miércoles, 16 de mayo de 2012

SAN JUAN NEPOMUCENO




“La confesión es el gran freno contra el crimen inveterado, y no puede idearse una institución más sabia. La mayoría de los hombres, al caer en la culpa, sienten remordimientos, y los legisladores, al establecer expiaciones, se han propuesto evitar la desesperación de los culpables”. Así hablaba Voltaire, el cínico Voltaire, enemigo del catolicismo.
Y Rousseau se expresaba en los términos siguientes: “La confesión induce al perdón de los corazones ulcerados, y obliga a los usurpadores a restituir lo hurtado. ¡Cuántas reparaciones provoca la confesión entre los católicos! La humilde confesión es el gran antídoto contra el orgullo.”
Ved como la misma incredulidad se rinde a proclamar los beneficios que reporta al alma la confesión. Beneficios, sí, pese a los cargos e injurias que sobre el Santo Tribunal de la Penitencia y sus celosos ministros han hecho los soberbios y despreocupados del mundo.
¿Qué alivio no experimenta el hombre cuando confía en otro que le merece confianza, sus dudas, sus recelos, sus temores, sus penas o sus caídas? ¿Qué tranquilidad no baña su corazón atribulado si escucha la voz del amigo sincero, del hermano cariñoso, que con noble desinterés, en medio de la lucha que atormenta el alma del confidente, le reprende, le aconseja y le da saludables avisos para el porvenir?...
Pues alivio y tranquilidad mayores proporciona el alma la confesión hecha ante un ministro del Altar, facultado por dios para escucharnos en nuestras tribulaciones, y para perdonar nuestras faltas, nuestros yerros y pecados en nombre de ese mismo Dios.
El hombre, por naturaleza, más que en sus alegrías, necesita en sus desgracias comunicarse, expansionarse con otro ser.
El doctor Guillois dice que en los misterios de Baco y Adonis había sacerdotes encargados de prestar oído a las confidencias que les quisieran hacer los hombres. Plutarco nos presenta a Marco-Aurelio y al general lacedemonio, Lisandro, confesándose con el Hierofante. En Samotracia precedía a los sacrificios expiatorios la confesión hecha al koec o purificador. Los lamas, en el Tibet, póstranse cuatro veces al mes, el 14, 15, 29 y 30 de la luna, para oír la explicación de su regla, confesándose antes con el Gran Lama. Médicos de las almas llaman en la isla de Ceilán a los gonos o ministros de su religión. Los Magos en Persia divídanse en cinco clases, una de las cuales está destinada a oír las confesiones. Y así podríamos seguir citando nombres de falsas sectas, donde más o menos desfigurada practicábase esta comunicación confesional para corregir sus defectos y enmendar sus faltas.
Platón, príncipe de la filosofía griega, aconseja en sus Gorgias: “Si has cometido la injusticia, declara al juez tu falta, no sea que arraigándose el mal en tu alma engendre la corrupción”.
Y Séneca, dice en su epístola 63: “Por no confesar el vicio, estáis apegados a él. La confesión es señal de curación.”
Pero estas confesiones, estas declaraciones que formaban parte de los antiguos ritos paganos, no revestían el sagrado carácter que ostenta el Sacramento de la confesión establecida en el rito católico, práctica de institución divina, uno de los siete sacramentos fundamentales de la Iglesia instituida por Jesucristo.
