domingo, 22 de abril de 2012

LOS MÁRTIRES DE PERSIA



No hay rincón sobre la tierra que no se haya teñido con la sangre de algún mártir. Desde Oriente a Occidente corrió el precioso caudal que atesoraban las venas de los grandes Santos… La Iglesia cristiana tiene sus fundamentos en el sacrificio, en el heroísmo, en la abnegación… Jesús vertió su sangre divina para lavar los pecados del mundo y darnos la vida de la gracia. Y sobre esa sangre del Redentor de los hombres, acumularon la suya los innumerables mártires que esmaltan, con sus nombres prestigiosos, las páginas de la historia cristiana.
¡Ah!, toda esa brillante legión de mártires, que resistieron impávidos la acometida de fieros enemigos; aquellos ancianos decrépitos, aquellas vírgenes valerosas, aquellos niños de corazón varonil, todos los ilustres cristianos que no retrocedieron en la hora suprema del peligro, y fueron radiantes de santo júbilo a inmolarse en aras de la verdadera fe, pregonan elocuentemente la grandeza de esta religión cristiana instituida por Dios.
Porque, ¿quién sino Dios podía haber dado a aquellas almas la necesaria fortaleza para confesar hasta el fin, sin temor a los tormentos y a la muerte, su sacratísimo nombre? Dios llenaba sus mentes de radiosa claridad e infiltraba en sus corazones las centellas de su amor. Y con esa luz y esa caridad divina, el mártir soportaba, con celestial fruición, las torturas de sus crueles verdugos.
¡Ah!, iniciad persecuciones, dirigid, tiranos emperadores, vuestra saña contra los valientes confesores de la verdad: vuestro odio sólo servirá para hacer resaltar el gran amor que profesaban a Cristo, para escribir en la historia las hecatombes sublimes de Roma, Zaragoza, Alejandría, Persia y cien regiones más, donde los fieles cristianos ganaron laureles de gloria inmarcesible.
Hemos nombrado a Persia, la nación que, en el siglo IV, fue teatro de sangrientos martirios. Hoy hace la Iglesia conmemoración de ellos, y nosotros no queremos pasar este día sin dedicar algunas líneas a aquellos ínclitos campeones de nuestra fe.
¡Toda la astucia y crueldad de Sapor II, se estrelló contra la indomable energía de quienes iban revestidos con la fortaleza de Dios…! ¡Murieron, pero murieron con la sonrisa en los labios, confesando a Cristo, alabando a Cristo…!
Desde fines del siglo III, gloriábase Persia de poseer una cristiandad floreciente. Sin embargo, Dios, que gusta de purificar el alma de sus elegidos con duras pruebas, iba a permitir que un dictador impío suscitase violenta persecución contra ellos. Los horrores del imperio romano, que por trescientos años se había embriagado con la sangre de los mártires, iban a reproducirse en Persia, donde Sapor, durante un reinado de setenta años, el más largo que registra la historia, emularía las crueldades de los Nerones y Dioclecianos.
Los historiadores Sozomeno, Eusebio y Teodoreto, hacen subir a diez y seis mil el número de víctimas; y un autor persa asegura que la cifra de los mártires se elevó hasta doscientos mil.
La persecución presentó diversas fases. Empezó en el año 327, se mostró cruel y rigurosa hasta el año 346, pero en realidad no terminó sino con la muerte del tirano, ocurrida el año 380.
¿El móvil de esta gran persecución? No fue otro sino el odio y el orgullo de Sapor; orgullo que llegó hasta el extremo de que Sapor titulárase hermano del sol (dios de la religión persa), primo de la luna y camarada de los demás astros.
Algunos historiadores suponen también como origen de esta persecución una razón política: el emperador Constantino, convertido recientemente a nuestra fe, había admitido entre los oficiales de su ejército a un tal Hormisdas, hermano del padre de Sapor. Hormisdas, que había abrazado el cristianismo, huyó a Roma a implorar auxilio del primer emperador cristiano, y habiéndolo tomado a éste bajo su protección, desbaratando así los planes sangrientos que respecto a él abrigaba el emperador de Persia, excitó la cólera de Sapor, quien juró tomar venganza, descargando su furia contra todos los cristianos de su imperio.
La persecución arranca en virtud de un edicto promulgado el año 327, décimo-octavo del reinado de Sapor.
Hubahán fue una de las primeras ciudades víctimas del furor persa. Numerosos fieles son encarcelados en lóbregas mazmorras, donde se les invita a renegar del nombre de Cristo y a adorar al sol, si no quieren sufrir la muerte después de los grandes tormentos que los sicarios del emperador ya les tienen preparados.

