lunes, 7 de mayo de 2012

SAN PÍO V (1)



No hay institución sobre toda la tierra que, como el Pontificado, presente a la admiración del mundo varones de tan subido talento y eximia santidad.
No hay dinastías tan gloriosas como la dinastía de los Papas.
Apartándonos ahora del carácter divino que imprime la dignidad papal a los hombres por ella favorecidos, y fijándonos sólo en esas cualidades inherentes a todo hombre de ciencia y de virtud, diremos que es raro hallar quien aventaje en tal sentido a la mayoría de los Sumos Pontífices. No parece sino que Dios ha querido que toda la excelsitud del talento y toda la hermosura de la bondad, resplandecieran en sus augustos representantes.
San Pío V pertenece a esa gloriosa raza de los Pontífices magnos; a esa falange inmortal, que desde San Pedro hasta nuestros días, se ha dilatado en excelsos continuadores de la obra de Dios.
¡San Pío V!... Asombra la labor de este hombre ilustre: fue como un águila que se remonta a la altura, para abarcar desde allí con el potente rayo de sus pupilas toda la tierra. Porque San Pío V, desde la elevación de su trono pontificio, abrazó con la mirada de su genio toda Europa, y Asia, y América… Fue un conductor de reinos, de naciones, de estados. Regeneró pueblos que, decrépitos, marchaban a su ocaso, y dirigió los pasos primeros de civilizaciones nacientes. La acción de este soberano Pontífice fue universal. Nada escapó a su celo, a su diligencia, a su amor de padre y a su rectitud de juez.
Bien es verdad que durante su tiempo florecieron varones como San Pedro de alcántara, San Felipe de Neri, San Félix de Cantalicio, San Francisco de Borja, San Juan de Dios, San Carlos Borromeo…; y mujeres como Santa Catalina de Ricci, Santa Teresa de Jesús y Santa Rosa de Lima, todos los cuales ayudaron no poco con sus talentos y sus virtudes la magna labor de este Pontífice. Pero sin ellos, San Pío V hubiera realizado igualmente toda su obra. Fue uno de esos hombres providenciales colocados por Dios, de tarde en tarde, para alivio y sostén de la humanidad.
Dice un historiador eclesiástico, que a los ojos del Papa, la Iglesia es un reino sin fronteras, en el cual no se conocen distinción de razas ni demarcación de territorios. Lo que sueña hoy día la ambición humana para la explotación del mundo, está hace ya muchos años realizado por la caridad católica; por esto, la vida de un Papa es la historia de su siglo. En el XVI había tres políticas muy distintas: la política protestante que se agitaba convulsivamente en el desorden intelectual y social; la razón de Estado de los soberanos de Europa, que argumentaba, discutía o se doblegaba según las exigencias accidentales del momento; la resistencia, en fin, de la Iglesia, que invocaba preceptos divinos, eternos, inmutables.
De todo se ocupó, y siempre con éxito, el genio poderoso de Pío V.

(1) Este santo es nombrado por algunos martirologios el día 5 de Mayo, y por otros, el 7 del mismo mes.

