o aquella institución religiosa. La Orden religiosa limpió de abrojos el camino, allanó el monte, igualó el terreno, y después los hombres no tuvieron más que edificar. Pero el hombre es fatuo, y vano, y presuntuoso, y al cabo, olvidando la labor inicial de aquellos desinteresados atletas de nuestra fe, se abrogó el mérito de una conquista, que, acaso en su vida, sin el exilio de unos pobres monjes, no se hubiera nunca atrevido a realizar.
No hay obra magna en la historia a la cual no vaya asociado el nombre de alguna ilustre corporación religiosa. Al descubrimiento de América coadyuva un modesto guardián de franciscanos, Fray Pérez de Marchena. Otro franciscano ilustre, Jiménez de Cisneros, reconquista nuestro poderío* en Orán. Mercedarios y Trinitarios emprenden la redención de los cautivos. En las abadías benedictinas se refugia la civilización de los pueblos meridionales, próxima a caer ante la feroz embestida de los bárbaros. Hijos de San Agustín y Santo Domingo recorren las dilatadas llanuras de la joven América, sembrando luz en opacas inteligencias y amor y bondad en indiferentes corazones; haciéndola sabia y religiosa, abnegada y viril; iniciando en ella la cultura, el vigor y el engrandecimiento que disfruta hoy…
Los propulsores, los mantenedores de todos esos venerandos institutos, merecen la más alta estimación de los pueblos.
San Alberto, Patriarca y legislador de la insigne Congregación Carmelitana, se hace acreedor a que hoy le rindamos un piadoso homenaje, pues en nuestra calidad de españoles no podemos olvidar que la Orden del Carmelo se extendió a manera de rama olorosa por toda nuestra Península, haciendo florecer en ella místicas corolas tan preciadas como Santa Teresa y San Juan de la Cruz, ornamentos preclaros de nuestra hispana literatura…
Sin cultivo, el jardín se agosta. Sin la labor perseverante de San Alberto, aquella Orden eremítica que remontaba su origen nada menos que hasta los profetas Elías y Eliseo, hubiera sucumbido o se hubiese mezclado más o menos tarde con otras asociaciones piadosas, perdiendo su propia personalidad.
San Alberto fue el jardinero sagrado puesto por Dios para restaurar aquél vergel carmelitano que contaba luengos siglos de existencia.
San Alberto, conociendo que la regla de Juan de Jerusalén no era bastante imperativa y precisa, y que los estatutos de San Brocardo pecaban por su estilo demasiado difuso, redactó una regla más corta, más substancial, más preceptiva, que ilustró con pasajes escogidos de la Sagrada Escritura, y adaptó perfectamente a la posición y a los deseos de los ermitaños.
No contento con ofrecer a la Orden carmelitana aquel legado de su sabiduría, la enriqueció con abundantes limosnas, hasta el punto de emplear en ella la mayor parte de su cuantiosa fortuna, que sirvió para reedificar el monasterio del monte Carmelo.
Hay que hacer constar que San Alberto no era carmelita, lo cual avalora más la singular protección que dispensó siempre al glorioso Instituto.
(CONTINUARÁ… pag. 169)


