sábado, 19 de mayo de 2012

SAN PEDRO CELESTINO, PAPA




Ocurre con los santos lo mismo que con los sabios y artistas: sin saber por qué, hay nombres de filósofos o poetas que siendo tanto o más ilustres por sus obras que los de otros colocados en la cima de la fama, permanecen, sin embargo, sumidos en la mayor obscuridad.
Sin saber por qué, hay santos que fueron prodigios de virtud, y que no obstante las diversas circunstancias que en ellos concurrieron para excitar la admiración pública, yacen olvidados, sin que apenas los conozca la multitud.
San Pedro Celestino es del número de ellos. Y nuestra extrañeza por este olvido es tanto mayor, cuanto estudiando su vida vemos que se diferencia notablemente de las demás; que se caracteriza por hechos singulares, brillantes, únicos, capaces de provocar la universal atención.
Lo que este Santo hizo no lo ha hecho ningún otro; a ningún otro acontece lo que le acontece a él.
Todos los santos han sido humildes, caritativos, mortificados, generosos…; pero entre todos ellos no encontramos uno en la historia que de simple religioso y solitario fuese súbitamente elevado a la cátedra de San Pedro, y lo que es más sorprendente, que puesto en la cátedra de San Pedro abdicase por su propia voluntad, sin que nadie se lo disputara, el solio pontificio.
Y, a pesar de ello, Pedro Celestino, el Fénix de la Iglesia, es muy poco conocido del mundo católico.
No parece, como dice un ilustre escritor-, que aquel afán que por huir de la gloria caracterizó toda la vida de San Pedro Celestino, haya inflamado también, en lo que a la humana gloria se refiere, para restarle, aun después de su muerte, la admiración universal.
Porque la humildad fue la perfección que este Santo persiguió durante toda su vida. Y en verdad que rayó en ella tan alto, que creemos no hay varón apostólico, por eximia que sea su santidad, que en la esfera de lo humilde logre superarle.
Imaginaos que le veis con la mirada del espíritu, allá, en su áspera soledad de Morrón; soledad adonde siendo muy joven se retiró para hacer penitencia, abandonando su lugar de Isernia, la aldea de la provincia italiana de los Abruzzos, donde sus ojos se habían abierto a la primera luz.
Imaginad que le veis con su hábito de burda estameña, con sus sandalias de grosero esparto, teniendo por habitación una estrecha cueva, por cama el duro suelo, por alimento amargas raíces…
Este solitario es sacerdote –a ruegos de varios amigos suyos se ordenó en el monasterio de Santa María de Piésoli-, pero es tan humilde, que ya se muestra arrepentido de poseer aquella dignidad, y, aunque al decir Misa siente mucho gusto y devoción, sin embargo, considerando por una parte la alteza de aquél soberano misterio, y por otra su grande indignidad, rehusa ofrecer el Santo Sacrificio;  y para que diga Misa es necesario que una voz divina, cuando el Santo decía en sueño que no era digno de ofrecer el sublime Sacrificio, diga a Pedro: “¿Quién es verdaderamente digno? Sacrifica, a pesar de tu indignidad”.
¿Os vais ya dando cuenta de su humildad profunda? ¿No sorprendéis toda la elocuencia, toda la sublimidad de ese rasgo?...
La Misa, el ofrecer a Dios con manos temblorosas la Hostia, la víctima sacrosanta, ese momento que constituye la mayor dicha del sacerdote piadoso, momento que arrebataba en dulce éxtasis a los más grandes santos de la Iglesia, Pedro Celestino no lo quería vivir. Su humildad parecía levantarle una barrera ante el Altar.
¡Su humildad!... Sí, el Santo, envuelto con ella quería permanecer siempre obscuro, retirado, ignorado de todos los hombres, a solas con su alma, que siendo tan hermosa, a él se le antojaba de mísera condición. Pero Dios no quiso complacerle, y las voces sobre su santidad empezaron a cundir como un murmullo y aumentaron hasta ser un trueno.
En vano el Santo, para evitar la admiración de los hombres, corre desde su desierto de Morrón al de Magella, y desde su desierto de Magella al Morrón: los hombres le siguen, y a la súplica de muchos que querían proseguir bajo sus órdenes la senda de la vida perfecta, Pedro no tiene más remedio que acceder, admitiéndoles en su compañía, y dando principio así a la Congregación de los Celestinos, que tan notoria importancia adquirió en los siglos posteriores.

