sábado, 28 de abril de 2012

SAN PABLO DE LA CRUZ




Toda la vida del Salvador sobre la tierra es un tejido admirable de divinas enseñanzas. Toda ella encanta y sacude el alma del fervoroso cristiano a impulsos de nobilísimos sentimientos. ¿Hemos dicho del fervoroso cristiano? Nuestros mismos enemigos, aquellos que no militan en el seno de nuestra bendita religión, se admiran y conmueven leyendo las narraciones evangélicas, las páginas sublimes de los cuatro libros inspirados, donde se delinea a grandes rasgos la excelsa figura de Jesús.
Y de entre todos los actos divinos que allí se refieren, no hay nada que les impresione tanto como las escenas de la Sagrada Pasión. Jesús-niño, en la cuna, adorado por los pastores, es una página tiernísima, cuya belleza no llega al corazón de muchos hombres, que perdieron con el transcurso del tiempo el encanto de la inocencia y sencillez primitivas, adquiriendo en cambio la prosaica rudeza de los años que van poco a poco deshojando, con los garfios de sus dedos, los blancos pétalos de aquellas rosas de sentimientos puros, exquisitos e ingenuos…
Jesús, mártir, y mártir por el ideal más sublime, cual es la salvación, el perdón, la felicidad –una felicidad eterna- del género humano, levanta el corazón de todas las muchedumbres, que ante el drama sublime del Calvario no pueden reprimir una exclamación de asombro. La grandeza del magnífico espectáculo anonada con su peso sublime al impío, que no sabiendo ya cómo exteriorizar el entusiasmo que le produce aquel hermoso sacrificio, y obcecado por otra parte con sus sistemáticas prevenciones, que no le dejan lugar a una declaración explícita y terminante, llega a decir sin embargo: “Si ese hombre no es Dios, merece serlo”.
No cabe mayor elogio que respecto a Jesús podamos exigir los creyentes de un materialista. ¿Cuándo hemos oído decir algo parecido en los discursos encomiásticos que ha prodigado la posteridad a los hombres ilustres de la Historia?
El sacrificio del Redentor produce en los hombres de todas las razas, de todas las castas, de todas las naciones una sensación indefinible… Jesús en la cuna, es como una de esas flores bellas que solamente saben apreciar las almas delicadas y exquisitas: pero Jesús en la Cruz se impone a todos, como se impone el rayo de la tempestad que surca la atmósfera. Jesús en la Cruz es la belleza trágica, la grandeza, la hermosura que abarca con sus brazos extendidos toda la redondez del mundo…
Y si hasta los mismos que le fustigan se sobrecogen y conmocionan y admiran cuando consideran ese pasaje con que termina su vida en la tierra el divino Salvador, ¿qué será para aquellos que le reconocen y le aman, adorándole como lo que es en realidad, Dios verdadero…?
¿Qué será de la consideración del drama del Calvario para aquellas almas devotas, exquisitamente sensibles y cristianas, que exhalan en todos sus actos y en todas sus palabras, como una ráfaga olorosa, su puro, entrañable, inextinguible amor a Cristo…?
La contemplación de Jesús crucificado fue para San Pablo de la Cruz su continuo objeto, y, deseando padecer por quien tanto padeció, desde niño comenzó a castigar su inocente cuerpo con ayunos, azotes y vigilias, llegando hasta el punto de beber, en los viernes de cada semana, vinagre con hiel desleída, en memoria de la amarga pócima que dieron cuando agonizaba en la Cruz al amado Redentor.
La característica de este gran Santo es su amor a la Cruz; este amor le hizo variar su apellido Daniel por el emblema de nuestra sagrada redención; le hizo alistarse en la cruzada que los venecianos armaron contra los turcos el año 1716, desechar ventajosas proposiciones matrimoniales, repartir toda su fortuna entre los pobres, instituír, en fin, la Congregación de los Pasionistas, que a más de los tres votos peculiares de cada Orden, ostenta el de promover siempre, en todo tiempo y lugar, la devoción y el amor a la sagrada Pasión de Jesucristo.
Son dignas de conocerse las circunstancias que motivaron la creación de este religioso Instituto. Había cumplido el Santo veintiséis años, y según su piadosa costumbre, después de haber comulgado en una iglesia de Padres Capuchinos, tornaba a casa ensimismado, como siempre, en la consideración de los misterios del Drama sacratísimo.
Apenas llegó a su casa, arrebatado en espíritu, se vio revestido por la Virgen de una túnica negra, la cual ostentaba un corazón con una cruz encima y este lema, marcado con letras blancas: Passio D. N. Jesu Christi: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
El divino Salvador hizo comprender a nuestro Santo que ésta era la divisa de una nueva Orden, que él, Pablo, en honra del Sacrificio del Dios-hombre, habría de fundar.

(CONTINUARA… Pag 534)

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