No es verdad lo que el protestantismo afirma: es falso de toda falsedad que esta práctica no esté fundada ni en la Sagrada Escritura ni en la tradición de los primeros siglos.
Jesucristo, según leemos en los Evangelios de San Mateo y San Juan, respectivamente, dijo a sus Apóstoles: “Todo lo que atarais o desatarais sobre la tierra será atado o desatado en el cielo”. “Recibid el Espíritu Santo; a los que perdonaseis los pecados les serán perdonados, y retenidos a los que los retuvieseis”.
Los Apóstoles, no podían hacer uso legítimo de este poder, a menos que no conociesen los pecados que debían retener o remitir; y el medio natural de conocerlos no era otro que el de la confesión.
Y, en efecto, por las Actas de los Apóstoles sabemos que muchos fieles venían en busca de San Pablo para que los confesase.
Y si queremos testimonios de que en los primitivos tiempos de la Iglesia ya estaba en todo su vigor la confesión auricular, San Clemente, del siglo I, en una de sus Epístolas dice: “Convirtámonos, porque cuando hayamos salido de este mundo no podremos ya confesarnos ni hacer penitencia.”. San Ireneo, del siglo II, cuenta que Cerdón volviendo muchas veces a la Iglesia y haciendo su confesión continuó viviendo en una alternativa de confesiones y recaídas en sus errores.
En el siglo III la Iglesia condenó a los montanistas, y después a los novicianos, que le negaban el poder de absolver los grandes delitos.
Lactancia dice que la confesión de los pecados, seguida de la satisfacción, es la circuncisión del corazón que Dios nos ha mandado por los profetas.
Y así continuaríamos citando textos, que prueban la falsedad de lo defendido por los protestantes, a saber: que no hay ningún vestigio de confesión sacramental en los tres primeros siglos de la Iglesia.
Daillé, escritor protestante, dijo que en los textos que alegamos de la Escritura y de los Santos Padres, no se trata de la confesión auricular ni de la absolución, sino de una declaración que los fieles se hacían unos a otros por humildad.
Para rebatir esta afirmación peregrina, basta, entre otras mil autoridades, recordar estas palabras de Orígenes: “Ved –dice-, lo que enseña la divina Escritura, que no se deben ocultar interiormente los pecados. Porque del mismo modo que aquellos cuyo estómago se halla pesadamente sobrecargado con un alimento indigesto, si lo expelen se alivian al instante, igualmente el pecado que oculta y retiene en sí mismo sus culpas, se halla interiormente oprimido como por el humor y la flema del pecado. Pero cuando llega a ser su propio acusador que denuncia y confiesa su estado, arroja al momento con el pecado la causa de su enfermedad interior. Sed circunspectos; examinad, ved al que debéis confesar vuestro pecado; conoced de antemano el médico a quien debéis exponer vuestra debilidad, que sabe, por compasión y sentimiento, ser enfermo con los enfermos y llorar con los que lloran”.
Y en la Homilía 17, expone: “Si descubrimos nuestros pecados no sólo a Dios, sino a los que pueden poner remedio a nuestras llagas y a nuestras iniquidades, nuestros pecados serán borrados por el que dijo: “He disipado vuestras iniquidades como una nube y vuestros pecados como una sombra.”