(CONTINUARÁ… Pag. 353)

viernes, 18 de mayo de 2012

SAN FÉLIX DE CANTALICIO




Pedro Trigocio, famoso teólogo capuchino, comentador de San Buenaventura, refiriéndose a San Félix de Cantalicio, exclama: “¿Qué hacemos nosotros con todos nuestros libros? Hagámonos ignorantes, ya que un religioso sencillo e indocto, es de Dios y de los hombres honrado”.
Estas palabras parecen compendiar en sí toda la vida del gran Santo, cuya festividad conmemoramos hoy.
Félix de Cantalicio, el capuchino ilustre, no sabía nada y lo sabía todo: nulo para las ciencias humanas; inteligente, despierto, vivo, para la ciencia del espíritu, para el problema final que descifra todas las incógnitas.
No sabía hablar, conmoviendo, levantando el alma de las muchedumbres, a manera de Crisóstomo; no sabía desentrañar el fondo de las cuestiones arduas, con aquella admirable clarividencia de un San Agustín o un Santo tomás; ni aun escribir, ni aun leer…
Toda su niñez, toda su juventud, hasta los treinta años, vivió en el campo, falto de instrucción, de educación, dedicado no más que al cultivo de la labranza y a la vigilancia del ganado. Cantalicio, aldehuela humilde escondida al pie de los montes Apeninos como una blanca paloma durmiendo en la abertura de rocosa oquedad, fue su cuna. Y allí, entre labriegos rústicos y pastores ignorantes, se deslizó la mitad de su vida. ¡Ah!... Pero Félix de Cantalicio, a pesar de carecer de toda instrucción, de no escribir, de no leer… ¡fue sabio, porque poseyó, porque dominó la ciencia de la virtud!...
¡La ciencia de la virtud!... Sin ella –lo dijimos otras veces, y por mucho que se repita nunca está de más-, nada hubieran alcanzado, no obstante sus grandes conocimientos, los genios famosos de los santos que acabamos de nombrar. ¿De qué hubieran servido la elocuencia del Crisóstomo, y la elegancia de San Agustín, y la profundidad del doctor aquinatense, si no hubieran dominado la virtud?... ¿Qué importan las ventajas, los beneficios materiales que reporten a la sociedad esta o aquella civilización, si se abandonan las prácticas del bien, sin el cual jamás podrá el espíritu del hombre ascender a la cima sagrada donde, sobre solidísimos cimientos, asiéntase el alcázar glorioso de la verdadera felicidad?...
Bendecimos, sí, los adelantos de la Civilización, los avances de la Cultura, del Progreso, siempre que a esa cultura y a ese progreso, vayan íntimamente ligados el Bien y la Virtud, la esperanza en Dios y el amor a los hombres. Pero cuando consideramos que por seguir lo que muchas veces son espejuelos de civilización, nos olvidamos de lo que únicamente es verdadero, positivo, práctico, de ese Dios, fuente de todas las dichas, y de esa virtud, camino para llegar a poseerlas, la amargura se apodera de nuestro corazón.
¡Cuántos sabios, por adquirir todas las ciencias, se olvidan de adquirir la más importante de ellas, la de la virtud, que es también la ciencia de la eterna salvación!...
¡Y cuántos que son rudos e ignorantes, sin saber leer, como San Félix de Cantalicio, serán más sabios que muchos genios consagrados por el mundo, pues lograron, en medio de su rusticidad y simpleza, lo que éstos, con toda su sabiduría, no supieron alcanzar!
¿Qué representan los conocimientos todos de la tierra, ante la ciencia superior del Cielo? ¡Saberlo todo, aun lo menos necesario, e ignorar, sin embargo, lo imprescindible para nuestra dicha y contento!...
Es preferible desconocerlo todo, y saber sólo una cosa: ¡practicar la virtud, que nos remonta a Dios!...
¡Ah! ¿Quién será en rigor de verdad sabio o necio ante Dios?...