* de España

sábado, 7 de abril de 2012

LA BEATA URSULINA DE PARMA





Antes de ayer, con motivo de la festividad de San Vicente, hicimos referencia a los acontecimientos que tuvieron lugar en el agitado siglo XIV.
A este siglo perteneció también la Beata Ursulina de Parma.
La Beata Ursulina, como San Vicente Ferrer, como Santa Coleta y otras grandes almas que florecieron en aquel período luctuoso de la Iglesia y de la Historia, fue ángel protector colocado por Dios en el mundo, para que desplegase sus blancas alas, y volando hacia el cielo mostrase a los hombres el camino de la verdadera felicidad.
Toda la vida de la Beata ursulina de Parma, hállase esmaltada de hechos sobrenaturales. Las celestiales apariciones y el milagro alternan en la vida de la Santa durante su peregrinación por la tierra. El narrador, como en la vida de San Patricio, apóstol de Irlanda, camina de maravilla en maravilla.
Apenas Ursulina aparece en su cuna, ya muestra Dios para con ella el tesoro de sus divinas gracias. Desde el 14 de Mayo de 1375, día en que la ciudad de Parma tuvo la honra de contar entre sus hijos a la Beata Ursulina, hasta el de su dichoso tránsito a la morada celestial, ocurrido en Bolonia el 7 de Abril de 1408, no hay momento en que Dios no favorezca con sus generosas dádivas el piadoso corazón de su predilecta sierva.
A los cuatro meses, ya pronunciaba Ursulina delante de su madre, con voz clara y segura, estas palabras: Dios, Nuestro Señor.
Y para darnos idea de la abundancia de gracias con que enriquecióla el cielo, baste decir que cuando su madre, obligada por grave enfermedad, tuvo que delegar sus funciones maternales en una nodriza que se hizo cargo de nuestra Santa, ésta, a pesar de su temprana edad, la repelió bruscamente, denotando en su tierno semblante gran repugnancia y asco. Después se supo que aquella mujer llevaba en su vida privada y una conducta muy poco edificante. La niña adivinó lo que muchas personas de edad provecta no habían llegado a sospechar. La pureza de su alma rechazaba el hedor de un alma podrida.
Simón de Zanacci, monje cartujo, historiador de la Beata Ursulina, refiere que el sueño de aquella niña bienaventurada era velado por los apóstoles San Pedro y San Pablo, según la misma Ursulina declaró a Bertolina, su madre.
Desde los seis o siete años, ya se entregaba a la oración mental, y elevábala Dios con frecuencia a la contemplación. Nuestro Señor se le aparecía y comunicábale admirables luces acerca de los misterios de nuestra fe y de las realidades de la vida futura.
Durante sus primeros años guardaba para sí los secretos de estas comunicaciones divinas; pero después, a la edad de nueve años, deseosa de ser útil a las almas y a la gloria de Dios, suplicó a un sacerdote, venerable por su edad y ciencia, que tuviese la bondad de escribir lo que ella le dictase. Este sacerdote, llamado Tomás Fosio, no quiso en un principio acceder a la invitación de ursulina, creyendo que todo cuanto le dijera sería fruto de una imaginación infantil. Mas después, atraído por la modestia, la seriedad y el recato de la muchacha, consintió en escuchar sus declaraciones, siendo grande el asombro del virtuoso ministro del Señor al escuchar a una niña que, sin ninguna instrucción, hablaba de las más altas cuestiones como pudiera hacerlo un consumado teólogo.
Después de Tomás Fosio, oyeron sucesivamente las revelaciones de ursulina el maestro Nicolás, de la orden de los ermitaños; Santiago de Sibinago, procurador de la curia romana; Amico, médico de Roma; el doctor Donnino de Garomberti, y otros personajes distinguidos. Todos hallábanse contestes en afirmar la prodigiosidad del caso, y todos, fundados en aquel singular beneficio, pronosticaban a Ursulina días de gloria imperecedera.
Así aconteció: Ursulina, modelo de sencillez, caridad y obediencia, fue siempre la dulce esclava del amor divino que entre las turbulencias de su siglo, marchó siempre radiante labrando su santificación, y coadyuvando con su admirable conducta al bien espiritual de los demás.
A tan alto llegó su reputación, que hasta el mismo supremo Jerarca de la Cristiandad Bonifacio IX, reclamó sus servicios. Hallábase entonces dividida la Iglesia por uno de los más lamentables cismas que afligieron la Cátedra de San Pedro. Poco después de la elección del papa Urbano VI, en el año 1378, alegando algunos cardenales no haber votado con entera independencia, eligieron en sustitución de Urbano a Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII, fijando su residencia en Aviñón.
Santa Catalina de Sena sostuvo con sus oraciones y su influencia la causa del papa Urbano VI, y su ilustre imitadora en la vida mística Ursulina de Parma, continuó, después de la muerte de aquélla, trabajando con el mismo celo por la causa de la unidad.
Como prueba del gran interés con que tomó a su cargo aquella obra de paz, diremos que acompañada de su madre, salió de Parma el domingo de Pascua de 1393, encaminándose a Provenza, con el objeto de ver al falso papa Clemente, quien, según ya hemos dicho, residía en Aviñón, y manifestarle cuánto convenía a la prosperidad de la Iglesia dejase inmediatamente aquel poder injustamente usurpado.
Nada le arredró para llevar a cabo sus propósitos: al salir de Parma, varias personas avisárosla que era sumamente peligroso emprender aquel viaje, a causa de los muchos bandoleros que merodeaban en los caminos y que no dejarían de acometer a dos mujeres indefensas. Su madre, asustada quiso volver a Parma; pero Ursulina, llena de gran confianza exclamó: “No os apesadumbréis, madre mía: Dios nos ayudará”. Y efectivamente; apenas habían andado media legua escasa de camino, cuando se encontraron con un anciano y respetuoso peregrino que se ofreció a servirles de guía hasta llegar a Provenza. El rostro de aquel peregrino brillaba a veces, y por el aspecto de su traje y su persona traían a la memoria de quien lo contemplaba la dulce gravedad característica de los Apóstoles… Durante la noche nunca pedía albergue en las posadas u hosterías donde se detenían las dos viajeras para descansar; mas al día siguiente, al ponerse Ursulina y su madre en marcha, veíanlo de nuevo en el camino que debían seguir.
Todos los peligros desaparecían ante la presencia de aquel noble anciano, y al escuchar sus frases de aliento, filtrábase una dulce confianza por el corazón de las dos mujeres. Al llegar al término del viaje, el guía desapareció repentinamente, no dejando tras si otro rastro más que una ligera ráfaga de luz.
Asombrada, Bertolina preguntó a su hija: “¿Quién era?”
“Era el apóstol San Juan –respondió Ursulina- a quien el Señor se dignó enviar para indicarnos el camino de Provenza.”
Apenas llegaron a Aviñón, Ursulina se dispuso a obtener una audiencia del falso Pontífice, Clemente VII. Para conseguir sus deseos luchaba Ursulina con grandes obstáculos y dificultades; pero al fin, insistiendo un día y otro, lo consiguió.
El cardenal Pedro de Puy, hombre recto que más tarde abandonó el cisma y llegó a ser cardenal verdadero, gran penitenciario y obispo de Tusculum, fue quien la introdujo en el palacio apostólico, llevándola a presencia del antipapa.
Al entrar en la sala de audiencia, Ursulina se prosternó diciendo: “¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!” Así, sin faltar a la genuflexión exigida por la etiqueta, dirigía sus saludos, no a un pontífice a quien ella consideraba como usurpador, sino a la Beatísima Trinidad.
La conversación de Ursulina con Clemente VII, duró cerca de hora y media. El antipapa hallábase muy conmovido. Al despedirla, varios de los asistentes escucharon de Ursulina estas palabras: “Si no hacéis lo que Jesucristo os manda, tendréis señalado vuestro sitio junto a Lucifer en las llamas eternas.”
“Pedid todo lo que necesitéis –repuso el pontífice; -quiero que os lo suministren a expensas del palacio apostólico. –“Aunqueme viese reducida a comer cortezas de árboles –replicó vivamente Ursulina- no podría aceptar nada de vos.” – Y dicho esto salió de la cámara.
Aquella entrevista en la cual Ursulina aconsejó al falso Clemente dimitiera su alto cargo y devolviese la paz a la Iglesia sometiéndose al verdadero Papa, causó gran revuelo en Aviñón. Clemente hallábase dispuesto a transigir, mas los prelados de su séquito que negociaban con el cisma, trataron por todos los medios de disuadirle, diciéndole que no podían comprender que “un pontífice tan ilustrado prestase oídos a las necias alucinaciones de una mujerzuela exaltada”.
Mientras, ursulina regresaba a Parma, y desde allí, por inspiración del cielo, marchó a ver al legítimo pontífice, Bonifacio IX, sucesor de Urbano VI.
Bonifacio admiró a aquella humilde mujer que con tanto celo trabajaba por su sagrada causa, y, después de haber consultado con los cardenales de su corte, le confirió el cargo de llevar una carta al antipapa Clemente.
Ursulina se dirigió otra vez a Francia, y nuevamente el cardenal Pedro del Puy, le abrió con su influencia las puertas del palacio de Aviñón.
Con gran elocuencia expuso Ursulina ante el falso pontífice los males de la Iglesia y la necesidad de una paz inmediata. Uno de los allí presentes, Guillermo Novellet, cardenal de Saint-Ange, al escucharla, exclamó en voz alta que quería someterse a Bonifacio IX.
Estas palabras excitaron la indignación del bando cismático, y comprendiendo los más acérrimos partidarios de Clemente que si Ursulina continuaba hablando, la mayoría de los cardenales iba a reconocer a Bonifacio, aconsejaron al antipapa suspendiera la audiencia y no diera oídos a aquella mujer, acaso ducha en las artes infernales de la brujería, ya que era casi imposible que sin ninguna instrucción se pusiera a hablar tan elocuentemente de las más altas cuestiones teológicas. Los enemigos de la Iglesia no perdonaron medios para atormentar a la beata Ursulina; sometiéronla a una severa vigilancia, y con el fin de deshacerse para siempre de ella, acusárosla de brujería y de estar en relación con el demonio, crímenes que se castigaban entonces con el más espantoso de los suplicios: con el fuego. Pero dios tuvo a bien preservarla de aquellas horribles maquinaciones, hiriendo por medio de una muerte repentina al débil e irresoluto Clemente VII, causa de tan graves males, y devolviendo así la libertad a Ursulina, que regresó a Roma, y desde aquí, después de obtenida la bendición del Sumo Pontífice, a su ciudad natal de Parma.
Las discordias y guerras civiles que desolaban entonces a Parma, la obligaron poco tiempo después a refugiarse en Bolonia, donde había de concluír su terrenal peregrinación.
Dios le había revelado quince años antes la fecha de su dichosa muerte, que acaeció el 7 de abril de 1408, a los treinta y tres años de edad.
Su madre llevó tan preciado tesoro a Parma apenas restablecida allí la paz, siendo guardado en la iglesia de las monjas benedictinas de San Quintín.
Su culto fue aprobado por un decreto del Papa Pío VI, el 11 de febrero de 1786.
Además del ya citado monje cartujo, Simón de Zanacci, escribió la vida de la Beata Ursulina el historiador Antonio Testi.
(CONTINUARÁ… pag. 146)

