lunes, 14 de mayo de 2012

SAN PACOMIO, ABAD DE TABENNA (EGIPTO)




Al leer las Crónicas donde los hagiógrafos antiguos consignan los hechos y costumbres de los primitivos moradores del desierto, parece que una ráfaga de poesía nos sacude el alma.
Aquella sencillez que resplandecía en cada una de sus acciones; aquella igualdad que, desde el superior al último novicio, ostentábase en la burda tela del hábito, en la frugalidad del alimento, en los modestos enseres de la humilde habitación; y, sobre todo, aquel amor y respeto mutuos, aquella fraternidad hermosa, perdurable años y años entre ciento, doscientos, mil anacoretas, obedientes todos a la más ligera admonición del abad…, guarda un encanto indefinible que no puede menos de impresionar profundamente al espíritu que, a través de los siglos, se asoma por las páginas de los vetustos cronicones a tan hermosa edad de fervor y penitencia.
¿Nunca visitasteis el interior de un monasterio? Mejor dicho, ya que una mera visita es insuficiente para sorprender detalles, ¿nunca residisteis, aunque solo fuese por breves días, en un convento? ¿No gustasteis la poesía de sus costumbres? ¿No sorprendisteis la belleza del claustro?
Nosotros, sí: por fortuna, varias veces hemos disfrutado de cortas temporadas en rígidos cenobios. Estas excursiones a las casas religiosas donde se observan en su rigor casi primitivo las reglas de los Santos Fundadores; esta convivencia durante algunos días con los austeros cofrades de las antiguas Órdenes monásticas: este examen de sus costumbres, esta curiosidad, este deseo de sorprender aspectos de su vida íntima, ha sido siempre para nosotros materia de muy grata recreación.
Todo aquel que guste de lo poético, de lo bello y delicado, tiene que experimentar un puro goce observando en sus detalles más nimios la existencia claustral.
Si los artistas hicieran vida común alguna temporada con los monjes de las Órdenes primitivas, eligiendo para esto, no las residencias modernas de las grandes capitales, sino los olvidados monasterios, las abadías antiguas que perfilan, en el cielo de una obscura ciudad castellana o en el horizonte de un campo lejano adonde no llega “el mundanal ruido”, sus torres pardas por entre cuyas junturas el jaramago flota, y donde junto al címbalo vocinglero anida la cigüeña…, estos artistas, repetimos, hallarían seguramente muchos motivos de inspiración.
Aquel repique de la campana conventual, sonando en las altas horas de la noche, y reuniendo rápidamente a los monjes que abandonaron el lecho, cuando el sueño era más reparador y dulce, para ir a cantar en el severo coro de la Iglesia los Salmos bíblicos; estos Salmos, entonados gravemente, pausadamente, en el más puro estilo gregoriano, diluyéndose, extendiéndose por las obscuras bóvedas, sólo iluminadas por el pálido reflejo de las lámparas de los altares… Los “Capítulos”, donde todos, desde el prior encanecido hasta el joven novicio, se prosternan, y besan el suelo, y piden perdón a la comunidad por las faltas y desaciertos que en su comportamiento exterior se hayan observado; las penitencias colectivas, la hora solemne en que todos los monjes, reunidos en el claustro mortuorio, en las galerías donde reposan los primeros moradores de aquella vetusta mansión, de noche, apagadas todas las luces, y mientras entonan los versículos del “Miserere”, se disciplinan el cuerpo, produciendo la áspera y nudosa cuerda al azotar la desnuda carne un rumor parecido al de la llovizna deslizándose sobre las otoñales hojas secas arremolinadas en un surco del terreno humedecido… El dilatado refectorio, en que la prosaica necesidad del comer, parece poetizarse un tanto, merced a la lectura de pasajes bíblicos, que desde elevado púlpito sostiene en un tono especial, inconfundible, monjil…, encapuchado fraile; las horas de asueto en la huerta, cuando los monjes se deslizan suavemente, quedamente, entre las murallas de boj, bajo la fronda de los árboles, leyendo en sus Breviarios… El lento desfile de la comunidad así que suena la hora de retirarse a sus celdas; el conventual silencio, silencio muchas veces de cincuenta, de ochenta, de cien almas, solo interrumpido por la campana que los convoca; el inocente candor de los novicios, la parsimonia y ecuanimidad del Padre grave, la cháchara inofensiva del lego locuaz llegando al convento desde obscuros terruños y que apenas sabe de la vida…, todo esto nos ha cautivado algunos instantes, derramando en nuestra alma un torrente de salud espiritual… Y en las horas del crepúsculo, asomados a los altos ventanales de los claustros, escuchando el rumor de alguna fuente parlera, mientras el sol recortaba con su lumbre moribunda algún alero del tejado de pizarra, hemos sentido una profunda melancolía, un delicado goce indefinible, ansias de abandonar las turbulencias del mundo y quedarnos para siempre sepultados en aquel abismo de placidez…
Y nuestra imaginación ha traspuesto las arcadas del mundo antiguo, y ha entrevisto el espectáculo de aquellas santas repúblicas de los primitivos tiempos.
Si hay poesía aquí –hemos pensado-, ¿cuánta más no habría en los albores del monasterio, allá, en los desiertos de Egipto, en las vastas soledades, en el hermoso templo de la naturaleza, donde millares de hombres penitentes, entre suspiros y lágrimas invocaban a Dios?
(CONTINUARÁ… Pag 261)

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