CONTINUARÁ

domingo, 6 de mayo de 2012

SAN JUAN DAMASCENO





Cuando tras larga ausencia, alejados de nuestra patria, de nuestro suelo, de nuestro hogar, llega a visitarnos, envuelto entre los suaves dobleces de familiar epístola, el retrato de alguna persona querida que ocupa lugar preferente en nuestro corazón…, éste se ensancha, y parece subir hasta los labios, besando reverentemente aquella cartulina que reproduce la imagen de un ser, para nosotros bondadoso y bello, por quien sentimos afección profunda.
Si es la muerte que implacable destrozó en un momento la figura de quien se hallaba ligado a nosotros por grandes vínculos de amistad o parentesco, ¡qué consuelo experimenta el alma, contemplando el retrato del ser desaparecido a quien ya no volveremos a ver en esta vida!
¡El retrato de la madre santa!...
¡El retrato de la esposa buena!...
¡El retrato del hijo que en temprana edad voló al cielo!... ¡La imagen de nuestro protector, a quien debemos lo que somos!... ¡La del amigo tierno y sincero en cuyo corazón depositamos nuestras mayores confianzas!... todas esas figuras, en fin, de nuestros idolatrados seres, que reprodujo el pincel del artista o la máquina fotográfica, y que lucen, en los muros de nuestras viviendas, en las hojas de nuestros albums, inspiran una ternura y una consolación inexplicable.
En esas horas de mellancolía, de añoranzas, de recuerdos, en que el alma, angustiada por el agobio de la realidad presente, quisiera desprenderse y retroceder a otra edad más feliz, nuestros ojos, acaso, turbios por el llanto, buscan instintivamente la imagen de aquellos seres en cuyo corazón siempre encontramos consuelo. “¡Si tú vivieras!... le decimos. ¡Si tú me vieras en estos momentos de aflicción!”…
¡Y cuántas veces, en momento de exaltación y de locuras, refrenó esa imagen nuestros ímpetus! ¡Cuántas veces no nos pareció que sus ojos se animaban y sus labios contraíanse reprochando nuestros pensamientos, nuestros cálculos, nuestras intenciones!... Y si del retrato pasamos a algún recuerdo tangible, a alguna prenda que perteneciera a quien quisimos entrañablemente; si las hojas de nuestro predilecto libro guardan prensada alguna rosa de las que pusimos entre sus amarillas manos, heladas por la muerte; si el fondo del arca venerable oculta el blanco pañuelo que acarició su faz antes de ser llevado al sepulcro… ¡Con qué emoción, con qué ternura se deslizan nuestros dedos y nuestros labios sobre estos objetos recordadores de quien nos perfumó el alma con su cariño!...
¡Las imágenes!... ¡Las reliquias!... Todavía no ha habido quien haya lanzado su veto contra la poética costumbre de conservar algún retrato y algún recuerdo de la persona amada, ausente o muerta. Todavía los hogares, ya opulentos ya humildes, se decoran con las imágenes de sus queridos muertos… el fuego positivista de la presente edad en que la prosa reina, no ha tenido valor para destruir esta dulce poesía.
Pero lo que nadie se atrevió a hacer contra tan bella costumbre, realizároslo un tiempo, en la historia, contra las imágenes de Dios y contra aquellos ínclitos seres orlados con la diadema de la santidad.

(CONTINUARÁ… pag 102)