viernes, 6 de abril de 2012

SAN CELESTINO, PAPA




Si el Papa Celestino I no hubiera hecho más obras en su vida que componer esa oración consoladora, confortadora que añadimos a la salutación angélica, Sancta María Mater Dei, era ya suficiente para que el pueblo católico le mirase con singular predilección.
Hay santos que, con sólo una acción, se hacen acreedores al reconocimiento de los siglos. Bástanos aquel mérito para que nosotros, haciendo abstracción de todos los demás, le prodiguemos nuestras simpatías. San Celestino, como San Pedro Mezanzo –el esclarecido autor de la Salve, según recientes investigaciones-, fue un enamorado ferviente de la Santísima Virgen, en cuyo honor y para esperanza de la doliente humanidad, compuso la breve y hermosa plegaria que todos hemos rezado muchas veces en el curso de nuestra vida: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
El motivo de que San Celestino dirigiese a la Virgen tan tierna oración, fue el siguiente. Contra el dogma católico, Nestorio, patriarca de Constantinopla, se atrevió a enseñar que María no debía ser llamada Madre de Dios.
El ilustre Rivadeneyra, en la pintura que hace del célebre heresiarca, dice que por su origen era alemán, por sus ficciones griego, y por su inconstancia sirio, que “acompañaba su natural con un ingenio travieso, voz sonora, lengua fecunda, acción viva, con la que ganó en los pueblos grande opinión, y por estas prendas y una modestia y santidad fingida de presbítero en la iglesia de Antioquia, le hizo el emperador Teodosio el Menor obispo constantinopolitano, y dio grande lugar y mano en su gracia, haciendo que le admitiese también a la suya el santo Pontífice Celestino”. Pero este papa ilustre, avisado por San Cirilo de Alejandría sobre muchas de las doctrinas heréticas propaladas por Nestorio, encaminó todos sus esfuerzos a deshacer los errores del gran embaucador. Negaba Nestorio en Cristo la unión hipostática de dos naturalezas en un supuesto, y ultrajaba a la celestial Señora queriendo privarla de su glorioso nombre de Madre de Dios. No contento con predicar esta herejía en Constantinopla, escribió cartas y libelos, causando su actitud general consternación entre los fieles hijos de María.
Cirilo de Alejandría, el ilustre carmelitano, publicó, rebatiendo las doctrinas de Nestorio, tres libros que intituló: De recta in deum fide. Mientras, Celestino intentó reducir a Nestorio al verdadero camino de la Iglesia por medio de cariñosas epístolas; pero el obcecado enemigo de nuestros dogmas rechazó toda advertencia y continuó sembrando el mal entre los fieles.
(CONTINUARÁ… pág. 124)