(CONTINUARÁ… Pag 338)

jueves, 17 de mayo de 2012

SAN PASCUAL BAILÓN




La presencia real de Jesucristo en el augusto Sacramento del altar; este misterio del insaciable amor divino a la humanidad, amor que comienza en la creación del hombre, y continúa en la Encarnación del Verbo, y se prolonga en la constitución del cuerpo místico de la Iglesia, y se compendia, en fin, en la inefable Eucaristía, fue el blanco, el ideal, el summum de todas las ternuras, de todos los afectos, de San Pascual Bailón.
El humilde pastor de Torre-Hermosa, pequeña aldea del reino de Aragón, en donde vio la primera luz nuestro Santo, el 17 de Mayo de 1540; aquel joven obscuro, ignorado, modesto, que pasaba sus días guardando el rebaño; aquel mozo rudo, ineducado, ignorante, que desconocía los elementos más rudimentarios de instrucción, que ni aun sabía leer…, no ignoraba, sin embargo, la ciencia del espíritu en su más elevada concepción, y adivinaba en el augusto Sacramento del altar, la obra más grande, más sublime, más perfecta que hizo Dios.
Sí: aquel pastorcillo, en la soledad de los campos, frente al sublime espectáculo de la naturaleza, comprendía que todo el poder desplegado por Dios para exhornar con vistosas flores el prado y con luminosos puntos el firmamento; toda la sabiduría desarrollada al infundir perfumes a las plantas y resplandor a los astros; toda esa amorosa solicitud con que la Divina Providencia atiende nuestras necesidades, fecundando la tierra, habitación del hombre…, palidecían ante el poder, ante la sabiduría y ante el amor del Augustísimo Sacramento del Altar.
Es este el último esfuerzo de Dios para manifestar su grandeza a todos los hombres.
Dios, en la Eucaristía, se comunica a todos, se manifiesta a todos, desde el Norte al Mediodía, desde el ocaso a la aurora, bajo los mismos velos misteriosos, en el prodigio permanente de un pedazo de pan.
El drama del Calvario se renueva incruentamente en el santo sacrificio de la Misa, pero con todos los méritos de la Pasión, de la agonía, de la muerte de Jesús; la misma sangre corre bajo las apariencias de un vino misterioso…, corre y correrá hasta la consumación de los siglos.
Y el amor divino llega a su culmen: Cristo, no satisfecho con morar entre nosotros por su presencia y regenerarnos por su sacrificio, llega hasta esconderse bajo una débil envoltura, sirviéndonos de alimento: se une a nuestra alma, se incorpora a la substancia de nuestro cuerpo, penetra en nuestras fibras, en nuestras venas, y por esta unión tan maravillosa, por esta incorporación que puede renovarse todos los días, nos cambia, nos transforma, nos diviniza, nos hace por un momento semejantes a Él, con aquella perfecta conformidad que el amor reclama.
San Juan Crisóstomo ha dicho: “De igual manera que el cuerpo de Jesucristo está unido al Verbo, así nosotros por la Eucaristía nos unimos a la santa humanidad del Salvador.”
Y San Gregorio no es menos explícito: “El Salvador –dice-, se mezcla con nosotros y nos pone en comunicación con su divinidad.”
El apóstol San Pablo representa a Dios en el centro del mundo ejerciendo la dominación universal, y a su derecha coloca la santa humanidad de Cristo sometida al Padre, pero prolongada en las humanas generaciones, teniendo sus raíces en cada una de nosotros: Vos estis corpus Christi et membra de membro.
De modo –dice un ilustre escritor-, que si Dios por exceso de su amor tiene deseo continuo de salir de sí mismo para hacer el bien, el hombre por exceso de su miseria y debilidad, necesita ir en busca de Dios y apoyarse en él. De aquí la conveniencia para Dios de continuar en la Eucaristía el misterio de su Encarnación, y la conveniencia para el hombre de llegarse a la Sagrada Eucaristía, donde hallará su fuerza, su vigor, su manjar, su vida, la suma, en fin, de todas sus perfecciones.
Y esto hizo, en el mundo primero, y en el claustro después, el hombre ilustre cuya memoria hoy conmemora la Iglesia: San Pascual Bailón.
En la Eucaristía, que es como el término en que Dios y el hombre se encuentran en el camino de la vida; en la Eucaristía, fuente de misericordia, abismo de bondades, expresión sublime de la caridad, sustentáculo de la verdad absoluta, halló todas sus complacencias nuestro glorioso compatricio. Semejante a los ángeles en la pureza, ángel en carne, como le apellidó un escritor del siglo XVI, parecía que su espíritu desprendido de los lazos del cuerpo vivía siempre en la presencia del Sumo Bien. Aquella fe tan robusta, tan firme, tan pura, tan sublime que manifestaba Pascual hacia el augusto misterio, a nada era comparable. Su alma se derretía como blanda cera a impulsos del fuego del amor divino; todo su ser parecía abismarse en el insondable piélago de lo infinito, cuando oraba ante Jesús Sacramentado.

