jueves, 10 de mayo de 2012

EL BEATO JUAN DE ÁVILA






El ilustre Deán de la Catedral de Zaragoza, el insigne Jardiel, precisado ornamento del clero español, orador incomparable, en un discurso predicado el 10 de Mayo de 1894 en el templo del Pilar, dice, refiriéndose al célebre Maestro Ávila, las frases siguientes:
“No es la vida del Beato Juan de Ávila, vida de tal manera accidentada y escabrosa, que ofrezca a las miradas de quien devotamente la contempla, esos valles profundos y esas montañas elevadísimas, ante cuya majestad imponente estalla el entusiasmo, o deja de circular, agolpándose, al corazón, la sangre de las venas. Ni es el mártir de Cristo que sucumbe, tras largo padecimiento, desafiando la soberbia de sus verdugos; ni es el apóstol lanzado por su celo a países desconocidos, portador valeroso de la divina enseña del Evangelio; ni es el solitario y austero penitente, que hace del yermo y de sus punzantes espinas la gloria de su alma ilusionada con las alegrías del cielo; ni es el doctor insigne, cuyo talento, inspirándose en la verdad y derramando en obras inmortales aceptadas y bendecidas por la Iglesia, afirma la constancia de los hijos de Dios y quebranta el orgullo de los impíos que la combaten.
“Y, sin embargo, en esa esfera más reducida y más modesta (no hallo otra forma de deciros mi pensamiento), Juan de Ávila recorre noblemente todas las sendas de perfección, todos los caminos de santidad que ilustraron y ennoblecieron los más enamorados servidores de Cristo”.
Estas palabras, nos interesan más que ningunas otras en la vida del Beato Juan de Ávila, cuya festividad celebra hoy la Iglesia.

(CONTINUARÁ… Pag 185)