jueves, 5 de abril de 2012

SAN VICENTE FERRER





El catolicismo –mil veces se ha dicho- es el principio regenerador, salvador de los pueblos. Cuando éstos se hallan entenebrecidos por las sombras del error y del absurdo; cuando despotismos y ambiciones socavan los cimientos de la nacionalidad, desbaratando leyes y derechos adquiridos a costa de sangre y de sudores; cuando en una u otra forma, por este o aquél motivo, la vida próspera de una sociedad se interrumpe, abriéndose en ella el período de la turbulencia y del crimen, surge del seno de la Iglesia católica algún preclaro Apóstol que salva, con la elocuencia de sus palabras y la virtud irresistible de sus grandes hechos, la vida, seriamente amenazada, de una nación.
No puede negarse, y serán vanos cuantos argumentos para ello se amontonen por nuestros tenaces impugnadores, la beneficiosa influencia que en todos los conflictos, públicos o privados, colectivos o individuales, ejerció, ejerce y ejercerá siempre la admirable institución de Jesucristo. Desde los Apóstoles primitivos hasta los actuales sacerdotes que difunden en los corazones las luces de la verdadera doctrina, jamás se ha interrumpido la serie de varones ilustres que, legados de Dios, emplean todas las horas de su vida en señalar el camino del deber a los hombres y a los pueblos.
Las conquistas del laicismo en pro de una sociedad, no pueden compararse nunca a las ventajas que, para esa misma sociedad, aportaron muchos abnegados y esclarecidos miembros de la Iglesia. Éstos trabajaron por la gloria de Dios, mientras que aquél, por grande y sincero que pueda ser su amor a las muchedumbres, no deja de mezclar a sus trabajos redentores alguna partícula de interés propio, de egoísmo, suficiente a restar consistencia en los trabajos de regeneración.
Un capitán, un legislador, un tribuno, cualquiera de esos hombres ilustres que en una u otra forma dirigen, encauzan, subyugan el corazón de las naciones, por íntegros y puros y desinteresados que aparezcan, no se dan por completo a todo el pueblo: algo de sus afectos, de sus desvelos, de sus cuidados, reservan para los suyos, para los que con él militan a la sombra de su estandarte político. No lo combatimos, ni lo deploramos: es justo pagar a quien nos sirve; la ingratitud no debe albergarse en ningún corazón humano. Sólo apuntamos el hecho, para destacar junto a él la figura del verdadero varón apostólico, que, desligado completamente de todo interés terreno, auna cuantos esfuerzos le suministra su alma generosa, y emprende, inspirado por el cielo, su religiosa y civilizadora labor.
Para él –hablamos del que totalmente, vigorosamente, es imitador de Cristo, en todo lugar y en todo momento- no existe más que un ideal, dios; y hacia este ideal absoluto se encaminarán todos sus pensamientos, todas sus acciones. Llevar el mundo, la sociedad a dios: he aquí toda la política, todo el interés del sacerdote católico.
Para él no hay amigos ni enemigos, sino hermanos. Las razas, las castas, las diferencias, desaparecen ante el fiel discípulo del Salvador. Su amor debe ser universal, sin exclusivismos, sin privilegios.
Por esto se le impuso la continencia perpetua; por esto se le prohíbe la esposa y los hijos, para que ningún afecto se sobreponga al interés magnánimo que deben inspirarle todos los pueblos, todas las clases de la sociedad.
Esta magnanimidad, esta acometividad sincera, desprovista de bastardos egoísmos, para cimentar en Dios la felicidad de un pueblo, poseyóla en alto grado nuestro insigne compatricio San Vicente Ferrer.
San Vicente Ferrer, convencido de que la palabra evangélica es el arma única capaz de hacer sucumbir los imperios ante la razón y obligar al hombre a reconocer sus deberes, a respetar la verdad y obrar conforme a sus destinos, emprendió la ruta que le marcaba el gran dedo de Dios, y predicando, aconsejando, enseñando, paseó su venerable figura apostólica sobre todas las tierras y bajo todos los cielos.

(CONTINUARÁ… pag. 98)

