jueves, 19 de abril de 2012

SAN EXPEDITO






“Mañana!” He aquí la respuesta que muchas veces nos damos a nosotros mismos, cuando sentimos acariciada el alma por una dulce voz interna que nos invita a realizar alguna buena acción.
“¡Hoy!” He aquí, en cambio, lo que respondemos al punto cuando nos espolea algún deseo que nos induce al mal.
Negligencia para lo recto, lo noble, lo digno; diligencia para lo torpe, lo liviano, lo impuro… Es la característica de la humanidad.
Flojos, perezosos, indecisos ante las ocasiones que se nos presentan de practicar la virtud, dejamos pasar las mejores horas de nuestra vida sin adquirir los verdaderos méritos; en tanto que las empleamos en acudir solícitamente a aquello que sólo puede ocasionar nuestra ruina de alma y de cuerpo. Todo lo bueno para mañana; todo lo que merece reprobación y censura para hoy. ¡Y si al menos ese mañana, para muchos remisos llegase alguna vez!... ¡Pero si siempre en ellos es el hoy de irreligiosidad, de crápula y libertinaje!...
Aplastar ese mañana que nos impide gozar hoy de la tranquilidad de conciencia, no fiar al porvenir lo que puede hacerse en el presente, debiera ser la norma de nuestra cristiana conducta.
Y esto es a lo que nos invita el glorioso San Expedito.
¿No visteis la imagen de este mártir ilustre? San Expedito aparece vestido con el uniforme de los soldados romanos. En una de sus manos sostiene la palma de su triunfo, de su martirio, y en la otra eleva una cruz donde se graba esta palabra latina: Hodie. Un cuervo, bajo los pies del santo, parece que pugna por desasirse; pero la planta del ínclito soldado fijándose fuertemente sobre las alas del ave, imposibilita todos sus esfuerzos para huir.
¿No adivináis el símbolo de esta figura? La cruz, arriba, alzada triunfalmente por el valeroso atleta de Cristo; el cuervo, abajo, aprisionado por los pies del mártir glorioso La cruz lleva esta inscripción: “Hodie” que quiere decir hoy. El cuervo… ¿No oísteis alguna vez su graznido? “Crás-crás”. Pero crás en la lengua del Lacio significa “mañana”.
El Santo parece decirnos: “Cristiano, alza como yo la cruz; levántate por los sacrificios, las abnegaciones, la caridad al prójimo, la penitencia”. Embraza todas las virtudes; haz con ellas tu hodie; ninguna de las inspiraciones santas, de los buenos deseos, de los nobles anhelos de regeneración, dejes para el mañana, para el crás. El negro cuervo que lo profiere, revuélquese a tus pies, retenlo con energía, con fuerza, con fiereza, para que no pueda escapar, para que no pueda subir y revolotear con sus negras alas alrededor de tu cabeza aturdiéndose con su sordo graznido: “crás-crás”, “mañana-mañana…”
Sí: San Expedito, el abogado especial de los asuntos arduos, de los casos urgentes, espirituales y temporales; de las personas que tengan negocios no reñidos con la sana moral cristiana y que requieran pronta solución, nos enseña con su actitud que no debemos hacer caso de la falsa teoría de los pecadores, quienes siempre para salir de sus miserias, tienen presente en vez del hoy, el mañana, indeciso y vago… Enséñanos que no debemos dilatar el pedir al Rey de las celestiales misericordias, las gracias que necesitamos para salir de nuestra abyección; que no debemos nunca dudar de la bondad divina; que es preciso seguir las suaves inspiraciones del Señor; en suma, que no debemos dejar para mañana todo lo bueno que se puede y se debe hacer hoy.
¡Mañana!... ¡Hoy!... ¿Pero nos hemos dado exacta cuenta de lo que representan estas dos palabras? Mañana, es el porvenir, nebuloso, sombrío, inseguro. Hoy, es el presente, efectivo, cierto. Todo lo bueno que hagamos hoy, estará hecho. Todo lo bueno que dejemos por hacer para mañana, no sabemos si se hará.
