lunes, 30 de abril de 2012

SANTA CATALINA DE SIENA





Los que combaten al catolicismo tachándolo de enervador del alma, de formar espíritus encogidos, apocados, pusilánimes, cobardes, deberían recordar que en el catolicismo se formaron las grandes mujeres, las grandes salvadoras de pueblos, que no retrocedieron en la hora del peligro, luchando valerosas por el triunfo de la verdad y la justicia. Juana de Arco, la capitana ilustre se puso al frente de un ejército; e Isabel la Católica, nuestra insigne soberana, realizó, a despecho del moro, nuestra unidad nacional.
La mujer, de suyo tímida e irresoluta, se decide, cuando la inflama el amor de Jesucristo, a afrontar todos los riesgos, a acometer todas las empresas nobles que puedan redundar en honra de Dios y provecho del prójimo. La célebre Virgen de Sena, la gloriosa Catalina, es prueba bien elocuente de que la profesión del catolicismo, lejos de disminuir, aumenta las energías espirituales imprimiéndonos una santa audacia, una inquebrantable resolución para emprender hazañas al parecer insuperables…
¡Las mujeres cristianas!... ¡Las vírgenes, las madres, las esposas y las viudas cristianas!... Estas heroínas de nuestra fe, son el modelo de la mujer perfecta, de que habla la Sagrada Escritura. No la busquemos en el paganismo. Semiramis y Cleopatra, tan preconizadas por los poetas decadentes, fueron grandes reinas, sí, pero hundidas en el légamo de sus repugnantes vicios.
En cambio, las femeniles celebridades católicas lo reúnen todo: ciencia, valor y virtud. Esta virtud nimba todas sus empresas, todas sus demandas. Dentro de la virtud se agitan, envueltas por la virtud pasan a través de las sociedades. La virtud es el estuche precioso que guarda las perlas de sus grandezas.
¡Y qué grande y de cuánta trascendencia es el ejemplo de una mujer virtuosa!... La existencia del hogar radica en la virtud de la mujer. De la mujer depende que el hogar sea tabernáculo santo o infamante cubículo.
Y los hogares son viveros de familias, y las familias inician las tribus, y las tribus forman las patrias, y las patrias constituyen el mundo…
La bella mitad del género humano, si quisiera, podría regenerar al mundo… Pero son pocas las que, como Genoveva o Catalina, se dedican a esa noble misión. Se objetará: “No todas tienen el talento y la fortaleza de aquellas dos grandes mujeres”. Cierto; pero todas tienen en su alma un germen de virtud que puede transformarse en árbol gigante que cubra con su sombra benéfica muchos corazones.
El feminismo, ese afán que caracteriza a muchas mujeres modernas por conquistar derechos y prerrogativas reservados exclusivamente a los hombres, consumiendo energías en una campaña infructífera, en una labor estéril que nada o muy poco habrá de reportar, debiera ser sustituido por el ansia de volver a la mujer muchas virtudes perdidas, muchas de esas bellezas morales que constituyen el principal encanto femenil.
Si el feminismo es tener votos, ostentar la representación de un distrito o lucir la medalla municipal, es nuevo el feminismo. Pero si es interesarse por el bien de los ciudadanos, trabajar por la religión y por la patria, el feminismo ha existido siempre… La mujer debe siempre aparecer abnegada, desinteresada, generosa, desprendida…
Jamás se movieron por el lucro Santa Genoveva, Santa Teresa, Santa Catalina… ¡Santa Catalina! Hoy celebra la Iglesia su festividad, y es justo que la consagremos algunas líneas. Mujeres como éstas son faros lucientes, antorchas fúlgidas que nos alumbran a todos. Los hombres, viendo sus grandes arrestos, pueden aprender a sacudir censurables apatías…
La vida de Santa Catalina se halla compendiada en un cuadro de Fray Bartolomeo, marcado en la galería del Louvre con el número 1008: la santísima Virgen en un trono real, sostiene a su divino Hijo, el cual regala a Santa Catalina de Sena, que ante Él se arrodilla, el anillo de los esponsales. En el fondo, Santo Domingo y San Francisco de Asís, se abrazan, como dando ejemplo de unión, de paz y caridad que deben animar a las diversas familias cristianas y monásticas. El rey David canta al son de su arpa, y San Pedro, el Príncipe de los apóstoles, se adelanta y señala con su mano a la mujer fuerte que va a combatir por la Iglesia y a libertar el Papado.
Efectivamente, Catalina fue la casta esposa de Jesucristo, de quien mereció el anillo nupcial, y fue incansable trabajadora que dedicó todos sus esfuerzos a empujar y llevar a puerto seguro la nave de la Iglesia, librándola de los muchos escollos del procelso mar de aquel siglo XIV, tan combatido por la herejía y el cisma.
La Orden de Santo Domingo fue el vaso escogido por Catalina para guardar las flores de sus virtudes; mas éstas crecieron, se expansionaron y, no pudiendo el vaso contener tan abundante profusión, las flores se desparramaron por el mundo llenándolo de suavísimos perfumes… Es decir, que la acción de Catalina no se circunscribió al claustro: una mujer de sus méritos necesariamente tenía que desarrollar aquella acción sobre la tierra. La tierra se halló inundada de sus beneficios. Lo que Teresa de Jesús fue en España, respecto de la Orden del Carmelo, esto fue Catalina de Sena en Italia, en lo que concierne a la Orden dominicana, que con el talento y acometividad de aquella mujer sublime adquirió gran desarrollo de brillantez. Fundó muchos monasterios, y en los diversos viajes apostólicos que realizó por el ducado de Toscaza, atrajo con sus palabras al seno de la religión católica muchas almas que vivían aherrojadas en los abismos del error y de la culpa.
Su caridad era inagotable, y ¡heroicamente hermosa! Un rasgo: Encuéntrase cierto día por el camino un pobre que, vivo y altanero, pídele limosna. “¡Ay, hermano! –dícele la santa-, no llevó ni un maravedí”. Insiste el pobre: “Pues este mandato algo valdrá, ¿por qué no me lo dáis?” “No me acordaba, tenéis razón”, respondió Catalina. Y le entrega el manto. Los religiosos que la acompañan, reconvienen su caridad indiscreta. Entonces la Santa, verdaderamente inspirada, contesta sublime: “Prefiero que me hallen sin manto, sin hábito, antes que me encuentren sin la caridad.”
Otro rasgo: Cuidaba a una enferma repugnante, leprosa, hedionda… Esta enferma, era no más que úlceras, llagas, podredumbre… El ánimo más esforzado, el espíritu más ardiente y valientemente caritativo desfallecía de repugnancia y asco a presencia de aquel objeto humano pestilencial… Catalina sufría cada vez que disponíase a curarla. Pero al fin domó la rebelión de la naturaleza mediante un acto apenas creíble y cuyo solo relato hace estremecer. Así: sintiendo un día mayor repugnancia que de ordinario, tuvo el valor de recoger en un vaso el agua que acaba de servir para lavar una úlcera, y exclamó decidida: “Por Dios vivo, vas a beber lo que tanto horror te causa”. Y como si fuera un preciado licor, lo apuró de un solo trago. Al leer esto nuestra pusilanimidad se horroriza. El mismo demonio, dicen los viejos cronistas al referir estos hechos, debió quedar espantado.
¿Y qué decir de su gran talento? Algunos escritores sagrados suponen, con harto fundamento, que Dios concedió a esta hija del pueblo, que no había estudiado, una ciencia infusa superior a la de los más célebres teólogos. ¿Ignoráis que Santa Catalina es la patrona de los estudios en muchos colegios y universidades? ¿Nunca oísteis hablar de su cátedra teológica, de su famosa escuela místíca? Esta escuela, formada de sacerdotes, de monjes, de caballeros y de mujeres jóvenes, todos adictos, fieles, dedicados a la palabra de la Santa, es un hecho único en la historia de la Iglesia.
Nada era tan necesario –dice un ilustre escritor-, como una escuela de teología en el siglo XIV, época en que los métodos usados en las escuelas tendían a disecar los espíritus y esterilizar los ingenios.
Discípulos de Santa Catalina fueron el Padre Raimundo de Capua, hombre eminente, mezclado en muchos acontecimientos de su siglo; el Padre Tomás y el Padre Bartolomeo, ilustres dominicos; Esteban Macconi; Andrés Van, distinguido pintor que debió hallar al lado de Santa Catalina, tan bellas como dulces inspiraciones, y las bienaventuradas mujeres Florentina Juana Pazzi, Juana di Capo, Cecca, Olessa…, y otras muchas.
Todos ellos escuchaban la autorizada voz de aquella mujer admirable, que ha quedado en las páginas de las historias eclesiástica y profana como dechado de santidad y portento de sabiduría. Los favores que recibió del cielo, sus visiones, sus éxtasis, sus milagros, sus profecías; aquella impresión de las llagas de Cristo, aquel continuo alimentarse con el eucarístico manjar, prueban de cuán subidos quilates debía ser el oro de su perfección, cuando así merecía ser galardonada en la tierra por el Poder divino. Y sus explicaciones teológicas, su profundo al par que tierno Diálogo, sus cartas numerosas a pontífices y obispos, superiores de Ordenes religiosas, príncipes, capitanes y estadistas, corroboran a la posteridad la fama de su gran talento. Así se explica que ella como un haz de rayos luminosos, disipase las sombras de aquella época triste y dolorosa porque en 1374 pasó la República de Sena; que juntase los ánimos hondamente divididos por las revoluciones interiores, que les restituyese pasadas energías, que abatiese los rigores de la fuerza opresora, bárbara, brutal… Así se explica que Catalina fuese el ángel de paz entre la toscaza y el augusto representante de Cristo, cuando Gregorio IX, justamente indignado por la sublevación de los florentinos contra los legados y oficiales de su pontificia autoridad, lanzó contra ellos las formidables censuras de la excomunión. Así se explica que sobre aquel Pontífice ejerciera tan decisiva influencia, obligándole a trasladarse de Aviñón a Roma; que fuese para el Papado lo que Juana de Arco fue para la monarquía francesa, ángel protector… Así se explica que Urbano VI, en medio de aquella furiosa tempestad que anunciaba los comienzos del gran cisma de Occidente, la eligiese árbitro y consejera de sus apostólicas resoluciones… Así se explica, en fin, la influencia que su prestigioso nombre llegó a ejercer en casi todas las costas de Europa, bamboleadas entonces por los recios vaivenes de una anarquía universal…