(CONTINUARÁ… Pag. 444)

sábado, 21 de abril de 2012

SAN ANSELMO



“Cuesta más trabajo ser sabio que ser Santo”. Si esto lo dijo aquel hombre insigne, San Anselmo, Arzobispo de Cantorber, ¿qué diremos nosotros, inteligencias mediocres que, para volar por los espacios de la ciencia, necesitamos muchas veces cabalgar sobre las alas extendidas de alguna de esas colosales águilas de pensamiento?
Todos, si quieren, pueden ostentar más o menos fúlgido, alrededor de sus cabezas, el halo de la santidad, porque todos llevan un alma que en un principio fue buena e inocente, y todos pueden recuperar la bondad y la inocencia, y hacerlas reflorecer en el espíritu, regándolo con lágrimas de sincero arrepentimiento…
¿Quién, viendo a Thais la pecadora y a María Egipciaca, hundidas en el lodazal del vicio, hubiese pensado que por un esfuerzo supremo de su voluntad, habían de elevarse y hacerse dignas de los celestiales premios del Señor? Para ser Santo no hay más que poner nuestro empeño en serlo. Aquí se cumple el adagio: “Querer es poder”. Cuantos se propusieron con empeño ser Santos, lo han sido. Ni es exclusiva la santidad de este o aquel estado, de esta o aquella profesión, de este ingenio asombroso o aquella nulidad científica. La santidad se halla al alcance de todos los mortales. Ha habido Santos en los palacios y en las cabañas, en la quietud de los desiertos y en el bullicio de la ciudad; Santos niños, Santos jóvenes, Santos ancianos; Santos que hicieron voto de virginidad y Santos que se enlazaron con sus vínculos del matrimonio; Santos que pasaron toda su vida en bibliotecas y laboratorios, y Santos que no supieron leer...

(CONTINÚA… Pag 432)

viernes, 20 de abril de 2012

SANTA INÉS DE MONTEPULCIANO



Todos los días, apenas la esquila parroquial convocaba a los fieles, iba a Montepulciano desde humilde pueblecillo, enclavado en sus cercanías, una niña encantadora. Sólo un afán la guiaba: asistir al Santo Sacrificio de la Misa. Montepulciano es una pequeña ciudad de Italia, situada en el antiguo ducado de Toscaza, departamento de Arezzo.
A la entrada de la citada población, alzábase para desdicha de sus habitantes, en la época a que hace referencia nuestra historia, una de esas mansiones míseras donde el vicio gusta de fijar su residencia. A través del enrejado de sus balcones percibíanse algunas voces groseras, frases de liviandad y escándalo, y asomaban desvergonzados rostros en cuyos pómulos el licor puso colores de embriaguez, y en cuyos ojos destellaba el mirar impúdico.
Junto a aquellos muros había necesariamente de pasar, dirigiéndose a Montepulciano, la niña angelical que por su nombre, por su amor a Dios, por su inocencia y demás virtudes, era digna hermana de aquella gran Santa Inés martirizada en Roma.
Sólo contaba nueve años, y ya era famosa en toda Toscaza la virtud de Inés de Montepulciano. Su nombre había llegado en brazos de la alabanza popular hasta la mansión donde el pecado tenía constantemente su refugio; y las desdichadas mujeres que allí vivían, sabedoras de que Inés dirigíase todos los días a Montepulciano, procuraron en cierta ocasión estar al acecho de su paso, con objeto de burlarse de ella, y si posible fuera, atraerla a su camino de perdición.
Como de costumbre, la piadosa niña encaminábase un día a la vecina iglesia parroquial. Cuando ya estaba cerca del sitio aquel donde la liviandad había sentado sus reales, escuchó estruendosas carcajadas y frases burlonas y soeces. Y frente a ella, formando desvergonzado grupo, las pobres víctimas de las pasiones impuras incitábanla a entrar en su infame tugurio.
No se arredró Inés por aquel encuentro inesperado, pues quien tiene conciencia de su propia fuerza, sabe positivamente que nadie puede torcer el rumbo impuesto por su voluntad. Inés sólo tuvo un pensamiento: rogar allí mismo por aquellas desgraciadas a Dios, e hincando las rodillas y alzando sus puros ojos al cielo, empezó a orar con la voz del alma…