Fijémonos por un instante en la calidad de nuestro poder para abrazar la virtud. Un acto solo de nuestra voluntad puede hacernos profesar el bien. El bien lo podemos alcanzar en cuanto queramos. Si deseamos ser buenos, abnegados, virtuosos, lo seremos, indudablemente, como somos por nuestra propia voluntad hombres pecadores. El pecado y la virtud caminan junto a nosotros. En nosotros está decidirnos por uno de los dos. En esta elección nuestro gusto es rey. No ocurre lo propio en los otros deseos que agitan nuestro espíritu. Quisiéramos ser ricos, pero las dificultades se amontonan, y no podemos pasar de una decorosa medianía. Quisiéramos honores, encomiendas, veneras y cruces, pero la superioridad no juzga nuestros hechos dignos de tales honras. Quisiéramos emular las glorias de aquel sabio o aquel artista, pero nuestro talento es mediocre, y por más esfuerzos que hagamos jamás llegaremos a ostentar el laurel de sus resonantes triunfos…
“Querer es poder”, dice un antiguo refrán. No es rigurosamente exacto: nuestros deseos se estrellan muchas veces contra obstáculos invencibles. Quien carece de genio poético, aunque quiera, no arribará a la morada del Dante, como Dante, a pesar de su gran talento, no hubiera podido, de proponérselo, trabajar con igual éxito en el terreno de los Pitágoras y Arquímedes.
Cada cual nace con su aptitud especial: fomente esta aptitud y acaso sea una celebridad; pero sálgase del marco que le trazó Dios, y entonces, por muchos esfuerzos que realice, apenas si logrará entreabrir la puerta de aquella ciencia, profesión o arte en torno de la cual flotan sus deseos.
“¡Querer es poder!”… ¡Cuántos quisieran llevar sobre sus cabezas la corona de un rey, y sólo alcanzaron que rodasen sus testas ambiciosas al certero hachazo del verdugo!...
“¡Querer es poder!”… ¡Desde hace veinte siglos los enemigos de la Iglesia sistemáticamente, continuamente, en una u otra forma, revestidos con este o aquel disfraz, trabajan por destruirla, y la Iglesia de Cristo permanece en pie, desafiando las iras de los hombres!...
Desengáñense: en rigor, sólo hay una cosa que en queriendo se puede alcanzar: la virtud. Para conseguirlo no hay sino querer enderezar la voluntad hacia el bien. Y como todos tenemos voluntad, todos, si queremos, podemos ser virtuosos. ¿Quién no ha sido bueno alguna vez? ¿Quién no ha prestado un consuelo, quién no ha dado una limosna, quién no se ha compadecido, aunque fuera momentáneamente, de la ajena desgracia? Todos han sido buenos: ¡pues qué!, ¿la niñez tiene malicias? ¿Y todos no fuisteis niños?
Pues si fuimos buenos, heri –ayer-, ¿por qué no serlo hodie –hoy-, y… ¡siempre hoy!, y…¡siempre hoy!, sin aguardar al cras –mañana? ¿Por qué no empezamos desde ahora a predicar la virtud y lanzar fuera de nosotros al vicio? En el mismo instante en que con el pensamiento, con la palabra o con la obra consumamos nuestro delito, ya se fulminó contra nosotros terrible sentencia de eterna condenación. Desde que ese delito se llevó a cabo, exclusivamente para castigarlo se hallan dispuestos los eternos atormentadores. Y sabiéndolo, ¿no experimentaremos temor alguno? ¿Tendremos aun valor para confiar nuestro arrepentimiento al mañana inseguro? ¿Nos atendremos más bien a la opinión que nos anima a confiar en medio del riesgo, que a la que nos exhorta a temer santa y provechosamente?
“¡Crás-crás!” ¡Mañana-mañana!..., decís: ¿Y si la muerte os sorprende hoy? ¿Hay algo que pueda prometernos con seguridad un solo momento de vida? Las Parcas no son tres, como decían los antiguos, sino innumerables. Cada hombre puede esgrimir alrededor nuestro la funesta hoz. Y del mismo modo que el hierro engendra el orín, la madera su carcoma y el paño su polilla, el hombre engendra dentro de sí mismo a la muerte. Si esto es así, si la muerte puede sorprendernos cuando se le antoje, aplazar para mañana nuestra enmienda es la mayor de las locuras.
Sabe el pecador que mientras no se arrepienta, la pira eterna se está alimentando para recibirle; y sin embargo, sigue con sus malas costumbres: si usurpó haciendas, no las restituye; si manchó reputaciones, no se apresura a darles su primitiva limpidez; si odia, no sustituye el odio por el cariño… Inmóvil para el bien, y afanoso para el mal, deja transcurrir las horas, y ese mañana de moral rehabilitación no llega nunca. Siempre es el hoy preñado de concupiscencias y desordenados deseos. Los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años…, pasan sobre él sin querer salir del pantano donde se sumergió. “¡Crás-crás!” ¡Mañana – mañana!...