(CONTINUARÁ… PÁG 564)

domingo, 29 de abril de 2012

SAN PEDRO DE VERONA, MÁRTIR


Los hombres, en su mayoría, gustan más de juzgar por las apariencias que por realidades. Lo aparente les cautiva en gran manera, y por lo aparente discurren, por lo incierto injurian, aplauden, ridiculizan o ensalzan.
La veguedad, la inseguridad del "parece...", da margen a la fantasía para poblar los espacios de absurdos y quimeras; mientras que en la rotunda afirmación "es así", no caben las invenciones especiosas, las cábalas peregrinas, los desacertados juicios.
El mundo gusta más de la novela que de la historia; del pasatiempo divertido que de la grave y honda reflexión. Aquello que se presenta indeciso, indeterminado, fluctuante, flotante entre lo que es y no es, guarda para la humanidad pervertida un encanto y un interés indefinibles. En el momento en que la duda se deshace, en que las sombras se aclaran, en que las suposiciones se desmoronan bajo el certero golpe de la realidad, se acaba el interés.
Y menos mal, si la realidad corresponde a lo que el mundo creyó; pero, ¡ay, si trunca despiadada la leyenda que, en torno de la apariencia al mundo plugo urdir!... ¡Ay, si cae por tierra toda la máquina del embrollo!... ¡Qué decepción!
Como el mundo gusta más de urdir sus historias alrdedeor de una apariencia mala que de una apariencia buena, resulta que se encoleriza casi siempre, cuando sus escenas soñadas no corresponden a la exactitud del caso, por haber sido sustituida la maldad sospechada, la perversión supuesta, por la virtud y el bien.
Ello es triste, pero... es así. Dios nos manda pensar siempre bien. Pero el mundo, en contra de Dios, exlama: -"piensa mal y acertarás." -Y pensamos mal, y no siempre acertamos. Dios condena el juicio temerario, pero la sociedad con su moral casuística, dice que el juicio temerario es un pueril pasatiempo para distraer la maldad...
Nos suscita las presentes reflexiones, un episodio que leemos en la historia de San Pedro, mártir, ornamento de la sagrada orden de los predicadores, cuya festividad celebra hoy la Iglesia.
San Pedro, durante una época de su vida, fue víctima de la maledicencia del juicio temerario. ¡Y de sus mismos hermanos en religión!... Esta es una de las mayores desgracias que pueden sobrevenirnos: ser juzgados malévolamente por aquellos mismos que debieran ponerse a nuestro favor.
Y para que mejor resalte la aviesa intención de aquellos que por apariencias le juzgaron, hagamos un diseño de las virtudes de nuestro Santo, modelo verdadero de cristiana perfección.

Así como de las espinas brotan rosas, y agua de la peña dura, y fuego del pedernal, así de unos padres herejes, partidarios ciegos de los errores de Manés, nació Pedro de Verona, que fue rosa, y agua, y fuego a un tiempo mismo. Rosa por el penetrante aroma de sus virtudes; agua por el caudal exquisito de sus ternuras, a donde iban a beber todos los desventurados; fuego por el ardor con que combatió la herejía maniquea hasta ceñirse la corona del martirio... Pero no adelantemos los episodios de su admirable vida.
Verona, ilustre ciudad de Lombardía, fue la patria de este Santo, quien, como dice un ilustre escritor, parece que desde las entrañas de su madre traía esculpido el amor de la fe católica y el aborrecimiento de los herejes.
El "Creo en dios Padre, Todopoderoso, criador del cielo y de la tierra" fue su divisa constante, contra el parecer de los maniqueos, que no querían ver la hermosura del mundo visible que nos rodea, considerándolo todo como obra del demonio.
Ni las promesas ni las amenazas de sus padres, qeu intentaron por todos los medios rendir el corazón de su hijo a la herajía, fueron suficientes prar hacerle abdicar de sus puras convicciones católicas. Pedro de Verona continuaba recitando cada vez con más fuerza el "Creo en Dios Padre, Todopoderoso, criador del cielo y de la tierra..."
Terminados sus primeros estudios, Pedro marchó a Bolonia, en cuya célebre Universidad, se captó bien pronto la admiración y simpatía de sus maestros y condiscípulos, por las excepcionales prendas de su bondad y talento. Aquí no tuvo ya que sostener batallas contra el error y la impiedad, sino contra el vicio, que era lo que mayormente detestaba el virtuoso joven.
Hallábase dotado Pedro de un alma exquisitamente pura. La castidad tenía para él un irresistible encanto. Ser casto, conservarse siempre puro, era en él una necesidad. Y así rehuía las invitaciones de sus compañeros de estudio, gente joven, bulliciosa, alegre, que le instaban frecuentemente a diversiones y jolgorios.
Tal empeño, tanta tenacidad pusieron en desviarle del recto camino, que el Santo se proponía seguir, que Pedro, vista la acometividad, temió llegarse un día en que pudiese ceder, y cediendo perdiese, en una hora, cuanto desde que vino al mundo se había ganado ante los ojos de Dios.
Semejante posibilidad llenó su alma de espanto, y para preservarse del peligro, decidió poner entre su alma y el mundo la barrera de la religión.
Hallábase a la sazón en Bolonia el glorioso fundador Santo Domingo de Guzmán, y Pedro, impresionado por aquél hábito blanco y negro, doblemente simbólico, pues representa la pureza y la humildad, acordó solicitar su ingreso en la Orden de Predicadores, tan venerada en todo el orbe católico por la ciencia y santidad de sus miembros ilustres.
Pedro de Verona, satisfizo sus deseos; el mismo Santo Domingo le concedió el hábito.
Y ya en el claustro, no cabe imaginar un más allá de virtud, de piedad, de penitencia. Pedro, el ínclito veronés, recorrió en un día toda la escala de perfección. Sus mortificaciones fueron increíbles, y por ellas en cierta ocasión estuvo a punto de perder la vida, viéndose obligados los superiores de la Orden a amenguar su excesivo rigor.
Pedro de Verona era también muy aficionado al estudio, en especial al estudio de las Sagradas Escrituras, con cuyo rico arsenal procuraba no solamente ilustrar su entendimiento, sino inflamar en el bien su voluntad y purificar de tal modo su corazón que, según testifican los Padres que le confesaron, nunca tuvo consentimiento de pecado mortal...
Pues a un hombre tan justo, tan humilde, tan santo, la maledicencia hizo blanco de sus ataques, y él "parece que..." revoloteó en torno de su inmaculada vida poblando los espacios de repugnantes fantasmas...
Lanzó el juicio temerario, al abrigo de una falsa apariencia, sus dardos venenosos sobre la ilustre figura de San Pedro de Verona, y en breve su prestigioso nombre fue pasto de la mundana voracidad.
Respecto de él se cumplieron aquellas palabras de la Escritura: "...exacuerunt ut gladium linguas suas: intenderunt arcum, rem amaram, ut sagittent in occultis inmaculatum." (Psalm. LXIII, 4 y 5). Aguzaron como espadas sus lenguas: entesaron el arco, cosa amarga, para asaetar en oculto al inocente. "Lingüis suis dolose agebant: venenum aspidum sub labiis eorum." Con sus lenguas urdían engaños; veneno de áspides hay debajo de sus labios...
Sí: nada vieron, y sin embargo, lo acusaron. Bastó un rumor, un conjunto de femeniles voces que a través de la celda de Fray Pedro de Verona se escuchaba para que alguien, mal pensado, de corazón mezquino y alma ruín, no tuviera recelo en ir de acá para allá dando por hecho lo que no había visto. ¿La apariencia le condena? Condenémosle nosotros también. Y sin reparar en toda su vida anterior, de abnegaciones, de penitencias, de sacrificios, así, en un momento y de un solo golpe se tumba a la figura en tierra para que la pisoteen y la escarnezcan los hipócritas y bajos serviles.

(CONTINUARA   pag 550)

sábado, 28 de abril de 2012

SAN PABLO DE LA CRUZ




Toda la vida del Salvador sobre la tierra es un tejido admirable de divinas enseñanzas. Toda ella encanta y sacude el alma del fervoroso cristiano a impulsos de nobilísimos sentimientos. ¿Hemos dicho del fervoroso cristiano? Nuestros mismos enemigos, aquellos que no militan en el seno de nuestra bendita religión, se admiran y conmueven leyendo las narraciones evangélicas, las páginas sublimes de los cuatro libros inspirados, donde se delinea a grandes rasgos la excelsa figura de Jesús.
Y de entre todos los actos divinos que allí se refieren, no hay nada que les impresione tanto como las escenas de la Sagrada Pasión. Jesús-niño, en la cuna, adorado por los pastores, es una página tiernísima, cuya belleza no llega al corazón de muchos hombres, que perdieron con el transcurso del tiempo el encanto de la inocencia y sencillez primitivas, adquiriendo en cambio la prosaica rudeza de los años que van poco a poco deshojando, con los garfios de sus dedos, los blancos pétalos de aquellas rosas de sentimientos puros, exquisitos e ingenuos…
Jesús, mártir, y mártir por el ideal más sublime, cual es la salvación, el perdón, la felicidad –una felicidad eterna- del género humano, levanta el corazón de todas las muchedumbres, que ante el drama sublime del Calvario no pueden reprimir una exclamación de asombro. La grandeza del magnífico espectáculo anonada con su peso sublime al impío, que no sabiendo ya cómo exteriorizar el entusiasmo que le produce aquel hermoso sacrificio, y obcecado por otra parte con sus sistemáticas prevenciones, que no le dejan lugar a una declaración explícita y terminante, llega a decir sin embargo: “Si ese hombre no es Dios, merece serlo”.
No cabe mayor elogio que respecto a Jesús podamos exigir los creyentes de un materialista. ¿Cuándo hemos oído decir algo parecido en los discursos encomiásticos que ha prodigado la posteridad a los hombres ilustres de la Historia?
El sacrificio del Redentor produce en los hombres de todas las razas, de todas las castas, de todas las naciones una sensación indefinible… Jesús en la cuna, es como una de esas flores bellas que solamente saben apreciar las almas delicadas y exquisitas: pero Jesús en la Cruz se impone a todos, como se impone el rayo de la tempestad que surca la atmósfera. Jesús en la Cruz es la belleza trágica, la grandeza, la hermosura que abarca con sus brazos extendidos toda la redondez del mundo…
Y si hasta los mismos que le fustigan se sobrecogen y conmocionan y admiran cuando consideran ese pasaje con que termina su vida en la tierra el divino Salvador, ¿qué será para aquellos que le reconocen y le aman, adorándole como lo que es en realidad, Dios verdadero…?
¿Qué será de la consideración del drama del Calvario para aquellas almas devotas, exquisitamente sensibles y cristianas, que exhalan en todos sus actos y en todas sus palabras, como una ráfaga olorosa, su puro, entrañable, inextinguible amor a Cristo…?
La contemplación de Jesús crucificado fue para San Pablo de la Cruz su continuo objeto, y, deseando padecer por quien tanto padeció, desde niño comenzó a castigar su inocente cuerpo con ayunos, azotes y vigilias, llegando hasta el punto de beber, en los viernes de cada semana, vinagre con hiel desleída, en memoria de la amarga pócima que dieron cuando agonizaba en la Cruz al amado Redentor.
La característica de este gran Santo es su amor a la Cruz; este amor le hizo variar su apellido Daniel por el emblema de nuestra sagrada redención; le hizo alistarse en la cruzada que los venecianos armaron contra los turcos el año 1716, desechar ventajosas proposiciones matrimoniales, repartir toda su fortuna entre los pobres, instituír, en fin, la Congregación de los Pasionistas, que a más de los tres votos peculiares de cada Orden, ostenta el de promover siempre, en todo tiempo y lugar, la devoción y el amor a la sagrada Pasión de Jesucristo.
Son dignas de conocerse las circunstancias que motivaron la creación de este religioso Instituto. Había cumplido el Santo veintiséis años, y según su piadosa costumbre, después de haber comulgado en una iglesia de Padres Capuchinos, tornaba a casa ensimismado, como siempre, en la consideración de los misterios del Drama sacratísimo.
Apenas llegó a su casa, arrebatado en espíritu, se vio revestido por la Virgen de una túnica negra, la cual ostentaba un corazón con una cruz encima y este lema, marcado con letras blancas: Passio D. N. Jesu Christi: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
El divino Salvador hizo comprender a nuestro Santo que ésta era la divisa de una nueva Orden, que él, Pablo, en honra del Sacrificio del Dios-hombre, habría de fundar.