miércoles, 9 de mayo de 2012

SAN GREGORIO NACIANCENO





Mente y corazón, inteligencia poderosa y exquisitos sentimientos, he aquí la característica de todo hombre verdaderamente genial.
Mente despierta a las ideas sublimes, y corazón abierto a los impulsos generosos y a las afecciones puras, es la mayor perfección del alma humana.
No en todos los hombres que el vulgo aclama por su saber o su bondad, resplandecen al par la bondad y el saber con sus peculiares fulgores. En la mayor parte del género humano se contraponen pensamientos y sentimientos, concepciones y voliciones, inteligencia y voluntad. La tan deseada perfección del pensar honda y bellamente, y del noble y elevado querer, es muy raro de hallar en un solo individuo.
¡Cuántos sabios desperdigados por el mundo, que después de sus metafísicas abstracciones, de sus largas horas de estudio en que el pensamiento revoloteó por las esferas de lo suprasensible, se abaten, se doblegan a los sentimientos instintivos de su flaca naturaleza, rodando por la pendiente de concupiscencias groseras, de intereses bastardos y egoístas!...
¡Cuántos hombres, también de excelente corazón, de virtud sin tacha, de afectos sin dobleces, de inclinaciones a todo lo bello y delicado, puros, integérrimos, sencillos…, son incapaces de ascender por un minuto siquiera a las altas regiones de la sabiduría donde horas y horas permanece el genio!...
Los primeros son como las águilas, que se pasean por el espacio, mirando al sol, y luego, en un momento, descienden rápidas al surco para satisfacer el cruel capricho de devorar algún animalillo, que, descuidado e inocente, cruzaba por la tierra. ¡Qué de sabios no bajarán desde las alturas de su saber al mundo de sus miserables deseos, y hundirán sus garras de hombres en el plumaje blanco de una inocencia!...
Los segundos, los hombres de sentimientos puros, castos y bellos, aunque de inteligencia obscura, mísera y vulgar, son como esas mariposas de finísimas membranas irisadas que sólo vuelan de flor en flor…
San Gregorio Nacianceno fue al mismo tiempo eminentemente sabio y exquisitamente sentimental.
Y este corazón tan puro, tan delicado, tan amable, no en otra parte se formó sino en aquel santo hogar de Nacianzo, bajo la tutela de sus amorosos padres. San Gregorio –cuya vida reseñamos el día 1.° de Enero- y Santa Nonna, la madre ejemplar, la gran cristiana, que apenas nacido su hijo, santificó en cierto modo sus labios y sus manos, haciéndole besar y tocar las páginas sagradas del Evangelio.
Y aquella inteligencia fecunda, próvida en manantial de luces, se nutrió, primero en las aulas de Cesárea palestinense, luego en la célebre universidad alejandrina, después en los floridos liceos de la elegante Atenas, y siempre, en la Escuela inmortal de Jesucristo. ¡Así fue él en sus famosos escritos, ora docto, ora bello, ya austero y grave, ya delicado y tierno, y en todo instante, en cada una de sus páginas, recatado, honesto, fervoroso y temeroso de Dios! ¡Así dominó la prosa y el verso, el discurso didáctico y profundo, y el epigrama donoso y gentil!...
Mente despejada y limpia como un cielo de tarde serena, y corazón sano, abierto de par en par a las nobles afecciones, a manera de esos intercolumnios de crugía conventual por donde entran efluvios olorosos de cercana huerta, los pensamientos y los sentimientos todos de este ínclito Doctor, revistieron siempre ese matiz, ese tornasolado iris de profundidad y belleza que constituye el ideal de la humana perfección.
Fue sabio, fue artista, fue santo… El ser humano no puede llegar a más. Sabiduría, Arte y Santidad, son tres gracias que, muy de tarde en tarde, se hallan reunidas en un solo hombre.
Si tan difícil es hallar un sabio, un artista, un santo, en el riguroso sentido de la palabra; si el sabio-artista o el artista-santo en muy contados individuos surgen, pues un Leonardo de Vinci o un Fray Angélico no todos los siglos los poseen, ¿cuán raro no será en el mundo encontrar un hombre que sea sabio, artista y santo a la vez?...
San Gregorio de Nacianzo ostenta esta triple corona.
¿Le queréis ver revestido con los severos ornamentos de la ciencia? Estudiadle como teólogo.
¿Le queréis ver envuelto con la graciosa túnica del arte? Vedle poeta.
¿Le queréis casto, penitente, fervoroso, humilde, santo, en una palabra? Sorprendedle en los mil detalles de su vida íntima.
Teólogo fue este gran poeta: el Teólogo se le llamó por antonomasia durante su tiempo, título que solo él y ningún otro doctor de la Iglesia, comparte con el águila de Patmos, San Juan Evangelista. Teólogo profundo: ¿no leísteis ninguno de sus discursos pronunciados en Constantinopla contra Eunomio y los pneumatómacos, en los cuales de modo admirable, con toda exactitud, con toda lucidez, expone la sublime doctrina de la naturaleza de Dios y de la Trinidad, de las personas divinas? “Invencibles”, los llama Bossuet, por sus razones claras, contundentes; por el método preciso, terminante, con que presenta la teología cristiana referente al misterio de la Beatísima Trinidad. Él confiesa que ni el entendimiento puede comprender ni las palabras explicar la naturaleza divina; sin embargo, tan sublime, tan sabiamente se expresa San Gregorio acerca de Dios y sus atributos, que a veces se llega a ver algo de lo que él anuncia como incomprensible.
¿Y sus célebres invectivas contra el emperador Juliano, confirmando a los cristianos en la fe, destruyendo los errores del gentilismo, defendiendo la Providencia divina y haciendo ver la justicia de Dios?
¿Y sus discursos exegéticos, de los cuales uno solo ha llegado a la posteridad, aquel donde con notable erudición se expone la doctrina de los doce versículos primeros del capítulo XIX de San Mateo?
¿Y sus oraciones morales, sus homilías, sus panegíricos, donde ruega, enseña, explica los misterios, da reglas de costumbres; constituyendo todo este admirable trabajo doctrinal, un curso magnífico y completo de teología en el cual, como artista que era, junta al rigor del lenguaje dogmático los movimientos, los giros de la más sublime y arrebatada elocuencia? La sabiduría, sí, brota de su mente, reviste sus palabras, tachona con luminosos puntos el cielo de sus escritos… ¡Es sabio San Gregorio Nacianceno!...