sábado, 5 de mayo de 2012

LA CONVERSIÓN DE SAN AGUSTÍN





No vamos a describir la vida del gran Doctor de la Iglesia: esto lo dejamos para el 28 de Agosto, en que se celebra su festividad. Hoy sólo nos circunscribimos al hecho de su milagrosa conversión; a la precipitada fuga de las densas nieblas que obscurecían su mente; al resurgimiento glorioso de su espíritu, iluminado ya para siempre con los espléndidos raudales del sol de la verdad…
¡La Verdad!... ¿Qué es la Verdad…? ¿Dónde se halla la Verdad…? He aquí las preguntas que constantemente se dirige Agustín; he aquí la incógnita que siempre han tratado de descifrar los sabios de todos los siglos. ¡La Verdad!... ¡Cuántas razones se han formulado para explicarla! ¡Cuántos sistemas se han inventado para descubrirla! ¡Cuántas escuelas, desde los más remotos tiempos, erigiéronse para enseñarla a la atónita humanidad!... ¡Y todas, a excepción de una, la escuela filosófica cristiana, erraron, se equivocaron, se confundieron!...
Pitágoras, el fundador de la escuela itálica, sustenta que Dios contiene en sí la imperfección de todas las cosas cuya causa es. La escuela eleática niega la realidad del mundo. La escuela sofística, defiende y combate a la vez sus derechos a la razón humana… La escuela de Megara, la cirenaica, la cínica, la escéptica, la estoica, la epicúrea, la romana…, todas, involucran tergiversan, equivocan la verdad, y el caos filosófico se preña, se abulta cada vez más de absurdos, de fantasmas y quimeras.
Sócrates, Platón y Aristóteles, se acercan a la Verdad…; se acercan, pero no la tocan, no la ven; la columbran tan sólo, como a través de la niebla que comienza a desgarrar sus gasas, columbramos el rutilante paso de la luz, la silueta esplendorosa del sol…, ¡pero el sol aun no nos da de lleno sobre la frente!
San Agustín, que siente en todo su ser la llama del genio; San Agustín, que sufre en todo su espíritu un espoleo incesante, atosigamientos sublimes de inquirir, de sorprender, de fijar definitivamente sus juicios, enmarañados en la espesa red de conjeturas, probabilidades y cálculos; San Agustín, que halla en su corazón un abismo abierto por el deseo de la sabiduría, se lanza con todo el ímpetu, con toda la fuerza de su genio africano, en pos de la Verdad, internándose para buscarla, con la antorcha de su poderoso entendimiento, en los más intrincados y obscuros laberintos de las escuelas filosóficas… ¡Y no la encuentra!
¿Cómo iba a hallarla allí, si la Verdad es muy grande, y no puede caber en los reducidos antros de la especiosidad y el sofisma…? ¿Cómo la charca mísera del error pagano, iba a contener la noción precisa, exacta, verdadera de la absoluta realidad, que es toda un mar inmenso…? Para beber la luz del Sol, para esponjarnos con sus rayos, para recibir a torrentes su claridad, para ser un fulgor de sus fulgores, es preciso colocarnos dentro de la misma radiosidad que proyecta, encuadrarnos bajo el marco azul del firmamento, por donde el sol pasa, por donde el sol gira… Así, y sólo así, nos hallamos completamente iluminados; así resplandecerá el sol en nuestra faz y en nuestros vestidos… Pero buscar al sol entre las cuatro paredes de un sombrío calabozo, o querer que penetre todo el esplendor de sus rayos por la rendija abierta en la maciza muralla del torreón, es capricho loco, estulticia incomprensible…
Esto hicieron muchos filósofos de la antigüedad, y esto hizo aquella águila, aun irresoluta en sus vuelos, que se llamaba Agustín.
Vedle recorrer una por una todas las escuelas y todas las regiones donde más o menos disparatadamente se enseña la Verdad. Vedle hojear todos los libros y conversar con todos los sabios y artistas de su tiempo. De Tagaste va a Cartago, de Cartago a Roma, de Roma a Milán.
¡La Verdad!... No la ve, no la presiente tampoco en las floridas estancias del poeta pagano, ni en las escenas degradantes del teatro latino, ni en las discusiones del foro, ni en las justas literarias de la Academia… Lucha Agustín, se desespera, se afana inútilmente…
Y mientras, cariñosa, suplicante, gimiente, llorosa, le sigue su madre, aquella santa mujer, aquella mártir del amor filial, ¡Mónica!, que en pos del hijo, riega con su llanto todo el camino por donde Agustín pasa… ¡La gran mujer lleva grabadas en el corazón las frases del obispo africano: “No se perderá, no, el hijo de tantas lágrimas!...”

(CONTINUARÁ… Pag. 84)

viernes, 4 de mayo de 2012

SANTA MÓNICA



El llanto, el verdadero dolor del alma que se cuaja en lágrimas copiosas, tiene una fuerza incontrastable. Ese silencio de las lágrimas que caen, repercute en lo más íntimo del corazón. La belleza de las gotas cristalinas que, en horas de aflicción, van destilando los ojos, suspende al ánimo, conmoviéndolo profundamente.
¡La fuerza del llanto!...
¡La elocuencia de una lágrima!...
¡El rocío del dolor!...
He aquí las tres fases de esas perlas húmedas que en la pupila asoman cuando el dolor nos hiere.
¡Cuánto pueden unos ojos que lloran! Aquel gotear luminoso y amargo no se evapora, no se pierde, “no va al mar”, como dice la rima becqueriana, va al corazón testigo del ajeno sufrimiento. ¡Qué de corazones, duros como rocas, no habrán sentido por un instante siquiera, al contacto de una lágrima en ellos caída y acaso por ellos mismos provocada, abrirse sus fibras y florecer entre ellas la flor de la piedad o el arrepentimiento! Las entrañas de la piedra se conmueven al recibir el gotear continuo de la llorosa estalactita, recubriéndose poco a poco de afelpado y húmedo verdor!...
¡Cómo hablan esas lágrimas que silenciosas caen! Cada una de ellas es angustioso vocablo que recuerda al ingrato su olvido, al liviano sus turbulencias, al criminal sus deplorables yerros… Y todas ellas nos hablan de amor, de bondad… Porque cuando no se ama no se llora; el odio es incapaz de tejer con sus airadas manos esa exquisita red de las lágrimas.
¡Qué belleza tan dulce, tan apacible, tan casta, guardan los ojos que lloran!... ¡A través de aquel velo cristalino asómase el alma, difundiendo por todo el rostro la suave luz de su recóndito pesar!...
Y esta fuerza, esta elocuencia, esta hermosura del llanto, sube en proporción según la causaque lo motive, que lo impulse.