(CONTINUARÁ… Pag. 305)

martes, 15 de mayo de 2012

SAN ISIDRO




“Ganarás el pan con el sudor de tu frente.” He aquí la ley del trabajo impuesta por Dios a la humanidad.
Nadie puede eximirse de ella: en una u otra forma, bajo este o aquél aspecto, todos rinden homenaje al trabajo, fuente de la vida material y de la bienandanza y prosperidad de los pueblos. Será más o menos copioso el sudor que se vierta humedeciendo nuestros rostros, según el trabajo que se practique; pero todos, desde el príncipe hasta el último vasallo, aportan su tributo a esa inexorable ley, por la cual viven y se acrecientan las sociedades.
El monarca, preocupándose desde las alturas de su trono, de las necesidades del pueblo que Dios confió a su cuidado; el sabio, estudiando en su laboratorio los grandes misterios de la naturaleza; el soldado, oponiendo la fuerza de sus armas a posibles asaltos enemigos; el jurisconsulto, restableciendo la equidad en perturbados derechos; el sacerdote, curando las almas; el médico, sanando los cuerpos; el filósofo, escudriñando hondos arcanos; el artista, deleitando y conmoviendo a la multitud; el industrial, fomentando con el intercambio de sus productos las relaciones entre lejanos pueblos; el obrero, suministrando los artefactos necesarios que decoren nuestro hogar; el labrador, abriendo los alimenticios surcos de la tierra…, todos, sin excepción, laboran, trabajan, exprimen de su pensamiento o de sus manos una gota de su ardoroso jugo…
¿Quién se halla exento del trabajo? No creáis que los poderosos, aquellos que atraviesan deslumbrando con sus riquezas al mundo, dejan de pagar el indispensable tributo porque tengan asegurado el pan nuestro de cada día. ¿Acaso el pan lo constituye sólo la porción alimenticia que nutre nuestro cuerpo? ¿Es que no hay hambre de justicia, de gloria, de dominio, de poder, de amor?... ¿Es que todo se circunscribe en la vida a las prosaicas necesidades del cuerpo? ¿No tenemos alma?... ¿Y todas las necesidades del ama pueden satisfacerse con el oro?...
Pero atengámonos al trabajo, en su estricto sentido, tal como lo consideraba el mundo en sus primeros tiempos: aquella labor ruda, áspera, grosera –según el sentir de los antiguos-, donde todo se confiaba al vigor y energía de los brazos: el trabajo manual, en una palabra.
Los pueblos paganos, desconocedores del verdadero Dios, y, por consiguiente, de su santa Ley, sentían verdadero horror por el trabajo corporal. Los helenos, los egipcios, los tracios, los escitas, los persas…, tenían al obrero manual por el último de los ciudadanos.
Sin remontarnos a tan lejanas comarcas, podemos encontrar iguales muestras de desprecio y aversión al trabajo en más cercanos pueblos de Europa. Tácito refiere que entre los pueblos que habitan las orillas del Rhin, se consideró como rebajamiento e indignidad ganarse la vida trabajando. César, en su comentario de la guerra de las Galias, nos muestra en diferentes ocasiones el menosprecio con que miraban los galos todo género de trabajo, aun el agrícola. Lusitanos y cántabros, dice Justino, dejaban las ocupaciones penosas, encomendando el trabajo de las tierras a las mujeres y los esclavos. Cicerón, en su obra De officiis, condena brutalmente el trabajo, no sustrayéndose a su menosprecio los obreros que soportan terribles labores en beneficio de la sociedad. Jamás, dice, puede salir nada noble de una tienda o de un taller. Y Séneca exclama: “Es vulgar el arte de los obreros que trabajan con sus manos: procura las cosas necesarias para la vida, pero no tiene honor ni apariencias de honradez. El trabajo pertenece a los más viles esclavos. La sabiduría habita más elevados lugares: no forma las manos para el trabajo, ni fabrica instrumentos para los usos de la vida.”
Así podríamos seguir citando textos que patentizaran el horror con que la antigüedad miraba la santa ley del trabajo. El ejército de los trabajadores se componía, pues, casi únicamente, de la multitud innumerable de los esclavos. Cierto que algunos hombres libres, para subvenir a las muchas necesidades de sus numerosas familias, se contrataban como obreros en el taller. Pero al contratarse se equiparaban con los míseros hombres víctimas de la esclavitud. Tan sólo diferenciábamos de ellos el salario que recibían, salario que, según Cicerón, no excedía de doce ases, o sea ochenta céntimos por día; precio que tenía algo de humillante, y que los antiguos no vacilaban en estrigmatizarla con estas palabras: Auctoramentum servitutis.
¡Situación degradada la del trabajador en el mundo antiguo! ¡Ah! Era preciso que el trabajo, orden sublime de Dios, fuese acatado, reverenciado igualmente por todos los hombres.
(CONTINUARÁ… Pag 280)

lunes, 14 de mayo de 2012

SAN PACOMIO, ABAD DE TABENNA (EGIPTO)