(CONTINUARÁ… Pag 166)

martes, 8 de mayo de 2012

LA APARICIÓN DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL, EN EL MONTE GÁRGANO



El día 1.° de Marzo, al hablar del Santo Ángel de la Guarda, dijimos que la creación angélica precedió a toda otra creación; que los bienaventurados espíritus angélicos, cerniéndose sobre el caos, por encima de la nebulosa inmensa, fueron los únicos testigos de la maravillosa obra desplegada por Dios en el espacio de siete días; que ellos escucharon el primer vagido del cosmos, el primer rumor de los mundos que nacieron; que desde las alturas de la gloria, contemplaron el círculo inicial de los grandes soles, la primera configuración de las erguidas montañas, la primera hoja de las dilatadas selvas, la primera gota de los profundos mares…
Pero hoy debemos añadir que no toda la milicia celestial tuvo la dicha de admirar esta labor prodigiosa. Porque antes de que el hombre surgiese, antes de que las moléculas del caos se desperezasen y dieran origen al mundo visible que nos rodea, en la mansión gloriosa se desarrolló una escena, cuya imponente tragedia sobrepuja a todo cuanto la acalorada mente de un artista, en sus horas de mayor delirio pueda concebir. Y esta escena junto a la cual la fabulosa destrucción de Troya, tan admirablemente urdida por el genio helénico es un idilio, originó el celestial castigo por el que no todos los ángeles contemplaron el laborar magnífico del Supremo Poder.
Estalló, sí, en el cielo, la primer rebeldía; la Soberbia y la ambición batieron sus negras alas en torno de Luzbel ocultándole la luz, y aquel príncipe glorioso de las potestades angélicas, cegado por el orgullo, cayó, desde las cumbres del Empíreo, con todos cuantos le siguieron en su desmedida ambición, a las simas infernales del Báratro, convirtiéndose desde entonces en príncipe de las tinieblas.
¡Imposible es al hombre concebir los términos de aquella contienda que en los campos de la gloria sostendrían los potentes escuadrones del mal y del bien!...
al frente de sus respectivos ejércitos, Luzbel y Miguel combatían: Luzbel representa toda la miseria, toda la ruindad del espíritu indigno que se aparta de Dios. Miguel es la virtud, la nobleza, la bondad, un espíritu que, lleno de santo ardor, por Dios lucha hasta conseguir la más completa victoria.
Arrebatado, en éxtasis, allá en su amable retiro de Patmos, Juan Evangelista, el discípulo predilecto del Salvador, tuvo una visión del angélico combate. Innumerables escuadrones de seres angélicos respectivamente capitaneados por el Ángel del Bien y el Ángel del Mal, sostuvieron la batalla: batalla que terminó con el derrumbamiento total de las milicias protervas, y la exaltación sobre todo poder, sobre toda cumbre, del Dios grande, único y omnipotente.
Los Cielos se abrieron y los ángeles rebeldes fueron precipitados al profundo. Flamea en los espacios la espada de Miguel, ¡la espada del príncipe de la Luz, contra la cual no podrán jamás todas las espadas del tenebroso poder de los infiernos!

(CONTINUARÁ… pag 141)

lunes, 7 de mayo de 2012

SAN PÍO V (1)