(CONTINUARA… Pag 534)

viernes, 27 de abril de 2012

SAN PEDRO ARMENGOL



Corre el año 1258. La noble casa de Armengol, que se ilustra con las ascendencias de las casas reales de Francia, Castilla y Aragón, y con los condados de Urgel, Barcelona y Flandes, se ha prolongado en un vástago nuevo, en Pedro, hijo de Arnaldo Armengol, pundonoroso caballero, modelo de valor y religiosidad.
Guardia de los Prados, villa del arzobispado de Tarragona, se engalana con sus mejores atavíos: la señorial mansión de los Armengols tócase en los balaustres de sus severos balcones con aterciopelados reposteros donde luce bordado en oro el familiar escudo; arcos de ramaje construidos por sencillos aldeanos que así quieren asociarse a la alegría de los poderosos señores de Armengol, decoran las entradas del camino por donde en briosos corceles se aproxima lucido cortejo de invitados. A la lumbre del sol chispean los bruñidos arneses, y las colas de los briosos caballos agitados por el viento, semejan recios cordones de luces enredadas.
El címbalo de la humilde iglesia parroquial tañe en grato son de solemnidad festiva, y más de una dulzaina rústica tocadas por campesinos ingenuos, dilatan por el espacio, con sus dulces notas la sana alegría en que rebosa la Guardia de los Prados.
¿Por qué este general regocijo? ¿Por qué la dulce satisfacción que en todos los semblantes se observa?
¡El hijo de don Arnaldo de Armengol, el nuevo vástago de la casa Armengol, va a recibir las aguas del Bautismo!... Por eso el brocatel se exhibe en los trajes de las damas, y el oro pulido en las armas de los caballeros, y la zamarra limpia en los hombros del villano, y la gargantilla acoralada sobre el blanco justillo de la aldeana moza, y la campana replica alegremente, y la dulzaina se deshace en ternuras, y los viejos servidores de la casa solariega, van por los grupos de los humildes hijos del pueblo repartiendo golosinas y abundantes limosnas… ¡Todo por don Pedro de Armengol, el florón nuevo de la casa ilustre!... Vedle allí, sobre la pila bautismal!, sostenido por su padrino, uno de los más nobles señores de la corte de Aragón: las vestiduras bautismales, que el oro recamó, fulgen como una constelación de astros, bajo el influjo de los copiosos cirios; el agua santa cae desde argentífera caparazón que vacía el sacerdote, sobre la cabeza del recién nacido, y al caer cada gota semeja el polvo de una perla fragmentada… Bañó el agua regeneradora la testa del noble primogénito y entonces se escuchó una voz del venerable padre mercedario Fray Bernardo Corbaria, que decía solemnemente: “A este niño un patíbulo ha de hacerle santo”.
La extraña profecía corrió de boca en boca, y al día siguiente, todos los habitantes de Guardia de los Prados, repetían como un eco del fraile de la Merced: “A Pedro de Armengol un patíbulo había de hacerle santo…”

Transcurrieron los años. La noble señora de Armengol murió cuando apenas su hijo Pedro había cumplido los nueve. Arnaldo, requerido por su rey, se hallaba empeñado en guerreras lizas. La educación de Pedro fue confiada a un anciano y probo mayordomo de la casa que, marchando por los mismos senderos dibujados en el alma del niño por aquella virtuosísima señora que le dio al mundo, procuró infiltrar en Pedro los rectos principios de la moral cristiana.
Mas, ¡ay!, que todo cuidado es poco cuando se trata de velar por la juventud inexperta. Plántense gérmenes de virtud en el alma de un joven, y olvídese de procurarle buenas compañías, y entonces todo aquel interés desplegado en su obsequio, resultará inútil. La impresión de los buenos ejemplos familiares, se borrará pronto con el roce constante de aquellos amigos que sólo tienen por norma de su conducta la corrupción y el escándalo. Esto aconteció con el ilustre vástago de Arnaldo Armengol. Pedro, por condescendencia de su ayo, de quien poco a poco fue mimosamente ganándose la voluntad, frecuentó peligrosas amistades, que tornárosle en el joven voluble, caprichoso e inquieto, pronto a olvidarse de las obligaciones más santas con tal de conseguir sus inmoderados deseos.
Advirtió su preceptor el cambio que inadvertidamente, por sus permisiones, se había operado en el alma de su discípulo. Quiso remediarlo, oponiéndose a aquellas entrevistas amistosas, origen de la naciente perversión. Pero ya era tarde; el fuego de las pasiones había subido, y la ciudad de las virtudes, era presa de violentas llamas. Pedro Armengol, olvidado de su prosapia ilustre, hacía traición al honor de sus antepasados, y enfangaba su linajudo apellido con alardes de crápula y desorden.
Todo el pueblo hallábase escandalizado con el proceder indigno de aquel mancebo por cuyas venas corría sangre de ilustres príncipes, y la noticia de tanto exceso y tropelías llegó a oídos de su padre, el virtuoso caballero D. Arnaldo de Armengol, quien procuró entrevistarse inmediatamente con Pedro, a fin de interponer con él su autoridad y su cariño, atrayéndole a la buena senda, de la que tanto se había apartado.
-  “¿Qué desórdenes son los de vuestra vida, infeliz Pedro? –exclamó Arnaldo apenas le vio. -¿Podré llamaros mi hijo? ¿Pensáis que el nacer noble es privilegio de vivir mal? La nobleza es regla de vivir bien, y quien nace como vos, nace con muchas obligaciones y ha menester de cumplirlas. El valor se muestra en los combates, peleando por Dios y por la Patria, no en la zahúrda disputando por groseras causas con inmundos compañeros. Si sois valiente, servid al rey en la guerra, y no le inquietéis sus vasallos en la paz. ¡Ah!, ya comprendo aquella sentencia del venerable Fray Bernardo Corbaria: “A este niño un patíbulo había de hacerle santo”. Lo de patíbulo, es fácil; vuestra santidad…, ¡ay!, vuestra santidad, lo dificulto. ¡Ojalá me equivoque! ¡Ojalá tenga de mí piedad el cielo, moviéndoos el corazón a sincero arrepentimiento!...” Y de los ojos del atribulado padre se desprendieron abundantes lágrimas, que velaron las voces de su lastimera reconvención.
Fueron inútiles aquellas palabras dictadas por la caridad más honda, por la caridad de un padre que veía, con los ojos empañados de lágrimas, el camino de perdición que seguía su hijo.
Abyssus abyssum invocat: un abismo llama a otro abismo: Pedro, olvidados ya todo decoro y todo humano sentimiento, no queriendo sufrir por más tiempo las reconvenciones paternales, huyó, en unión de otros amigos tan perversos como él, de su pueblo natal, y haciéndose jefe de ellos, organizó una partida de bandoleros que pronto sembró el terror en toda la comarca de Cataluña.
Allá iban, robando, incendiando, cometiendo todo género de tropelías. Desprovistos de recursos, por satisfacer sus vicios y necesidades, no retrocedían ante nada ni ante nadie, y los ruegos de la madre y de la esposa, y el llanto de los hijos, que asustábanse al contemplar las siniestras cataduras de los bandidos, no les impedían seguir adelante en sus criminales empresas. Un odio feroz a la humanidad guiaba sus pasos, y a su contacto, la tierra catalana transpiraba sangre…
El pernicioso ejemplo de Pedro Armengol y sus compañeros, fue seguido por otros, y en breve la provincia de Tarragona sintió el azote de varias partidas de forajidos.
Era preciso dar una violenta batida a tan crecido número de malhechores. Además, el rey D. Jaime tenía que pasar de Valencia a Montpellier y había forzosamente que limpiar los caminos de bandoleros.
Y… ¡misteriosos, pero siempre sabios designios de la Providencia! Arnaldo Armengol, el padre del principal malhechor de cuantos merodeaban por aquellos terrenos, fue encargado por su experiencia militar, de salir con fuerzas de a pie y caballería en persecución de los bandidos.
Era un día en que el sol lanzaba sobre la tierra sus más brillantes rayos. El dorado polvo solar fijándose sobre las rocas, iba rellenando sus huecos con haces de lumbre. Un velo de oro luminoso parecía flotar en el ambiente, y sus puntas, cayendo encima de las hojosas ramas de los árboles, daban un tinte rubiáceo a los verdores floridos.
A través de largos y profundos desfiladeros, atajando los caminos vecinales y las carreteras por cuestas, riachuelos y trochas, marchaba al frente de sus compañías de soldados, el valeroso caballero don Arnaldo de Armengol.
El pesar nubla su frente, y su corazón se agita a impulsos de contrarios sentimientos. El amor paternal y el deber de su cargo, batallan en su espíritu; y la vergüenza, el oprobio de aquel hijo desventurado, que tan negro borrón ha echado sobre una casa que fue siempre el prototipo del honor y la hidalguía, afluye a su rostro, taladrándolo con esos puntos de rojez inconfundible…
Abrumado, inclina el noble caballero de vez en cuando su frente, y temiendo el encuentro de aquel hijo ingrato, sobre cuya cabeza la real justicia iba a descargar su golpe, afloja a veces las riendas de un corcel que, aligerado del freno, baja la cerviz gallarda, poniéndose a mirar plácidamente los verdes rastrojos que bordan de trecho en trecho el accidentado camino. Pero pronto el capitán se rehace, yergue sobre la silla el contraído busto, levanta altiva la cabeza, fulguran sus ojos con la lumbre de una cólera justa, y, picando espuelas al caballo, exclama lleno de noble altivez: -“No, mi deber ante todo… Ese hijo, ya no es hijo mío;  es un salteador de caminos, es un homicida, ¡es un ladrón!...” Y las venas de su faz señoril, se hinchan, y el color rojo de la vergüenza aumenta la intensidad de su característica coloración…
Varias horas llevaban ya los soldados de caminar, cuando uno de los vigías destacados por Arnaldo en las avanzadas del terreno, se dirigió presto a su jefe, diciéndole: -“Señor, parece que una partida de bandidos, se acoge ahí, en el valle que forman estas dos montañas.”
Arnaldo Armengol, dio órdenes de avanzar cautelosamente por una vereda que se perdía entre el bosque.
Efectivamente, allá abajo, vivaqueaban algunos hombres, quienes por sus haraposas trazas, parecían pertenecer a alguna de aquellas bandas malhechoras que llenaban de constante perturbación al país.
No era posible distinguir sus rostros; sólo al reflejo del sol se veían brillar sus armas.
Toda la cautela que al bajar pusieron los perseguidores, no fue bastante para que los bandidos dejaran de apercibirse del peligro que corrían. Así es, que apenas divisaron en los promedios del monte a los jinetes, emprendieron veloz huída. Escuchábase la voz desafortunada de uno de ellos, sin duda el más valiente, que decía: -“¡No huyáis, cobardes! Son pocos; aguardémosles aquí y demos buena cuenta de ellos.”
Pero los aludidos no hacían caso de tales palabras, y apresurábanse a escapar trepando por las laderas opuestas.
Los soldados esforzaron su marcha, y cortando por diversos lados la retirada a los perseguidos, cayeron pronto sobre ellos, aprisionando a unos y matando a los que intentaban hacerles resistencia.
Respecto al que parecía jefe de la banda, más afortunado que los otros, trepaba con gran agilidad por una eminencia que los soldados olvidaron de escudar, y ya parecía hallarse en salvo. Mas no fue así, pues advertido el caballero Armengol, picó espuelas al corcel, y galopando rápidamente dio vuelta al montículo, y aguardó allí, lanza en riestre, la salida del criminal. Éste no tardó en aparecer, y su decepción al verse copado fue horrible. Ciego de ira arremetió contra el caballo, clavándole su acero en los ijares… Rodó el jinete, lanzando un ay de confusión y espanto… ¡Don Arnaldo Armengol, había reconocido en aquel hombre que de tan rápida manera le había agredido, a su propio hijo Pedro!...
El lamento del padre hirió profundamente el alma del agresor, quien acercándose al valiente capitán, vio, con asombro, que aquel contra el cual había desenvainado su espada, era ¡su padre!...
Entonces, las entrañas del amor filial se abrieron, y un torrente de lágrimas inundó la faz de Pedro de Armengol. El arrepentimiento purificaba su alma, sumida desde largo tiempo en la más baja abyección.
Solícito se acercó al noble capitán caído, y alzándole del suelo, prosternóse a sus pies, aclamando, mientras sus ojos vertían un copioso raudal: “Padre mío, perdonadme; he sido un insensato, bien lo sé. He arrastrado por el suelo vuestro honor, y soy digno, lo reconozco, del mayor de los castigos. Pero yo prometo desde ahora, en que parece que mi corazón se alumbra con una luz del cielo, enmendar completamente mi conducta, consagrando todos los días de mi vida a Dios. Vos sois bueno, padre mío, y no dejaréis de otorgarme ese perdón que será mi mayor dicha.”
No acertaba a creer Arnaldo la maravilla obrada en el corazón de su hijo; pero conociendo al fin que era aquello un favor especialísimo de la misericordia divina, dio gracias a la Providencia que tan sabiamente dispone sus planes, y abriendo cariñoso los brazos, estrechó contra su corazón a aquel hijo descarriado por quien tantas lágrimas había vertido.
Sin embargo, exacto cumplidor de su deber, acordó llevarle a presencia del rey para que éste administrara justicia.
Don Jaime, en pago a los muchos servicios prestados por su fiel servidor Arnaldo, perdonó a Pedro, y éste, cumpliendo su promesa, ingresó en la Orden Mercedaria, de la que fue bien pronto, por sus penitencias, su saber y sus virtudes, uno de los ornamentos más preciados.
Sus ansias de padecer por Cristo le llevaron a tierra africana, donde varias veces quedó en rehenes por libertar a infelices cautivos, y donde sufrió por parte de los fanáticos hijos de Mahoma, atroces suplicios, en los cuales, se patentizó la gracia que había alcanzado ante el Señor y la Santísima Virgen, quienes en más de una ocasión se le aparecieron, desatando, como el ángel a San Pedro Apóstol en la cárcel mamertiana, las ligaduras que le retenían en lóbrega mazmorra.
Así como su vida anterior fue causa de que muchos dilapidasen su hacienda y cometieran grandes pecados, así ahora, sus heroicas virtudes y sacrificios motivaron la conversión de numerosos pecadores que, contagiados del admirable ejemplo de San Pedro Armengol, abrazaron el Instituto de la Merced.
No pudiendo sufrir su humildad los honores que le tributaba toda la ciudad de Barcelona a su regreso de África, marchó al pobre convento de Nuestra Señora de los Prados, sito en el arzobispado de Tarragona, donde murió el 27 de Abril del año 1277.
La predicación de Fray Bernardo Corbaria se había cumplido. San Pedro Armengol fue canonizado por Inocencio X el 18 de Abril de 1683.
Sus reliquias se guardan en la parroquia de Guardia de los Prados, su lugar natal, donde son objeto de gran veneración.