(CONTINUARÁ… Pag 408)

jueves, 19 de abril de 2012

SAN EXPEDITO






“Mañana!” He aquí la respuesta que muchas veces nos damos a nosotros mismos, cuando sentimos acariciada el alma por una dulce voz interna que nos invita a realizar alguna buena acción.
“¡Hoy!” He aquí, en cambio, lo que respondemos al punto cuando nos espolea algún deseo que nos induce al mal.
Negligencia para lo recto, lo noble, lo digno; diligencia para lo torpe, lo liviano, lo impuro… Es la característica de la humanidad.
Flojos, perezosos, indecisos ante las ocasiones que se nos presentan de practicar la virtud, dejamos pasar las mejores horas de nuestra vida sin adquirir los verdaderos méritos; en tanto que las empleamos en acudir solícitamente a aquello que sólo puede ocasionar nuestra ruina de alma y de cuerpo. Todo lo bueno para mañana; todo lo que merece reprobación y censura para hoy. ¡Y si al menos ese mañana, para muchos remisos llegase alguna vez!... ¡Pero si siempre en ellos es el hoy de irreligiosidad, de crápula y libertinaje!...
Aplastar ese mañana que nos impide gozar hoy de la tranquilidad de conciencia, no fiar al porvenir lo que puede hacerse en el presente, debiera ser la norma de nuestra cristiana conducta.
Y esto es a lo que nos invita el glorioso San Expedito.
¿No visteis la imagen de este mártir ilustre? San Expedito aparece vestido con el uniforme de los soldados romanos. En una de sus manos sostiene la palma de su triunfo, de su martirio, y en la otra eleva una cruz donde se graba esta palabra latina: Hodie. Un cuervo, bajo los pies del santo, parece que pugna por desasirse; pero la planta del ínclito soldado fijándose fuertemente sobre las alas del ave, imposibilita todos sus esfuerzos para huir.
¿No adivináis el símbolo de esta figura? La cruz, arriba, alzada triunfalmente por el valeroso atleta de Cristo; el cuervo, abajo, aprisionado por los pies del mártir glorioso La cruz lleva esta inscripción: “Hodie” que quiere decir hoy. El cuervo… ¿No oísteis alguna vez su graznido? “Crás-crás”. Pero crás en la lengua del Lacio significa “mañana”.
El Santo parece decirnos: “Cristiano, alza como yo la cruz; levántate por los sacrificios, las abnegaciones, la caridad al prójimo, la penitencia”. Embraza todas las virtudes; haz con ellas tu hodie; ninguna de las inspiraciones santas, de los buenos deseos, de los nobles anhelos de regeneración, dejes para el mañana, para el crás. El negro cuervo que lo profiere, revuélquese a tus pies, retenlo con energía, con fuerza, con fiereza, para que no pueda escapar, para que no pueda subir y revolotear con sus negras alas alrededor de tu cabeza aturdiéndose con su sordo graznido: “crás-crás”, “mañana-mañana…”
Sí: San Expedito, el abogado especial de los asuntos arduos, de los casos urgentes, espirituales y temporales; de las personas que tengan negocios no reñidos con la sana moral cristiana y que requieran pronta solución, nos enseña con su actitud que no debemos hacer caso de la falsa teoría de los pecadores, quienes siempre para salir de sus miserias, tienen presente en vez del hoy, el mañana, indeciso y vago… Enséñanos que no debemos dilatar el pedir al Rey de las celestiales misericordias, las gracias que necesitamos para salir de nuestra abyección; que no debemos nunca dudar de la bondad divina; que es preciso seguir las suaves inspiraciones del Señor; en suma, que no debemos dejar para mañana todo lo bueno que se puede y se debe hacer hoy.
¡Mañana!... ¡Hoy!... ¿Pero nos hemos dado exacta cuenta de lo que representan estas dos palabras? Mañana, es el porvenir, nebuloso, sombrío, inseguro. Hoy, es el presente, efectivo, cierto. Todo lo bueno que hagamos hoy, estará hecho. Todo lo bueno que dejemos por hacer para mañana, no sabemos si se hará.