No hay institución sobre toda la tierra que, como el Pontificado, presente a la admiración del mundo varones de tan subido talento y eximia santidad.
No hay dinastías tan gloriosas como la dinastía de los Papas.
Apartándonos ahora del carácter divino que imprime la dignidad papal a los hombres por ella favorecidos, y fijándonos sólo en esas cualidades inherentes a todo hombre de ciencia y de virtud, diremos que es raro hallar quien aventaje en tal sentido a la mayoría de los Sumos Pontífices. No parece sino que Dios ha querido que toda la excelsitud del talento y toda la hermosura de la bondad, resplandecieran en sus augustos representantes.
San Pío V pertenece a esa gloriosa raza de los Pontífices magnos; a esa falange inmortal, que desde San Pedro hasta nuestros días, se ha dilatado en excelsos continuadores de la obra de Dios.
¡San Pío V!... Asombra la labor de este hombre ilustre: fue como un águila que se remonta a la altura, para abarcar desde allí con el potente rayo de sus pupilas toda la tierra. Porque San Pío V, desde la elevación de su trono pontificio, abrazó con la mirada de su genio toda Europa, y Asia, y América… Fue un conductor de reinos, de naciones, de estados. Regeneró pueblos que, decrépitos, marchaban a su ocaso, y dirigió los pasos primeros de civilizaciones nacientes. La acción de este soberano Pontífice fue universal. Nada escapó a su celo, a su diligencia, a su amor de padre y a su rectitud de juez.
Bien es verdad que durante su tiempo florecieron varones como San Pedro de alcántara, San Felipe de Neri, San Félix de Cantalicio, San Francisco de Borja, San Juan de Dios, San Carlos Borromeo…; y mujeres como Santa Catalina de Ricci, Santa Teresa de Jesús y Santa Rosa de Lima, todos los cuales ayudaron no poco con sus talentos y sus virtudes la magna labor de este Pontífice. Pero sin ellos, San Pío V hubiera realizado igualmente toda su obra. Fue uno de esos hombres providenciales colocados por Dios, de tarde en tarde, para alivio y sostén de la humanidad.
Dice un historiador eclesiástico, que a los ojos del Papa, la Iglesia es un reino sin fronteras, en el cual no se conocen distinción de razas ni demarcación de territorios. Lo que sueña hoy día la ambición humana para la explotación del mundo, está hace ya muchos años realizado por la caridad católica; por esto, la vida de un Papa es la historia de su siglo. En el XVI había tres políticas muy distintas: la política protestante que se agitaba convulsivamente en el desorden intelectual y social; la razón de Estado de los soberanos de Europa, que argumentaba, discutía o se doblegaba según las exigencias accidentales del momento; la resistencia, en fin, de la Iglesia, que invocaba preceptos divinos, eternos, inmutables.
De todo se ocupó, y siempre con éxito, el genio poderoso de Pío V.

(1) Este santo es nombrado por algunos martirologios el día 5 de Mayo, y por otros, el 7 del mismo mes.

CONTINUARÁ

domingo, 6 de mayo de 2012

SAN JUAN DAMASCENO





Cuando tras larga ausencia, alejados de nuestra patria, de nuestro suelo, de nuestro hogar, llega a visitarnos, envuelto entre los suaves dobleces de familiar epístola, el retrato de alguna persona querida que ocupa lugar preferente en nuestro corazón…, éste se ensancha, y parece subir hasta los labios, besando reverentemente aquella cartulina que reproduce la imagen de un ser, para nosotros bondadoso y bello, por quien sentimos afección profunda.
Si es la muerte que implacable destrozó en un momento la figura de quien se hallaba ligado a nosotros por grandes vínculos de amistad o parentesco, ¡qué consuelo experimenta el alma, contemplando el retrato del ser desaparecido a quien ya no volveremos a ver en esta vida!
¡El retrato de la madre santa!...
¡El retrato de la esposa buena!...
¡El retrato del hijo que en temprana edad voló al cielo!... ¡La imagen de nuestro protector, a quien debemos lo que somos!... ¡La del amigo tierno y sincero en cuyo corazón depositamos nuestras mayores confianzas!... todas esas figuras, en fin, de nuestros idolatrados seres, que reprodujo el pincel del artista o la máquina fotográfica, y que lucen, en los muros de nuestras viviendas, en las hojas de nuestros albums, inspiran una ternura y una consolación inexplicable.
En esas horas de mellancolía, de añoranzas, de recuerdos, en que el alma, angustiada por el agobio de la realidad presente, quisiera desprenderse y retroceder a otra edad más feliz, nuestros ojos, acaso, turbios por el llanto, buscan instintivamente la imagen de aquellos seres en cuyo corazón siempre encontramos consuelo. “¡Si tú vivieras!... le decimos. ¡Si tú me vieras en estos momentos de aflicción!”…
¡Y cuántas veces, en momento de exaltación y de locuras, refrenó esa imagen nuestros ímpetus! ¡Cuántas veces no nos pareció que sus ojos se animaban y sus labios contraíanse reprochando nuestros pensamientos, nuestros cálculos, nuestras intenciones!... Y si del retrato pasamos a algún recuerdo tangible, a alguna prenda que perteneciera a quien quisimos entrañablemente; si las hojas de nuestro predilecto libro guardan prensada alguna rosa de las que pusimos entre sus amarillas manos, heladas por la muerte; si el fondo del arca venerable oculta el blanco pañuelo que acarició su faz antes de ser llevado al sepulcro… ¡Con qué emoción, con qué ternura se deslizan nuestros dedos y nuestros labios sobre estos objetos recordadores de quien nos perfumó el alma con su cariño!...
¡Las imágenes!... ¡Las reliquias!... Todavía no ha habido quien haya lanzado su veto contra la poética costumbre de conservar algún retrato y algún recuerdo de la persona amada, ausente o muerta. Todavía los hogares, ya opulentos ya humildes, se decoran con las imágenes de sus queridos muertos… el fuego positivista de la presente edad en que la prosa reina, no ha tenido valor para destruir esta dulce poesía.
Pero lo que nadie se atrevió a hacer contra tan bella costumbre, realizároslo un tiempo, en la historia, contra las imágenes de Dios y contra aquellos ínclitos seres orlados con la diadema de la santidad.