Al leer las Crónicas donde los hagiógrafos antiguos consignan los hechos y costumbres de los primitivos moradores del desierto, parece que una ráfaga de poesía nos sacude el alma.
Aquella sencillez que resplandecía en cada una de sus acciones; aquella igualdad que, desde el superior al último novicio, ostentábase en la burda tela del hábito, en la frugalidad del alimento, en los modestos enseres de la humilde habitación; y, sobre todo, aquel amor y respeto mutuos, aquella fraternidad hermosa, perdurable años y años entre ciento, doscientos, mil anacoretas, obedientes todos a la más ligera admonición del abad…, guarda un encanto indefinible que no puede menos de impresionar profundamente al espíritu que, a través de los siglos, se asoma por las páginas de los vetustos cronicones a tan hermosa edad de fervor y penitencia.
¿Nunca visitasteis el interior de un monasterio? Mejor dicho, ya que una mera visita es insuficiente para sorprender detalles, ¿nunca residisteis, aunque solo fuese por breves días, en un convento? ¿No gustasteis la poesía de sus costumbres? ¿No sorprendisteis la belleza del claustro?
Nosotros, sí: por fortuna, varias veces hemos disfrutado de cortas temporadas en rígidos cenobios. Estas excursiones a las casas religiosas donde se observan en su rigor casi primitivo las reglas de los Santos Fundadores; esta convivencia durante algunos días con los austeros cofrades de las antiguas Órdenes monásticas: este examen de sus costumbres, esta curiosidad, este deseo de sorprender aspectos de su vida íntima, ha sido siempre para nosotros materia de muy grata recreación.
Todo aquel que guste de lo poético, de lo bello y delicado, tiene que experimentar un puro goce observando en sus detalles más nimios la existencia claustral.
Si los artistas hicieran vida común alguna temporada con los monjes de las Órdenes primitivas, eligiendo para esto, no las residencias modernas de las grandes capitales, sino los olvidados monasterios, las abadías antiguas que perfilan, en el cielo de una obscura ciudad castellana o en el horizonte de un campo lejano adonde no llega “el mundanal ruido”, sus torres pardas por entre cuyas junturas el jaramago flota, y donde junto al címbalo vocinglero anida la cigüeña…, estos artistas, repetimos, hallarían seguramente muchos motivos de inspiración.
Aquel repique de la campana conventual, sonando en las altas horas de la noche, y reuniendo rápidamente a los monjes que abandonaron el lecho, cuando el sueño era más reparador y dulce, para ir a cantar en el severo coro de la Iglesia los Salmos bíblicos; estos Salmos, entonados gravemente, pausadamente, en el más puro estilo gregoriano, diluyéndose, extendiéndose por las obscuras bóvedas, sólo iluminadas por el pálido reflejo de las lámparas de los altares… Los “Capítulos”, donde todos, desde el prior encanecido hasta el joven novicio, se prosternan, y besan el suelo, y piden perdón a la comunidad por las faltas y desaciertos que en su comportamiento exterior se hayan observado; las penitencias colectivas, la hora solemne en que todos los monjes, reunidos en el claustro mortuorio, en las galerías donde reposan los primeros moradores de aquella vetusta mansión, de noche, apagadas todas las luces, y mientras entonan los versículos del “Miserere”, se disciplinan el cuerpo, produciendo la áspera y nudosa cuerda al azotar la desnuda carne un rumor parecido al de la llovizna deslizándose sobre las otoñales hojas secas arremolinadas en un surco del terreno humedecido… El dilatado refectorio, en que la prosaica necesidad del comer, parece poetizarse un tanto, merced a la lectura de pasajes bíblicos, que desde elevado púlpito sostiene en un tono especial, inconfundible, monjil…, encapuchado fraile; las horas de asueto en la huerta, cuando los monjes se deslizan suavemente, quedamente, entre las murallas de boj, bajo la fronda de los árboles, leyendo en sus Breviarios… El lento desfile de la comunidad así que suena la hora de retirarse a sus celdas; el conventual silencio, silencio muchas veces de cincuenta, de ochenta, de cien almas, solo interrumpido por la campana que los convoca; el inocente candor de los novicios, la parsimonia y ecuanimidad del Padre grave, la cháchara inofensiva del lego locuaz llegando al convento desde obscuros terruños y que apenas sabe de la vida…, todo esto nos ha cautivado algunos instantes, derramando en nuestra alma un torrente de salud espiritual… Y en las horas del crepúsculo, asomados a los altos ventanales de los claustros, escuchando el rumor de alguna fuente parlera, mientras el sol recortaba con su lumbre moribunda algún alero del tejado de pizarra, hemos sentido una profunda melancolía, un delicado goce indefinible, ansias de abandonar las turbulencias del mundo y quedarnos para siempre sepultados en aquel abismo de placidez…
Y nuestra imaginación ha traspuesto las arcadas del mundo antiguo, y ha entrevisto el espectáculo de aquellas santas repúblicas de los primitivos tiempos.
Si hay poesía aquí –hemos pensado-, ¿cuánta más no habría en los albores del monasterio, allá, en los desiertos de Egipto, en las vastas soledades, en el hermoso templo de la naturaleza, donde millares de hombres penitentes, entre suspiros y lágrimas invocaban a Dios?
(CONTINUARÁ… Pag 261)