(CONTINUARÁ… Pag 326)

miércoles, 16 de mayo de 2012

SAN JUAN NEPOMUCENO




“La confesión es el gran freno contra el crimen inveterado, y no puede idearse una institución más sabia. La mayoría de los hombres, al caer en la culpa, sienten remordimientos, y los legisladores, al establecer expiaciones, se han propuesto evitar la desesperación de los culpables”. Así hablaba Voltaire, el cínico Voltaire, enemigo del catolicismo.
Y Rousseau se expresaba en los términos siguientes: “La confesión induce al perdón de los corazones ulcerados, y obliga a los usurpadores a restituir lo hurtado. ¡Cuántas reparaciones provoca la confesión entre los católicos! La humilde confesión es el gran antídoto contra el orgullo.”
Ved como la misma incredulidad se rinde a proclamar los beneficios que reporta al alma la confesión. Beneficios, sí, pese a los cargos e injurias que sobre el Santo Tribunal de la Penitencia y sus celosos ministros han hecho los soberbios y despreocupados del mundo.
¿Qué alivio no experimenta el hombre cuando confía en otro que le merece confianza, sus dudas, sus recelos, sus temores, sus penas o sus caídas? ¿Qué tranquilidad no baña su corazón atribulado si escucha la voz del amigo sincero, del hermano cariñoso, que con noble desinterés, en medio de la lucha que atormenta el alma del confidente, le reprende, le aconseja y le da saludables avisos para el porvenir?...
Pues alivio y tranquilidad mayores proporciona el alma la confesión hecha ante un ministro del Altar, facultado por dios para escucharnos en nuestras tribulaciones, y para perdonar nuestras faltas, nuestros yerros y pecados en nombre de ese mismo Dios.
El hombre, por naturaleza, más que en sus alegrías, necesita en sus desgracias comunicarse, expansionarse con otro ser.
El doctor Guillois dice que en los misterios de Baco y Adonis había sacerdotes encargados de prestar oído a las confidencias que les quisieran hacer los hombres. Plutarco nos presenta a Marco-Aurelio y al general lacedemonio, Lisandro, confesándose con el Hierofante. En Samotracia precedía a los sacrificios expiatorios la confesión hecha al koec o purificador. Los lamas, en el Tibet, póstranse cuatro veces al mes, el 14, 15, 29 y 30 de la luna, para oír la explicación de su regla, confesándose antes con el Gran Lama. Médicos de las almas llaman en la isla de Ceilán a los gonos o ministros de su religión. Los Magos en Persia divídanse en cinco clases, una de las cuales está destinada a oír las confesiones. Y así podríamos seguir citando nombres de falsas sectas, donde más o menos desfigurada practicábase esta comunicación confesional para corregir sus defectos y enmendar sus faltas.
Platón, príncipe de la filosofía griega, aconseja en sus Gorgias: “Si has cometido la injusticia, declara al juez tu falta, no sea que arraigándose el mal en tu alma engendre la corrupción”.
Y Séneca, dice en su epístola 63: “Por no confesar el vicio, estáis apegados a él. La confesión es señal de curación.”
Pero estas confesiones, estas declaraciones que formaban parte de los antiguos ritos paganos, no revestían el sagrado carácter que ostenta el Sacramento de la confesión establecida en el rito católico, práctica de institución divina, uno de los siete sacramentos fundamentales de la Iglesia instituida por Jesucristo.