(CONTINUARÁ Pag 65)

jueves, 3 de mayo de 2012

LA INVENCIÓN DE LA SANTA CRUZ



Antes de enaltecerla Jesucristo con su divina sangre, la cruz era un signo de oprobio en el mundo. Pero muere en ella el sublime Redentor del género humano, y ya la cruz es la insignia bendita que campea victoriosa en todos los pueblos, cobijándonos en la vida y en la muerte con sus brazos protectores. La cruz, desde que en ella exhala su postrer suspiro el Salvador, es… ¡la Cruz!...
La Cruz nos acompaña por todas partes. La imagen de la Cruz se ostenta en la cabecera del lecho, velando nuestras horas de reposo; pende del cuello del niño como preservando su inocencia; luce sobre el pecho de la doncella tímida como resguardo de su castidad. En las cúpulas de los campanarios, en las astas de las banderas, en las tiaras de los Pontífices, en las coronas de los reyes, en las condecoraciones militares, en los mantos de los caballeros cruzados…, la Cruz se incrusta, o se pinta o se borda. La Cruz es un signo de nobleza; Cristo la ha convertido en trofeo glorioso, en timbre preclaro, ¡en el más limpio blasón!...
A la sombra de la Cruz se desarrolla toda la vida del hombre cristiano: nace, y el sacerdote le bendice haciendo sobre la cabeza del neófito la señal de la Cruz; elige compañera, y la bendición, en forma de cruz, sanciona ante Dios y los hombres aquel enlace; muere, y en cada uno de sus cinco sentidos, para purificarlos, dibuja el sacerdote con óleo santo el adorable signo de la redención… ¡Y ese signo, esa Cruz bendita pondrán entre sus manos yertas, amarillentas, frías, otras manos amantes donde aun la muerte no estampó sus huellas destructoras!... Esa cruz, se extenderá a lo largo de la tapa que encubre sus mortales restos; presidirá la carroza fúnebre que le conduzca a la tumba; ¡Sobre la misma tumba aparecerá cobijándole, velando su sueño en aquel lecho de la tierra, con igual solicitud y cariño que cuando él, lleno de salud, pletórico de juventud, de energías, de fuerzas, descansaba entre blandas coberturas!... La Cruz es nuestra inseparable compañera.
¡Cuánta poesía irradia esa bendita Cruz!... ¿No os acordáis, piadosos lectores, cuando por vez primera, en los albores de vuestro vivir, en la niñez, vuestros pequeños dedos, empujados por otros dedos maternales, dibujaban la señal del buen cristiano encima de la frente, para que nos librara de los malos pensamientos; encima de la boca, para que nos librara de las malas palabras; encima del pecho, para que nos librara de los malos deseos…? ¡Oh, fuerzas, oh, poder incontrastable de la Cruz, que entonces, en aquella tierna edad, vestíbulo del dolor, al compás de la voz de nuestras madres, ya proclamábamos, ya presentíamos!...