(CONTINUARÁ… pag 102)

sábado, 5 de mayo de 2012

LA CONVERSIÓN DE SAN AGUSTÍN





No vamos a describir la vida del gran Doctor de la Iglesia: esto lo dejamos para el 28 de Agosto, en que se celebra su festividad. Hoy sólo nos circunscribimos al hecho de su milagrosa conversión; a la precipitada fuga de las densas nieblas que obscurecían su mente; al resurgimiento glorioso de su espíritu, iluminado ya para siempre con los espléndidos raudales del sol de la verdad…
¡La Verdad!... ¿Qué es la Verdad…? ¿Dónde se halla la Verdad…? He aquí las preguntas que constantemente se dirige Agustín; he aquí la incógnita que siempre han tratado de descifrar los sabios de todos los siglos. ¡La Verdad!... ¡Cuántas razones se han formulado para explicarla! ¡Cuántos sistemas se han inventado para descubrirla! ¡Cuántas escuelas, desde los más remotos tiempos, erigiéronse para enseñarla a la atónita humanidad!... ¡Y todas, a excepción de una, la escuela filosófica cristiana, erraron, se equivocaron, se confundieron!...
Pitágoras, el fundador de la escuela itálica, sustenta que Dios contiene en sí la imperfección de todas las cosas cuya causa es. La escuela eleática niega la realidad del mundo. La escuela sofística, defiende y combate a la vez sus derechos a la razón humana… La escuela de Megara, la cirenaica, la cínica, la escéptica, la estoica, la epicúrea, la romana…, todas, involucran tergiversan, equivocan la verdad, y el caos filosófico se preña, se abulta cada vez más de absurdos, de fantasmas y quimeras.
Sócrates, Platón y Aristóteles, se acercan a la Verdad…; se acercan, pero no la tocan, no la ven; la columbran tan sólo, como a través de la niebla que comienza a desgarrar sus gasas, columbramos el rutilante paso de la luz, la silueta esplendorosa del sol…, ¡pero el sol aun no nos da de lleno sobre la frente!
San Agustín, que siente en todo su ser la llama del genio; San Agustín, que sufre en todo su espíritu un espoleo incesante, atosigamientos sublimes de inquirir, de sorprender, de fijar definitivamente sus juicios, enmarañados en la espesa red de conjeturas, probabilidades y cálculos; San Agustín, que halla en su corazón un abismo abierto por el deseo de la sabiduría, se lanza con todo el ímpetu, con toda la fuerza de su genio africano, en pos de la Verdad, internándose para buscarla, con la antorcha de su poderoso entendimiento, en los más intrincados y obscuros laberintos de las escuelas filosóficas… ¡Y no la encuentra!
¿Cómo iba a hallarla allí, si la Verdad es muy grande, y no puede caber en los reducidos antros de la especiosidad y el sofisma…? ¿Cómo la charca mísera del error pagano, iba a contener la noción precisa, exacta, verdadera de la absoluta realidad, que es toda un mar inmenso…? Para beber la luz del Sol, para esponjarnos con sus rayos, para recibir a torrentes su claridad, para ser un fulgor de sus fulgores, es preciso colocarnos dentro de la misma radiosidad que proyecta, encuadrarnos bajo el marco azul del firmamento, por donde el sol pasa, por donde el sol gira… Así, y sólo así, nos hallamos completamente iluminados; así resplandecerá el sol en nuestra faz y en nuestros vestidos… Pero buscar al sol entre las cuatro paredes de un sombrío calabozo, o querer que penetre todo el esplendor de sus rayos por la rendija abierta en la maciza muralla del torreón, es capricho loco, estulticia incomprensible…
Esto hicieron muchos filósofos de la antigüedad, y esto hizo aquella águila, aun irresoluta en sus vuelos, que se llamaba Agustín.
Vedle recorrer una por una todas las escuelas y todas las regiones donde más o menos disparatadamente se enseña la Verdad. Vedle hojear todos los libros y conversar con todos los sabios y artistas de su tiempo. De Tagaste va a Cartago, de Cartago a Roma, de Roma a Milán.
¡La Verdad!... No la ve, no la presiente tampoco en las floridas estancias del poeta pagano, ni en las escenas degradantes del teatro latino, ni en las discusiones del foro, ni en las justas literarias de la Academia… Lucha Agustín, se desespera, se afana inútilmente…
Y mientras, cariñosa, suplicante, gimiente, llorosa, le sigue su madre, aquella santa mujer, aquella mártir del amor filial, ¡Mónica!, que en pos del hijo, riega con su llanto todo el camino por donde Agustín pasa… ¡La gran mujer lleva grabadas en el corazón las frases del obispo africano: “No se perderá, no, el hijo de tantas lágrimas!...”