No es verdad lo que el protestantismo afirma: es falso de toda falsedad que esta práctica no esté fundada ni en la Sagrada Escritura ni en la tradición de los primeros siglos.
Jesucristo, según leemos en los Evangelios de San Mateo y San Juan, respectivamente, dijo a sus Apóstoles: “Todo lo que atarais o desatarais sobre la tierra será atado o desatado en el cielo”. “Recibid el Espíritu Santo; a los que perdonaseis los pecados les serán perdonados, y retenidos a los que los retuvieseis”.
Los Apóstoles, no podían hacer uso legítimo de este poder, a menos que no conociesen los pecados que debían retener o remitir; y el medio natural de conocerlos no era otro que el de la confesión.
Y, en efecto, por las Actas de los Apóstoles sabemos que muchos fieles venían en busca de San Pablo para que los confesase.
Y si queremos testimonios de que en los primitivos tiempos de la Iglesia ya estaba en todo su vigor la confesión auricular, San Clemente, del siglo I, en una de sus Epístolas dice: “Convirtámonos, porque cuando hayamos salido de este mundo no podremos ya confesarnos ni hacer penitencia.”. San Ireneo, del siglo II, cuenta que Cerdón volviendo muchas veces a la Iglesia y haciendo su confesión continuó viviendo en una alternativa de confesiones y recaídas en sus errores.
En el siglo III la Iglesia condenó a los montanistas, y después a los novicianos, que le negaban el poder de absolver los grandes delitos.
Lactancia dice que la confesión de los pecados, seguida de la satisfacción, es la circuncisión del corazón que Dios nos ha mandado por los profetas.
Y así continuaríamos citando textos, que prueban la falsedad de lo defendido por los protestantes, a saber: que no hay ningún vestigio de confesión sacramental en los tres primeros siglos de la Iglesia.
Daillé, escritor protestante, dijo que en los textos que alegamos de la Escritura y de los Santos Padres, no se trata de la confesión auricular ni de la absolución, sino de una declaración que los fieles se hacían unos a otros por humildad.
Para rebatir esta afirmación peregrina, basta, entre otras mil autoridades, recordar estas palabras de Orígenes: “Ved –dice-, lo que enseña la divina Escritura, que no se deben ocultar interiormente los pecados. Porque del mismo modo que aquellos cuyo estómago se halla pesadamente sobrecargado con un alimento indigesto, si lo expelen se alivian al instante, igualmente el pecado que oculta y retiene en sí mismo sus culpas, se halla interiormente oprimido como por el humor y la flema del pecado. Pero cuando llega a ser su propio acusador que denuncia y confiesa su estado, arroja al momento con el pecado la causa de su enfermedad interior. Sed circunspectos; examinad, ved al que debéis confesar vuestro pecado; conoced de antemano el médico a quien debéis exponer vuestra debilidad, que sabe, por compasión y sentimiento, ser enfermo con los enfermos y llorar con los que lloran”.
Y en la Homilía 17, expone: “Si descubrimos nuestros pecados no sólo a Dios, sino a los que pueden poner remedio a nuestras llagas y a nuestras iniquidades, nuestros pecados serán borrados por el que dijo: “He disipado vuestras iniquidades como una nube y vuestros pecados como una sombra.”

