Cristo es Dios, y Dios es la fortaleza, la Sabiduría y el Amor. Cristo, fuerte, podría haber sometido en un momento a todas las naciones de la tierra. Cristo, sabio, podía haber llenado de asombro a los más grandes filósofos. Cristo, amable, podía haber cautivado a toda la humanidad. Sin embargo, Cristo, durante su paso por el mundo, circunscribe su acción a la nación judaica. Los hombres famosos de aquel tiempo por su autoridad y su saber desconocen el nombre de Cristo. Atenas y roma ignoran que en Judea vive el Hombre-Dios, cuyas manos realizan curas milagrosas, y en cuyas palabras flota la luz del cielo y una armonía de imperecedero amor.
¿Por qué el Redentor sublime rehúsa conquistar
en una hora, en un minuto al siglo? Porque entonces hubiérase dicho que el mundo
había sido seducido, arrebatado, sorprendido por Dios. Nuestra libertad hubiera
sufrido mengua, y los portentos que ilustran a cada paso la historia de nuestra
Religión, no hubieran tenido ocasión de manifestarse.
Claro está que poseyendo a Dios, huelgan todos
los prodigios: pero son los prodigios humanos, no aquellos en que interviene la
Divina Sabiduría. Cuando luce el sol, están demás las lámparas eléctricas, pero
no las plantas y las flores en cuyas corolas refleja sus fulgores el gran
disco.
Dios, proyectando sus lumbres sobre la flor de
los humanos corazones, torna a estos más vivos y resplandecientes; y así como
en cada una de las flores coloreadas por la luz, hay un nuevo motivo de
admiración y agradecimiento a esa luz, así también en cada uno de los corazones
que pule y abrillanta Dios, hallamos ocasiones de admirar y agradecer su sabia
Providencia.
Con la súbita conversión del mundo al
cristianismo, no hubieran aparecido los apóstoles y los mártires, y desconoceríamos
los grandes sacrificios, las grandes bellezas del alma humana. En cambio,
convertido poco a poco por doce pescadores, por doce hombres sin instrucción,
sin armas, sin recursos de ningún género, frente a frente de los poderes de la
tierra que oponían a la predicación apostólica las argumentaciones de sus filósofos
y la crueldad de sus verdugos, suscita el hecho en nosotros profunda admiración,
y no podemos menos de alabar la Omnipotencia divina que realizó tan asombroso
milagro.