Fijémonos por un instante en la calidad de nuestro poder para abrazar la virtud. Un acto solo de nuestra voluntad puede hacernos profesar el bien. El bien lo podemos alcanzar en cuanto queramos. Si deseamos ser buenos, abnegados, virtuosos, lo seremos, indudablemente, como somos por nuestra propia voluntad hombres pecadores. El pecado y la virtud caminan junto a nosotros. En nosotros está decidirnos por uno de los dos. En esta elección nuestro gusto es rey. No ocurre lo propio en los otros deseos que agitan nuestro espíritu. Quisiéramos ser ricos, pero las dificultades se amontonan, y no podemos pasar de una decorosa medianía. Quisiéramos honores, encomiendas, veneras y cruces, pero la superioridad no juzga nuestros hechos dignos de tales honras. Quisiéramos emular las glorias de aquel sabio o aquel artista, pero nuestro talento es mediocre, y por más esfuerzos que hagamos jamás llegaremos a ostentar el laurel de sus resonantes triunfos…
“Querer es poder”, dice un antiguo refrán. No es rigurosamente exacto: nuestros deseos se estrellan muchas veces contra obstáculos invencibles. Quien carece de genio poético, aunque quiera, no arribará a la morada del Dante, como Dante, a pesar de su gran talento, no hubiera podido, de proponérselo, trabajar con igual éxito en el terreno de los Pitágoras y Arquímedes.
Cada cual nace con su aptitud especial: fomente esta aptitud y acaso sea una celebridad; pero sálgase del marco que le trazó Dios, y entonces, por muchos esfuerzos que realice, apenas si logrará entreabrir la puerta de aquella ciencia, profesión o arte en torno de la cual flotan sus deseos.
“¡Querer es poder!”… ¡Cuántos quisieran llevar sobre sus cabezas la corona de un rey, y sólo alcanzaron que rodasen sus testas ambiciosas al certero hachazo del verdugo!...
“¡Querer es poder!”… ¡Desde hace veinte siglos los enemigos de la Iglesia sistemáticamente, continuamente, en una u otra forma, revestidos con este o aquel disfraz, trabajan por destruirla, y la Iglesia de Cristo permanece en pie, desafiando las iras de los hombres!...
Desengáñense: en rigor, sólo hay una cosa que en queriendo se puede alcanzar: la virtud. Para conseguirlo no hay sino querer enderezar la voluntad hacia el bien. Y como todos tenemos voluntad, todos, si queremos, podemos ser virtuosos. ¿Quién no ha sido bueno alguna vez? ¿Quién no ha prestado un consuelo, quién no ha dado una limosna, quién no se ha compadecido, aunque fuera momentáneamente, de la ajena desgracia? Todos han sido buenos: ¡pues qué!, ¿la niñez tiene malicias? ¿Y todos no fuisteis niños?
Pues si fuimos buenos, heri –ayer-, ¿por qué no serlo hodie –hoy-, y… ¡siempre hoy!, y…¡siempre hoy!, sin aguardar al cras –mañana? ¿Por qué no empezamos desde ahora a predicar la virtud y lanzar fuera de nosotros al vicio? En el mismo instante en que con el pensamiento, con la palabra o con la obra consumamos nuestro delito, ya se fulminó contra nosotros terrible sentencia de eterna condenación. Desde que ese delito se llevó a cabo, exclusivamente para castigarlo se hallan dispuestos los eternos atormentadores. Y sabiéndolo, ¿no experimentaremos temor alguno? ¿Tendremos aun valor para confiar nuestro arrepentimiento al mañana inseguro? ¿Nos atendremos más bien a la opinión que nos anima a confiar en medio del riesgo, que a la que nos exhorta a temer santa y provechosamente?
“¡Crás-crás!” ¡Mañana-mañana!..., decís: ¿Y si la muerte os sorprende hoy? ¿Hay algo que pueda prometernos con seguridad un solo momento de vida? Las Parcas no son tres, como decían los antiguos, sino innumerables. Cada hombre puede esgrimir alrededor nuestro la funesta hoz. Y del mismo modo que el hierro engendra el orín, la madera su carcoma y el paño su polilla, el hombre engendra dentro de sí mismo a la muerte. Si esto es así, si la muerte puede sorprendernos cuando se le antoje, aplazar para mañana nuestra enmienda es la mayor de las locuras.
Sabe el pecador que mientras no se arrepienta, la pira eterna se está alimentando para recibirle; y sin embargo, sigue con sus malas costumbres: si usurpó haciendas, no las restituye; si manchó reputaciones, no se apresura a darles su primitiva limpidez; si odia, no sustituye el odio por el cariño… Inmóvil para el bien, y afanoso para el mal, deja transcurrir las horas, y ese mañana de moral rehabilitación no llega nunca. Siempre es el hoy preñado de concupiscencias y desordenados deseos. Los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años…, pasan sobre él sin querer salir del pantano donde se sumergió. “¡Crás-crás!” ¡Mañana – mañana!...