(CONTINUARÁ… Pag. 305)

martes, 15 de mayo de 2012

SAN ISIDRO




“Ganarás el pan con el sudor de tu frente.” He aquí la ley del trabajo impuesta por Dios a la humanidad.
Nadie puede eximirse de ella: en una u otra forma, bajo este o aquél aspecto, todos rinden homenaje al trabajo, fuente de la vida material y de la bienandanza y prosperidad de los pueblos. Será más o menos copioso el sudor que se vierta humedeciendo nuestros rostros, según el trabajo que se practique; pero todos, desde el príncipe hasta el último vasallo, aportan su tributo a esa inexorable ley, por la cual viven y se acrecientan las sociedades.
El monarca, preocupándose desde las alturas de su trono, de las necesidades del pueblo que Dios confió a su cuidado; el sabio, estudiando en su laboratorio los grandes misterios de la naturaleza; el soldado, oponiendo la fuerza de sus armas a posibles asaltos enemigos; el jurisconsulto, restableciendo la equidad en perturbados derechos; el sacerdote, curando las almas; el médico, sanando los cuerpos; el filósofo, escudriñando hondos arcanos; el artista, deleitando y conmoviendo a la multitud; el industrial, fomentando con el intercambio de sus productos las relaciones entre lejanos pueblos; el obrero, suministrando los artefactos necesarios que decoren nuestro hogar; el labrador, abriendo los alimenticios surcos de la tierra…, todos, sin excepción, laboran, trabajan, exprimen de su pensamiento o de sus manos una gota de su ardoroso jugo…
¿Quién se halla exento del trabajo? No creáis que los poderosos, aquellos que atraviesan deslumbrando con sus riquezas al mundo, dejan de pagar el indispensable tributo porque tengan asegurado el pan nuestro de cada día. ¿Acaso el pan lo constituye sólo la porción alimenticia que nutre nuestro cuerpo? ¿Es que no hay hambre de justicia, de gloria, de dominio, de poder, de amor?... ¿Es que todo se circunscribe en la vida a las prosaicas necesidades del cuerpo? ¿No tenemos alma?... ¿Y todas las necesidades del ama pueden satisfacerse con el oro?...
Pero atengámonos al trabajo, en su estricto sentido, tal como lo consideraba el mundo en sus primeros tiempos: aquella labor ruda, áspera, grosera –según el sentir de los antiguos-, donde todo se confiaba al vigor y energía de los brazos: el trabajo manual, en una palabra.
Los pueblos paganos, desconocedores del verdadero Dios, y, por consiguiente, de su santa Ley, sentían verdadero horror por el trabajo corporal. Los helenos, los egipcios, los tracios, los escitas, los persas…, tenían al obrero manual por el último de los ciudadanos.
Sin remontarnos a tan lejanas comarcas, podemos encontrar iguales muestras de desprecio y aversión al trabajo en más cercanos pueblos de Europa. Tácito refiere que entre los pueblos que habitan las orillas del Rhin, se consideró como rebajamiento e indignidad ganarse la vida trabajando. César, en su comentario de la guerra de las Galias, nos muestra en diferentes ocasiones el menosprecio con que miraban los galos todo género de trabajo, aun el agrícola. Lusitanos y cántabros, dice Justino, dejaban las ocupaciones penosas, encomendando el trabajo de las tierras a las mujeres y los esclavos. Cicerón, en su obra De officiis, condena brutalmente el trabajo, no sustrayéndose a su menosprecio los obreros que soportan terribles labores en beneficio de la sociedad. Jamás, dice, puede salir nada noble de una tienda o de un taller. Y Séneca exclama: “Es vulgar el arte de los obreros que trabajan con sus manos: procura las cosas necesarias para la vida, pero no tiene honor ni apariencias de honradez. El trabajo pertenece a los más viles esclavos. La sabiduría habita más elevados lugares: no forma las manos para el trabajo, ni fabrica instrumentos para los usos de la vida.”
Así podríamos seguir citando textos que patentizaran el horror con que la antigüedad miraba la santa ley del trabajo. El ejército de los trabajadores se componía, pues, casi únicamente, de la multitud innumerable de los esclavos. Cierto que algunos hombres libres, para subvenir a las muchas necesidades de sus numerosas familias, se contrataban como obreros en el taller. Pero al contratarse se equiparaban con los míseros hombres víctimas de la esclavitud. Tan sólo diferenciábamos de ellos el salario que recibían, salario que, según Cicerón, no excedía de doce ases, o sea ochenta céntimos por día; precio que tenía algo de humillante, y que los antiguos no vacilaban en estrigmatizarla con estas palabras: Auctoramentum servitutis.
¡Situación degradada la del trabajador en el mundo antiguo! ¡Ah! Era preciso que el trabajo, orden sublime de Dios, fuese acatado, reverenciado igualmente por todos los hombres.
(CONTINUARÁ… Pag 280)

lunes, 14 de mayo de 2012

SAN PACOMIO, ABAD DE TABENNA (EGIPTO)