miércoles, 2 de mayo de 2012

SANTA MAFALDA



Esta santa, hija de los reyes de Portugal, don Sancho I y doña Dulce, casó, por manejos políticos del conde don Alonso Núñez de Lara, con don Enrique I de Castilla, hijo del rey don Alfonso VIII.
Se efectuó esta boda el 29 de agosto de 1215, pero el rey, que según los historiadores tenía entonces como unos doce años, murió desgraciadamente antes de tener edad para habitar con su esposa.
Otros historiadores manifiestan que, aunque hubiese vivido el rey, este matrimonio no se hubiera consumado, pues el Papa Inocencio III lo anuló, debido al parentesco entre ambos príncipes de tercero con cuarto grado por la casa de Barcelona, y de cuarto con quinto por la de Castilla, grados prohibidos hasta el concilio IV de Letrán, celebrado en el siglo XIII.
Santa Mafalda se consagró a Dios en un convento de religiosas benedictinas de Portugal, donde tras una vida llena de virtudes entregó a Dios su bienaventurado espíritu el 1° de Mayo, próximamente, del año 1252.
Su nombre se encuentra en antiguos calendarios y martirologios el 2 de este mes.

SAN ATANASIO


Ser perseguido, desterrado, castigado injustamente, caprichosamente, es el destino de casi todos los grandes hombres, cuya acción beneficiosa pesa sobre la conducta moral de los pueblos.
El odio despierta a la calumnia, y ésta, batiendo sus negras alas, se posa en la bien ganada fama de un hombre probo e inteligente, devorándola con empeñado encarnizamiento.
La crédula muchedumbre, que comprende mejor los grandes vicios que las grandes virtudes, forma coro a los graznidos del ave sin entrañas, y por algunos momentos se alimenta con las piltrafas de aquella honra inmaculada que la calumnia desgarró.
Nadie tan calumniado, tan odiado por la masa general de la opinión, como el hombre sereno, justo, grave, imparcial, que pretende saturar, regenerar con el soplo de su honradez el viciado ambiente de su Patria. En cada Patria, en cada pueblo, en cada familia, en cada hogar, hay un vivero de árboles destinados a sacar de ellos las necesarias cruces donde habrán de enclavarse los regeneradores que salgan…
Estad seguros: en cuanto veáis asomar la venerable figura de un hombre que dedica su tiempo a redimir vuestro tiempo, mirad al extremo de aquella Patria o de aquel hogar por donde aparece, y veréis cómo sigilosamente avanzan otros hombres de enfermiza contextura moral, portando entre todos la inevitable cruz, destinada más tarde o más temprano a cargarla en los hombros del varón justo…
Pero Cristo, el Redentor universal, cerró con un broche de oro el sermón de las Bienaventuranzas:
Beati qui persecutionem patiuntur propter justitiam, quoniam ipsorum est regnum coelorum.
Bienaventurados los que sufren persecuciones por la justicia, porque de ellos es el reino de los Cielos.
¡De ellos!... Aquí el Señor no dice: “gozarán”, “verán”, “irán al reino de los Cielos”, sino que ese reino celestial es de ellos, les pertenece, es suyo, y como suyo, podrán habitarlo y disfrutar de cuantas delicias espirituales se encierran en tan venturoso reino.
“¡Venga la persecución propter justitiam!”, exclamaríamos todos, si tuviésemos el espíritu de San Atanasio. Pero el egoísmo sienta mejor al alma de la sociedad moderna, y sólo a la consideración de que pudiéramos ser objeto por nuestra ansia del bien, del encono de nuestros desagradecidos conciudadanos, familiares o amigos, temblamos como la tímida liebre cuando barrunta el jadeante hervor de la jauría…
El valor del sacrificio no es ajeno a todas las voluntades. Para aceptar el sacrificio es preciso atesorar un alma sumamente exquisita y amable. ¡Y recta y robusta como cedro del Líbano! Olor a cedro, que es suave y fuerte a la vez, desprenden las almas de los grandes abnegados; y así como cuando el hacha derrumba alguno de estos hermosos árboles, y lo taja y fragmenta, cada fibra de la rica madera esparce penetrante aroma que empapa con sus efluvios al ambiente, así también la persecución injusta que abate con su hacha odiosa la gigante empresa de algún noble regenerador, al dar en tierra con los generosos ímpetus, de cada uno de éstos se escapa un sano perfume que la historia recoge luego en incensario de oro, para perfumar un día el corazón de la Patria…