miércoles, 4 de abril de 2012

SAN ISIDORO


SAN ISIDORO

El talento, como la virtud, se impone al fin; y pese a las diferencias de partido, a los antagonismos de secta, a las divergencias de opiniones que entre uno y otro bando existen, y a la envidia y al despecho de cuantos sin alas para elevarse pretenden escalar la cúspide de la gloria, el genio, más tarde o más temprano, logra abrirse camino entre la indiferencia o el desdén de los hombres, alcanzando el aplauso universal.
Tal ha sucedido con las glorias de la Iglesia, con los grandes talentos formados al calor de sus enseñanzas divinas. Ninguna institución tan combatida como la Iglesia: sus detractores no han perdonado medio para ridiculizarla y zaherirla. Se la ha vejado en sus dogmas, en sus ceremonias, en sus preceptos, en sus ministros. Pero el talento, el genio de sus ilustres apologistas, de sus eminentes defensores, que resplandecía en volúmenes admirables y discursos maravillosos, no tuvo más remedio que ser reconocido de todo el mundo, aun de aquellos que militaban en las filas del ateísmo, del materialismo, de la impiedad.
Los nombres de San Jerónimo, de Crisóstomo, de San Gregorio Magno, de Santo Tomás, de San Agustín…, sobrenadan por encima de todas las miserias de creencias y partidos, y son aclamados, alabados cada vez con mayor entusiasmo por los hombres de las más opuestas doctrinas.
San Isidoro, he aquí una de las más grandes lumbreras que irradiaron en el cielo de la sabiduría hispana y en el firmamento de la Iglesia católica. Su nombre se pronuncia con igual respeto por amigos y adversarios, y en todas las historias de nuestra genial literatura, sea del autor que sea, se le prodigan justificadamente alabanzas sin cuento.
Aun en su época, los mismos arrianos a quienes tenazmente combatió, se vieron precisados a reconocerle su talento universal. Porque la mente de Isidoro lo abarcaba todo: igual los abstrusos problemas filosóficos que las risueñas concepciones del arte; lo mismo los cálculos matemáticos, que las lucubraciones sobre este o aquél punto de doctrina religiosa, política o social. Era filósofo, teólogo, astrónomo, botánico, historiador, crítico, poeta… Sus vastos conocimientos comprendían todas las ramas del saber. Isidoro, el esclarecido Isidoro, se presenta en los fastos de la historia y descuella entre los grandes genios de los siglos VI y VII, cual monumento imperecedero de lo que a la religión deben las naciones, respecto a su cultura, a su progreso y su positiva civilización.
Dos ciudades se disputan el honor de haber sido las que mecieron su cuna: Sevilla y Cartagena. Parece que nació en esta población última, donde vivían sus cristianos padres; mas también puede considerarse hijo de la hermosa capital andaluza, ya que en ella pasó la mayor parte de su vida –desde los primeros años de su infancia-, y en ella se educó, estudió, redactó sus luminosos libros y practicó las más hermosas virtudes. Bien puede considerarse sevillano, quien en Sevilla murió, después de haber regenteado la Sede hispalense cerca de cuarenta años.
Era San Isidoro el menor de aquellos ilustres hermanos, glorias de España y de la cristiandad, que se llamaron San Leandro, San Fulgencio y Santa Florentina. Y para ponderarle cumplidamente, baste decir que reunió en sí el temple enérgico de Leandro, arzobispo de Sevilla, la profundidad y lozanía que fulguran en los escritos de San Fulgencio, y la unción y misticismo de su hermana Florentina. Su erudición era pasmosa, y de ella nos da prueba su admirable obra De las Etimologías, escrita a instancias de su discípulo San Braulio, obispo de Zaragoza, y en donde copiosamente se aportan datos de sumo interés para diversas ciencias y artes. También merece citarse como modelo de obras eruditas la titulada De los varones ilustres, en la que, a ejemplo de San Jerónimo, coleccionó a algunos escritores eclesiásticos a partir del célebre Osio, obispo de Córdoba.
Como dice un ilustre predicador del siglo pasado* refiriéndose a este Santo, él, cuando nuestra España gemía en la triste noche de la barbarie y de la ignorancia, fue uno de aquellos hermosísimos fanales que plugo a Dios colocar en su seno, para que esparciendo las más puras luces de la doctrina católica, ahuyentase las negras sombras que enlutaban el horizonte intelectual de sus habitantes. ¿Quién no se llenará de gozo viendo a Isidoro colocarse al frente de todo cuanto puede contribuir a la reforma de una sociedad bastardeada por los instintos bárbaros y corrompida por las costumbres de las varias razas que se habían mezclado en ella? Isidoro fomenta la ilustración, estimula el talento, protege la ciencia, levanta el genio de la postración en que yacía sumido por causa de las grandes revueltas que venía atravesando este infortunado suelo. El no vive más que para su pueblo; él consagra todos sus trabajos y todas sus vigilias a formarle, a nutrirle con aquellas sublimes verdades que deben conducirle a su eterna felicidad. Convencido de que la educación de la juventud es el cimiento de todo lo útil, establece colegios, academias y seminarios, donde no solamente los jóvenes de su diócesis sino también de toda España, se forman en letras y en virtud, bajo la dirección de sabios preceptores. Sin el gran Isidoro, acaso no hubiesen brillado otros cien genios en ciencias y en santidad, que allí, en las aulas fundadas por San Isidoro aprendieron a ser sabios y virtuosos.

(CONTINUARÁ… pag 77)

* Del Siglo XIX

martes, 3 de abril de 2012

SANTA MARÍA EGIPCÍACA


SANTA MARÍA EGIPCÍACA

Aquella horrible escena que cortó el paradisíaco idilio e incoó la espantosa tragedia universal; aquella intrusión de la infernal serpiente que, rastreando, impregnó con su pestífera baba el aromoso tapiz del Paraíso; aquella seducción maldita que hundió en el abismo de la culpa a nuestros primeros padres, puestos por Dios para gozar eternamente de las venturas del Edén; todo aquel daño que socavó los cimientos de la felicidad verdadera, que destruyó el ritmo de las horas dichosas, que rasgó el velo de la dulce inocencia, que manchó el albo traje del espíritu con sus motas de cieno…, se reproduce en nosotros.
¿Quién no rememora con singular delicia aquellas horas de la niñez pasada? ¿Quién no suspira por contemplar de nuevo aquellas plácidas florestas de nuestro paraíso infantil, donde constantemente se mecían las rosas a impulsos de un blando viento, acariciadas por los rayos, nunca inextintos, de amable y bienaventurado sol…? Fue aquel nuestro Edén dichoso, que más tarde perdimos por los halagadores silbos de astutas serpientes…
Llegó la juventud con su cortejo de mentidas ilusiones, y aventó con su cálido soplo las cándidas flores de nuestras almas; flores que al suelo cayeron calcinadas por aquel ardoroso aliento que iba soplando a través de nuestros sentidos, encostrándolos con moléculas ardientes escapadas de los hornos infernales…
¡Piedad para las almas que apresó entre sus anillos seductores la culebra infernal…! ¡Compasión hacia los pobres espíritus que vilmente engañados se arrastran por el fango de sus denigrantes culpas, en vez de desplegar sus alas y remontarse a las puras regiones de los cielos…! ¡Que se desborde el corazón de Dios y fluyan torrentes de amor purísimo sobre la juventud descarriada y loca, sofocando el frenesí de sus inmundas pasiones…! ¡Que olvide Agustín sus devaneos, y fabrique la inmortal ciudad de Dios…! ¡Que María Magdalena abandone su vivir licencioso y caiga a los pies del Salvador divino, para ungirlos primero con un bálsamo de nardos y para secarlos después con las destrenzadas hebras de sus blondos cabellos…! ¡Que ruede el llanto por la tez de los grandes pecadores y sea rocío que haga florecer en ella las encendidas rosas de la vergüenza y el pudor…! ¡Que a la primera etapa de María la Egipcíaca, sucedan días venturosos en que su penitencia relampaguee llenando de célicos resplandores las abruptas soledades de su destierro…!