domingo, 13 de mayo de 2012

SAN PEDRO REGALADO






En medio del positivismo de la edad presente; en medio de estas luchas sórdidas de intereses mezquinos que a todos nos consumen; a través de estos sentimientos egoístas, de este batallar constante que unos contra otros sostenemos para crearnos una posición holgada, que nos de, no solamente lo necesario, sino lo baladí y superfluo, es difícil admirar en toda su grandeza esas figuras colosales de santidad que descollaron en pasadas centurias; esos hombres abnegados, desprendidos, generosos, penitentes…, que todo lo sacrificaban por el bienestar del prójimo, y cuya única ambición consistía en atesorar virtudes para adquirir el reino de los cielos.
La prosa de la vida actual nos pone espesa venda en los ojos del alma, y a través de su cendal obscuro no acertamos a ver en toda su magnífica hermosura los méritos, por ejemplo, de un San Pedro de Alcántara o un San Francisco de Asís.
Influidos por este ambiente de frivolidad que destruye poco a poco las delicadezas del espíritu y vicia las puras corrientes, la sana poesía de las acciones generosas, se reputan hoy muchas empresas de santos y de héroes, como obras de seres desequilibrados, calenturientos, fanáticos, extravagantes…, neurasténicos de ayer, que por parte de los neurasténicos de hoy merecen, no admiración fervorosa o respeto profundo, sino la conmiseración, la lástima, y a veces el desprecio y la burla… Singular contraste: la neurastenia del siglo presente empuja al olvido de los deberes más sacrosantos, rompe las cadenas de amor entre padre e hijo, mujer y esposo, autoridad y súbdito, la criatura y Dios…, ¿cómo esa misma neurastenia en aquellas épocas gloriosas forjaban los grandes atletas del deber, llamáranse monjes, magistrados, capitanes o reyes? No, no llaméis neurastenia a lo que tiene el nombre más sublime: la santidad.
¡Oh Santos que ilustrasteis el mundo con la sublime locura de vuestras penitencias, de vuestros sacrificios, de vuestras virtudes, con qué pena contemplaréis esta demencia de la moderna edad, ególatra, viciosa, podrida, que ni siquiera es capaz de comprender vuestra virtud!...
¡Ilusión!... ¡Fanatismo!... ¡Vosotros en la ilusión, porque os abrazabais con la realidad de la Cruz que nunca muere!... ¡Vosotros en lo fanático, porque aguzabais por Dios vuestras mortificaciones y aquilatabais por el prójimo vuestra caridad!
¿Y nosotros?... ¿No es ilusión la hermosura que se marchita, la riqueza que se pierde, el placer que se esfuma, la vida que se escapa, todo esto que constituye nuestro encanto? Y nuestros afectos, nuestros desvelos, nuestras preocupaciones, ¿se hallan indemnes de ese fanatismo que tanto fustigamos? ¿No es fanático muchas veces el amor a nuestras opiniones, a nuestros placeres, a nuestros amigos?... ¿No obsesiona a muchos un idolillo cualquiera de carne y hueso, hasta el punto de hacerles cometer las mayores atrocidades y bajezas?...
Los Santos ilusos y fanáticos, como los llama el mundo, jamás hicieron estas locuras inconcebibles, producto del fanatismo y la ilusión de nuestra época.
¡Bendita ilusión, y bendito fanatismo el de los Santos, que les llevaba no a descender por entre capas de fango, sino a elevarse a través de las nubes del cielo, hasta llegar a ver el trono de la excelsa Divinidad!...
¡Bendita la locura de San Pedro Regalado, pues que por ella hoy refulge con luz propia e inextinguible entre los más prestigiosos santos que decoran el firmamento católico español!...