¡Ojalá que en la festividad de San Expedito, nuestro corazón, en presencia de la imagen del milagroso guerrero, se apresure a pedirle, no la consecución de este o aquél deseo frívolo y mundano, sino el tesón necesario para aplastar el cuervo simbólico de un futuro de conversión que nunca llega, y alzar en nuestras manos la Cruz bendita con su hodie refulgente de sacrificios, caridades y abnegaciones!
Porque esto, que es nuestra felicidad temporal y eterna, es lo que debemos pedir al glorioso mártir San Expedito. San Expedito, como todos los Santos, sólo puede abogar por nosotros en aquellos asuntos que no se opongan a nuestro aprovechamiento espiritual. Decimos esto, porque no han faltado devotos sui géneris –los llamaremos así- de este Santo, que han marcado sus peticiones con un tinte tan extremado de mundanalidad, que, al creyente fervoroso, al católico grave y sincero, movieron a indignación, y en los labios de nuestros enemigos provocaron burlonas sonrisas.
Estos devotos remedaron la costumbre de aquellos célebres bandidos que correteaban por la serranía andaluza en tiempos antiguos, los cuales encendían una lámpara a la Virgen para que los pusiera al alcance de ricos viajeros a quienes poder desvalijar.
¿Puede darse un concepto más equivocado de la Religión? ¿Puede llegar a más la estulticia de muchos hombres? ¡Pedir a un Santo que abogue porque se realice un mal, un grave daño, un pecado grosero…! Pero ¿quiénes eran los que así procedían…? ¿Hasta qué extremo puede llegar la locura o la candidez?
Afortunadamente, enterada la Santa Sede de estos desvaríos que comprometían grandemente la seriedad de nuestra Religión y ofendían al Santo ilustre, cuyo culto comenzaba a extenderse, puso coto al abuso dictando acertadas disposiciones.
Y aquí hace falta aclarar un punto. Creen muchos que la Autoridad apostólica abolió el culto de San Expedito. No es así: la Iglesia, por la devoción errónea de algunos fieles, no puede quitar de los altares los Santos, las venerandas figuras que han sido consagradas por la tradición de muchos siglos y cuyos nombres figuran en las páginas del martirologio. San Expedito, como siempre, continúa en los altares de la Iglesia, que le mira como a uno de los muchos esclarecidos mártires que vertieron su sangre por la causa divina del Salvador. En su honor celebran anualmente solemnes cultos las cofradías que le tienen por su celestial patrono, y a él acuden reverentemente las personas en realidad piadosas que no bastardean sus peticiones con mezquinos intereses de la tierra. La influencia de San Expedito es grande, y siempre se halla pronto a interceder por el bien de aquellos que le invocan.
Lo mucho que se ha hablado –por las circunstancias dichas, que todos los verdaderos católicos lamentan- de San Expedito, ha sido causa de que algunos, fundados en las escasas noticias que tenemos del Santo, dudaran hasta de su existencia. Nada más lejos de la verdad. También se duda de Homero y Shakespeare, y sus obras geniales corren de mano en mano.
San Expedito vivió, y la cristiandad al rezarle y ofrecerle sus obsequios, no rinde culto a un fantasma.
San Expedito era jefe de una legión romana que marchó a las regiones del Ponto, donde por su amor a Jesucristo, alcanzó la corona de los mártires. Triunfo acaecido en la época de Diocleciano, siglo IV de la Iglesia.
No sabemos más, es cierto. Pero ya es bastante. Desconocemos los otros pormenores de su vida. A nosotros para glorificarlo, bástanos saber que tuvo el valor suficiente para derramar su sangre por Cristo. ¿Quién de nosotros hará igual?
Acudamos a este Santo, y para desagraviarle de las graves ofensas que muchos falsos devotos le han hecho, pidiéndole influyera en la realización de mezquinos negocios y asuntos terrenales, roguémosle lo que es más de su agrado: levantar como él en nuestra mano la cruz que ostenta el hodie, y oprimir, a imitación suya, el cuervo de negras alas que nos dificulta nuestra espiritual regeneración con su monótono e imperturbable “crás-crás…”
(CONTINUARÁ... Pag 392)