¡María Egipcíaca…! ¡Santa María Egipcíaca…! Tuvo, como todas las almas, su paraíso; y como todas las almas prestó oídos a la serpiente engañosa, y lo perdió. Pero no salió del florido vergel de su inocencia, como salimos la mayoría de los mortales: poco a poco, lentamente, tornando melancólicos de vez en cuando la mirada a aquellos floridos senderos que dejamos atrás. Ella fue del número de las grandes desgraciadas, que en un momento, casi sin darse cuenta, se ven en medio del fango, lejos de los poéticos jardines que embalsamaron nuestra edad primera. Su alma toda sufrió un espantoso cataclismo: no una, mil serpientes se enroscaron a su cuerpo, escupiendo en cada fibra la ponzoña pestilente, el dardo venenoso de sus abrasadas lenguas. María Egipcíaca era un horno maléfico de lucifereñas ascuas. Llevaba en su pecho todo el fuego que consumió a Cleopatra y Mesalina. La pasión enciende sus ojos, la impudicia marca sus labios, y su frente es un hormiguero de pensamientos que van y vienen a ras de la tierra, trayendo, en vez de la sana y nutritiva simiente del buen trigo, residuos putrefactos de insectillos muertos…
A los doce años abandona su casa de Egipto y marcha a la fastuosa Alejandría, donde por espacio de cuatro lustros vive aherrojada en brazos de la más repugnante depravación. No pecaba por interés, pecaba únicamente por pecar, no pretendiendo más premio del pecado que el pecado mismo. Desde Alejandría marchó a Jerusalén, ávida de enloquecer con sus fementidos encantos a muchos de los que se dirigían a la ciudad santa para celebrar las fiestas religiosas de la Exaltación de la Cruz. Y en Jerusalén vivió como en Alejandría, con el mismo desorden, con la misma impureza, culebreando siempre en el surco de su repugnante sensualidad. Entonces es cuando ocurre el milagro; cuando se desborda la gracia; cuando María, cual nueva Magdalena, se da cuenta del gran cúmulo de sus vergonzosos yerros; cuando llora y se arrepiente; cuando le nacen, arremolinándose en el rostro, las bermejas rosas del pudor…
En cada vida de Santo encontramos enseñanzas provechosas: en la conversión de María Egipcíaca hallamos dos circunstancias notables, por las cuales se patentiza una vez más lo que frecuentemente, por boca de sus ministros, nos predica la Iglesia, a saber: el horror que inspira a Dios el pecado y el gran amor de su Madre, la Virgen, que nunca deja de implorar la divina misericordia, a favor de aquellos desventurados que tuvieron la desgracia de zozobrar en el agitado mar de sus pasiones…

(CONTINUARÁ… pág 53)

