lunes, 21 de mayo de 2012

SANTA GISELA O ISBERGA, VIRGEN






Las vírgenes del Señor son las blancas azucenas de la humanidad. El perfume de su castidad, nunca extinguido, llega a los Cielos en puras ráfagas, saturando de paso el viciado ambiente de la tierra.
En medio de la general depravación que corroe el espíritu del siglo, cada vez que vemos una de esas almas privilegiadas que, desligándose de los afectos terrenales, sólo piensa en amar a Dios y al prójimo por Dios, sentimos una emoción indefinible…
Donde más se aprecia, por ser difícil conservarla, esa joya de la virginidad, es en las grandes poblaciones, guaridas de todos los vicios y pasiones. En el centro de cada plaza, Satanás, invisible, alienta el fuego de los deseos impuros, y es raro que alguna chispa de sus fogatas no prenda en el corazón de las almas que por allí transitan.
A fuerza de sentir el caluroso vaho de estas hogueras infernales, los espíritus poco a poco se adaptan a ellas, y es menester que el ascua de la impureza les hiera de pleno, para que se den cuenta de que atraviesan junto a un volcán.
Las vírgenes cristianas que en los grandes centros viven sin contagiarse del mal ambiente, tienen a nuestros ojos un mérito extraordinario. Hacer voto de castidad en una ciudad populosa, sin poder esquivar el encuentro de las pasiones indómitas que, a manera de caballos desbocados, corren por la gangrenada urbe, es de un heroísmo insuperable.
Santa Gisela ofreció su corazón a Dios, si no dentro de una sociedad corrompida, pues la corte del rey Pepino, su padre, fue modelo de religiosidad, pero sí respirando un ambiente no muy propicio a favorecer el cumplimiento de estas santas resoluciones.
Nadie ignora los absorbentes fueros que goza esa razón despótica que se llama “razón de Estado”, ante la cual parece ha de sacrificarse todo ideal por noble y levantado que sea, y vencerse toda antipatía y repugnancia, que pugne contra la realización de aquello que la arbitraria razón de Estado invoca. ¡Cuántos mártires, cuántas víctimas ha causado esa razón fría, calculista, egoísta, cruel!...
Gisela, la ilustre hermana de Carlomagno, lo sabía; pero confiando en el poder de Dios, un día, para preservarse de alianzas terrenas que repugnaban a su corazón purísimo, hizo ante San Venancio, austero ermitaño que vivía en el bosque de Wastelán, voto solemne de no tener otro esposo sino al Amado de su alma, Jesucristo.
Era la joven princesa de delicada hermosura; sus cabellos, donde parecía haberse volcado el ánfora del sol, aureolaban las margaritas de su tez, entre las cuales relucían  el destellar suavísimo de los azules ojos y el encendido granate de sus labios. Alta y delgada, y casi siempre vestida con una humilde túnica de lino, cuando se inclinaba para hacer oración, parecía su cuerpo un cáliz de azucena, que iba arqueando el dulce soplo de mañanera brisa…
Con tales encantos, avalorados por su rango, su fortuna, su talento y su bondad, ya adivinaremos que Gisela despertó la codicia de los príncipes más poderosos de la tierra.
Hasta el Oriente llegó su fama, y el emperador pensó en enriquecer la corte de Bizancio, desposando a su hijo el príncipe con la encantadora hija del rey Pepino.
Esta pretensión produjo gran revuelo en el mundo cristiano: los abades, los obispos, y hasta el mismo Papa, escribieron a Pepino aconsejándole que rehusase aquella alianza con la escandalosa y corrompida corte de Bizancio. Si la pura Gisela –decían todos- es llevada a la corte del Bajo Imperio, esto será lo mismo que arrojar una perla a los animales inmundos.
Por fin, Pepino respondió negativamente a la petición del emperador de Constantinopla, y Gisela, libre ya de aquel peligro, pudo derramar lágrimas de ventura al pie de los altares.
Mas su alegría no fue de mucha duración: poco tiempo después, el hijo del rey de Inglaterra pidió también en matrimonio a la hermosa Gisela, quien frente al nuevo peligro oraba sin cesar a Dios: “¡Oh Salvador mío! –decía-, ¿por qué me abandonáis, cuando sabéis que no he escogido a otro esposo que a Vos? ¡Oh, no dejéis a la que no quiere más amor que el vuestro! Os ofrezco mi vida, ¡oh Dios mío!; no permitáis que pierda mi virginidad; velad por vuestra esposa y defendedla del mundo”...

(CONTINUARÁ… pag. 394)

4 comentarios:

  1. Interesante la historia de esta santita, que la desconocía, si no fuera porque en mi Confirmación me pusieron de nombre: María Gisela y me dijeron que era el nombre de una Santa, de verdad que no lo sabía, pero qué linda Santita.

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  2. Gracias por la historia, yo también tengo el honor de llevar su nombre.

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  3. Que hermosa historia nunca la había leído me llamo romina Gisela

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  4. ¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿Rey Pepino?????????????
    ¿Y por que no Rey Berenjena?

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