Porque los perseguidos, los calumniados, las grandes almas que en pro de excelsos fines trabajaron, no viven únicamente en el Cielo; viven en la historia también, que más tarde o más temprano sabe hacer justicia.
Ved cuán grande es la recompensa que les concede Dios. Y no sólo esto: en la misma penalidad, en la misma persecución, en la misma injusticia, hallan esos hombres buenos consuelos y dulzuras inefables. ¡Ah, la persecución tolerada, sufrida con amor y por el nombre de Cristo!...
Cuando se profesa de verdad el cristianismo; cuando el hombre identifica su cruz con la Cruz, el sufrimiento es amable, dulce, deleitoso… San Pablo escribía: “En medio de mis tribulaciones, reboso de alegría”. No solamente lleno, sino desbordante, rebosante de felicidad.
El sufrimiento es negra nube que pasa encubriendo el cielo de nuestra dicha; pero el verdadero cristiano, con los rayos de su conformidad y su esperanza, la colorea, y aquella misma nube va adquiriendo matices, perdiendo poco a poco su lobreguez…
En la Escritura se leen estas palabras: “Sed bendito, Señor: después de la tempestad, tornáis la tranquilidad a nosotros; después de las lágrimas, nos devolvéis la alegría; post tempestatem, tranquillum facis et post lacrymationem et fletum, exultationem infundis (1).
Sí; las injurias, las calumnias, las ofensas, las persecuciones, las injusticias, todo eso que amarga nuestro corazón, que empuja nuestras lágrimas, que nos abruma, que abate…, es tempestad que pasa: sobre ella extiende el firmamento la serenidad de su azul, y el sol prodiga a los mundos sus rayos luminosos…
Tal ocurre con el gran Doctor de la Iglesia, San Atanasio, cuya vida es toda ella una furiosa tempestad, una espesa nube cárdena con paréntesis de sol…
Porque al sol no se le pudo destruir, y de cuando en cuando asomaba su soberano disco, iluminando en la obscuridad la noble figura del ínclito Doctor.
Atanasio casó con la Verdad, y celosa la Mentira de su postergación, Eolo de las perfidias, azuzó los vientos de la calumnia, de los odios reconcentrados, de las venganzas aguardadas durante mucho tiempo, y todos, bramando, se arremolinaron sobre la cabeza del Santo.
El arrianismo, despechado por los justos ataques de Atanasio, cuya dialéctica sutil y fuerte no podía menos de vencer la endeble contextura del sofisma, de la argucia, del error…, recurre a toda la caterva de medios ruines para lanzar a Atanasio de su Sede patriarcal de Alejandría.
Primero le acusan ante el emperador Constantino de haber querido hacer pagar tributos a los egipcios, cuando éstos visitaban su diócesis. Pero los egipcios proclaman la falsedad de estas declaraciones, y Alejandría no perdió por entonces a su venerado Patriarca.
Después, sobornan a una infame mujer, para que en presencia de todos los Prelados reunidos en el Concilio de tiro, declarase contra la honestidad de Atanasio; pero por un ardid ingeniosísimo del Obispo Timoteo, que a las acusaciones se levantó indignado cual si fuese el propio Atanasio, diciendo: -“¡Cómo! ¿Pretendéis que me habéis visto cometer actos deshonestos en vuestra casa?” –se patentizó la inocencia de Atanasio, pues la mujer, que no conocía al sabio Doctor, dirigiéndose a quien la interpelaba, exclamó: -“¡Sí, vos; vos mismo!...”
Puestos ya en el terreno de la calumnia, los arrianos no dejaron de utilizar la más monstruosa. Validos de una larga ausencia del Obispo Arsenio, difundieron la noticia de su muerte, añadiendo que el Patriarca de Alejandría le había matado. Para comprobarlo y que no hubiese lugar a dudas, se proporcionaron la mano de un cadáver, que presentaron en una segunda Asamblea. Pero –por una feliz casualidad, como diría cualquier espíritu superficial; nosotros decimos providencia de Dios- Arsenio llegó aquel mismo día a la ciudad y se presentó a todos, desbaratando los inicuos planes de los arrianos.