jueves, 26 de abril de 2012

NUESTRA SEÑORA DEL BUEN CONSEJO



La Virgen del Buen Consejo!... La celestial Señora, Madre de dios, alienta con las múltiples advocaciones que le da la Iglesia, el desmayado corazón de sus atribulados hijos. Ella, María, es la Virgen del Perpetuo Socorro, del Amor Hermoso de los afligidos, de los Desamparados, de la Esperanza, del Consuelo, de la piedad… Ella es la acogedora constante de la Esperanza, del Consuelo, de la piedad… Ella es la acogedora constante de nuestros suspiros, de nuestras lágrimas, de nuestros infortunios. Ella es la perdonadora de nuestras culpas, la intercesora con el Poder divino para que nos infunda la gracia del arrepentimiento…
¡María!... ¡Cuánta belleza encierra cada una de las advocaciones con que la designa el vulgo piadoso!... ¡Y como ella sabe corresponder a la confianza que esos amorosos títulos despiertan en el corazón de sus devotos!...
Hoy se la celebra con el de “Nuestra Señora del Buen Consejo”, y a fe, que el verdadero creyente que en las circunstancias indecisas, difíciles, embarazosas de su vida, se prosterne ante la celestial Emperatriz demandándola protección y ayuda, sacará fortalecida el alma, contando con nuevos bríos y luces para proseguir el fatigoso y obscuro sendero de su existencia.
Entre las advocaciones de María no podía faltar esta del Buen Consejo. Y se comprende: el hombre, por sabio y experimentado que sea, no puede pasar todo el tiempo de su vida sin un amigo, sin un guía, sin un consejero. Todos necesitamos del consejo, de la advertencia leal, sincera, cariñosa. Lo difícil es encontrar la persona que sepa darlo, porque los consejos han de brotar de los corazones verdaderamente amigos, de aquellos que con desinterés se interesen por nosotros. Y los grandes amigos son muy escasos. Acordémonos de lo que en tal sentir nos dice la Escritura.
Por eso nadie puede aconsejarnos mejor que una madre; la madre, para el hijo, es el corazón que nunca muere: la felicidad del hijo la obsesiona: todas sus advertencias irán encaminadas a procurar el bien a ese pedazo desprendido de su alma. Ya se comprenderá que hablamos de la madre en su riguroso sentido, no de la que siéndolo, escarnece con su conducta y egoísmo tan excelso nombre.
(CONTINUARÁ… P. 505)

miércoles, 25 de abril de 2012

SAN MARCOS, EVANGELISTA



Cristo es Dios, y Dios es la fortaleza, la Sabiduría y el Amor. Cristo, fuerte, podría haber sometido en un momento a todas las naciones de la tierra. Cristo, sabio, podía haber llenado de asombro a los más grandes filósofos. Cristo, amable, podía haber cautivado a toda la humanidad. Sin embargo, Cristo, durante su paso por el mundo, circunscribe su acción a la nación judaica. Los hombres famosos de aquel tiempo por su autoridad y su saber desconocen el nombre de Cristo. Atenas y roma ignoran que en Judea vive el Hombre-Dios, cuyas manos realizan curas milagrosas, y en cuyas palabras flota la luz del cielo y una armonía de imperecedero amor.
¿Por qué el Redentor sublime rehúsa conquistar en una hora, en un minuto al siglo? Porque entonces hubiérase dicho que el mundo había sido seducido, arrebatado, sorprendido por Dios. Nuestra libertad hubiera sufrido mengua, y los portentos que ilustran a cada paso la historia de nuestra Religión, no hubieran tenido ocasión de manifestarse.
Claro está que poseyendo a Dios, huelgan todos los prodigios: pero son los prodigios humanos, no aquellos en que interviene la Divina Sabiduría. Cuando luce el sol, están demás las lámparas eléctricas, pero no las plantas y las flores en cuyas corolas refleja sus fulgores el gran disco.
Dios, proyectando sus lumbres sobre la flor de los humanos corazones, torna a estos más vivos y resplandecientes; y así como en cada una de las flores coloreadas por la luz, hay un nuevo motivo de admiración y agradecimiento a esa luz, así también en cada uno de los corazones que pule y abrillanta Dios, hallamos ocasiones de admirar y agradecer su sabia Providencia.
Con la súbita conversión del mundo al cristianismo, no hubieran aparecido los apóstoles y los mártires, y desconoceríamos los grandes sacrificios, las grandes bellezas del alma humana. En cambio, convertido poco a poco por doce pescadores, por doce hombres sin instrucción, sin armas, sin recursos de ningún género, frente a frente de los poderes de la tierra que oponían a la predicación apostólica las argumentaciones de sus filósofos y la crueldad de sus verdugos, suscita el hecho en nosotros profunda admiración, y no podemos menos de alabar la Omnipotencia divina que realizó tan asombroso milagro.