miércoles, 18 de abril de 2012

LA BEATA MARÍA DE LA ENCARNACIÓN


Hemos leído los datos biográficos de esta mujer ilustre, y, una vez más, hemos sacado la convicción de que, en todos los estados puede el hombre santificarse. En todos, cumpliendo con las obligaciones y deberes respectivos, obtendremos, si a conseguirlo se dirigen todos nuestros esfuerzos, el galardón final.
La Beata María de la Encarnación, puede servir de admirable modelo a las solteras, a las casadas, a las religiosas. Siempre se conformó con la voluntad divina, y en todos sus estados la satisfacción de la santa llegaba a su plenitud, cuando la conciencia anunciábale que su deber no había sufrido la menor sombra de detrimento.
Ya la miréis entre los esplendores de la elevada sociedad a que pertenecía por la alcurnia y posición de sus padres; ya en el hogar que fundó con el virtuoso caballero, vizconde de Villemor; ya en el claustro carmelitano donde exhaló su postrimer suspiro, siempre encontraréis en ella el ejemplar vivísimo de todas aquellas virtudes exigidas por su deber.
En su primer juventud, Bárbara Avrillot, -que así se llamaba en el mundo la Beata María de la Encarnación- llevada de su gran amor a Jesucristo, quiere ingresar en una orden religiosa; pero su madre, Luisa Lhuillier, se opone a tan santos deseos; y Bárbara, toda humilde, toda resignada, toda paciente, creyendo que por aquella negativa la habla Dios, exclama: “Mis pecados me hacen indigna del título glorioso de esposa de Jesucristo, es preciso que me contente con ser su sierva en un estado inferior…”
Y se queda en el mundo, y en el mundo realiza los designios que acerca de ella había formado la Divinidad. Porque la hija ilustre de Nicolás Avrillot, elevado funcionario de la Cámara de París, y de María Lhuillier, fue con su ejemplarísima conducta, la gran censuradora de las deplorables costumbres que gangrenaban el corazón de la sociedad francesa a mediados del siglo XVI.