lunes, 2 de abril de 2012

SAN FRANCISCO DE PAULA





En todos los cuadros y grabados que representan la venerable figura de este Santo célebre, hemos visto resplandecer en el fondo del lienzo o de la estampa de un gran sol, en cuyo centro, formada con letras de oro, aparece una palabra latina: Charitas. Esta palabra resume toda la historia de San Francisco, que fue durante su vida un foco de ardiente claridad, de inextinguible y verdadero amor.
Los hombres, los espíritus superficiales y profanos han hecho en sus conversaciones y escritos tan peregrinas y caprichosas consideraciones acerca del amor, que hoy este vocablo, aplicado por muchos, sin el menor escrúpulo a afecciones vulgares y groseras, sólo es para el mundo nombre designador de las terrenas pasiones que absorben el corazón de los mortales. De tal calibre llegó a ser la aberración sobre el empleo de dicha palabra, que hasta se aplica al crimen nacido de pasión no correspondida, ¡Crimen del amor…! Es decir, el Amor, que es todo luz, y paz y alegría, dejando caer sobre el alma fúnebres crespones, moviéndola a cruda guerra, sumiéndola en eterno llanto… Amor así, es un amor de infierno; es Luzbel, todo venganza y odio, que corre por el mundo disfrazado de  amor. Bajo la blanca túnica con que se encubre guarda el puñal homicida, que lo hunde una y mil veces en el pecho de los hombres, apenas tiene para ello ocasión favorable…
Cupido, el niño alado y bello que provisto de sus flechas discretea con damas y galanes hiriendo despiadadamente los corazones, es una ficción poética y no una realidad. El hijo de Venus Citerea, el forjador de amor –siguiendo la galana concepción de la mitología gentil- se nos presenta enredador, travieso, burlón, agresivo y refinadamente cruel. Este mito, este niño, brotado de la imaginación calenturienta del genio helénico, responde admirablemente a la idea que del amor tiene formada equivocadamente el mundo.
Porque el mundo no comprende el verdadero amor, fuente inagotable de dulzuras. Lo confunde con la pasión ciega, con el arrebato de los sentidos, con la recia acometividad de los instintos carnales. Y por eso, amor así forjado, así comprendido, necesariamente ha de resentirse y resquebrajarse, trayendo consigo, tras la felicidad momentánea, largo cortejo de sinsabores. Desvanecida la ilusión, queda la realidad, que es fría y desconsoladora. Y el alma se llena de amargura, y el cuerpo, laxo, cae en la sima del abatimiento.
El hombre ama cuando se halla en presencia de una bondad y una hermosura que le impresionan profundamente.  Cuanto más duradero sea el bello bien que se le ponga delante, más tiempo perdurará su amor; y mientras mayor abundancia de perfecciones atesore el objeto amado, menos peligro habrá de cansancio y hastío.
Ahora bien: ¿Cuál es el objeto entre todos los objetos, el ser entre todos los seres, que guarda una bondad y una hermosura indestructibles, amén de una infinidad de perfección? La respuesta brota espontánea de vuestros labios: el Ser por esencia, el Todo hermoso, bueno, perfecto e inmortal: ¡Dios…! Luego Dios es el Amor verdadero, porque el amor se deleita con la belleza y la bondad de un ser, y no hay nada en todo lo creado que supere ni que iguale a la perfección divina… Dios es el Amor, el manantial perenne, constante, inagotable de la dulzura, de la admiración y del entusiasmo; por mucho que en él humedezcamos nuestras ardientes fauces, jamás nos veremos satisfechos. El alma, hidrópica de su belleza, a cada instante dirá: “¡Más…! ¡Más…!” Por eso, como no hay decepción, no hay cansancio; como no hay cansancio, no hay quebrantos ni amarguras. Dios es la realidad que mantiene vivas las fuerzas y los delirios de nuestra ilusión.
Pero preguntarán algunos de esos frívolos hombres, que corriendo en pos de las criaturas se resisten a ceñir sus almas con los lazos del divino amor: “¿Cómo amar a Dios, si para amar es necesario que el objeto se halle delante y a Dios no se le ve? ¿Cómo impresionarnos su bondad y su belleza si es un Dios oculto, Vere tu es Deus absconditus*? Abismado en su felicidad, únicamente los ángeles le contemplan; entre nosotros y Él ha puesto espacios infinitos; encontramos en ellos, sí, objetos agradables, encantadores, que nos detienen y nos seducen, pero no ese Dios a quien nos quieren hacer amar. Ubi est Deus tuus…?” **
Ciegos e ingratos son los que de tal modo se expresan. Olvidan que Él es el principio, el origen, el tipo eterno de todo ser y de toda perfección; que ninguna hermosura puede haber que no sea reflejo de su infinita hermosura, y ningún bien que no sea don de su infinita bondad. Olvidan que la inmensidad, el esplendor, el orden, la armonía del universo, la perfección del espíritu, todo el mundo, en fin, viene de Dios, como hecho por sus omnipotentes manos, cuyas divinas huellas se imprimieron ya en la lumínica circunferencia del sol radiante, ya en el cáliz perfumado de las flores, o en el áureo polvillo con que bellamente se manchan las alas de la mariposa… Olvidan aquellas palabras de la Santa Escritura: “Su belleza invisible se manifiesta por el admirable espectáculo de las cosas visibles, y su bondad se derrama en cada uno de los dones que recibimos.” (1)
No nos preguntéis, hombres ingratos, Ubi es deus tuus? Desde el principio del mundo no ha cesado de manifestarse a nosotros por medio de maravillas. Y para despertar más intensamente, más seguramente en nuestros corazones la santa pasión del amor, se ha acercado a nosotros bajo una forma visible. Ubi es Deus tuus? ¡Aquí en la tierra, con nosotros!... El Verbo divino ha cubierto su majestad con el velo de nuestra carne. Y se nos muestra bello en las delicadas líneas de su purísimo rostro, en los aspectos deliciosos de su vida infantil, en su pobreza voluntaria, en su abnegada obediencia, en su inalterable mansedumbre, en sus parábolas sublimes, en sus milagros, en su sacrificio… Y es bueno, porque nos abre su corazón, porque compadece nuestras miserias, porque nos perdona, porque sube al Calvario y por nosotros se inmola en una cruz… Y como si no le bastara sacrificar su vida, Jesús sacrifica su gloria, y se expone a las injurias del tiempo y de los hombres para quedarse perpetuamente con nosotros en el augusto Sacramento del Altar, donde todos los días se renueva de una manera incruenta la sagrada Pasión.