Éstos no cejaron en su empeño, y de tal modo llegaron a concitar las pasiones en contra de Atanasio, con tal insistencia y maldad presentaron al insigne Prelado de faccioso, enemigo del Poder imperial y de la verdadera Religión, que Constantino cedió, antes por miedo que por convicción propia, a la demanda de los arrianos. Atanasio fue destituido de su Sede patriarcal y desterrado a Tréveris, capital entonces de la Galia, situada a ochocientas leguas de Alejandría.
A la muerte de Constantino, volvió Atanasio a su querida patria, pero los arrianos, que le habían jurado guerra sin cuartel, obtuvieron del emperador Constancio su deposición por segunda vez.
Y ya desde aquí toda la vida de San Atanasio se reduce a un ir y venir de Alejandría al destierro, del destierro a Alejandría.
El gran perseguido no se desalienta: las injusticias que con él cometen los Poderes públicos no le abaten, no truncan su alma noble, su alma robusta, generosa y fuerte. Aunque las hordas arrianas vengan tras él, aunque la venganza le persiga, aunque amague su pecho bondadoso el homicida puñal, él, imperturbable, grave, sereno, lleno de esa gran majestad que infunde al hombre la tranquilidad de su conciencia, el cumplimiento de su deber, continúa recitando los versículos, las lacónicas sentencias de su celebérrimo Símbolo, que escalofrían de pavor el alma réproba, y abren un horizonte de risueñas esperanzas al verdadero creyente.
¿Qué importa que el lugarteniente del emperador, a la cabeza de cinco mil hombres, como si fuera a conquistar una plaza de guerra, se presente delante de la iglesia de San Atanasio para apoderarse de su persona? Las lanzas de los soldados podrán destruir su cuerpo, pero no la dulce felicidad que en medio de aquella injusta persecución experimenta su alma. Se le persigue propter justitiam, y “Bienaventurados los que así padecen persecuciones, porque de ellos, y no de los perseguidores, es el reino celestial.”
Ni Constantino ni Constancio, ni Juliano el apóstata, ni Valente, emperadores que, bien cediendo a impulsos propios, bien a presiones ajenas, desterraron e hicieron víctimas de sus ataques al gran San Atanasio, podían vislumbrar siquiera la dicha que por sus injustas determinaciones experimentaba el corazón del glorioso Patriarca.
¡La persecución!... ¡el destierro!... ¡Las nubes grises que el santo coloreaba con los dulces rayos de su cristiana conformidad!... Aunque no hubiese vuelto jamás por Alejandría, aunque hubiese muerto sin conseguir su pública rehabilitación, aunque el escarnio de toda la humanidad le hubiera conducido al sepulcro, San Atanasio, hubiera muerto feliz, porque la pérdida de Alejandría no era la pérdida del cielo; porque la honra íntima no se pierde con la deshonra pública; porque la alabanza o el aplauso de la humanidad nada significa ante Dios…
Pero no: Dios quería que su ilustre siervo, a despecho del arrianismo, viviera en Alejandría, ocupara su Sede patriarcal, aclamado, venerado de la multitud.
Y así fue: Atanasio, después de los grandes combates que había sostenido en defensa de la verdadera fe, tornó a la Sede alejandrina, donde murió, querido y respetado de todos, el 2 de Mayo del año 373.
En medio de estas luchas, de estas tribulaciones, siempre amenazado, siempre perseguido, San Atanasio escribió admirables obras de profundo sentido moral y teológico y apologético, donde redujo a polvo muchos especiosos argumentos de los herejes de su época.
Un escritor antiguo, refiriéndose a la labor literaria de este Santo, dice: “Cuando halléis una sentencia de los escritos de San Atanasio, si no tenéis papel, escribidla en vuestros vestidos. Hay una, sobre todo, que es el programa de toda su vida, y que debe ser el programa de la nuestra en los tiempos presentes; Docet nos non tempori sed domino servire. Conviene que seamos, no los esclavos del tiempo y de las circunstancias, sino los servidores de Dios.”
Esclavo de Dios, que nunca varía, y no del tiempo, que siempre es mudable, fue el gran Doctor cuya fiesta conmemoramos hoy. Y por eso sufrió persecuciones, tribulaciones, destierros; y por eso fue feliz; y por eso se halla eternamente en la mansión de los bienaventurados: Beati qui persecutionesm patiuntur propter justiciam, quoniam ipsorum est regnum coelorum…


(1) Tobías, III, 22.