Fue San Pedro Regalado, un prodigio de virtud y penitencia: no busquéis en él la llama del genio creador, el gran talento de un filósofo o teólogo profundo, no; a San Pedro Regalado hay que admirarlo como penitente y hombre de sublime caridad.
Y ya esto es mucho para que deba ser elogiado por las almas que se apartan de la vulgaridad, por las almas que a través del légamo del siglo tienen instinto suficiente para sorprender dónde se hallan rasgos efectivos de belleza…
Asombra la vida penitente de nuestro Santo. Como Pedro de Alcántara, Simeón Stylita o Pablo de la Cruz, Pedro Regalado pertenece a los escogidos de la mortificación voluntaria.

(CONTINUARÁ… Pag 245)

sábado, 12 de mayo de 2012

SANTO DOMINGO DE LA CALZADA






En uno u otro sentido, todos los santos han prestado incalculables beneficios a la humanidad.
Aquellos que fustigan el quietismo –aparente-, de los monjes reclusos en sus celdas, dedicados a la vida contemplativa, diciendo que muy poco habrá de agradecerles la sociedad, están en un error.
Es claro que cuantos rechazan la eficacia de la oración, no reconocerán ningún mérito en quienes pasan la mayor parte de su vida rogando por los pecados del mundo, y, por consiguiente esta acción, a todas luces meritoria, no levantará en el corazón de los que así piensan ningún motivo de agradecimiento. No debiera ser así; pues aunque nosotros veamos la esterilidad del favor que nos dispensa un amigo, basta que reconozcamos el interés generoso de ese favor, la recta intención que hacia nosotros le guía, para agradecérselo y corresponder, en cuanto nos sea posible, a sus caritativos desvelos.
Mas aun suponiendo que la oración, el ruego ferviente hecho a Dios en nuestro obsequio por hombres religiosos, de virtud acrisolada no proporcione al mundo ningún beneficio, lo cual es un error crasísimo, ¿quién puede afirmar que la sociedad haya dejado de percibir bienes y favores por parte de esas rígidas comunidades que, a los ojos de algunos, parecen reconcentrar toda su atención en el interior del claustro.
Diversas ocasiones hubo en que se extendió su acción más allá de los muros de sus monasterios. Leed las crónicas de todas las órdenes religiosas, y sino queréis estos testimonios por pareceros dudosos y parciales, acudid a la historia de todos los pueblos, y en sus páginas encontraréis rasgos sublimes de caridad, acciones beneficiosas, gestos, como ahora se dice, de nobleza e hidalguía, y calamidades públicas, por aquellos que a muchos se les antojan esclavos no más de la perfección de su espíritu, sin atender a las dolorosas crisis de la humanidad desventurada.
Las puertas de los monasterios, por austeros y rígidos que fuesen, no se cerraron a piedra y todo cuando el dolor ajeno llamó por de fuera en ellas con recios golpes. Salieron los monjes a consolar infortunios y remediar desgracias. Si una epidemia, si una peste inficionó a los ámbitos de la tierra donde el monasterio se alzaba, ellos volaron alrededor de los moribundos; si una guerra asoló el país, sembrando el suelo de muertos y heridos, ellos enterraron piadosamente a los primeros y cobijaron en su misma morada a los segundos, prestándoles toda clase de solícitos cuidados. ¡Cuántas veces el refectorio, las salas capitulares, y aun la misma iglesia, convirtiéronse en hospital de sangre!... ¡Cuántas veces, Comunidades generosas, para remediar el hambre de todo un pueblo, no tuvieron reparo en vender sus ricos ornamentos y cálices preciosos, aumentando así con su producto el fondo abierto por laicas corporaciones!... ¡Cuántas veces, no revoló el hábito de uno de esos humildes frailes contemplativos, frente a las muchedumbres, alentándolas para alcanzar victoria sobre los enemigos de la integridad de nuestra patria!...
En los momentos difíciles, el verdadero santo, sea del claustro o sea del siglo, pertenezca a las milicias de Bruno, el austero, o se halle al frente de un hogar basado en fundamentos de puros y legítimos amores, acude y coadyuva con todos los hombres buenos al socorro de aquello que demanda pronto auxilio.
Sí; todos los santos han prestado, bajo una u otra forma, grandes beneficios a la humanidad.
Aquellos con su inteligencia, estos con su corazón, y todos con sus consejos, con sus virtudes, con su caridad.
Santo domingo de la Calzada lo prestó como hombre de ciencia, como hombre de sentimientos, como varón de ejemplarísima conducta y caridad ardiente.
En un artículo periodístico, el notable publicista don Joaquín Olmedilla y Puig, refiriéndose a Santo Domingo de la Calzada, escribe las siguientes frases:
“Cuando volvemos los ojos a los lejanos horizontes de la historia española del siglo XI, no podemos menos de ver en los arreboles de poesía de que está henchido aquel memorable período del pasado de nuestra patria, la figura de un sabio que pudo enlazar las virtudes y abnegación del héroe con los deslumbradores destellos de la poderosa iniciativa del genio.
“Tales consideraciones sugiere el recuerdo de una fecha con que la Iglesia celebra el 12 de Mayo el aniversario de la muerte de uno de los varones egregios que ha colocado en sus altares, de igual modo que la Ciencia puede también conmemorar el final de uno de los personajes que han rayado a gran altura en varias de sus difíciles manifestaciones; con la particularidad de que sus obras han sido el producto de natural ingenio y propia inspiración, y no el resultado del estudio en los libros, llevando envuelta esa aureola de originalidad y de mérito que surgen del superior talento, al modo que la flor de perfumado aroma crecida en el bosque sin los cuidados y esmero cultivador”