(CONTINUARÁ… Pag. 371)

martes, 17 de abril de 2012

LA BEATA MARÍA ANA DE JESÚS, VIRGEN



En la época más grandiosa de nuestra historia patria, en el siglo en que nuestras armas recorrían triunfantes la Europa, nuestros arquitectos construían la Octava maravilla del mundo, nuestros artistas conquistaban inmarcesibles laureles y nuestros literatos asombraban al siglo con sus obras poéticas y literarias, nació en Madrid, capital de la monarquía española, una niña singular, fruto bendito de un matrimonio noble por su estirpe, memorable por sus virtudes y digno de alabanzas por su religiosidad y modestia. Aquella niña fue María Ana de Jesús, bautizada en la parroquia de Santiago el 21 de Enero de 1565. Sus padres fueron Luis Navarro Ladrón de Guevara y Juana Romero de Villalpando. Si la naturaleza concedió a María sus dones más preciados, desde el punto de vista corporal, Dios enriqueció el alma de aquella inocente criatura con gracias y bendiciones celestiales, que hicieron de ella, desde los primeros años de su vida, un portento de santidad, que jamás se vio manchado por las impurezas de nuestra naturaleza caída y corrompida. Ninguna de las pasiones propias de la edad infantil hallaron lugar en el corazón de la niña María Ana de Jesús: su templanza en el comer, su prudencia y moderación en los entretenimientos; su conformidad completa con las disposiciones de sus padres; su afición a socorrer a los pobres; su inclinación a los ejercicios piadosos y la alegría que inundaba su rostro cuando se la llevaba al templo, indicaron lo que se escondía en aquella alma privilegiada y anunciaron, desde luego, el grado de perfección cristiana a que llegaría cuando la razón viniese con la edad a dirigir aquellos movimientos espontáneos de su corazón y a concentrar en su alma los efluvios del amor de Dios en que se abrasaba. Aun no contaba cinco años y ya los pobres iban a buscarla como a una madre que siempre tiene con qué socorrer a sus hijos. Los enfermos veíanla acudir a su lecho de dolor y oían de sus labios expresiones de consuelo y resignación que confortaban a los piadosos y conmovían a los disipados. En casa veíasele retirada en un lugar apartado y allí entregarse a inocentes exclamaciones y fervientes coloquios de amor divino. ¡Qué extraño que a los siete años se la sorprendiese ya en una especie de éxtasis celestial, ante una imagen de Jesús crucificado, embebida en contemplaciones y regalos que suelen ser fruto, ordinariamente, de largos años de fervor y de mortificaciones! A medida que crecía en edad iba aumentando el fuego amoroso que devoraba su alma, y no pudiendo su ardiente caridad contenerse dentro de sí misma, se derramaba, digámoslo así, por el exterior, e iba a inundar las almas de sus semejantes, quienes se sentían atraídos a la virtud y a las prácticas devotas de nuestra sacrosanta religión.

(CONTINUARÁ… Pág 349)