¡Ojalá que en la festividad de San Expedito, nuestro corazón, en presencia de la imagen del milagroso guerrero, se apresure a pedirle, no la consecución de este o aquél deseo frívolo y mundano, sino el tesón necesario para aplastar el cuervo simbólico de un futuro de conversión que nunca llega, y alzar en nuestras manos la Cruz bendita con su hodie refulgente de sacrificios, caridades y abnegaciones!
Porque esto, que es nuestra felicidad temporal y eterna, es lo que debemos pedir al glorioso mártir San Expedito. San Expedito, como todos los Santos, sólo puede abogar por nosotros en aquellos asuntos que no se opongan a nuestro aprovechamiento espiritual. Decimos esto, porque no han faltado devotos sui géneris –los llamaremos así- de este Santo, que han marcado sus peticiones con un tinte tan extremado de mundanalidad, que, al creyente fervoroso, al católico grave y sincero, movieron a indignación, y en los labios de nuestros enemigos provocaron burlonas sonrisas.
Estos devotos remedaron la costumbre de aquellos célebres bandidos que correteaban por la serranía andaluza en tiempos antiguos, los cuales encendían una lámpara a la Virgen para que los pusiera al alcance de ricos viajeros a quienes poder desvalijar.
¿Puede darse un concepto más equivocado de la Religión? ¿Puede llegar a más la estulticia de muchos hombres? ¡Pedir a un Santo que abogue porque se realice un mal, un grave daño, un pecado grosero…! Pero ¿quiénes eran los que así procedían…? ¿Hasta qué extremo puede llegar la locura o la candidez?
Afortunadamente, enterada la Santa Sede de estos desvaríos que comprometían grandemente la seriedad de nuestra Religión y ofendían al Santo ilustre, cuyo culto comenzaba a extenderse, puso coto al abuso dictando acertadas disposiciones.
Y aquí hace falta aclarar un punto. Creen muchos que la Autoridad apostólica abolió el culto de San Expedito. No es así: la Iglesia, por la devoción errónea de algunos fieles, no puede quitar de los altares los Santos, las venerandas figuras que han sido consagradas por la tradición de muchos siglos y cuyos nombres figuran en las páginas del martirologio. San Expedito, como siempre, continúa en los altares de la Iglesia, que le mira como a uno de los muchos esclarecidos mártires que vertieron su sangre por la causa divina del Salvador. En su honor celebran anualmente solemnes cultos las cofradías que le tienen por su celestial patrono, y a él acuden reverentemente las personas en realidad piadosas que no bastardean sus peticiones con mezquinos intereses de la tierra. La influencia de San Expedito es grande, y siempre se halla pronto a interceder por el bien de aquellos que le invocan.
Lo mucho que se ha hablado –por las circunstancias dichas, que todos los verdaderos católicos lamentan- de San Expedito, ha sido causa de que algunos, fundados en las escasas noticias que tenemos del Santo, dudaran hasta de su existencia. Nada más lejos de la verdad. También se duda de Homero y Shakespeare, y sus obras geniales corren de mano en mano.
San Expedito vivió, y la cristiandad al rezarle y ofrecerle sus obsequios, no rinde culto a un fantasma.
San Expedito era jefe de una legión romana que marchó a las regiones del Ponto, donde por su amor a Jesucristo, alcanzó la corona de los mártires. Triunfo acaecido en la época de Diocleciano, siglo IV de la Iglesia.
No sabemos más, es cierto. Pero ya es bastante. Desconocemos los otros pormenores de su vida. A nosotros para glorificarlo, bástanos saber que tuvo el valor suficiente para derramar su sangre por Cristo. ¿Quién de nosotros hará igual?
Acudamos a este Santo, y para desagraviarle de las graves ofensas que muchos falsos devotos le han hecho, pidiéndole influyera en la realización de mezquinos negocios y asuntos terrenales, roguémosle lo que es más de su agrado: levantar como él en nuestra mano la cruz que ostenta el hodie, y oprimir, a imitación suya, el cuervo de negras alas que nos dificulta nuestra espiritual regeneración con su monótono e imperturbable “crás-crás…”
(CONTINUARÁ... Pag 392)

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