(CONTINUARÁ… Pag 226)

viernes, 11 de mayo de 2012

SAN MAYOLO, ABAD






La libertad es la facultad augusta que, juntamente con la razón, nos distingue de todas las demás criaturas inferiores.
Lo que más estima el hombre es su libertad. Por conseguir su libertad han batallado, desde los tiempos más remotos, razas y naciones. Por conquistar su libertad, cien pueblos se alzaron, hundiendo para siempre en el polvo, después de heroicos esfuerzos, la frente del dictador.
Este amor a la libertad, lo tienen todos los hombres, desde el salvaje de los desiertos hasta el educado habitante de las ciudades.
Tan exagerado es en algunos este amor, que por gozar de la libertad a sus anchas, sin frenos sociales ni leyes patrias que les coarten, se desintegran del cuerpo de la nación, y, formando tribu aparte, recorren el mundo, que para ellos no tiene fronteras, haciendo de todos los sitios, una vasta nación universal.
¿No visteis nunca arribar a nuestras ciudades alguna de esas errantes caravanas de pueblos nómadas? ¿De dónde llegaban? ¿A dónde iban?... Su peregrinación es eterna por el mundo. Hoy duermen en el Norte, y mañana despiertan en el Sur. Sufren el sol de los países tropicales; la nieve de las regiones brumosas y frías; no tienen hogar fijo; arman sus casas ambulantes, despliegan sus pabellones, sus tiendas de lona, donde les parece; familias enteras, los padres ancianos, los esposos fuertes, los hijos de vacilante pie, todos, se trasladan juntos de un país a otro, recorren la tierra en incesante peregrinación. Y son felices a su modo, porque gozan de una casi absoluta libertad. Y decimos de una casi absoluta libertad, porque la libertad amplia, extensa, sin restricciones, sin trabas, nadie la puede obtener.
Somos libres, sí, pero con libertad relativa. ¡Cuántas veces habremos querido volar por los espacios, y la tierra nos retuvo!... ¡Cuántas escapar de preocupaciones y quimeras, y la preocupación, sin embargo, encadenó nuestro espíritu!...
Pues si la libertad es tan hermosa, ¿qué méritos no tendrá el que la sacrifica en bien de sus hermanos?
Después del sacrificio de la vida, es el sacrificio de la libertad la acción más hermosa que puede obrar la caridad cristiana en obsequio del prójimo. Y decimos la caridad cristiana, porque fuera del cristianismo la caridad, el amor a nuestros semejantes, tiene fases muy limitadas. ¿qué grandes rasgos encontramos en aquellos que no perfumaron su alma con las puras ráfagas de esta religión hermosa que instituyó Cristo? ¿Dónde están los asilos que recojan huérfanos? ¿Dónde los hospitales que alberguen ancianos y enfermos? ¿Dónde las escuelas y talleres que ilustren a los desheredados de la fortuna? ¿Dónde las valerosas vírgenes que consagren toda su existencia a curar las enfermedades más contagiosas? ¿Dónde, en fin, los que sacrifican sus bienes, su libertad, su vida misma, por el bien de los demás, por la felicidad, aun de sus propios enemigos?
Sólo en la religión cristiana alientan estos generosos impulsos; ¡sólo ella inspira estos rasgos, estas santas y hermosísimas resoluciones!
San Mayolo, santo cuya festividad conmemora hoy la Iglesia y en quien nos hemos fijado para trazar las presentes líneas, fue un abnegado siervo de la caridad, por lo que sacrificó no sólo sus bienes de fortuna hasta el punto de despojarse una vez de sus humildes vestidos para cubrir con ellos la desnudez de un pobre, sino también ese don preciado que constituye la felicidad de todo hombre y toda nación: la libertad.
La libertad, sí. Evangelizando, predicando, pasaba en cierta ocasión este santo, acompañado de varios de sus religiosos, la región de los Alpes; de pronto fueron sorprendidos por un destacamento de tropas turcas. Entre los monjes se produjo la consiguiente confusión y espanto: San Mayolo, que también pudo haber emprendido la fuga, decidió quedarse con aquellos compañeros, menos afortunados, que ya habían aprehendido los turcos. Y un rasgo: cuando las tropas divisaron a los religiosos, un soldado disparó una flecha sobre el grupo. San Mayolo se adelantó, y antes de que hiciera blanco en algunos de sus queridos compañeros, tendió la mano y en ella recibió el dardo, de cuya herida quiso dios que mientras viviera tuviese la señal para memoria de tan heroico acto de amor al prójimo.
Conducidos a obscura mazmorra Mayolo y sus compañeros, éstos, pusilánimes y cobardes, comenzaron a temblar previendo una desastrosa muerte. Mas el santo los consoló, diciendo que no temiesen, pues creía que pronto la Divina Providencia vendría en su auxilio. En seguida se puso a orar a la Santísima Virgen, de quien era muy devoto. La celestial Señora se le apareció y le dijo que a la mañana siguiente estaría a salvo. En efecto, apenas clareó el día, Mayolo se halló sin grillos ni cadenas. Admirados los turcos de este prodigio, lo veneraron como a santo y le dieron la libertad. Pero el abad ilustre –Mayolo gobernaba entonces el célebre monasterio benedictino de Cluny-, la rehusó, diciendo que jamás la aceptaría, mientras esa misma libertad que a él se le otorgaba, no se la dieran también a sus infortunados compañeros de prisión.