martes, 24 de abril de 2012

SAN FIDEL DE SIGMARINGA


La abogacía es una de las misiones más nobles y delicadas. Librar al inocente de una pena injusta o aplicar al culpable el correspondiente castigo, son grandes servicios prestados a la sociedad, que por la labor del jurisconsulto ve resplandecer en torno suyo la seguridad, la legalidad, la justicia.
Pero quizá en ninguna otra profesión se pone tan a prueba la honradez del ciudadano. De un lado el sentimentalismo y de otro la influencia ajena y el propio interés, laboran de continuo por desviar al letrado del espíritu de la ley. 
Por esto se requiere que todo aquel que se consagre a la carrera de la jurisprudencia, se revista de serenidad, de imparcialidad, y no comprometa con su indulgencia o severidad excesivas, el carácter que siempre debe ostentar la Justicia.
¡Cuán augusto el ministerio de la ley, y cuánta grandeza y serenidad debe irradiar el corazón del que defiende o acusa!
¡Con qué tacto, con qué escrupuloso tino deberá conducirse en sus juicios, en sus deliberaciones!...
¡Qué responsabilidad la suya, si por un error judicial devuelve a la sociedad un miembro corrompido, o por el contrario, si hunde para siempre en el descrédito, en la sombra de una cárcel o en la deshonra del patíbulo, a un individuo que no tuvo participación en el delito que se le imputó!...
¡Cómo gritará la conciencia del abogado, del magistrado, del juez, reprochándole los tortuosos caminos que empleó para desfigurar los hechos, haciendo aparecer ante el mundo, ya el delito disfrazado con manto de inocencia, ya la inocencia revestida con el traje deshonroso de la culpabilidad!...
El magistrado que olvida su deber comete un crimen monstruoso, porque so capa de guardar la ley, la desacata, la pisotea y desautoriza.
¡Felices los que a toda otra mira de lucro, de compasión o animosidad, anteponen, al examinar un delito, el estricto cumplimiento del deber! ¡Dichosos los magistrados que imiten al glorioso San Fidel de Sigmaringa!
San Fidel fue siempre, durante el tiempo que ejerció la noble profesión de abogado, el amparador del Derecho, el varón digno que veló constantemente por los fueros de la justicia, sin doblegarse por nada ni por nadie.
A ello contribuyó grandemente la exquisita educación religiosa que recibiera en su niñez. Quien sea educado de una manera solícita en los santos principios de nuestra religión, tendrá mucho adelantado, para conducirse rectamente en aquella profesión que sus inclinaciones o las varias circunstancias de la vida le manden seguir. Quien sea buen cristiano, será buen militar, buen magistrado, buen estadista, porque como el cristianismo inculca el amor al Dios, el deber saldrá siempre triunfante, siempre victorioso, siempre vencedor por muchas trabas o dificultades que a su cumplimiento se opongan.
Por esto los padres de familia, antes de pensar qué carrera habrán de dar a sus hijos, debieran ponerse la mano sobre el corazón y preguntarse una y otra vez: “¿Les he enseñado a ser cristianos?” ¡Ah!, si los hijos no son cristianos más que por la partida del bautismo, si no tienen educada el alma más que para la molicie, el placer y el regalo; si no se les enseñó a ser generosos, desprendidos, justos; si no se les nutrió con las máximas sublimes del Evangelio, que son el principal tratado de la moralidad, del decoro; si no son castos, humildes, pacientes… entonces, hay un gran peligro de que un día no sepan, no puedan o no quieran cumplir con sus deberes.
Fidel de Sigmaringa fue educado en el temor de Dios, y así, este santo temor fue siempre la norma de su conducta. En toda su mocedad se conservó Fidel exento de los vicios a que suele estar sujeta la incauta juventud, y a los cuales suele desempeñarse impelida ya del ardor de las pasiones, ya del pernicioso ejemplo de los compañeros.
Dotado de gran aplicación, estudió humanidades en la Universidad de Friburgo, y amante de que en todo resplandeciera la Justicia, determinó seguir la carrera de Derecho. Graduado de Doctor, Fidel abrió su estudio de abogado y empezó a patrocinar las causas de los litigantes con mucho crédito, así por su doctrina como por su reconocida piedad.
Todos los días, antes de entregarse a las obligaciones de su noble profesión empleaba un poco de tiempo en la oración y en la lectura de algún libro espiritual. Era muy devoto de la Santísima Virgen, en cuyo honor ayunaba todos los sábados a pan y agua, y a quien encomendaba la solución de sus asuntos.
Espíritu recto, escrupuloso, justiciero, imparcial, refractario a transigir con la injusticia, por poderosa que fuera la presión que sobre él quisieran ejercer, se ganó profunda antipatía entre los elementos políticos de su país, que veíanle como un obstáculo para la realización de todos esos bastardos fines que mueven los desorganizados engranajes de una corrompida sociedad.
Conociendo Fidel cuán grande era el disgusto que su gestión de justicia producía en aquellos desmoralizados ciudadanos, y temiendo que a la postre, por conquistarse el beneplácito de las clases directoras, claudicase de su deber y perdiera, por condescendencias culpables, la paz de su conciencia y la felicidad de su alma, resolvió apartarse del tumulto del foro, de las cavilaciones y sesgados manejos de litigantes, fiscales y defensores, y abrazar en cambio otro estado en el cual con mayor seguridad pudiera dedicarse al negocio de su eterna salvación, único hacia el que deben tender todas nuestras aspiraciones.
Con tan santo objeto se presentó en el convento que los Padres de la Seráfica Orden de San Francisco tenían en Friburgo, y rogó encarecidamente al Provincial tuviera la caridad de admitirle en aquella ilustre corporación.
Expúsole el venerable religioso los sacrificios que imponía la vida del claustro, sus trabajos, sus penitencias, sus austeridades. Pero a todo respondió el Santo que su voluntad era firmísimo, fruto de una larga reflexión. Sin embargo, el Padre Provincial, temeroso de que aquella vocación no fuese inspirada por el cielo y obedeciera a móviles terrenos, le aconsejó aguardase algún tiempo más, prometiéndole que si persistía en sus deseos no tendría reparo en admitirle a la vida religiosa.
Marchó Fidel, pero anhelando llevar a la cima cuanto antes sus propósitos, emprendió los estudios de la carrera eclesiástica, y habiendo sido promovido a todas las órdenes y consagrado sacerdote en pocas semanas mediante un indulto de la Sede apostólica, logró lo que tanto deseaba, siendo recibido al fin en la venerable Orden de los Capuchinos, el 4 de Octubre del año 1611.
Aunque había entrado en religión a la edad de treinta y cinco años, se amoldó desde luego a las costumbres de los Capuchinos y a las muchas mortificaciones con que suelen ejercitarse los nuevos religiosos. Obediente, humilde, caritativo, piadoso, pronto se captó la admiración y el cariño de sus compañeros, que le miraban como un modelo de todas las virtudes.
Destinado, en vista de sus excepcionales aptitudes, al ministerio de la predicación, el Santo, por orden superior, recorrió las principales ciudades de Alemania, siendo admirable el fruto de su labor evangélica.
Su caridad era inagotable: baste citar como ejemplo que habiendo sido atacado el ejército austriaco, a la sazón acuartelado en una de las provincias alemanas que el Santo recorría, de una enfermedad infecciosa que ocasionaba gran número de víctimas, el ilustre capuchino, sin temor al contagio, asistió a los pobres enfermos con una intrepidez asombrosa, administrándoles los Santos Sacramentos, curándoles las llagas, dándoles de comer con su propia mano, y haciendo, en fin, con ellos, el oficio del enfermero más caritativo y complaciente.
En medio de sus largas y fervientes oraciones, dos cosas pedía a Dios con gran insistencia: que no le dejase caer jamás en ningún pecado, y que le hiciese la gracia de perder la vida en defensa de nuestra santa fe y en obsequio de la religión católica.
Plugo al Señor satisfacer aquellos ardientes deseos. Habiendo recobrado el archiduque Leopoldo algunos valles del país de los grisones, donde imperaba el calvinismo, quiso que varios misioneros católicos pasasen allí para tornar al seno de la verdadera Iglesia el gran número de almas que habían sido maculadas por los errores de la herejía protestante.
Con tan piadoso fin fueron elegidos diez religiosos capuchinos, y mediante la autoridad del Sumo Pontífice, la congregación de Propaganda FIDE escogió por cabeza de la sagrada misión al glorioso San Fidel. Este, en unión de sus religiosos compañeros, dirigióse a últimos del año 1621, al lugar donde su presencia juzgábase necesaria.
De aldea en aldea marchó el incansable apóstol predicando a todos la palabra divina, logrando en poco tiempo que gran número de aquellos herejes abrazasen la verdadera fe.
Indignaron estos triunfos a los ministros calvinistas, los cuales, no pudiendo sufrir la merma que diariamente, por la elocuente predicación del infatigable capuchino, experimentaban sus huestes, determinaron quitarle la vida.
Para ello instaron al santo misionero que fuese a predicarles en la iglesia católica de Servis. Accedió Fidel, y aunque al subir al púlpito halló en un papel escrito: “Hoy predicarás y no más”, no se arredró; antes por el contrario, su corazón inundóse de celestial alegría, pues adivinaba que muy pronto tendría la inmerecida honra de ceñir a sus sienes la corona del martirio.
Terminado el sermón, donde su alma, enamorada del Bien Sumo, transparentóse en cada una de sus frases tiernísimas, el Santo se dirigió al Altar Mayor, haciendo ante el Señor un acto de profundo adoramiento. Después, para que el pecado de los que querían arrebatarle la vida no fuese tan grave, salió al atrio de la iglesia, donde ya le aguardaben buen número de fanáticos calvinistas, los cuales se abalanzaron con furia al humilde apóstol capuchino, e infiriéndole veintitrés heridas, dejaron su venerando cuerpo en tierra, mientras el alma del justo escapábase de los ligamentos terrenales, ascendiendo al cielo en busca de una gloriosa inmortalidad.
Acaeció este martirio el 24 de abril de 1622. San Fidel había nacido el año 1577, en Sigmaringa, pequeña ciudad de Suecia, en el obispado de constanza. Contaba, pues, cuarenta y cinco años de edad.
A los seis meses del martirio sus reliquias fueron transportadas del lugar de Slvis, donde se sepultaron, a la cercana ciudad de Coire.
Fue canonizado solemnemente por Benedicto XIV el 15 de Febrero del año 1719.