Ubi es Deus tuus? En todas partes: delante de nosotros, con nosotros, en nosotros; nos rodea, nos penetra, nos sostiene, y, como dice el ilustre Monsabré, nos hace vivir y canta en el fondo de nuestros corazones el himno profético de la felicidad eterna.
¡Dios mío! ¡Compasión para aquellos que teniendo ojos, no os ven; oídos, y no os escuchan; corazones, y no se abren a la misteriosa y suave herida en la cual nace y crece la santa pasión de vuestro amor!...
¡Cuán dichosos son los que ensanchan y profundizan, cada vez más enfervorizados, la herida que recibieron de vuestra belleza y de vuestra bondad! ¡Cuán felices, los que relegando a secundario lugar las solicitaciones del mundo sólo siguen las inspiraciones de Jesús, que nos hiere con las flechas de su amor divino, llevándonos dulcemente a gozar de una felicidad que no se acaba nunca!... ¡Cuán bienaventuradas aquellas almas que elevándose hacia Dios a través de las imágenes y del perpetuo contacto de las criaturas, exclaman: “Él es la Suma Belleza; el Sumo Bien; el sumamente amable. Summum pulchrum, Summum bonum, summum amabile…”
Al número de estas almas privilegiadas pertenece San Francisco de Paula, el insigne calabrés. Desde niño hallábase familiarizado con Dios. Dios era su obsesión constante: deseo de todos sus deseos, amor de todos sus amores. Tuvo una mirada amplia para abarcar bellezas y bondades divinas: la visión de cada una de ellas retúvola en el corazón, y el amor a la Belleza y la Bondad absolutas fluyó de todo su ser anegándole en corrientes de purísimo entusiasmo.
Francisco de Paula, satisfizo primeramente su sed de goces espirituales en el convento, que la orden del seráfico hijo de la Umbría tenía a una legua escasa de Paula, ciudad donde nació nuestro santo el año 1416. Después voló al desierto; a una heredad solitaria distante 500 pasos de la citada población. Catorce años contaba; y en tan temprana edad, puede decirse que reanudó en su cuerpo las asperezas con que mortificó el suyo San Juan Bautista.
Sus virtudes se divulgaron, y los ciudadanos de Paula acudieron a contemplarle, turbando con su curiosidad las devociones de Francisco. Este se vio precisado a huir buscando otro lugar más escondido donde ponerse a salvo de las miradas de los hombres. Una gruta, que él mismo abrió en una roca sobre la orilla del mar, fue su nuevo refugio. Pero tampoco allí logró sus deseos: seguido fue de fervorosos jóvenes, que vivamente solicitaron vivir en su compañía. Y viendo Francisco que en aquel deseo andaba la voluntad de Dios, cedió a las reiteradas instancias, y, permitiendo en el año 1435 que se fabricasen tres celdillas para albergue de los que junto a él llegaren, puso los primeros fundamentos de la célebre Orden Mínima, prototipo de la humildad. Y no tenía a la sazón nuestro santo más que diez y nueve años, y su nombre ya volaba por el mundo en alas de sus virtudes, despertando la admiración de ilustres prelados y valerosos príncipes.
Las tres celdillas eran insuficientes para cobijar el gran número de aquellos que, deseosos de penitencia, venían desde lejanas tierras. Fue preciso construir un monasterio. Pirro, arzobispo de Cosenza, puso la primera piedra. La humildad de San Francisco de Paula había determinado que el convento fuese muy estrecho, temeroso de que la demasiada amplitud le diera sabor y remembranzas de palacio. Pero aquel plan primitivo trazado por el Santo no llegó a efectuarse: un fraile franciscano se le apareció de repente, y, aconsejándole hiciese un convento más capaz y de extensión más proporcionada, él mismo formó el plano del futuro monasterio, desapareciendo luego envuelto en una ráfaga de luz.
El Papa León X, afirma que este religioso aparecido a San Francisco de Paula, fue su especial protector San Francisco de Asís. Concluido el edificio estableció en él la disciplina regular, sin que decayera ni un punto el primitivo estado de penitencia que hizo florecer en la primera ermita.
Sucesivamente se fundaron conventos del nuevo Instituto en Paula, Paterno, Spezia y Corigliano.
Fueron muchos los milagros que durante su dilatada vida obró San Francisco de Paula: puede decirse que por la permisión de Dios todos los elementos le obedecían: el mar respetaba los hábitos de este monje ilustre, que, tendiéndolos sobre la superficie marina, atravesaba sobre ellos las aguas con igual seguridad que si fuera a bordo de un bajel; el fuego aminoraba el calor de sus brasas cuando San Francisco acariciábalo; los vientos detenían sus ímpetus al escuchar la voz del sublime hijo de Calabria, tornándose en blando céfiro; la tempestad huía, dejando paso al rutilar del sol…
También le galardonó el Supremo con el don de profecías: él anunció la toma de Constantinopla y mandó en nombre de Dios al rey de Nápoles que atacase a los turcos y los echara de Calabria, no obstante la gran desigualdad de sus fuerzas. Él pronosticó al rey de España que expulsaría a los moros de sus Estados y que recobraría el granadino reino.
No le faltaron tampoco grandes sinsabores: un célebre predicador, más aplaudido que discreto, mal informado de su divino Instituto, declamó públicamente contra él; y Fernando I, rey de Nápoles, con sus dos hijos, el duque de Calabria y el cardenal de Aragón, dejándose impresionar con demasiada facilidad de los que miraban con desafecto a Francisco, dieron orden de prenderle. Pero a todas estas insidias y malquerencias se sobrepuso la santidad del glorioso hijo de Paula, que al fin fue querido y respetado de todo el mundo.
Murió este gran Santo, amante sobre todas las cosas del Poder divino, el 2 de Abril del año 2507.
La duquesa de Borbón, hija de Luis XI, y la condesa de Angulema, madre de Francisco I, mandaron construir para depositar tan preciosos restos un lujoso mausoleo.
León X le beatificó el 1.° de Julio de 1513, y el 1.° de Mayo de 1519 fue canonizado con extraordinaria solemnidad.
Como San Francisco de Paula, busquemos toda la plenitud de nuestra dicha en Dios, porque sólo Dios es el único objeto que puede llenar cumplidamente el abismo de nuestros deseos.

* Verdaderamente tu eres Dios escondido
** ¿Dónde está tu Dios?
(1) Rom. Cap. I. 20

(CONTINUARÁ… página 34)