Al leer las Crónicas donde los hagiógrafos antiguos consignan los hechos y costumbres de los primitivos moradores del desierto, parece que una ráfaga de poesía nos sacude el alma.
Aquella sencillez que resplandecía en cada una de sus acciones; aquella igualdad que, desde el superior al último novicio, ostentábase en la burda tela del hábito, en la frugalidad del alimento, en los modestos enseres de la humilde habitación; y, sobre todo, aquel amor y respeto mutuos, aquella fraternidad hermosa, perdurable años y años entre ciento, doscientos, mil anacoretas, obedientes todos a la más ligera admonición del abad…, guarda un encanto indefinible que no puede menos de impresionar profundamente al espíritu que, a través de los siglos, se asoma por las páginas de los vetustos cronicones a tan hermosa edad de fervor y penitencia.
¿Nunca visitasteis el interior de un monasterio? Mejor dicho, ya que una mera visita es insuficiente para sorprender detalles, ¿nunca residisteis, aunque solo fuese por breves días, en un convento? ¿No gustasteis la poesía de sus costumbres? ¿No sorprendisteis la belleza del claustro?
Nosotros, sí: por fortuna, varias veces hemos disfrutado de cortas temporadas en rígidos cenobios. Estas excursiones a las casas religiosas donde se observan en su rigor casi primitivo las reglas de los Santos Fundadores; esta convivencia durante algunos días con los austeros cofrades de las antiguas Órdenes monásticas: este examen de sus costumbres, esta curiosidad, este deseo de sorprender aspectos de su vida íntima, ha sido siempre para nosotros materia de muy grata recreación.
Todo aquel que guste de lo poético, de lo bello y delicado, tiene que experimentar un puro goce observando en sus detalles más nimios la existencia claustral.
Si los artistas hicieran vida común alguna temporada con los monjes de las Órdenes primitivas, eligiendo para esto, no las residencias modernas de las grandes capitales, sino los olvidados monasterios, las abadías antiguas que perfilan, en el cielo de una obscura ciudad castellana o en el horizonte de un campo lejano adonde no llega “el mundanal ruido”, sus torres pardas por entre cuyas junturas el jaramago flota, y donde junto al címbalo vocinglero anida la cigüeña…, estos artistas, repetimos, hallarían seguramente muchos motivos de inspiración.
Aquel repique de la campana conventual, sonando en las altas horas de la noche, y reuniendo rápidamente a los monjes que abandonaron el lecho, cuando el sueño era más reparador y dulce, para ir a cantar en el severo coro de la Iglesia los Salmos bíblicos; estos Salmos, entonados gravemente, pausadamente, en el más puro estilo gregoriano, diluyéndose, extendiéndose por las obscuras bóvedas, sólo iluminadas por el pálido reflejo de las lámparas de los altares… Los “Capítulos”, donde todos, desde el prior encanecido hasta el joven novicio, se prosternan, y besan el suelo, y piden perdón a la comunidad por las faltas y desaciertos que en su comportamiento exterior se hayan observado; las penitencias colectivas, la hora solemne en que todos los monjes, reunidos en el claustro mortuorio, en las galerías donde reposan los primeros moradores de aquella vetusta mansión, de noche, apagadas todas las luces, y mientras entonan los versículos del “Miserere”, se disciplinan el cuerpo, produciendo la áspera y nudosa cuerda al azotar la desnuda carne un rumor parecido al de la llovizna deslizándose sobre las otoñales hojas secas arremolinadas en un surco del terreno humedecido… El dilatado refectorio, en que la prosaica necesidad del comer, parece poetizarse un tanto, merced a la lectura de pasajes bíblicos, que desde elevado púlpito sostiene en un tono especial, inconfundible, monjil…, encapuchado fraile; las horas de asueto en la huerta, cuando los monjes se deslizan suavemente, quedamente, entre las murallas de boj, bajo la fronda de los árboles, leyendo en sus Breviarios… El lento desfile de la comunidad así que suena la hora de retirarse a sus celdas; el conventual silencio, silencio muchas veces de cincuenta, de ochenta, de cien almas, solo interrumpido por la campana que los convoca; el inocente candor de los novicios, la parsimonia y ecuanimidad del Padre grave, la cháchara inofensiva del lego locuaz llegando al convento desde obscuros terruños y que apenas sabe de la vida…, todo esto nos ha cautivado algunos instantes, derramando en nuestra alma un torrente de salud espiritual… Y en las horas del crepúsculo, asomados a los altos ventanales de los claustros, escuchando el rumor de alguna fuente parlera, mientras el sol recortaba con su lumbre moribunda algún alero del tejado de pizarra, hemos sentido una profunda melancolía, un delicado goce indefinible, ansias de abandonar las turbulencias del mundo y quedarnos para siempre sepultados en aquel abismo de placidez…
Y nuestra imaginación ha traspuesto las arcadas del mundo antiguo, y ha entrevisto el espectáculo de aquellas santas repúblicas de los primitivos tiempos.
Si hay poesía aquí –hemos pensado-, ¿cuánta más no habría en los albores del monasterio, allá, en los desiertos de Egipto, en las vastas soledades, en el hermoso templo de la naturaleza, donde millares de hombres penitentes, entre suspiros y lágrimas invocaban a Dios?
(CONTINUARÁ… Pag 261)