lunes, 23 de abril de 2012

SAN JORGE






Después de la dignidad sacerdotal, la militar ocupa el primer puesto. ¿Qué sería de la sociedad sin ministros de la cruz y de la espada? ¿Qué sería de todos nosotros si no hubiese varones abnegados que consagrasen su vida en defendernos? Porque la misión del sacerdote y del soldado, es esa: defendernos. El primero lucha contra nuestros enemigos invisibles: las malas pasiones, los instintos groseros, los vicios, las dudas, el error…, todo cuanto puede oponerse a la felicidad del alma y hacernos perder para siempre la patria celestial. El segundo libra combates contra los hombres que, guiados por el afán del lucro y la conquista, llegan a las fronteras ávidos de arrebatar territorios que no les pertenecen. Nuestra seguridad, nuestra independencia, radican en la fuerza del soldado. ¡La fuerza que, en estos casos, es la garantía del orden!
Por eso inspiran tanta simpatía los ejércitos nacionales. Cuando ellos, uniformados, ordenados, desfilan al compás de una marcha briosa ante la multitud, ésta se conmueve, y su corazón transpira ráfagas de entusiasmo… No es el uniforme brillante lo que seduce, ni el esplendor de las espadas desnudas que besa el sol, ni el aire marcial de los instrumentos músicos… Ella, la vulgar muchedumbre, no sabiendo explicar la verdadera causa de aquel contentamiento que invade su espíritu, lo atribuirá quizá a lo accidental y accesorio. Pero en realidad no es así, obedece a la confianza que la inspira el soldado a su paso; sabe que él es la salvaguardia de sus derechos, la tutela de sus intereses, el centinela del hogar nacional, cuyos umbrales no pasará ningún intruso mientras le quede al soldado un hálito de vida… Y cuando por encima del brillante pelotón de los guerreros la bandera asoma, todos, hombres y mujeres, niños y ancianos, le rinden profundo acatamiento, porque aquel trozo de tela sublime que el viento acaricia, es la Patria llevada en alto por sus leales defensores; ¡todo va allí!, nuestras creencias, nuestro idioma, nuestros amores, nuestras costumbres, nuestros hogares, ¡toda la tierra bendita donde empezamos a vivir y donde empezamos a querer!... Quien la conduce, moriría antes de entregarla al enemigo. Y cuando sus manos, desangradas y entorpecidas por la lucha, no pueden sostener la gloriosa enseña, la pondrá en las manos animosas de otro esforzado compañero, quien, como aquél, la mostrará orgulloso en ademán de triunfo. Y así irá la bandera, de uno a otro paladín. Y el pueblo respirará tranquilo porque sabe que su Patria está amparada por la fuerza del militar pundonoroso y bravo.
¡Triste es confesarlo!; pero solamente en la fuerza estriba la libertad y garantía de las naciones. El amor universal no ha llegado todavía al mundo. Todos los días pedimos a Dios que llegue a nosotros su reino, el reino de la paz; pero la plenitud de la paz y del amor sólo se halla en el cielo. Allí, donde no puede penetrar el odio, nos amaremos intensamente los unos a los otros sin bastardías y egoísmos. Aquí abajo, en la tierra, hacen falta los ejércitos permanentes. Cuando no podemos tiranizar a los otros, nos tiranizamos a nosotros mismos.
Las almas de los ciudadanos forman el alma de los pueblos. Cada pueblo tiene su alma, que es la suma de los muchos odios y de los escasos amores de sus hijos…
Las naciones gustan de alimentarse con naciones, y por esto, para preservarse del mal común, inventaron, primero la saeta, después la lanza, luego el cañón… más tarde, ¡quién sabe!... Hoy unas, mañana otras, las naciones no dejan de azuzarse, pese a todas las predicaciones pacifistas. Las sesiones de ginebra y de la Haya, proclamaron el ideal cristiano de la paz Pero ¿dónde está la paz? Mientras se habla de paz, emperadores, reyes y presidentes de república afilan sus bayonetas, y ensayan nuevas fórmulas de explosivos…
Digámoslo para nuestra confusión, para nuestra vergüenza: necesitamos el auxilio de la fuerza; tenemos que pedir y bendecir los ejércitos; tenemos que hacer votos porque no concluya esa raza de héroes, prestos siempre a derramar su sangre por la seguridad de nuestros estados.
A esa raza inmortal perteneció San Jorge.
A los diez y siete años abrazó Jorge la carrera de las armas. Su inteligencia y su ternura le merecieron la estimación del emperador Diocleciano, quien en pago de los grandes servicios prestados a la patria, nombró a Jorge tribuno militar, grado equivalente al nuestro de coronel.
La conciencia y el honor fueron los rasgos distintivos de este militar ilustre. Y por esto, por su conciencia, por su honor, Jorge, que siempre había cumplido estrictamente sus deberes de soldado, se negó a obedecer, en cierta ocasión, las órdenes del emperador de Roma. No quiso coadyuvar al crimen. Rehusó amarar con la fuerza de sus armas la barbarie y la tiranía. ¿Fue este un acto de indisciplina?
La obediencia alcanza sus límites, como lo alcanza el mandato. Cuando el mandato atenta a nuestra dignidad, a nuestra conciencia, a nuestro honor, entonces nos es lícito declararnos en rebeldía, desoír la voz autoritaria, venga de donde viniere. Lo contrario, en vez de engrandecernos, nos envilecería.
Y si en nuestra obediencia estriba la felicidad o la desgracia, no ya de nosotros mismos, sino de toda una colectividad, de toda una nación, cuya seguridad se halla en nuestras manos, entonces, la obligación de no acatar mandatos que lesionan ajenos intereses reviste un grado mayor. Ya no nos pertenecemos a nosotros, sino a los demás.
Por eso, el militar, más que nadie, está obligado a no obedecer la injusticia y la iniquidad. Y San Jorge que era el modelo del soldado, aparece magnífico, sublime cuando se opone a las órdenes impías del feroz Diocleciano. ¿Por qué han de violarse inocentes vírgenes? ¿Por qué han de sacrificarse indefensos niños? ¿Por qué no han de ser libres para adorar a Cristo? Si adoran los gentiles a los falsos dioses, ¿por qué ellos, los cristianos, no han de rendir culto a su Dios, al mismo Dios verdadero?...
¡Al único Dios, sí! San Jorge lo proclama, lo confiesa, lo acata públicamente. Ni el interés ni el miedo logran que haga traición a su honor, a su conciencia y a su fe. Es el soldado valiente que lucha contra la iniquidad. Por eso se le representa con una lanza hendiendo el cuerpo de descomunal dragón, imagen que hace referencia a un episodio de su vida, que unos autores, como Juan Darche, consideran histórico, y otros meramente legendario. Sea cierto o no, real o simbólico, signifique la victoria sobre un dragón verdadero, o el triunfo sobre la idolatría y la liberación del alma, siempre, San Jorge atravesando con su lanza al monstruo, representa, como dice muy bien Ernesto Hello, la victoria sobre un enemigo, la derrota del fuerte, la libertad del débil, e indica el carácter de San Jorge. San Jorge debía ser, primero, soldado pundonoroso, del ejército de Roma, luego atleta invencible del ejército de Cristo, después el gran mártir, como le llaman los griegos, y por último, el patrón de las victorias, el tutelar de los héroes cristianos. Empezó con el heroísmo natural para llegar al sobrenatural. Los dones sobrenaturales –dice el Padre Faber-, se injertan siempre en los dones naturales que les son más análogos.
Ved a San Jorge, pletórico de fortaleza cristiana, frente a Diocleciano, respondiendo a las blasfemias que el monarca impío profiere contra el Salvador de los hombres.
“Emperador, yo soy cristiano y no temo afirmar públicamente mi fe y mi amor al Rey celestial a quien acabáis de ofender. ¡Qué extraño error es el vuestro en envileceros con el culto de los ídolos y en prosternaros ante unos pedazos de metal y piedras! En las estatuas que llenan vuestros templos sólo adoráis al demonio. No hay más que un solo Dios verdadero y es el Dios de los cristianos, que ha criado el cielo y la tierra, y que es el único que merece nuestras adoraciones y homenajes.”
Y aun añadía, atajando con denuedo las palabras persuasivas de tan astuto como cruel monarca: “Soy cristiano, y el Dios a quien sirvo me dará la victoria sobre Satanás y sus ministros; ten, pues, entendido que ni me han de ablandar tus ruegos, ni me han de arredrar tus amenazas. Todos tus beneficios son vanos y tus presentes semejantes al humo que disipa el viento; tu poder es pasajero y tu trono vacila ya bajo tus pies. No echo de menos los honores que me has concedido hasta el día, porque aspiro a la gloria eterna. ¡Oh! Permita el cielo que conozcas muy pronto al dios Omnipotente, que a mí y a todos los que le aman reserva bienes imperecederos.”
Diocleciano ya no quiso oír más, y entonces ordenó a sus verdugos iniciaran sobre el cuerpo de San Jorge aquella serie de horribles tormentos que valieron al Santo el sobrenombre inmortal de gran mártir.
Un ilustre historiador eclesiástico, hablando de San Jorge, dice que sufrió mil muertes, una tras otra. Por esta exageración sublime, sospechamos algo de las cruelísimas torturas con que afligieron el cuerpo de aquel esforzado paladín de nuestra fe. La piedra, el látigo, la rueda dentada, el borceguí de hierro, el amargo brebaje, el fuego, la cal…: no hubo instrumento de martirio que sobre el ínclito soldado dejara de ensayarse. Pero todos los suplicios resistiólos el gran mártir entre cánticos de alegría, recitando los salmos de David. Y no murió hasta que el Santo suplicó a Dios se dignara concederle al fin la palma del martirio. Entonces, al fiero golpe de uno de sus verdugos, que le cortó la cabeza, exhaló su postrer suspiro aquel hombre insigne que tuvo la santa audacia de rebelarse contra el poder ominoso de un tirano.
San Jorge había nacido el año 280, en Capadocia, o, según otros, en la ciudad de Diospolis o Lidda (Palestina).
Como las actas de este santo fueron alteradas en el siglo IV por los herejes arrianos, es difícil discernir la veracidad de muchos detalles.
La devoción a San Jorge se halla muy extendida. La Iglesia le invoca como a uno de sus protectores en los combates contra la verdad y la justicia.
San Teodoro Siceata, al predecir al conde Mauricio su futuro advenimiento al imperio griego, recomiéndale que tenga devoción especial a San Jorge. Dícese que San Jorge se apareció al ejército de los cruzados antes de la batalla de Antíoco, y que los infieles fueron vencidos por gracia suya. Háblase también de otra aparición de San Jorge a Ricardo I, rey de Inglaterra, que combatió victoriosamente contra los sarracenos.
La ciudad de Constantinopla tuvo en otro tiempo varias iglesias dedicadas a San Jorge. La más célebre se hallaba a orillas del Helesponto o estrecho de los Dardanelos, por lo cual se ha llamado a dicho brazo de mar Brazo o Canal de San Jorge.
San Jorge era el patrón principal de la república de Génova, y en un Concilio nacional celebrado en Oxford el año 1222, se declaró su festividad de precepto para toda Inglaterra.
En España se le rinde gran culto, especialmente en Alcoy (Alicante), donde las fiestas de San Jorge, patrón de la ciudad, revisten esplendor extraordinario.
La villa de Cheviéres, cerca de Compiegne (Francia), posee varias de sus reliquias, y en Diospolis, su ciudad natal, según algunos, se ve aun una iglesia edificada por Justiniano en honor de tan valeroso cristiano.
La fiesta de San Jorge se halla señalada en todos los martirologios el 23 de Abril.