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jueves, 10 de mayo de 2012

EL BEATO JUAN DE ÁVILA






El ilustre Deán de la Catedral de Zaragoza, el insigne Jardiel, precisado ornamento del clero español, orador incomparable, en un discurso predicado el 10 de Mayo de 1894 en el templo del Pilar, dice, refiriéndose al célebre Maestro Ávila, las frases siguientes:
“No es la vida del Beato Juan de Ávila, vida de tal manera accidentada y escabrosa, que ofrezca a las miradas de quien devotamente la contempla, esos valles profundos y esas montañas elevadísimas, ante cuya majestad imponente estalla el entusiasmo, o deja de circular, agolpándose, al corazón, la sangre de las venas. Ni es el mártir de Cristo que sucumbe, tras largo padecimiento, desafiando la soberbia de sus verdugos; ni es el apóstol lanzado por su celo a países desconocidos, portador valeroso de la divina enseña del Evangelio; ni es el solitario y austero penitente, que hace del yermo y de sus punzantes espinas la gloria de su alma ilusionada con las alegrías del cielo; ni es el doctor insigne, cuyo talento, inspirándose en la verdad y derramando en obras inmortales aceptadas y bendecidas por la Iglesia, afirma la constancia de los hijos de Dios y quebranta el orgullo de los impíos que la combaten.
“Y, sin embargo, en esa esfera más reducida y más modesta (no hallo otra forma de deciros mi pensamiento), Juan de Ávila recorre noblemente todas las sendas de perfección, todos los caminos de santidad que ilustraron y ennoblecieron los más enamorados servidores de Cristo”.
Estas palabras, nos interesan más que ningunas otras en la vida del Beato Juan de Ávila, cuya festividad celebra hoy la Iglesia.

(CONTINUARÁ… Pag 185)