domingo, 13 de mayo de 2012

SAN PEDRO REGALADO






En medio del positivismo de la edad presente; en medio de estas luchas sórdidas de intereses mezquinos que a todos nos consumen; a través de estos sentimientos egoístas, de este batallar constante que unos contra otros sostenemos para crearnos una posición holgada, que nos de, no solamente lo necesario, sino lo baladí y superfluo, es difícil admirar en toda su grandeza esas figuras colosales de santidad que descollaron en pasadas centurias; esos hombres abnegados, desprendidos, generosos, penitentes…, que todo lo sacrificaban por el bienestar del prójimo, y cuya única ambición consistía en atesorar virtudes para adquirir el reino de los cielos.
La prosa de la vida actual nos pone espesa venda en los ojos del alma, y a través de su cendal obscuro no acertamos a ver en toda su magnífica hermosura los méritos, por ejemplo, de un San Pedro de Alcántara o un San Francisco de Asís.
Influidos por este ambiente de frivolidad que destruye poco a poco las delicadezas del espíritu y vicia las puras corrientes, la sana poesía de las acciones generosas, se reputan hoy muchas empresas de santos y de héroes, como obras de seres desequilibrados, calenturientos, fanáticos, extravagantes…, neurasténicos de ayer, que por parte de los neurasténicos de hoy merecen, no admiración fervorosa o respeto profundo, sino la conmiseración, la lástima, y a veces el desprecio y la burla… Singular contraste: la neurastenia del siglo presente empuja al olvido de los deberes más sacrosantos, rompe las cadenas de amor entre padre e hijo, mujer y esposo, autoridad y súbdito, la criatura y Dios…, ¿cómo esa misma neurastenia en aquellas épocas gloriosas forjaban los grandes atletas del deber, llamáranse monjes, magistrados, capitanes o reyes? No, no llaméis neurastenia a lo que tiene el nombre más sublime: la santidad.
¡Oh Santos que ilustrasteis el mundo con la sublime locura de vuestras penitencias, de vuestros sacrificios, de vuestras virtudes, con qué pena contemplaréis esta demencia de la moderna edad, ególatra, viciosa, podrida, que ni siquiera es capaz de comprender vuestra virtud!...
¡Ilusión!... ¡Fanatismo!... ¡Vosotros en la ilusión, porque os abrazabais con la realidad de la Cruz que nunca muere!... ¡Vosotros en lo fanático, porque aguzabais por Dios vuestras mortificaciones y aquilatabais por el prójimo vuestra caridad!
¿Y nosotros?... ¿No es ilusión la hermosura que se marchita, la riqueza que se pierde, el placer que se esfuma, la vida que se escapa, todo esto que constituye nuestro encanto? Y nuestros afectos, nuestros desvelos, nuestras preocupaciones, ¿se hallan indemnes de ese fanatismo que tanto fustigamos? ¿No es fanático muchas veces el amor a nuestras opiniones, a nuestros placeres, a nuestros amigos?... ¿No obsesiona a muchos un idolillo cualquiera de carne y hueso, hasta el punto de hacerles cometer las mayores atrocidades y bajezas?...
Los Santos ilusos y fanáticos, como los llama el mundo, jamás hicieron estas locuras inconcebibles, producto del fanatismo y la ilusión de nuestra época.
¡Bendita ilusión, y bendito fanatismo el de los Santos, que les llevaba no a descender por entre capas de fango, sino a elevarse a través de las nubes del cielo, hasta llegar a ver el trono de la excelsa Divinidad!...
¡Bendita la locura de San Pedro Regalado, pues que por ella hoy refulge con luz propia e inextinguible entre los más prestigiosos santos que decoran el firmamento católico español!...

Fue San Pedro Regalado, un prodigio de virtud y penitencia: no busquéis en él la llama del genio creador, el gran talento de un filósofo o teólogo profundo, no; a San Pedro Regalado hay que admirarlo como penitente y hombre de sublime caridad.
Y ya esto es mucho para que deba ser elogiado por las almas que se apartan de la vulgaridad, por las almas que a través del légamo del siglo tienen instinto suficiente para sorprender dónde se hallan rasgos efectivos de belleza…
Asombra la vida penitente de nuestro Santo. Como Pedro de Alcántara, Simeón Stylita o Pablo de la Cruz, Pedro Regalado pertenece a los escogidos de la mortificación voluntaria.

(CONTINUARÁ… Pag 245)