domingo, 22 de abril de 2012

LOS MÁRTIRES DE PERSIA



No hay rincón sobre la tierra que no se haya teñido con la sangre de algún mártir. Desde Oriente a Occidente corrió el precioso caudal que atesoraban las venas de los grandes Santos… La Iglesia cristiana tiene sus fundamentos en el sacrificio, en el heroísmo, en la abnegación… Jesús vertió su sangre divina para lavar los pecados del mundo y darnos la vida de la gracia. Y sobre esa sangre del Redentor de los hombres, acumularon la suya los innumerables mártires que esmaltan, con sus nombres prestigiosos, las páginas de la historia cristiana.
¡Ah!, toda esa brillante legión de mártires, que resistieron impávidos la acometida de fieros enemigos; aquellos ancianos decrépitos, aquellas vírgenes valerosas, aquellos niños de corazón varonil, todos los ilustres cristianos que no retrocedieron en la hora suprema del peligro, y fueron radiantes de santo júbilo a inmolarse en aras de la verdadera fe, pregonan elocuentemente la grandeza de esta religión cristiana instituida por Dios.
Porque, ¿quién sino Dios podía haber dado a aquellas almas la necesaria fortaleza para confesar hasta el fin, sin temor a los tormentos y a la muerte, su sacratísimo nombre? Dios llenaba sus mentes de radiosa claridad e infiltraba en sus corazones las centellas de su amor. Y con esa luz y esa caridad divina, el mártir soportaba, con celestial fruición, las torturas de sus crueles verdugos.
¡Ah!, iniciad persecuciones, dirigid, tiranos emperadores, vuestra saña contra los valientes confesores de la verdad: vuestro odio sólo servirá para hacer resaltar el gran amor que profesaban a Cristo, para escribir en la historia las hecatombes sublimes de Roma, Zaragoza, Alejandría, Persia y cien regiones más, donde los fieles cristianos ganaron laureles de gloria inmarcesible.
Hemos nombrado a Persia, la nación que, en el siglo IV, fue teatro de sangrientos martirios. Hoy hace la Iglesia conmemoración de ellos, y nosotros no queremos pasar este día sin dedicar algunas líneas a aquellos ínclitos campeones de nuestra fe.
¡Toda la astucia y crueldad de Sapor II, se estrelló contra la indomable energía de quienes iban revestidos con la fortaleza de Dios…! ¡Murieron, pero murieron con la sonrisa en los labios, confesando a Cristo, alabando a Cristo…!
Desde fines del siglo III, gloriábase Persia de poseer una cristiandad floreciente. Sin embargo, Dios, que gusta de purificar el alma de sus elegidos con duras pruebas, iba a permitir que un dictador impío suscitase violenta persecución contra ellos. Los horrores del imperio romano, que por trescientos años se había embriagado con la sangre de los mártires, iban a reproducirse en Persia, donde Sapor, durante un reinado de setenta años, el más largo que registra la historia, emularía las crueldades de los Nerones y Dioclecianos.
Los historiadores Sozomeno, Eusebio y Teodoreto, hacen subir a diez y seis mil el número de víctimas; y un autor persa asegura que la cifra de los mártires se elevó hasta doscientos mil.
La persecución presentó diversas fases. Empezó en el año 327, se mostró cruel y rigurosa hasta el año 346, pero en realidad no terminó sino con la muerte del tirano, ocurrida el año 380.
¿El móvil de esta gran persecución? No fue otro sino el odio y el orgullo de Sapor; orgullo que llegó hasta el extremo de que Sapor titulárase hermano del sol (dios de la religión persa), primo de la luna y camarada de los demás astros.
Algunos historiadores suponen también como origen de esta persecución una razón política: el emperador Constantino, convertido recientemente a nuestra fe, había admitido entre los oficiales de su ejército a un tal Hormisdas, hermano del padre de Sapor. Hormisdas, que había abrazado el cristianismo, huyó a Roma a implorar auxilio del primer emperador cristiano, y habiéndolo tomado a éste bajo su protección, desbaratando así los planes sangrientos que respecto a él abrigaba el emperador de Persia, excitó la cólera de Sapor, quien juró tomar venganza, descargando su furia contra todos los cristianos de su imperio.
La persecución arranca en virtud de un edicto promulgado el año 327, décimo-octavo del reinado de Sapor.
Hubahán fue una de las primeras ciudades víctimas del furor persa. Numerosos fieles son encarcelados en lóbregas mazmorras, donde se les invita a renegar del nombre de Cristo y a adorar al sol, si no quieren sufrir la muerte después de los grandes tormentos que los sicarios del emperador ya les tienen preparados.

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sábado, 21 de abril de 2012

SAN ANSELMO



“Cuesta más trabajo ser sabio que ser Santo”. Si esto lo dijo aquel hombre insigne, San Anselmo, Arzobispo de Cantorber, ¿qué diremos nosotros, inteligencias mediocres que, para volar por los espacios de la ciencia, necesitamos muchas veces cabalgar sobre las alas extendidas de alguna de esas colosales águilas de pensamiento?
Todos, si quieren, pueden ostentar más o menos fúlgido, alrededor de sus cabezas, el halo de la santidad, porque todos llevan un alma que en un principio fue buena e inocente, y todos pueden recuperar la bondad y la inocencia, y hacerlas reflorecer en el espíritu, regándolo con lágrimas de sincero arrepentimiento…
¿Quién, viendo a Thais la pecadora y a María Egipciaca, hundidas en el lodazal del vicio, hubiese pensado que por un esfuerzo supremo de su voluntad, habían de elevarse y hacerse dignas de los celestiales premios del Señor? Para ser Santo no hay más que poner nuestro empeño en serlo. Aquí se cumple el adagio: “Querer es poder”. Cuantos se propusieron con empeño ser Santos, lo han sido. Ni es exclusiva la santidad de este o aquel estado, de esta o aquella profesión, de este ingenio asombroso o aquella nulidad científica. La santidad se halla al alcance de todos los mortales. Ha habido Santos en los palacios y en las cabañas, en la quietud de los desiertos y en el bullicio de la ciudad; Santos niños, Santos jóvenes, Santos ancianos; Santos que hicieron voto de virginidad y Santos que se enlazaron con sus vínculos del matrimonio; Santos que pasaron toda su vida en bibliotecas y laboratorios, y Santos que no supieron leer...

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viernes, 20 de abril de 2012

SANTA INÉS DE MONTEPULCIANO



Todos los días, apenas la esquila parroquial convocaba a los fieles, iba a Montepulciano desde humilde pueblecillo, enclavado en sus cercanías, una niña encantadora. Sólo un afán la guiaba: asistir al Santo Sacrificio de la Misa. Montepulciano es una pequeña ciudad de Italia, situada en el antiguo ducado de Toscaza, departamento de Arezzo.
A la entrada de la citada población, alzábase para desdicha de sus habitantes, en la época a que hace referencia nuestra historia, una de esas mansiones míseras donde el vicio gusta de fijar su residencia. A través del enrejado de sus balcones percibíanse algunas voces groseras, frases de liviandad y escándalo, y asomaban desvergonzados rostros en cuyos pómulos el licor puso colores de embriaguez, y en cuyos ojos destellaba el mirar impúdico.
Junto a aquellos muros había necesariamente de pasar, dirigiéndose a Montepulciano, la niña angelical que por su nombre, por su amor a Dios, por su inocencia y demás virtudes, era digna hermana de aquella gran Santa Inés martirizada en Roma.
Sólo contaba nueve años, y ya era famosa en toda Toscaza la virtud de Inés de Montepulciano. Su nombre había llegado en brazos de la alabanza popular hasta la mansión donde el pecado tenía constantemente su refugio; y las desdichadas mujeres que allí vivían, sabedoras de que Inés dirigíase todos los días a Montepulciano, procuraron en cierta ocasión estar al acecho de su paso, con objeto de burlarse de ella, y si posible fuera, atraerla a su camino de perdición.
Como de costumbre, la piadosa niña encaminábase un día a la vecina iglesia parroquial. Cuando ya estaba cerca del sitio aquel donde la liviandad había sentado sus reales, escuchó estruendosas carcajadas y frases burlonas y soeces. Y frente a ella, formando desvergonzado grupo, las pobres víctimas de las pasiones impuras incitábanla a entrar en su infame tugurio.
No se arredró Inés por aquel encuentro inesperado, pues quien tiene conciencia de su propia fuerza, sabe positivamente que nadie puede torcer el rumbo impuesto por su voluntad. Inés sólo tuvo un pensamiento: rogar allí mismo por aquellas desgraciadas a Dios, e hincando las rodillas y alzando sus puros ojos al cielo, empezó a orar con la voz del alma…

(CONTINUARÁ… Pag 408)