lunes, 16 de abril de 2012

SAN DROGÓN



En el año 1118 del Señor, en la villa de Epinoy, en Artois, nació Drogón, costando su nacimiento la vida a su madre y cuando su padre también había muerto. Huérfano, pues, desde el momento de venir al mundo, quedó bajo la protección y cuidado de sus más próximos parientes, quienes le educaron en la piedad y virtudes cristianas. A los diez años de edad, llegó a saber por una conversación que oyó a algunos individuos de la familia, las circunstancias de su nacimiento, y creyéndose culpable de la muerte de su madre, empezó a hacer una vida retirada y de penitencia impropia de sus pocos años, sorprendiéndosele muchas veces llorando y pidiendo perdón a Dios de aquello que él creía era pecado suyo.
Así continuó creciendo en edad y en virtud, hasta que llegó a la edad de veinte años en que emprendió el género de vida extraordinaria a que el Cielo parece lo destinaba. Había heredado de su padre, señor de Epinoy, cuantiosas riquezas; Drogón repartió el dinero entre los pobres; dio las fincas a los que habían cuidado de él en su niñez, y no conservando otra cosa que la ropa que llevaba puesta, con la cual ocultaba un martirizante cilicio, trasladóse a Seburgo, cerca de Valenciennes, donde entró a servir a una señora piadosa y rica, cambiando su elevada posición de señor por la humilde de criado. Su modestia, su dulzura, su obediencia y sumisión a su señora y las atenciones que guardaba a todo el mundo, le atrajeron el amor de los habitantes de Seburgo que le obsequiaban continuamente con algunos regalos que él aprovechaba en beneficio de los pobres a quienes los distribuía.
¡Qué lección tan provechosa encierra la conducta de Drogón para todos, y qué contraste ofrece con la de los mundanos! ¡Ah, si las clases populares fijasen su atención en la vida de los servidores de Cristo y la comparasen con la de los que les adulan y extravían! ¡Cómo correrían a abrazarse a la Cruz de Jesucristo que tales frutos produce, y huirían de los engaños y quimeras con que el demonio quiere seducirlas! Sólo en la religión católica se ven con abundancia ejemplos como el de San Drogón, de renunciar a los honores, riquezas y placeres del mundo para entregarse a las más bajas ocupaciones y confundirse con aquellos a quienes el Divino Maestro llama bienaventurados. En cambio los aduladores, los explotadores de las multitudes, les halagan con promesas irrealizables y con quiméricas bienandanzas, que no tienen otro fin, que adquirir riquezas para sí, abandonando luego a los que se las proporcionaron y procurando alejarse de ellos para que no les moleste su pobreza.
Seis años permaneció Drogón en su oficio de criado; mas sintiéndose impulsado a llevar a cabo alguna peregrinación, despidiese de su ama y de los habitantes de la ciudad, y marchóse a Roma a visitar los sepulcros de San Pedro y San Pablo, y de allí a otros santuarios, viajes que hizo a pie, pidiendo limosna y en penitencia. Ni el rigor de las estaciones, ni la dificultad y peligro de los caminos; ni la debilidad de su cuerpo por las grandes austeridades a que se sometía, fueron obstáculo a que continuase sus peregrinaciones, ni a que disminuyese sus penitencias. Una enfermedad repentina le obligó a guardar reposo; y conociendo por ella, que dios le llamaba a la soledad y al retraimiento, empezó nueva vida en una celda cerca de la iglesia de Seburgo, desde donde sin presentarse al público, podía asistir a los oficios divinos. En este retiro se consagró a Dios por entero, y se ofreció a Él por los pecados de los hombres. Allí aumentó sus mortificaciones, enardeció su amor a Cristo crucificado y vivió más que en el mundo, en la patria que con tanto valor había ya conquistado.
Dios quiso manifestar allí mismo el poder que había dado a su siervo. Prendiese un día fuego a la iglesia de Seburgo por la parte en que estaba la celda del Santo e inmediatamente se propagó a esta. Las gentes de la ciudad acudieron en tropel y comenzaron a dar grandes voces llamando a San Drogón para que abandonase rápidamente aquella habitación, que por todas partes era ya pasto de las llamas. Pero el Santo, en vez de atender las indicaciones de los que veían su vida en peligro inminente, se postró de rodillas, elevó al cielo sus ojos y manos y dirigiendo al Todopoderoso su humilde oración, se vio con gran sorpresa y alegría que el incendio cedía y que al poco tiempo se extinguió por sí mismo, como si no hubiese en la atmósfera aire para alimentarlo. Hasta los ochenta años vivió San Drogón en aquella celda, venerado como Santo y amado como padre cariñoso. Al fin, lleno ya de merecimientos, rico en virtudes, él que tantas riquezas había despreciado; conquistada la corona del cielo, con la renuncia del señorío de Epinoy y cumplido el tiempo de su peregrinación en la tierra, voló al cielo tranquilamente en el año 1184, día 16 de abril.
Su cuerpo se quiso trasladar, a demanda de sus parientes, a Epinoy, mas al llegar el carro que lo conducía a un lugar que desde entonces se llama Monte de San Drogón, se paró como obligado por una fuerza sobrenatural y no hubo medio de pasar de allí. Entonces regresaron a Seburgo y allí fue sepultado con gran pompa, y allí se venera en nuestros días.