(CONTINUARÁ… Pag. 84)

viernes, 4 de mayo de 2012

SANTA MÓNICA



El llanto, el verdadero dolor del alma que se cuaja en lágrimas copiosas, tiene una fuerza incontrastable. Ese silencio de las lágrimas que caen, repercute en lo más íntimo del corazón. La belleza de las gotas cristalinas que, en horas de aflicción, van destilando los ojos, suspende al ánimo, conmoviéndolo profundamente.
¡La fuerza del llanto!...
¡La elocuencia de una lágrima!...
¡El rocío del dolor!...
He aquí las tres fases de esas perlas húmedas que en la pupila asoman cuando el dolor nos hiere.
¡Cuánto pueden unos ojos que lloran! Aquel gotear luminoso y amargo no se evapora, no se pierde, “no va al mar”, como dice la rima becqueriana, va al corazón testigo del ajeno sufrimiento. ¡Qué de corazones, duros como rocas, no habrán sentido por un instante siquiera, al contacto de una lágrima en ellos caída y acaso por ellos mismos provocada, abrirse sus fibras y florecer entre ellas la flor de la piedad o el arrepentimiento! Las entrañas de la piedra se conmueven al recibir el gotear continuo de la llorosa estalactita, recubriéndose poco a poco de afelpado y húmedo verdor!...
¡Cómo hablan esas lágrimas que silenciosas caen! Cada una de ellas es angustioso vocablo que recuerda al ingrato su olvido, al liviano sus turbulencias, al criminal sus deplorables yerros… Y todas ellas nos hablan de amor, de bondad… Porque cuando no se ama no se llora; el odio es incapaz de tejer con sus airadas manos esa exquisita red de las lágrimas.
¡Qué belleza tan dulce, tan apacible, tan casta, guardan los ojos que lloran!... ¡A través de aquel velo cristalino asómase el alma, difundiendo por todo el rostro la suave luz de su recóndito pesar!...
Y esta fuerza, esta elocuencia, esta hermosura del llanto, sube en proporción según la causaque lo motive, que lo impulse.

(CONTINUARÁ Pag 65)