jueves, 19 de abril de 2012

SAN EXPEDITO






“Mañana!” He aquí la respuesta que muchas veces nos damos a nosotros mismos, cuando sentimos acariciada el alma por una dulce voz interna que nos invita a realizar alguna buena acción.
“¡Hoy!” He aquí, en cambio, lo que respondemos al punto cuando nos espolea algún deseo que nos induce al mal.
Negligencia para lo recto, lo noble, lo digno; diligencia para lo torpe, lo liviano, lo impuro… Es la característica de la humanidad.
Flojos, perezosos, indecisos ante las ocasiones que se nos presentan de practicar la virtud, dejamos pasar las mejores horas de nuestra vida sin adquirir los verdaderos méritos; en tanto que las empleamos en acudir solícitamente a aquello que sólo puede ocasionar nuestra ruina de alma y de cuerpo. Todo lo bueno para mañana; todo lo que merece reprobación y censura para hoy. ¡Y si al menos ese mañana, para muchos remisos llegase alguna vez!... ¡Pero si siempre en ellos es el hoy de irreligiosidad, de crápula y libertinaje!...
Aplastar ese mañana que nos impide gozar hoy de la tranquilidad de conciencia, no fiar al porvenir lo que puede hacerse en el presente, debiera ser la norma de nuestra cristiana conducta.
Y esto es a lo que nos invita el glorioso San Expedito.
¿No visteis la imagen de este mártir ilustre? San Expedito aparece vestido con el uniforme de los soldados romanos. En una de sus manos sostiene la palma de su triunfo, de su martirio, y en la otra eleva una cruz donde se graba esta palabra latina: Hodie. Un cuervo, bajo los pies del santo, parece que pugna por desasirse; pero la planta del ínclito soldado fijándose fuertemente sobre las alas del ave, imposibilita todos sus esfuerzos para huir.
¿No adivináis el símbolo de esta figura? La cruz, arriba, alzada triunfalmente por el valeroso atleta de Cristo; el cuervo, abajo, aprisionado por los pies del mártir glorioso La cruz lleva esta inscripción: “Hodie” que quiere decir hoy. El cuervo… ¿No oísteis alguna vez su graznido? “Crás-crás”. Pero crás en la lengua del Lacio significa “mañana”.
El Santo parece decirnos: “Cristiano, alza como yo la cruz; levántate por los sacrificios, las abnegaciones, la caridad al prójimo, la penitencia”. Embraza todas las virtudes; haz con ellas tu hodie; ninguna de las inspiraciones santas, de los buenos deseos, de los nobles anhelos de regeneración, dejes para el mañana, para el crás. El negro cuervo que lo profiere, revuélquese a tus pies, retenlo con energía, con fuerza, con fiereza, para que no pueda escapar, para que no pueda subir y revolotear con sus negras alas alrededor de tu cabeza aturdiéndose con su sordo graznido: “crás-crás”, “mañana-mañana…”
Sí: San Expedito, el abogado especial de los asuntos arduos, de los casos urgentes, espirituales y temporales; de las personas que tengan negocios no reñidos con la sana moral cristiana y que requieran pronta solución, nos enseña con su actitud que no debemos hacer caso de la falsa teoría de los pecadores, quienes siempre para salir de sus miserias, tienen presente en vez del hoy, el mañana, indeciso y vago… Enséñanos que no debemos dilatar el pedir al Rey de las celestiales misericordias, las gracias que necesitamos para salir de nuestra abyección; que no debemos nunca dudar de la bondad divina; que es preciso seguir las suaves inspiraciones del Señor; en suma, que no debemos dejar para mañana todo lo bueno que se puede y se debe hacer hoy.
¡Mañana!... ¡Hoy!... ¿Pero nos hemos dado exacta cuenta de lo que representan estas dos palabras? Mañana, es el porvenir, nebuloso, sombrío, inseguro. Hoy, es el presente, efectivo, cierto. Todo lo bueno que hagamos hoy, estará hecho. Todo lo bueno que dejemos por hacer para mañana, no sabemos si se hará.
Fijémonos por un instante en la calidad de nuestro poder para abrazar la virtud. Un acto solo de nuestra voluntad puede hacernos profesar el bien. El bien lo podemos alcanzar en cuanto queramos. Si deseamos ser buenos, abnegados, virtuosos, lo seremos, indudablemente, como somos por nuestra propia voluntad hombres pecadores. El pecado y la virtud caminan junto a nosotros. En nosotros está decidirnos por uno de los dos. En esta elección nuestro gusto es rey. No ocurre lo propio en los otros deseos que agitan nuestro espíritu. Quisiéramos ser ricos, pero las dificultades se amontonan, y no podemos pasar de una decorosa medianía. Quisiéramos honores, encomiendas, veneras y cruces, pero la superioridad no juzga nuestros hechos dignos de tales honras. Quisiéramos emular las glorias de aquel sabio o aquel artista, pero nuestro talento es mediocre, y por más esfuerzos que hagamos jamás llegaremos a ostentar el laurel de sus resonantes triunfos…
“Querer es poder”, dice un antiguo refrán. No es rigurosamente exacto: nuestros deseos se estrellan muchas veces contra obstáculos invencibles. Quien carece de genio poético, aunque quiera, no arribará a la morada del Dante, como Dante, a pesar de su gran talento, no hubiera podido, de proponérselo, trabajar con igual éxito en el terreno de los Pitágoras y Arquímedes.
Cada cual nace con su aptitud especial: fomente esta aptitud y acaso sea una celebridad; pero sálgase del marco que le trazó Dios, y entonces, por muchos esfuerzos que realice, apenas si logrará entreabrir la puerta de aquella ciencia, profesión o arte en torno de la cual flotan sus deseos.
“¡Querer es poder!”… ¡Cuántos quisieran llevar sobre sus cabezas la corona de un rey, y sólo alcanzaron que rodasen sus testas ambiciosas al certero hachazo del verdugo!...
“¡Querer es poder!”… ¡Desde hace veinte siglos los enemigos de la Iglesia sistemáticamente, continuamente, en una u otra forma, revestidos con este o aquel disfraz, trabajan por destruirla, y la Iglesia de Cristo permanece en pie, desafiando las iras de los hombres!...
Desengáñense: en rigor, sólo hay una cosa que en queriendo se puede alcanzar: la virtud. Para conseguirlo no hay sino querer enderezar la voluntad hacia el bien. Y como todos tenemos voluntad, todos, si queremos, podemos ser virtuosos. ¿Quién no ha sido bueno alguna vez? ¿Quién no ha prestado un consuelo, quién no ha dado una limosna, quién no se ha compadecido, aunque fuera momentáneamente, de la ajena desgracia? Todos han sido buenos: ¡pues qué!, ¿la niñez tiene malicias? ¿Y todos no fuisteis niños?
Pues si fuimos buenos, heri –ayer-, ¿por qué no serlo hodie –hoy-, y… ¡siempre hoy!, y…¡siempre hoy!, sin aguardar al cras –mañana? ¿Por qué no empezamos desde ahora a predicar la virtud y lanzar fuera de nosotros al vicio? En el mismo instante en que con el pensamiento, con la palabra o con la obra consumamos nuestro delito, ya se fulminó contra nosotros terrible sentencia de eterna condenación. Desde que ese delito se llevó a cabo, exclusivamente para castigarlo se hallan dispuestos los eternos atormentadores. Y sabiéndolo, ¿no experimentaremos temor alguno? ¿Tendremos aun valor para confiar nuestro arrepentimiento al mañana inseguro? ¿Nos atendremos más bien a la opinión que nos anima a confiar en medio del riesgo, que a la que nos exhorta a temer santa y provechosamente?
“¡Crás-crás!” ¡Mañana-mañana!..., decís: ¿Y si la muerte os sorprende hoy? ¿Hay algo que pueda prometernos con seguridad un solo momento de vida? Las Parcas no son tres, como decían los antiguos, sino innumerables. Cada hombre puede esgrimir alrededor nuestro la funesta hoz. Y del mismo modo que el hierro engendra el orín, la madera su carcoma y el paño su polilla, el hombre engendra dentro de sí mismo a la muerte. Si esto es así, si la muerte puede sorprendernos cuando se le antoje, aplazar para mañana nuestra enmienda es la mayor de las locuras.
Sabe el pecador que mientras no se arrepienta, la pira eterna se está alimentando para recibirle; y sin embargo, sigue con sus malas costumbres: si usurpó haciendas, no las restituye; si manchó reputaciones, no se apresura a darles su primitiva limpidez; si odia, no sustituye el odio por el cariño… Inmóvil para el bien, y afanoso para el mal, deja transcurrir las horas, y ese mañana de moral rehabilitación no llega nunca. Siempre es el hoy preñado de concupiscencias y desordenados deseos. Los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años…, pasan sobre él sin querer salir del pantano donde se sumergió. “¡Crás-crás!” ¡Mañana – mañana!...
¡Ojalá que en la festividad de San Expedito, nuestro corazón, en presencia de la imagen del milagroso guerrero, se apresure a pedirle, no la consecución de este o aquél deseo frívolo y mundano, sino el tesón necesario para aplastar el cuervo simbólico de un futuro de conversión que nunca llega, y alzar en nuestras manos la Cruz bendita con su hodie refulgente de sacrificios, caridades y abnegaciones!
Porque esto, que es nuestra felicidad temporal y eterna, es lo que debemos pedir al glorioso mártir San Expedito. San Expedito, como todos los Santos, sólo puede abogar por nosotros en aquellos asuntos que no se opongan a nuestro aprovechamiento espiritual. Decimos esto, porque no han faltado devotos sui géneris –los llamaremos así- de este Santo, que han marcado sus peticiones con un tinte tan extremado de mundanalidad, que, al creyente fervoroso, al católico grave y sincero, movieron a indignación, y en los labios de nuestros enemigos provocaron burlonas sonrisas.
Estos devotos remedaron la costumbre de aquellos célebres bandidos que correteaban por la serranía andaluza en tiempos antiguos, los cuales encendían una lámpara a la Virgen para que los pusiera al alcance de ricos viajeros a quienes poder desvalijar.
¿Puede darse un concepto más equivocado de la Religión? ¿Puede llegar a más la estulticia de muchos hombres? ¡Pedir a un Santo que abogue porque se realice un mal, un grave daño, un pecado grosero…! Pero ¿quiénes eran los que así procedían…? ¿Hasta qué extremo puede llegar la locura o la candidez?
Afortunadamente, enterada la Santa Sede de estos desvaríos que comprometían grandemente la seriedad de nuestra Religión y ofendían al Santo ilustre, cuyo culto comenzaba a extenderse, puso coto al abuso dictando acertadas disposiciones.
Y aquí hace falta aclarar un punto. Creen muchos que la Autoridad apostólica abolió el culto de San Expedito. No es así: la Iglesia, por la devoción errónea de algunos fieles, no puede quitar de los altares los Santos, las venerandas figuras que han sido consagradas por la tradición de muchos siglos y cuyos nombres figuran en las páginas del martirologio. San Expedito, como siempre, continúa en los altares de la Iglesia, que le mira como a uno de los muchos esclarecidos mártires que vertieron su sangre por la causa divina del Salvador. En su honor celebran anualmente solemnes cultos las cofradías que le tienen por su celestial patrono, y a él acuden reverentemente las personas en realidad piadosas que no bastardean sus peticiones con mezquinos intereses de la tierra. La influencia de San Expedito es grande, y siempre se halla pronto a interceder por el bien de aquellos que le invocan.
Lo mucho que se ha hablado –por las circunstancias dichas, que todos los verdaderos católicos lamentan- de San Expedito, ha sido causa de que algunos, fundados en las escasas noticias que tenemos del Santo, dudaran hasta de su existencia. Nada más lejos de la verdad. También se duda de Homero y Shakespeare, y sus obras geniales corren de mano en mano.
San Expedito vivió, y la cristiandad al rezarle y ofrecerle sus obsequios, no rinde culto a un fantasma.
San Expedito era jefe de una legión romana que marchó a las regiones del Ponto, donde por su amor a Jesucristo, alcanzó la corona de los mártires. Triunfo acaecido en la época de Diocleciano, siglo IV de la Iglesia.
No sabemos más, es cierto. Pero ya es bastante. Desconocemos los otros pormenores de su vida. A nosotros para glorificarlo, bástanos saber que tuvo el valor suficiente para derramar su sangre por Cristo. ¿Quién de nosotros hará igual?
Acudamos a este Santo, y para desagraviarle de las graves ofensas que muchos falsos devotos le han hecho, pidiéndole influyera en la realización de mezquinos negocios y asuntos terrenales, roguémosle lo que es más de su agrado: levantar como él en nuestra mano la cruz que ostenta el hodie, y oprimir, a imitación suya, el cuervo de negras alas que nos dificulta nuestra espiritual regeneración con su monótono e imperturbable “crás-crás…”
(CONTINUARÁ... Pag 392)